jueves, 18 de enero de 2018

Virginia Woolf. Vida de una escritora - Lyndall Gordon


Título original: A Writer´s Life (1984)
Edición: Gatopardo (1ª edición, 2017)
Traducción: Jaime Zulaika
Páginas: 436
ISBN: 978-84-946425-4-8
Precio: 22,95€
Calificación: 8/10.
«Vosotras, que procedéis de una generación más joven y feliz, puede que no hayáis oído hablar del "ángel del hogar" (...) Me planté delante de aquel ángel y le agarré por la garganta. Hice lo posible por asesinarlo. Si no lo hubiera matado, él me habría matado a mí como escritora.» (Pág. 25)
Lo que más me ha gustado: Lyndall Gordon consigue presentarnos un retrato de Virginia Woolf muy alejado de la imagen que se ha sobrevendido de ella de mujer trágica depresiva que un día se metió unas piedras en los bolsillos para ahogarse y acabar con ese sufrimiento que le suponía el vivir. Nada más lejos de la realidad. Excepto aquellos períodos de profunda depresión causados especialmente por los abusos sufridos en su infancia y por las muertes sucesivas de personas tan importantes en su vida como su propia madre, su hermanastra Stella y su hermano Thoby, Virginia fue una mujer tremendamente vital, apasionada, segura de sí misma, rodeada de gente que la apoyó y entusiasta de la vida y del momento presente. 

Lo que menos me ha gustado: más que una crítica es una advertencia. Antes de leer este libro es aconsejable haberse hecho con un buen fondo de lectura de Virginia Woolf. Por ejemplo, yo aun no he leído Orlando y hubo muchos párrafos interesantísimos en apariencia que no pude exprimir por ello. Claro que siempre se pueden señalar aquellas páginas en las que habla de sus obrar para luego volver a ellas una vez se lean. Y es que lo maravilloso que tiene este libro es que luego puede usarse como herramienta de consulta woolfiano
«Virginia Woolf dijo que "si la vida tiene una base", esa base es un recuerdo.» (Pág. 17)
Tres hermanas: Vanessa Bell, Stella Duckworth y Virginia.
La vida de Virginia Woolf (Reino Unido, 1882-1941) es fascinante. A pesar de estar exhaustivamente documentada gracias a testimonios, fotografías, correspondencia, novelas, ensayos, diarios (esos que escribía compulsivamente como forma de explorar su mente y ahondar en temas que luego trataría en sus obras), cuanto más se la conoce más sorprende. Abordar la titánica tarea de enfrentarse a toda esa herencia escrita para escribir una biografía no es fácil pero Lyndall Gordon consigue darnos una visión precisa sobre la vida de Virginia centrándose en un aspecto concreto de la misma: su faceta como escritora. Pero, ¿eso es posible? ¿Se puede diferenciar a una autora de su obra? ¿Meter en compartimentos estanco sus vivencias personales separados de sus logros profesionales? ¿Diseccionar el yo publico del yo privado? Obviamente, no, y por ello esta obra se titula precisamente Vida de una escritora.
«Tengo los sentimientos de una mujer pero sólo el lenguaje de los hombres», citó Virginia Woolf en una reseña de 1920 (...) Virginia Woolf se propuso crear el modelo de su sexo». (Pág. 61)
Cada obra que Virginia escribió tuvo un por qué, un momento-génesis que levantó como un resorte alguna idea en la imaginación de la autora empujándola a sentarse en su sofá, el tablero sobre su regazo facilitando la escritura, y escribir sobre ello. Como ese punzante recuerdo que regresaba una y otra vez de aquella ocasión en su infancia en que de vacaciones en su casa de verano en Cornualles se planificó un viaje en barca al Faro y a su hermano pequeño Adrian no se le permitió ir. De ahí surge la necesidad de escribir Al Faro como un viaje de regreso a su infancia que le permitiese resucitar a su madre, aunque solo fuese sobre el papel, reconciliarse con el padre y viajar de nuevo a aquella época en la que la muerte aun no se había cebado con la numerosa y unida familia. 
«Para ella la enfermedad podía ser una liberación: "la enfermedad arranca de nuestros adentros los antiguos y tercos robles (...) Aquí vamos solos, y es mejor así. (...) Virginia sugiere que lo que ve una mente deprimida puede no ser irreal, sino simplemente intolerable.» (Pág. 89)
Virginia y Leonard Woolf
La galería de personajes que van apareciendo a lo largo de esta obra, relacionándolos a todos ellos con la obra literaria de Virginia, es esclarecedora. Desde el papel que jugó su madre Julia en su formación como persona y como escritora hasta el revelador papel del padre, Leslie, a quien logró superar especialmente en el tratamiento biográfico de los personajes de Virginia, la alumna que supera al maestro, pasando por sus hermanos mayores, indignos y abusadores que veían a sus hermanas como una propiedad ante lo que ellas se rebelaron y la siempre leal Vanessa, la hermana de Virginia, su alma gemela, que luego pasaría a la historia como Vanessa Bell una magnífica pintora de vida igualmente interesante. Lyndall, gran conocedora y admiradora de Virginia y de todo el Grupo Bloomsbury se mimetiza con la biografiada en la narración y recurre también al flujo de pensamiento como forma de acercarnos su vida, sus inquietudes y sus pasiones.
«En una reseña temprana y sin firma sobre las cartas de amor de Carlyle, Virginia advirtió que "cuanto más vemos, menos podemos etiquetar", y "cuanto más leemos, más desconfiamos de las definiciones."» (Pág. 219)
La obra comienza con una reflexión que me encantó en cuanto la leí y que nos da una idea de ante qué nos vamos a encontrar en esta biografía. Dice Lyndall Gordon que ella quiso escribir esta historia para hablarnos de una escritora que logró sobreponerse a tragedias familiares, enfermedades mentales y físicas, altibajos para contrarrestar la línea argumental trágica, repleta de fatalidad y muerte, que tradicionalmente se le ha venido asignando a las mujeres, incluso asignándoselo como algo natural en ellas porque el genio y el talento femeninos fuese algo contra natura. ¿Eres mujer y te sales del camino marcado? ¿Demuestras tanto talento o incluso más que un hombre? ¿Te atreves a hacerte un hueco fuera de tu casa y de tu cocina? Pues pagarás un precio por ello... Es fantástica esta referencia que Lyndall hace a otra gran mujer escritora que sacó los pies del tiesto:
«¡Por Dios! —protestó la escritora Doris Lessing—, es mujer [Virginia] disfrutaba de la vida cuando no estaba enferma; le gustaban las fiestas, sus amigos, los picnics, las excursiones, las caminatas. Cómo nos gustan las víctimas femeninas; oh, cómo llegan a gustarnos». (Pág. 11)

Lyndall Gordon
Sin embargo, Lyndall (Sudáfrica, 1941) demuestra ser una biógrafa creíble y objetiva pues lejos de encumbrar a Virginia a las intocables alturas de la exaltación y admiración nos la presenta como una mujer terrenal, obviamente, con sus lados oscuros y sus aristas, como cuando nos habla de Laura, la primera hija de Leslie Stephen, nacida de su matrimonio anterior y hermanastra de Virginia, quien debido a su retraso mental fue apartada de la familia y estuvo siempre al cuidado de extraños y de instituciones mentales. Virginia apenas tuvo trato con ella por ese motivo y tampoco parece que se preocupase en exceso por tenerlo. Este episodio junto con algunos comentarios antisemitas (resulta paradójico que Virginia se casase precisamente con Leonard Woolf, un judío «pero sin dinero», como ella misma gustaba de bromear) así como el carácter excesivamente perfeccionista casi hasta la intolerancia de Virginia nos otorga las sombras necesarias para construir este personaje real, a ratos lleno de luz, a ratos inundado en la penumbra.
«¿Acaso conocemos a alguien?—le pregunta a Vita—; sólo conocemos nuestras propias versiones de ellos, que... son emanaciones de nosotros mismos.» Como de costumbre, se muestra como la hija de un biógrafo, cuestionando los métodos de trabajo habituales de la biografía.» (Pág. 292)
En conclusión, esta obra es fundamental para poder entender mejor el por qué de la transcendencia de la figura de Virginia Woolf. No solo era una escritora excepcional, que lo era, sino que fue una auténtica exploradora en busca de un lenguaje femenino. Rompió con el machete de su testarudez y su amor por las letras las lianas de la expresividad masculina que enconsertaba el mundo de la mujer. Para ello emprendió un viaje sin retorno por la literatura experimental. En ese flujo de pensamiento se sintió tan cómoda que no solo adquirió más seguridad como escritora sino también como persona, adquiriendo un tono lúcido en sus observaciones sobre la época que le tocó vivir y el espíritu atemporal del ser humano. Recorrer de la mano de Lyndall las principales obras de Virginia: Orlando, La señora Dalloway, Al faro, Noche y día... es como hacer un viaje por nuestras propias vidas. 


martes, 9 de enero de 2018

La invitada - Simone de Beauvoir


Título original: L´invitée
Edición: Aguilar (1972).
Traducción: Juan García-Puente
Páginas: 500
ISBN: 84-03-04988-9
Precio: 20€ (Obras completas de Simone de Beauvoir, volumen I. Descatalogado aunque no es difícil de encontrar en librerías de segunda mano).
Calificación: 8/10

Lo que más me ha gustado: la evolución de los personajes. Simone demuestra ser mucho más que una ensayista, es una narradora extraordinaria capaz de crear una historia coherente en la que lo importante no es tanto la trama sino la vida interior de sus personajes. Éstos mienten, discuten y se reconcilian; se quedan solos con sus pensamientos, los expresan, los maquillan, los exageran. Personajes de carne y hueso que a veces se desdicen y otras se ratifican y que ahondan en lo difícil que es muchas veces actuar conforme a lo que uno siente, o le gustaría sentir. La dialéctica pensamiento-acción es un personaje más de la novela.

Lo que menos me ha gustado: Simone intenta, al igual que en sus memorias, hacer un retrato tan real de la vida que los giros que no llevan a ningún lado, las situaciones que se repiten por la indecisión de los personajes, las inseguridades que impiden que la acción avance pueden ralentizar el relato. Quien la lea debe tener en cuenta dos cuestiones: la primera, que Simone nunca deja su faceta existencialista ni siquiera en sus novelas; la segunda, que es una novela a fuego lento en la que lo importante no es qué pasa sino por qué pasa. 
«Con respecto a Xavière, sentía, con una especie de alegría, alzarse en su interior algo muy negro y amargo que aún no conocía y que casi era una liberación: poderoso, libre, floreciendo al fin sin impedimentos: era el odio.» (Pág. 442)
Françoise y Pierre son una pareja perfecta, un tándem equilibrado que conforman una sola persona. Ella, escritora. Él, dramaturgo. Ambos perfectamente integrados en el mundo intelectual del Paris de 1939, meses antes de que la Segunda Guerra Mundial agite el continente europeo de forma fulminante. La amenaza de ese conflicto no impide que estos intelectuales disfruten de una vida alegre rodeados de bambalinas, borracheras en cafés parisinos, y de análisis exhaustivos de cada una de sus emociones. Tan compenetrada está la pareja que aceptan en esa relación abierta la entrada de terceras personas sin que ello amenace su identidad. Son dos. Son uno. Sin embargo, la llegada de una "invitada" especial, Xaviére, hará tambalear peligrosamente esa relación que hasta entonces parecía edificada sobre sólidos cimientos de hormigón.
«En realidad, para un corazón puro y no prevenido debe de ser un enigma esa seriedad con que buscamos el matiz exacto de cosas inexistentes». (Pág. 72)
Simone y Sartre.
Xaviére es una joven intensa e insatisfecha con su vida en la provinciana Rouen. Françoise queda prendada de su belleza, su ingenuidad y su carácter visceral y reconoce en ella una conciencia idéntica a la suya. Como si de una Pigmalión se tratase, accede a hacerse cargo de ella en París, mantenerla económicamente, e incentivarla a que comience a estudiar para formarse un futuro en la ciudad. Pierre, por supuesto, ve en esta invitada una oportunidad de reforzar él también su propio ego y se propone conquistarla, formarla como actriz y convertir ese perfecto tándem en un trío armonioso. Françoise-Pierre-Xaviére son, en un primer momento, el trío perfecto. Juntos recorren París, acuden a espectáculos, pasean por sus calles, charlan animadamente. Son conscientes de que provocan estupor y escandalizan a quienes les observan pero eso no les importa. Son existencialistas, el proyecto de vida es lo más importante para ellos, su individualismo está por encima de cualquier censura social.
«—(...) la mentira es una cosa tan gratuita...
—Siempre es gratuita cuando se descubre—dijo Françoise.
» (Pág. 131)
Sin embargo, esta armonía dura poco. Françoise comienza a verse desplazada en ese trío por la excesiva atención, casi obsesiva, que Pierre presta a Xaviére, así como por el carácter volátil e inconstante de la propia invitada. Xaviére es una joven triste que busca y necesita estímulos intensos a cada momento. No tiene perseverancia ni paciencia, es caprichosa, inestable y explosiva, manipuladora y mezquina, infantil y perezosa; vendría a encarnar algo así como «el eterno femenino» por antonomasia. Françoise, sin embargo, es una mujer racional, moderna y reflexiva, que ha adoptado muchas cualidades que se han considerado tradicionalmente masculinas: trabajadora, noble, conciliadora y tranquila, confiable y estable. Sin embargo, Françoise comienza a reconocer en ella misma sentimientos que considera innobles y que dentro de su filosofía existencialista podrían considerarse de "mala fe": los celos y, sobre todo, el odio.
«Cuando Françoise se hallaba en aquel piso, le parecía que todos aquellos años no la habían conducido a ninguna parte: el tiempo se extendía a su alrededor en una charca estancada y dulzona. Vivir era envejecer, nada más». (Pág. 148)
¿Basada en hechos reales?
Olga Kosakievicz, Simone y Nelson Algren
La relación abierta que Simone mantenía con Sartre no era ningún secreto para sus contemporáneos. Nunca se escondieron, defendían su «libertad radical», y era común verles pasear por los cafés parisinos en compañía de los amantes de ambos de turno. Mítica es la frase que Sartre le dijo a Simone cuando le propuso que tuviesen una relación poliamorosa al señalar que ellos dos eran los "amores necesarios" y que había que dejar entrada a "amores contingentes", tal y como la propia Simone recoge en su primer volumen de memorias, Memorias de una joven formal. A veces, incluso, compartían esos amantes como así sucedió con Olga Kosakievicz (1915-1983), una refugiada rusa alumna de Simone a la que ésta "amadrinó". De hecho es a ella a quien dedica esta novela de La Invitada. Así es fácil comprobar que Françoise es el alter ego de Simone, Pierre es Sartre y Xaviére está inspirada por Olga. A propósito de esto, en algunos sitios se dice que el personaje de Xaviére es una aleación de Olga y su hermana Wanda, ambas amantes de Simone y de Sartre, pero en La Plenitud de la Vida, segundo volumen de sus memorias, Simone únicamente habla de Xaviére en relación a Olga, no a su hermana.

Es realmente interesante la lectura de La Plenitud de la Vida de forma paralela a La Invitada pues es como si ésta fuese una forma de novelar su propia vida. Así, en ambas encontramos que Simone/Françoise se ven obligadas a ingresar en un hospital a causa de una infección pulmonar y también en la Plenitud comprobamos el proceso de escritura de La Invitada ya que Simone dedica una parte importante a explicar por qué escribió esta novela que comenzó en octubre de 1938 y terminó en verano de 1941 y cómo fue modificándola en numerosas ocasiones, para adaptarla a la relación que en ese momento mantenían con Olga y porque no acababa de satisfacerle su escritura. De hecho, aunque esta novela fue candidata al prestigioso Prix Goncourt, no resultó finalmente ganadora, algo que no sorprendió a la propia Simone porque creía que podía haber dado mucho más de ella misma.

Como curiosidad, la vida amorosa de Simone y de Sartre es tan intensa que habría hecho las delicias de cualquier publicación amarillista. Como cotilleo complementario comentarles que Olga acabaría casándose durante la Segunda Guerra Mundial con Jacques Bost, amante de Simone a quien ella dedicaría en 1949 ni más ni menos que «El Segundo Sexo» por haber sido quien le dio la idea del (acertado) título, por haber mantenido también ambos un amplia correspondencia en la que trataron muchos de los temas de este libro, y porque, según Simone, «era el hombre menos machista que había conocido». En La Invitada aparece bajo el personaje de Gerbert, un joven sensible y tímido, amante del teatro, y tal y como pasó en la vida real Françoise/Simone comienza una relación con Gerbert/Bost mientras éste ya está saliendo con Xavière/Olga, relación que se extendería en el tiempo y que ni el matrimonio de Bost interrumpiría. Lo que les digo. Un lío folletinesco de cuidado. 
«Uno se pone a existir por las buenas; y, como dentro de uno mismo sigue sintiéndose igual, se apela estúpidamente a garantías externas.» (Pág. 175)
El existencialismo como linterna.
Sin embargo, el resultado es excepcional, con un final de esos que nunca se olvidan. Simone se reprochaba que este final traicionaba su exigencia de dejar que la cotidianidad entrase en la ficción; al fin y al cabo, no es ese una acto cotidiano. Sin embargo uno de los ejes en torno a los cuales gira el pensamiento de los existencialistas y también de esta novela es «la conciencia del Otro», un concepto que serviría de punto de partida al aclamado ensayo feminista de «El Segundo Sexo» que Simone escribirá en 1949. En La Invitada comprobamos cómo Françoise se pregunta: . La escritura sirve a Simone de catarsis personal pues en La Plenitud de la Vida confiesa que con ese desenlace «liquidaba las irritaciones, los rencores, que había podido sentir respecto a Olga; purificaba nuestra amistad y, sobre todo, recobraba mi propia autonomía». Así, Françoise/Simone decide, de forma extrema, no convertirse en una mujer resignada, recuperar su libertad respecto a Pierre/Sartre y mantener su amistad con Xaviére/Olga.
«Era ella quien durante años había incurrido en el error de considerarlo tan solo como una justificación de sí misma; ahora advertía que él vivía por cuenta propia, y el precio que pagaba por su aturdida confianza consistía en que se hallaba de pronto en presencia de un desconocido». (Pág. 171)
El feminismo.

Montparnasse. París.
Simone no se muestra aun en esta novela como la feminista en la que se convertiría tras escribir «El Segundo Sexo», pero ya observamos en ella varios elementos precursores del mismo. En primer lugar, el estudio que del carácter de la mujer hace a través de sus personajes. Mientras que Françoise, como firme existencialista, analiza con lupa cada una de sus emociones y cada una de las frases que pronuncia incluso con una exhaustividad que puede resultar agotadora, Xaviére es un alma frívola y superficial. Françoise pertenece al mundo de las ideas; Xaviére al mundo de las emociones. El duelo entre estas dos protagonistas femeninas relega a un segundo plano al personaje masculino de Pierre, haciendo gala por momentos de una gran sororidad entre ellas que, sin embargo, cambia a una rivalidad dañina. Esos intervalos de amor y odio son provocados por sus propias inseguridades y sus caracteres incompatibles y azuzados por el donjuanismo retórico de Pierre. Pero también aparece otro personaje fundamental, el de Elisabeth, la hermana de Pierre que vive la vida con lo que los existencialistas llamarían mala fe. No siente nada. Todas sus emociones y pasiones son fingidas con el fin de integrarse en el círculo de intelectuales y de encontrar un sentido a su existencia. Pero elige el camino erróneo. Se deja engañar por su amante Claude, un hombre casado que nunca dejará a su mujer por ella. Se autodenomina artista y finge disfrutar pintando aunque los colores que usa no la generan más que hastío y abulia. No empatiza con el trío amoroso protagonista a los que dota de una frivolidad que es la tónica de su propia vida y, lo que es peor, hace trampas consigo misma y niega la existencia de otras conciencias e incluso de la suya propia. En definitiva, no es íntegra y vive de puntillas definiéndose en función de cómo la ven los demás, los "Otros". Pero, sin duda, la forma en la que el feminismo aparece con más claridad es en el deseo, en la necesidad vital de Françoise de liberarse del influjo que, primero Pierre/Sartre, y después Xaviére/Olga, ejercen sobre ella. Recordemos, la «libertad radical», el conflicto entre hacer aquello que se debe y aquello que se quiere, la lucha por no volverse cómoda y dependiente de los demás y la valentía que exige ser fiel a uno mismo. Françoise, en un giro imprevisible de la obra, finalmente logra esa «libertad radical» o, al menos, porque se podría discutir este extremo, cree lograrla, pues cabe preguntarse, ¿de verdad se ha liberado? ¿ha conseguido así desembarazarse de los remordimientos que tanto temía o, de tenerlos, compensa estos lo que ha hecho? Si leen esta estupenda novela, ya me dirán...


Canción dulce - Leila Slimani


Título original:  Chanson Douce
Traducción: Malika Embarek López
Edición: cabaret Voltaire (1ª edición. Marzo 2017). 
Páginas: 278
ISBN: 978-84-944434-8-0
Precio: 19,95€
Calificación: 8/10

Lo que más me ha gustado: la voz con la que Slimani nos cuenta esta historia impacta de forma hermosa, floreada, francesa, con todas esas metáforas y esa forma de contar tanto con tan poco, de hacerlo todo tan bonito a pesar de la dureza de lo que nos cuenta. 

Lo que menos me ha gustado: el tratamiento de los personajes. Slimani se centra en la figura de la niñera, Louise, ahondando en su pasado que ha ido abonando hasta dar como fruto un presente perturbador. Sin embargo, presenta a los padres y a los niños de refilón, al contraluz. Esa figura del narrador parcial pesa a lo largo del relato.
«Louise se mueve entre bambalinas, discreta y poderosa. Es la loba a cuyos pechos ellos acuden a beber, la fuente infalible de la felicidad del hogar». (Pág. 72)
No se engañen por el título. La canción que nos canta Leila Slimani es de todo menos dulce. Partiendo de un tema que se ha repetido de forma incansable en películas (inevitable recordar esos dramones típicos de sábado a las cuatro de la tarde), a saber, niñera que entra al servicio de una idílica familia formada por matrimonio bien avenido, niña pizpireta y despierta, niño-bebé dulce y amoroso, Slimani rompe con los tópicos no sólo a través de una narración con voz propia, serena, analítica, que trata con amor cada frase y párrafo, cada idea, sino también en la forma de enfocar la historia. Ganadora del Premio Goncourt 2016 esta novela reviste una historia turbia y tenebrosa con un estilo lírico, armonioso y susurrante; una anti-canción de cuna
«El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes». (Pág. 13)
Leila Slimani
Así, a quemarropa, el libro comienza con el asesinato de los dos niños a manos de su niñera, Louise. Paul y Myriam, un matrimonio joven con dos hijos pequeños, deciden contratar una niñera a fin de que Paul pueda dedicarse sin remordimientos a su profesión musical y Myriam pueda retomar su carrera como abogada, aparcada tras la maternidad. Louise, como si de una Mary Poppins se tratara, aparece en ese hogar entrando por la ventana agarrada a su paraguas con el cual salvará esa armonía familiar a punto de colapsar. Louise no sólo cuidará de los niños con un mimo y una dedicación envidiables sino que también pondrá lavadoras, planchará camisas, cocinará maravillosos platos en honor de ese matrimonio y sus amigos, organizará fiestas infantiles, ordenará armarios. En definitiva, la niñera perfecta, la señora de la limpieza perfecta, la secretaria perfecta. Myriam logra escapar de las garras de esa maternidad claustrofóbica que la condena a una rutina de pañales y biberones, aislamiento social, parálisis de su vida laboral mientras que observa cómo su marido se despide cada mañana para triunfar en su profesión, rodearse de gente interesante, y volver a casa con una vida encauzada y el recuerdo en cada frase de que ella está sacrificándolo todo mientras él no ha sacrificado apenas nada. Un reparto injusto ante el que la llegada de Louise es un regalo caído del cielo. 
«Por la noche, el matrimonio, con la sensación de frescor de las sábanas limpias, ríe, incrédulo de su nueva vida. Como si hubieran encontrado un mirlo blanco o les hubieran echado una bendición». (Pág. 41)
El comienzo no puede ser más armonioso, con viaje de vacaciones de toda la familia, niñera incluida, a las islas griegas. Paul y Myriam no se pueden creer la suerte que han tenido. Louise no entiende de horarios, no se queja si tiene que quedarse más tiempo con los niños y hacer horas y días extra, asiste encantada al despegue profesional de los dos miembros de la pareja y a la estabilidad madurativa de los dos niños. Louise ha encontrado en esa familia el anclaje que necesitaba en su vida, su lugar en el mundo. Y Paul y Myriam han encontrado la persona de confianza ideal quien se ha convertido en imprescindible para ellos, una más de la familia. Y todos felices.
«Louise espera. Los observa como quien estudia la agonía de un pez recién capturado, con las agallas ensangrentadas, el cuerpo presa de convulsiones. Un pez que colea sobre el suelo del barco, chupando el aire con la boca agotada, un pez sin oportunidad alguna de salvarse». (Pág. 61)

¿Todos felices? No. A medida que vamos avanzando en la lectura vemos que hay algo que falla en la mente de Louise, que bajo su pátina satinada y brillante, impoluta, impecable, hay una madera resquebrajada que comienza a quebrarse. Las polillas del recuerdo hacen un festín. El pasado de Louise, misterioso, escondido debajo de una máscara, comienza a hacerse un hueco por salir, respirar, escapar del atolladero. Y es entonces cuando todo se complica. Y es entonces también cuando comienza mi "PERO" a esta novela: Slimani nos presenta a Paul y Myriam como dos padres superficiales y egoístas a los que parece que les importa más poder disponer de su tiempo para llevar a cabo sus proyectos y retomar su vida de antes de ser padres que el bienestar de sus hijos. Ese maniqueísmo queda sin pulir. No profundiza en el porqué de su comportamiento. ¿Por qué si han visto comportamientos extraños en la niñera no se deciden a prescindir de ella, a buscar otra? ¿Son también ellos culpables, o al menos responsables de lo sucedido? Da la sensación, por lo que se desprende de la narración, de esa voz, como decía antes, parcial y subjetiva, que Slimani sí les hace responsables, cargándoles de una inconsciencia inmadura y egocéntrica, lo cual el lector podría entender si hubiese profundizado un poco más en esos personajes. El miedo a resultar clasistas, a que Louise crea que ellos, como empleadores, están por encima de ella, a que piense que la están explotando, hace que no sepan reaccionar a tiempo a todas esas grietas que la niñera empieza a mostrar. El bien contra el mal. Al final resulta que Louise, El Mal, no es tan malo, mientras que Paul y Myriam, y los dos niños, El Bien, no es tan bueno. Y es ese caminar de puntillas sobre el bien mientras se nada a pulmón en las profundidades del mal lo que me rechina de esta novela.
«Alguien tiene que morir. Alguien tiene que morir para que seamos felices». (Pág. 260)
No obstante, a pesar de ese pero, tengo que reconocer que es un libro cuya lectura merece la pena por la forma de escribir de su autora que consigue atrapar los grandes problemas de nuestra sociedad contemporánea sobre la educación, los prejuicios culturales y de clase, la visión moderna de la maternidad y de la paternidad de una forma aguda, penetrante y directa creando al mismo tiempo una atmósfera misteriosa y siniestra en la que incluso cuando el sol brilla radiante sobre las calles parisinas o las playas griegas se perciben nubes negras en el alejado horizonte. La catástrofe, ya instalada desde el primer párrafo, sobrevuela toda la narración sobrecogiendo al lector página tras página, párrafo tras párrafo. La delicadeza con la que Slimani nos cuenta la historia, su preciosismo, la elección de cada anécdota que nos cuenta, va hilando un estilo dulce y acompasado que contrasta con los conflictos de sus personajes que bailan una danza macabra al ritmo de una canción dulce. 


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