lunes, 23 de octubre de 2017

Los hombres me explican cosas - Rebecca Solnit



Título original: Men Explain Things to Me (¡Vaya título! De esos que se quedan grabados en nuestra memoria a fuego, ¿no creen?)
Edición: Capitán Swing (2015)
Traducción: Paula Martín
Páginas: 143
ISBN: 978-84-945481-4-7
Precio: 16€
Calificación: 9/10

Untitled. Ana Teresa Fernández.
Enfríen el vino blanco (o cualquier bebida fuerte de su preferencia, en mi caso un Albariño) cuando comiencen a leer este libro, porque no es uno de esos que se leen relajadamente mientras una toma un relajante té o un café. Al menos yo necesitaba algo más fuerte para sobrellevar el cabreo que sentía mientras leía todo cuanto la brillante Rebecca Solnit nos expone en estos nueve ensayos con su peculiar agudeza, su incisivo sentido del humor y su deslumbrante sensatez. Y eso que estos ensayos no están escritos desde la ira (aunque ésta actúe como resorte) sino, todo lo contrario, desde la reflexión serena que la autora hace consigo misma en un intento por entender lo que le acontece y rodea, especialmente aquello sesgado por el sexismo y el machismo. En esa observación llega a conclusiones tan interesantes como que mientras las mujeres son educadas en la inseguridad y el silenciamiento, los hombres lo son en un infundado y, a veces ridículo, exceso de confianza. Y es que el cultivo del ego sí parece entender de género. 
«Decir a alguien, categóricamente, que él sabe de lo que está hablando y ella no, aunque sea durante una pequeña parte de la conversación, perpetúa la fealdad de este mundo y retiene su luz.» («Los hombres me explican cosas». Pág. 15)
El primer ensayo, que el más famoso de todos y da título al libro, nos relata de forma fresca pero también con un tono de asombro, pasmo e incredulidad (¿de verdad esto me está pasando a mi? Sí, te estaba pasando, Rebecca, a mí también me ha pasado) la anécdota que el sucedió con un señor "Muy Importante". De esta anécdota se derivó el término mansplaining, que puede definirse como "explicar algo a alguien, generalmente un varón a una mujer, de una manera considerada como condescendiente o paternalista", y lo que es aun más "importante", ejemplifica de forma bestial lo acostumbradas que estamos las mujeres a callar cuando un hombre habla, a no cuestionarle, a dudar de nosotras mismas, hasta el punto de que nos invisibilizamos ante la aparente sabiduría de un hombre que, resulta, ¡que sabe menos que nosotras!. Es como si lo llevásemos inscrito en el ADN, pero no, pues como la propia Rebecca señala, es algo cultural, fruto de los roles de la sociedad patriarcal, contra los que tenemos que empezar a luchar ¡Ya!. 
«Pero podemos deshacernos de la maldición que pesa sobre las Casadras que encontramos en nuestra vida cotidiana decidiendo nosotros mismos a quién debemos creer y por qué.» («El síndrome de Casandra». Pág. 108)
Pero no es este el único ensayo brillante pues todos ellos, cada uno a su manera, nos brindan una cualidad excepcional que convierte a Rebecca Solnit en una excelente ensayista: la invitación a reflexionar por nosotras mismas. Rebecca es una excelente narradora y sorprende que consiga aunar la disección casi científica de los hechos con una belleza literaria al recurrir a imágenes y conceptos que no sólo logran hacer comprensibles sus ensayos de manera didáctica sino que dan nombre a situaciones cotidianas que todas podemos encontrar con facilidad en nuestra propia biografía.
«Todo el mundo está influenciado por aquellas cosas que preceden a la educación formal, que aparecen de la nada y de la vida cotidiana. A estas influencias excluidas las llamo las abuelas». («Abuela Araña». Pág. 67)
Telaraña. Ana Teresa Fernández.
Así sucede, por ejemplo, con las abuelas-araña. ¿Quién no ha tenido (en mi caso particular tuve esa suerte, mi abuela María) o conoce a una? Esas mujeres que tejen historias de familia, crean un hogar, conservan recuerdos, rememoran anécdotas, transmiten tradiciones familiares de generación a generación, y que luego, asombrosamente, desaparecen de los árboles genealógicos, de los libros de historia, de las biografías de "Hombres muy importantes" (otro concepto que se incorpora de forma automática al vocabulario de quienes hemos leído este libro). Mujeres que participaron en la historia de forma activa pero que no salen en las fotos ni en los registros de la época ni en los libros que historiadores muy importantes escribieron sobre aquello dando su versión de los hechos (androcentrista, por supuesto)
«La peor de las críticas es aquella que busca tener la última palabra y dejarnos al resto en silencio; la mejor es la que abre un intercambio inacabable». («La oscuridad de Woolf». Pág. 89)
O «El síndrome de Casandra», la niña que contó la verdad pero que, a diferencia del mentiroso Pedro el del lobo, no la creyeron, y que todas las mujeres hemos sufrido en mayor o menor medida una, varias o innumerables veces a lo largo de nuestra vida; O «La caja de Pandora» que las feministas han abierto al cuestionar todo el sistema establecido hasta ese momento pero de cuyo ataque se encarga toda una «unidad policial de voluntarios» (¡toma concepto!) liderado por medios de comunicación empeñados en mantener los roles tradicionales de género y sexo, de ponernos a las mujeres en nuestro sitio (o sea, en casita con la familia, calladitas, sin hacer ruido ni ocupar espacios de responsabilidad empresarial o política, preparando tartas de manzana casera, ¡nada de salir de ahí!) 
«El futuro es oscuro, que es, en general, lo mejor que el futuro puede ser, creo», escribió Virginia Woolf, en su diario el 18 de enero de 1915 (...) A veces pienso que estas pretensiones de conocimiento acreditado son errores del lenguaje: el lenguaje de la aseveración atrevida es más sencillo, menos costoso, que el lenguaje de los matices y la ambigüedad de la especulación. Woolf era inigualable en el uso de este último.» («La oscuridad de Woolf». Pág. 79)
Untitled. Ana Teresa Fernández.
«Los pobres mueren de hambre mientras los ricos se tragan sus palabras» lleva como título uno de los epígrafes del ensayo antiglobalización «Mundos que colisionan en una suite de lujo» donde ejemplifica con el caso Nafissatou Diallo (agredida por el director de FMI en ese momento Strauss-Khan) en qué situación quedan las mujeres ante los avances de la agresiva política capitalista. Ojo a los títulos de los ensayos y de sus epígrafes, reflexiones sobre ellos cuando los lean. Rebecca Solnit no deja puntada sin hilo y su capacidad para nombre lo que hasta ese momento no tenía nombre, al más puro estilo Betty Friedan, es certera a más no poder.  Sigan también de cerca los cuadros de Ana Teresa Fernández con los que se ilustran los ensayos de esta cuidadísima edición; cada uno de ellos encarna algo instinto, oculto, salvaje, que va más allá de las palabras (si una imagen, dicen, vale más que mil palabras, estas obras son buen ejemplo de ello).
«(...) la violencia es, sobre todo, autoritaria. Comienza con esta premisa: tengo derecho a controlarte.» («La guerra más larga». Pág. 30)
¿Tienen el Albariño en la nevera? Pues sáquenlo y sírvanse otra copa antes de leer la espantosa relación de secuestros, asesinatos, violaciones y agresiones de todo tipo que se cometen contra mujeres de todo el mundo en lo que Rebecca denomina «La guerra más larga». Si algo caracteriza también a este libro es su minuciosa documentación. Rebecca Solnit contrasta cada una de sus afirmaciones con estudios, informes, datos, entrevistas, ensayos... Un planteamiento redondo para precedido de una investigación redonda, de ahí la verosimilitud y veracidad de todo lo que cuenta. Por supuesto que esto no se trata de una tesis doctoral, pero si aporta valiosísimos puntos de partida para que cada persona que la leamos podamos decidir, si queremos, seguir investigando sobre cada uno de los múltiples y heterogéneos temas que plantea... y, ¿cómo no hacerlo? ¿cómo permanecer indiferentes después de leerla? A mí, al menos me ha resultado imposible. 
«Aquí está la caja que sostuvo Pandora, y las lámpara de las que se liberó a los genios; ahora parecen prisiones y ataúdes. Hay gente que muere en esta guerra, pero las ideas no pueden ser eliminadas». («La Caja de Pandora y la Unidad Policial de Voluntarios». Pág. 139)
Rebecca Solnit.
El «Elogio de la amenaza» que tradicionalmente ha supuesto el matrimonio para las mujeres,  el elogio (esta vez sin ironía) de «La oscuridad de Woolf» (un maravilloso ensayo sobre esta mujer, madre entre las madres del feminismo, nuestra amada Virginia). Denle a leer cualquiera de estos ensayos a una mujer que no se considere feminista o a un hombre que opine que el feminismo no es necesario. Si después de leerlo, esa persona sigue pensando lo mismo, si no consigue empalizar con las mujeres ni con las situaciones que Rebecca Solnit menciona, entonces aléjense de sus vidas, no se crucen por sus caminos, o luchen para seguir convenciéndoles (a cada cual, sus medios, sus energías y sus prioridades) pero lo más probable es que tengan enfrente a una persona insensible, psicópata, egoísta o, simplemente, a un estúpido redomado. 

Nota: pueden visitar la web de la maravillosa artista Ana Teresa Fernández y disfrutar de más obras suyas en http://anateresafernandez.com

martes, 17 de octubre de 2017

El club de los mentirosos - Mary Karr


Título original:  The Liar´s Club.
Traducción: Regina López Muñoz
Edición:  Periferica y Errata Naturae (1ª edición. Octubre, 2017). 
Páginas: 517
ISBN: 978-84-16291-53-3 / 978-84-16544-45-5
Precio: 23,00€
Calificación: 7/10

Lo que más me ha gustado: el esfuerzo que Mary Karr ha tenido que hacer al contar el período de su vida transcurrido entre los ocho y los diez años debió ser hercúleo. La mejor terapia para lograr superar el torrente de cosas que ninguna niña (y ninguna persona) debería vivir, y menos con esa edad, ha sido la de vomitar todo cuanto lo que le sucedió. Sí, uso este verbo con toda la intención, vomitar, porque su infancia no fue fácil, máxime cuando en su familia existía una norma no escrita de que aquello de lo que no se hablaba, no existía. Bravo por Mary Karr, y bravo porque su testimonio conmovedor y honesto es todo un ejemplo de que la mejor manera de caminar por la vida es librarse de equipaje, dando voz a muchas realidades silenciadas.

Lo que menos me ha gustado: me costó hacerme con su estilo descarnado, caótico por momentos en las primeras páginas, turbio en su planteamiento. Así mismo, el relato de algunos de los acontecimientos, tan frío y distante, con un estilo casi de testigo de juicio o de reportera de prensa, ha provocado que haya tenido que parar en ese momento la lectura para poder rellenar yo los huecos que faltaban. ¿Quizás era eso lo que ella buscaba: no ser una narradora omnisciente? Pero es un libro de memorias y me habría gustado, para conocerla un poco mejor, que hubiese añadido, aunque solo fuese una línea, algo de sus sentimientos. 
«Qué raro», le señalé a mi hermana una noche en la bañera, «que pensemos que lo "normal" es que los árboles tengan hojas, cuando en realidad durante seis meses al año están completamente pelados». (Pág. 374)
Hay libros de memorias que cautivan por la formas, por ese narrar poético cargado de imágenes que transportan y acarician, por su estructura limpia y fluida, por su olor a magdalena que nos abre puertas de nuestra infancia que creíamos atascadas. Me viene a la mente, como ejemplos de esta clase de libros del género de memoir, La Plenitud de la Vida de Simone de Beauvoir, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou o Cuatro Hermanas de Jetta Carleton.
«(...) cuando eres una niña y ocurre algo gorodo el personal te hace el mismo caso que si fueras un mueble.» (Pág. 23)
Otros libros, sin embargo, cautivan por el fondo, por las historias que cuentan con un estilo seco y minimalista, despojado de adornos y centrado en diálogos repletos de latiguillos y frases hechas propias de cada entorno doméstico. Los personajes aparecen con ojeras, melenas despeinadas por acabar de levantarse y gritando, llorando, abrazando y peleando con un sentido del humor irónico que ayuda a romper tensiones, aligerar ambientes y tomar distancia de situaciones dramáticas. El ejemplo más prototípico es, sin duda, Léxico Familiar, de mi querida Natalia Ginzburg, e incluso Tú no eres como otras madres, de Schrobsdorff o Apegos Feroces, de Vivian Gornick, que logran sacarnos una sonrisa ladeada mientras leemos sus tragedias.
«Lo peor no fue el desbarajuste que trajo consigo, sino el silencio que cayó sobre nosotros. Nadie comentaba nada acerca de nuestra forma de vida anterior. Era como si los propios cambios nos hubiesen engullido igual que una gran ola, arrasando con todo cuanto habíamos sido.» (Pág. 88)
Mary Karr.
¿Y El club de los mentirosos? ¿A qué grupo pertenece? Pues es una mezcla de ambas. Confieso que me costó entrar en el libro. Al principio, la profusión de nombres, los saltos en el tiempo hacia delante y hacia atrás, las referencias a personajes que no acaban de tener trascendencia en la historia más allá de crear un boceto de atmósfera (vecinos, compañeros de clase...), el lenguaje insolente plagado de tacos, hizo que en alguna que otra ocasión me plantease dejar el libro de lado y pasar a otra cosa. Sin embargo, resistí porque una voz interior me decía que merecía la pena darle una oportunidad y que lo mejor aun estaba por llegar. Y, efectivamente, así fue. Una vez que te adaptas al estilo de Mary Karr es fácil deslizarse por él como si estuvieses aprendiendo a patinar y, después de darte unos cuantos culazos, lograses mantener el equilibrio y empezar a disfrutar del paisaje.
«Entonces dije algo que provocó que Lecia me diera un pellizco en el tobillo: «Me da mucha pena que estés encerrada [en el psiquiátrico]». Ella se echó a reír. «Qué coño, cariño mío», respondió, «vosotros también estáis encerrados. Sólo que en un cuarto más grande». (Pág. 280)
Mary Karr, haciendo alusión a la numerosa aparición de armas varias que aparecen en el libro, es una metralleta. Ráfagas de insultos, malas noticias y hechos de gran gravedad rociaron de casquillos la infancia de la autora que, en este libro, se centra en un período concreto de su vida entre los ochos y los diez años. Una madre alcohólica, amante de los libros, que va encadenando un matrimonio tras otro y que esconde un secreto que solo conoceremos al final de la obra y que nos ayudará a encajar las piezas de su personalidad; un padre que se reúne con un grupo de amigos formando el famoso "Club de los mentirosos", con el que pesca, caza, organiza barbacoas, todo regado de historias (muchas de ellas exageradas o inventadas) y alcohol; una hermana, Lecia, dos años mayor que ella que demuestra una madurez y un pragmatismo insólito para su corta edad, obligada por las circunstancias de su familia; una abuela desquiciada y amargada que cree en las palizas reparadoras y en la necesidad de controlar todo cuanto le rodea...
«Ahora lo imagino leyendo esto y me dan ganas de salirme de la página y agarrarlo por las solapas para que lo rememoremos juntos. Qué pasa, chaval. Seguramente ni leas, pero alguien habrá que lo haga por ti (...) Si cuento esto ahora, con la perspectiva de décadas y les de kilómetros, es para recordarte que sigo teniendo muy buena memoria, como me decía siempre mi padre». (Pág. 313)
En ese ambiente, tan aparentemente insano, las mentiras que dan nombre al club del padre se expanden como la mala hierba. Los miembros de la familia mienten, no tanto por acción sino por omisión. Aquello de lo que no se habla, no existe. Aquello que no se cuenta, nunca pasó. Es por ello que hay que reconocerle a Mary Karr el mérito de la catarsis personal que ha realizado en este libro autobiográfico contando todo cuanto vio y oyó, con el apoyo de su madre y de su hermana, durante aquella época. Es abrumadora, sin embargo, la frialdad con la que en muchas ocasiones aborda los temas que nos cuenta. Como si de un recorte de un periódico se tratase, a veces nos relata lo sucedido con la distancia de un periodista: pasó esto y aquello, a tal hora, en tal sitio y en tales circunstancias. Punto. ¿Qué sintió al respecto? ¿Por qué no se habló de ello? ¿Qué hizo ella inmediatamente después? Con el pudor que da hablar de una misma, Mary Karr se guarda las respuestas para sí y no las comparte con quienes la leemos. Sin embargo, a pesar de eso, Mary logra reconciliarse con su pasado y la admiración y el amor que siente por su familia, heredando el amor por la lectura de su madre, la capacidad para narrar historias de su padre, y la brújula en su vida que es su hermana, se detecta en cada uno de sus puntos y comas. No en vano, como señala la propia autora en el prólogo del libro: «cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional». 
«En cuanto al motivo por el no nos había contado nada hasta entonces (...), su respuesta literal se me ha quedado grabada por ser una de las frases más patéticas que pueda pronunciar una sexagenaria:—Pensé que dejaríais de quererme.» (Pág. 505)
Bayous en Texas.
La acción transcurre a caballo entre el seco Texas y el frondoso Colorado, dos ambientes distintos que se convierten en dos protagonistas más de la historia. Una de las cualidades como narradora de Mary Karr es la gran homogeneidad y coherencia de las imágenes literarias que usa ya que en ellas se recurre a elementos típicos de la cultura tejana y del western de Colorado: botas y sombreros de cowboys, serpientes y huracanes (cambios que arrasan con cuanto uno tiene), escarabajos y bayous (símbolo del fango en el que caminan esas relaciones familiares y esa realidad desestructurada), navajas y pistolas (la violencia como sombra del relato), son el esqueleto de la narración, dándole movimiento, veracidad y armonía. Y no quiero acabar sin mencionar algo que me ha llamado poderosamente la atención. En la faja que cubre el libro, se promete «la risa más sincera» [sic] y en la contraportada se denomina la niñez de Mary Karr como «tragicómica» [sic, sí, otra vez] e incluso he leído navegando por internet que esta obra le ha parecido a alguien «desternillante». Yo no sé qué libro habrán leído estas personas pero a mí, personalmente, no me ha desencadenado la «risa sincera» (en algún caso, alguna sonrisa ladeada al detectar la pauta que sigue Mary Karr para quitar hierro al asunto, como si nos dijera, preocupada por sus lectores: «tranquilos, salí de esta»), ni me ha parecido tragicómica (la única comicidad es la que la propia autora coloca en la narración desde la distancia, en un estilo que recuerda a Lucia Berlin, especialmente cuando habla de su padre) ni, por supuesto, «desternillante». Aviso para que no les pase como a mí, que me pilló desprevenida tanta frivolidad al abordar este libro; no quiero que me metan en el club de los mentirosos...


martes, 10 de octubre de 2017

Verde agua - Marisa Madieri



Edición: Editorial Minúscula.
Páginas: 168
ISBN: 978-84-941457-3-5
Precio: 12,00€
Calificación: 9/10
«El núcleo más antiguo de mi nostalgia se encuentra en una isla adriática, entre salvias olorosas que argentan los soleados pedregales y espumas «que en alta mar eran sirenas». Pero en aquella luz quieta, sin tiempo, ha transcurrido un presagio de ocaso. La isla ya no desconoce la contradicción». (Pág. 32)
Leer a Marisa Madieri es como flotar boca arriba en un lago de aguas tranquilas, verdosas, bajo un cielo azul sereno en el que aparece alguna nube blanca preciosa, ninguna amenaza de lluvia, que sirve para jugar a las formas mientras el ritmo acuático te balancea: esa tiene forma de colibrí, esa otra de cesta con manzanas... Pero sabes que por debajo de ti y de esa paz que te envuelve hay toda una vida. Peces y seres acuáticos recorren ese mismo agua en la que flotas, juncos se abanican al ritmo de corrientes subacuáticas, flujos de agua fría y caliente visitan cada rincón de ese lago, rocas se van desgastando adquiriendo formas imposibles... Marisa Madieri, una escritora "escondida" hasta hace poco, fue la mujer del prestigioso escritor Claudio Magris. Nacida en 1938 en Fiume (hoy Rijeka), antiguo territorio italiano que tras la Segunda Guerra Mundial pasó a pertenecer a Croacia, con once años se vio obligada junto a su familia a abandonar su ciudad natal para instalarse en un campo de refugiados de Trieste (Italia). Esta obra, escrita a modo de entradas de diario entre noviembre de 1981 y noviembre de 1984, fue publicada en 1987 cosechando unas críticas tan maravillosas que a día de hoy se le considera ya un «pequeño clásico contemporáneo».
«Esto le permitió [a mi madre] comprarme una falda acampanada y un conjunto formado por una rebeca y un jersey de cuello redondo, de orlón color verde Nilo (...) También verde agua se llamaba aquel color, que para mí es aún hoy el color del amor». (Pág. 138)
Igual que las capas de ese lago en el cual flotamos, la novela contiene también varias capas narrativas hiladas de forma sutil que nos permiten deleitarnos con los reflejos y las ondas de su superficie brillante y reposada pero también ver con claridad las simas, los remolinos, los bichos intimidantes, que contienen en su interior.
«He reflejado el rostro en el espejo de la noche y en el frágil verano de mis rasgos he visto reproducidas las ensenadas y los relieves de la isla Alcínoo, he recorrido los valles claros de la juventud, he seguido los senderos del tiempo, del recuerdo y del olvido». (Pág. 49)
Así, la primera capa estaría formada por el transcurrir de la vida vista con esa perspectiva apacible y serena que da no sólo el paso del tiempo sino también la superación de una enfermedad. Cuando Marisa, la bella Marisa, comienza a escribir este diario, ha superado un cáncer de mama. No tiene obligaciones laborales. Los hijos ya son mayores. El marido viaja bastante por temas laborales. Y de repente, se encuentra con una casa tranquila y silenciosa en la que las prisas por llevar a los niños al colegio, preparar cenas, poner lavadoras han dado paso a un discurrir lento del minutero del reloj que le permite reflexionar con calma sobre su propio pasado, en esa «profundidad del tiempo» que ha conquistado recientemente. Comienza por su infancia mostrándonos escenas congeladas recuperadas a golpe de recuerdo de su familia y de su Fiume natal. La infancia es su «Atlántida» particular, representada a través de ese comedor de la casa de su abuela paterna donde no se le estaba permitido entrar. Ya entonces se muestra como una niña tímida y retraída, estudiosa y responsable, con una gran curiosidad por todo cuanto le rodeaba, características que la asemejan a mi querida Natalia Ginzburg. Al igual que ésta, nos va retratando a través de las entradas breves y sucintas de su diario, a todos los miembros de su familia, creando una galería de personajes indestructibles que quedan grabados en la memoria del lector. Natalia nos hablaba de ese padre gruñón y exigente y esa madre hiperactiva y optimista. Marisa nos habla de una madre cariñosa empeñada en que sus hijas estudiasen para convertirse en mujeres independientes que le fue arrebatada demasiado pronto, «justo cuando habría podido empezar a devolverle aquello que hasta entonces sólo había recibido», y de un padre intermitente, preso político, con una imaginación prodigiosa, «consiguió siempre modificar alegremente su pasado en el recuerdo y transformar su vida en una novela llena de aventuras y de empresas gloriosas en las que acabó creyendo», que luchaba por encontrar un trabajo estable en medio de todas las turbulencias políticas que les rodeaban.
«Hay días en que miro de buena gana hacia a trás, otros en que el pasado se hace opaco y elusivo. Los intereses contingente prevalecen. Luego, de forma imprevista, el hilo secreto del tiempo que teje nuestra vida revela su tenaz continuidad. Un desgarro, un vuelvo del corazón. Todo está aún presente». (Pág. 51)
La segunda capa estaría formada por la historia de un éxodo, un éxodo que yo personalmente desconocía hasta que leí a Marisa Madieri. No en vano, a ella se la considera una de las voces representativas del éxodo istriano-dálmata. A través del relato de anécdotas domésticas Marisa nos arrebata el ambiente familiar, seguro y tranquilo que vivía en Fiume, nos habla de cómo el gobierno de Tito saquea, ocupa y reparte sus propiedades para obligarles a irse y nos introduce en los boxes grises, industriales, casi carcelarios del campamento de Silos, donde los italianos de Fiume son recluidos, en principio, de forma provisional. Pero el tiempo va pasando, Silos se convierte en guetto. Los boxes se deterioran, se vuelven inhabitables, frío helador en invierno, calor angustioso en verano. Marisa se refugia en el baño de la planta en la que vive, un baño con ventana desde donde puede imaginar todo el mundo que hay ahí fuera, esperándola, mundo al que ella tiene miedo a salir. La estabilidad y felicidad de las que gozó en su infancia han desaparecido y se aferra a pequeñas cosas, sobre todo a su madre, para poder lanzarse a la vida. Los miedos de Marisa son los miedos de cualquier refugiado, emigrado, exiliado. Llama la atención la figura de la abuela materna, representante de la voz autoritaria del fascismo de su época, matrona deseosa de controlar todo y a todos cuantos le rodean, que no sólo definía a las mujeres como «cloacas», sino que se erigió como «alcaldesa de Silos» y que atormentaba a la madre de Marisa con absurdas obligaciones como que le anotase detalladamente los partes metereológicos. Una mujer que llevaba a cabo «sórdidamente su obra de destrucción del más débil».
«A veces me siento incómoda en el papel de madre; me siento inepta, me parece que educo de forma descuidad, que hablo poco, que dejo escapar en vano estos preciosos años y días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores». (Pág. 53)
Sobre estas dos capas flota una tercera, la propia Marisa sobre el agua verde, su novela de formación, de desarrollo vital. Ella es quien es y está donde está por todo lo anterior. Agradece cada día extra que le concede la vida, sobre todo cuando el cáncer vuelve a reproducirse. Se reconcilia con su pasado, incluso con aquellos episodios terribles que algunos de sus familiares protagonizaron, en unos casos, o sufrieron, en otros. No oculta nada debajo de las piedras, remueve el agua para que salga turbia y luego observa cómo va reposando dejándonos ver lo que hay en debajo, en el lodo, sacándolo a la superficie. Como cuando nos habla de aquella tía materna, Teresa, que tras ser abandonada por su marido y ver perder a su hija de poco tiempo, murió sola con la única compañía de una foto de la pequeña descolorida por los besos, o de ese tío, Rudy, que superado por la miseria, comenzó a beber y se suicidó;
«Si he regresado a Ítaca, si en los largos silencios de mi vida han resonado por un instante las notas del vals que los planetas y las estrellas, tan relucientes esta noche, danzan en la odisea de los espacios, siento que debo dar las gracias a una multitud de personas, incluso a las que he olvidado». (Pág. 168)
Marisa regresa a sus amadas Croacia y Estonia tanto en sus recuerdos como físicamente cada vez que le es posible. Con ella viajamos a la Villa del Nevoso (hoy Ilirska Bistrica), a la isla de Cres (donde la pasión por su marido reflorece como en el sugerente «Cantar de los Cantares 7, 12», a las calles de la antigua Fiume. Dice Claudio Magris en el posfacio de este libro que la historia de Marisa es una grieta en la «atopía», el no-lugar de la mujer en la Historia, al conseguir que a través de ella hagamos un viaje a través de los ojos de una mujer, de su mujer para ser más exactos. Un viaje lleno de melancolía, afrontado con serenidad, que nos reconcilia con nuestro pasado, con nuestros recuerdos y que nos permite apreciar las pequeñas cosas de la vida, de nuestro presente. Marisa moriría en 1996, a los 58 años de edad, de cáncer. Este testimonio que nos ha dejado, aunque no se coincida con ella en algunas cuestiones ideológicas (Marisa fue católica y provida) es, simplemente, precioso.

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