jueves, 22 de junio de 2017

Dame tu corazón - Joyce Carol Oates


Título original: Give Me Your Heart
Edición: Gatopardo ediciones (1ª edición, febrero 2017)
Traducción: Patricia Antón de Vez Ayala-Duarte
Páginas:337 
ISBN: 978-84-945100-6-9
Precio:19,95
Calificación: 9/10

Desde hace años, cuando se va acercando la fecha en la que se anuncia el ganador del Premio Nobel de Literatura, el nombre de Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) aparece siempre en las apuestas. Y no es de extrañar. Lo extraño, más bien es que no lo haya ganado aún. Leyendo este libro de diez relatos publicado en 2010 y que ha sido traducido este año por Gatopardo ediciones entiendes por qué esta escritora está entre las más grandes de la literatura contemporánea. Oates es una araña, animal al que recurre con cierta frecuencia, y leer un relato suyo es como contemplar a esa araña tejer paso a paso, sin prisa pero sin pausa, una preciosa y artística red en la que nosotros, como moscas ingenuas y atolondradas, caemos.

Los protagonistas de sus relatos suelen caminar como equilibristas en la cuerda floja entre la cordura y la locura, entre el autocontrol y la explosión incontrolada. Y ahí es donde Oates demuestra su maestría: en la ausencia de miedo. Oates perdió el miedo a profundizar en el lado más oscuro de la mente humana, en la fosa más sórdida. Si leer a otros autores es como observar un armonioso paseo a nado por un hermoso lago canadiense, leer a Oates es sumergirse en una tenebrosa cueva submarina a pulmón donde no sabes qué te vas a encontrar ni cómo vas a salir... si sales. 
«Invisible tanto de día como de noche, sigo hilando la tela que brota de mis entrañas, incansable y leal... Feliz». (Pág. 27)
En el primer relato, que da título al libro, Dame tu corazón, una mujer rencorosa y obsesionada con el que fue su primer amor, le escribe una carta muchos años después reclamándole ese corazón que le fue prometido en su momento, cuando ella, una joven estudiante, se sentaba tal y como vino al mundo sobre las rodillas desnudas de un hombre mucho mayor que ella, el doctor K. Durante todos estos años no sólo no le ha olvidado sino que le ha observado de cerca sin que él lo supiera, como una araña, sigilosamente, silenciosamente. 
«En ese instante en el que empuja suavemente la puerta, ella ve todo eso, igual que el fogonazo de un único relámpago puede iluminar un paisaje nocturno de retorcida e inimaginable complejidad». (Pág. 35)
El segundo relato, Cerebro/Escindido es ese fogonazo que alumbra la cara de la protagonista de una película de terror justo antes de morir. El lector suplica mientras lo lee, «vete, sal de ahí» y a veces parece que lo va a hacer, que sí se va, pero otras ves cómo la apuñalan. Oates da saltos en el tiempo, se adelanta al pensamiento del lector y juega con nosotros de forma retorcida con una inimaginable complejidad. 
«Sonrió al pensar que, como una boa constrictor que engulle viva a su presa paralizada por el terror, su secreto envolvería al de Valerie y, con el tiempo, lo engulliría». (Pág. 52)
Como en el primer relato, aparece en El primer marido una obsesión, la de los celos. Un exitoso abogado encuentra por casualidad unas antiguas fotos de su mujer con el que fue su primer marido. Las mira, las estudia, las memoriza, regresa a ese cajón donde están guardadas una y otra vez, subrepticiamente, como una serpiente de cascabel. Pero esa serpiente va creciendo, se convierte en boa, y acaba devorándole a él. 
«Lo que haces con lo que te han repartido. En eso consiste el póquer». (Pág. 95)
Cuando lees el título del cuarto relato, Strip Poker, y descubres que la narradora es una adolescente de catorce años en bikini que se sube en la lancha de un grupo de treintañeros borrachos, te echas a temblar. Es Oates, con ella no hay final feliz... ¿o sí?
«La amnesia es un desierto de fina arena blanca, deslumbrante bajo el sol, que se extiende hasta el horizonte. La amnesia no equivale al olvido». (Pág. 119)
Asfixia es, sin duda, uno de los mejores relatos de este libro y donde Oates juega con el lector de forma descarada. No es difícil imaginármela riéndose entre diente mientras observa cómo el lector va cambiando de opinión a cada página: ¿es? ¿no es? Una aspirante a artista que se gana la vida como modelo en las Universidades de Bellas Artes comienza a tener sueños recurrentes sobre una niña de dos años muerta por asfixia. Las pesadillas se van perfilando, se vuelven más detalladas, más realistas. Se siente confundida. Hasta que un día ve un titular en el periódico sobre un caso de asesinato que se ha reabierto y las piezas comienzan a encajar en su mente. Sin embargo, cuando la policía acude a interrogar a la madre de la joven, una prestigiosa investigadora en Psicología, conocemos su versión y dudamos. ¿A quién creemos? ¿A la inestable joven ex drogadicta o a la respetable mujer?
«El sol derrama su luz en el puente, en el río, como una detonación a cámara lenta en la que, pese a que miles de personas acaban destrozadas en un feroz holocausto, nadie siente dolor alguno». (Pág. 184)

En el sexto relato, Tétanos, Oates nos muestra su extrema sensibilidad hacia uno de los grandes problemas de la actualidad: la infancia perdida. Sin compasión pero con una indulgencia Oates nos habla aquí de los niños que amenazan como tiranos a su familia, se meten en líos cada vez más graves, se rodean de malas compañías, adoptan de forma precoz roles y se sumergen en un mundo tenebroso que por su condición de niños aún nos genera más desconcierto, rabia e impotencia. El narrador de este relato, un asistente social, intenta poner un poco de luz en la vida de estos menores pero cuenta con muy pocos medios para hacerlo. El sistema jurídico y de bienestar no tiene una respuesta eficaz para estos casos más allá del castigo y él mismo está enfrentando un divorcio que le impide iluminar siquiera su propia vida.
«Lizabeta veía los estratos rocosos y las aguas relucientes que fluían revueltas y ruidosas hasta desembocar en el río, más abajo. Percibía el olor del agua, el olor del lodo. Un hedor intenso y mareante a descomposición invadió sus fosas nasales» (Pág. 226)
En El Torrente un adulto con mentalidad de niño es mandado por su madre a vivir con sus tíos. Lizabeta se resigna a acogerle en su casa y observa en un primer momento, agradecida, cómo este niño grande juega con sus hijas, las cuenta cuentos y permite ser su bufón. Pero las dudas aparecen. El niño adulto es raro. Hace cosas raras. Mira a las niñas de forma rara. Lizabeta debe proteger a sus hijas y toma una decisión impulsiva, inconsciente, como el torrente...
«¿Dónde había estado? Tenía la boca seca, terrosa. Como si hubiera dormido con la boca abierta, tan indefensa en el sueño como una niña pequeña». (Pág. 283)
En Ninguna parte nos presenta como en Strip Poker a una adolescente rodeada de veinteañeros, drogas y alcohol. Una adolescente que odia a su madre pero que lleva ese odio a un extremo casi mortal sin que ella parezca consciente de las consecuencias.
«(...) Refugiarse en sus pensamientos más secretos y prohibidos, pensamientos enfermizos, pensamientos culpables, a los que ni su madre i su padre tenían acceso. Porque hay lugares en el mundo que son como grietas secretas y recovecos en los que podemos refugiarnos, y escondernos, adonde nadie puede seguirnos». (Pág. 287)
El noveno relato, Sangría retoma esa confusión narrativa que ya mencionaba en Asfixia. Oates nos confunde. Los padres sospechan de su hijo adolescente. El lector, a párrafos se posiciona a su favor y a párrafos en su contra. El adolescente se convierte en adulto y un siniestro episodio atraviesa su vida. ¿Qué es realidad y qué es sueño? ¿Cuál es la verdad y cuál es su verdad? 
 «Muchas cosas le resultaban confusas en la oscura zona de su cerebro donde las cosas se perdían». (Pág. 319)
Décimo y último relato de este libro Vena Cava conmueve y aterroriza por igual. Un ex militar regresa a casa tras luchar en Irak. Oates critica aquí como el estado exprime a los soldados y cuando ya no les son útiles les mandan a casa con una vena cava artificial, una medalla y la cabeza llena de recuerdos que les convierten en otras personas diferentes a la que eran cuando les reclutaron. Una clara flecha directa contra el sistema que no es capaz de estar a la altura de las circunstancias.

En conclusión, dice Oates en Sangría que hay grietas adonde nadie puede seguirnos pero nos miente porque Oates sí te persigue, te persigue y se queda. Allá donde nadie se atreve a entrar ella lo hace a pecho descubierto y allá de donde todo el mundo quiere huir ella se queda a observar, diseccionar y narrar. ¡Qué grande es Oates!



martes, 20 de junio de 2017

No, mamá, no - Verity Bargate



Título original:  No Mama No
Traducción: Mireia Bofill
Edición: Rara Avis. Alba (1ª edición. Mayo 2017). 
Páginas: 174
ISBN: 978-84-9065-309-8
Precio: 16,90€
Calificación: 10/10

Mira que me lo he dicho veces: «cuidado con los libros cortitos; son los más peligrosos», pero aun así sigue sorprendiéndome la capacidad que algunas obras tienen para conmoverme, agitar el suelo por el que piso, tambalear mis estereotipos literarios. Este es uno de ellos. Hacía meses que no leía un libro (excepto Oculto Sendero de Fortún) que me embarcase con tanta pasión en la vida de su protagonista, como si pasando su brazo con fuerza sobre mi hombro me dijese, «ven, sígueme, lee atentamente, vive mi historia». Porque es un libro que se vive ya que, la honestidad con la que está escrito y el estilo tan hipnótico que despliega, le convierten en una obra sobre la que es imposible caminar sin acompasar la respiración a su ritmo. Lo cogí a ciegas cuando la lectura de la sinopsis de la contraportada me convenció para incorporarlo a mi catálogo de #MaternidadesLiterarias. Sin embargo, mis expectativas se han visto superadas y eso que, como decía, siempre suelen ser altas cuando el libro es "cortito".
«Lo que más me impresionó cuando me dieran a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada.» (Primeras líneas del libro. Pág. 13)
Sinopsis muy sencilla: una mujer, tras dar a luz a su segundo hijo cae en una terrible depresión post parto porque su deseo de ser madre de una niña no se ha visto tampoco, en esta ocasión, cumplido. ¿Sencilla? Tras leerlo no lo considerará así en absoluto, se lo aseguro. Verity Bargate, nos coloca a bocajarro en el abismo de esa depresión ya en la primera página y a partir de ella nos va deslizando cada vez más en el foso de ese abismo de forma lenta, como si estuviésemos resbalándonos con todo nuestro cuerpo por esa pendiente embarrada, a cámara lenta, sin nada a lo que agarrarnos para evitar la caída, ni una raíz, ni un pedrusco, ni un desnivel en esa cuesta. Jodie, la protagonista, una mujer que vive en el Soho, sorteando dificultades económicas porque tras ser madre ha dejado de trabajar, se obsesiona con que el motivo de su infelicidad es su imposibilidad de poder dar a una hija todo el amor que ella no recibió de su madre. Plantearse tener un tercer hijo, "intentarlo de nuevo", está descartado porque, a pesar de su supuesta locura, reconoce que su matrimonio con su esposo, David, ya está acabado. 
«Se refería a David como "su pobre marido" o "su desgraciado esposo" y habló mucho de él. Hablaba en apartados y fue abriendo cada uno de ellos con una referencia a David. (...)El primer apartado se referió a la infelicidad de David; no dijo nada de la mía.» (Encuentro de Jodie con el psiquiatra. Pág. 43)
A pesar de ello accede a visitar a un psiquiatra pero a su consulta solo acude en una ocasión. Sin embargo, la figura de este médico indiscreto y poco profesional tiene una gran relevancia en la trama pues da énfasis a una idea que aparece en varias ocasiones en el libro: cómo los hombres son capaces de aliarse entre sí para enfrentarse a la mujer incomprendida, y por supuesto, salir victoriosos. Como apunte curioso, la protagonista se refugia en la relectura de sus libros favoritos como una forma de hacer más llevadera su rutina diaria de biberones, pecho y pañales. Algunos de esos libros son Orlando, de Virginia Woolf (de hecho, a ese segundo hijo le llama así, Orlando) o En Grand Central Station me senté y lloré de Elizabeth Smart, o El fin del romance de Graham Greene, todos íntimamente relacionados con el argumento del libro. Nada se deja al azar a pesar de esa verborrea directa y bruta, ausente de pulido.
«—Hay algo que quería decirte —dije—, algo en lo que he estado pensando mucho. Esa vez que me obligaste a abortar, justo antes de casarnos. Apuesto a que habría sido una niña.» (Pág. 52)
Verity Bargate
Apenas he podido encontrar por Internet más información que la que aparece en la bio de la solapa del libro y que prácticamente se corresponde con la que hay en la Wikipedia. En un artículo leí que en la vida real ella tuvo dos hijos, los cuales quedaron tras su muerte al cuidado de su padrastro. Una reseña de Goodreads dice que Verity Bargate escribió este libro del tirón, mientras sus dos hijos tenían varicela, lo cual explicaría su estilo en bruto, apena pulido que le da ese aire tan fresco y auténtico, como si estuviésemos leyendo un diario, escrito sobre la marcha sin pararse a reflexionar demasiado sobre lo que está sucediendo más que para transcribirlo sobre el papel. ¿Es esta historia autobiográfica? No podría decirles... pero la forma en la que la cuenta es tan creíble, tan rica en detalles a pesar de su economía lingüística, que al menos lo parece.
«Opté por lavarme. David era un practicante bastante entusiasta del ritual de exaltación del pene de la noche del sábado. Seguramente millones de mujeres eran violadas en nombre del amor conyugal en todo el país las noches de sábado.» (Pág. 88. ¡No me digan que no es esta una frase para exclamar un exultante Woooooowww!)
La protagonista recuerda algunos retazos de su infancia como, por ejemplo, aquella vez que se enteró de que su madre había descrito su parto como «un viaje a las puertas de los infiernos» o esos veranos que pasaba con una familia de acogida que por más que se esforzaron en convencerla de que ella era un miembro más del núcleo se reservaban determinado momentos para ellos solos en los que ella no podía participar. Ese desapego de su madre hacia ella es lo que le ha conducido a obsesionarse de forma compulsiva con la idea de tener una hija, a fin de poder representar esa figura maternal de la que ella careció. La forma en la que algunas mujeres se aferran a la maternidad como una solución factible a sus problemas, y sobre todo, como una manera de reconciliarse con su propio pasado, transcenderse a si mismas a través de sus hijos en quienes vuelcan todas sus miserias y sus miedos, sus proyectos y sus sueños, desviviéndose por que ellos vivan la vida que ellas querrían pero no pudieron vivir, como si a través de ellos la vida les diese una segunda oportunidad para poder ser vivida, se lleva en este libro a su máximo extremo.
«Cuando hube terminado y bajó los ojos para mirarse y después contemplo a Orlando, me miró perplejo, casi con miedo, y protestó:—No, mamá; mamá, no.—Sí, Mathew; Mathew, sí». (Pág. 114)
En conclusión, No, mamá, no, va mucho más allá del tratamiento de una depresión postparto pues trata temas tan vitales como la forma de vivir la maternidad, la soledad, las expectativas, la relación de pareja, la amistad entre mujeres, el vacío existencial que se rellena con sueños imposibles, la traición más terrible, la unión de los hombres contra las mujeres. El giro que da la novela cuando inesperadamente aparece una antigua amiga a la que daba por perdida y su desenlace, la convierte en una de esas obras-joyitas inolvidables que a pesar de haber pasado desapercibida durante tantos años, por fin se ha podido editar. Para leer, releer, comentar con amigas y profundizar, No, mamá, no me ha hecho exclamar un Sí, Verity, sí. 

jueves, 15 de junio de 2017

La acústica de los iglús - Almudena Sánchez




Edición: Caballo de Troya (4ª ed. noviembre 2016)
Páginas: 155
ISBN: 978-84-15451-73-0
Precio: 13,90€
Calificación: 9/10

Abrir La acústica de los iglús y encontrarme con esta sentencia de mi Naty (Natalia Ginzburg, para quienes sean nuevos por aquí): «Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca» —perteneciente a su ensayo El Hijo del Hombre, recogido a su vez en ese librito que es una joyita, llamado Las Pequeñas Virtudes— es, como mínimo, una premonición de que algo bonito está ahí esperándome. Pero si Almudena ya me ganó con este epígrafe, lo que venía después no decepciona en absoluto. Si el otro día les comentaba que el cuento en nuestro país está viviendo una etapa dorada y ponía como ejemplo a Almu Ballester y sus Normas de inseguridad, hoy les hablo de esta #joyita. Diez relatos, narrados con una prosa lírica, cargada de simbolismo y de potentes imágenes, que tienen como punto en común el dolor de sus personajes. El iglú como símbolo de la tristeza, de la soledad, del desamparo, del dolor. ¿Tienen sonido estos sentimientos? Pues sí, sí los tienen y las imágenes sinestésicas que contienen estos cuentos son una buena muestra de ello. El dramatismo de las situaciones, narradas en un estilo existencialista e íntimo que tiene ecos de la maravillosa Clarice Lispector, se rompe con sutiles toques de humor que enternece, contribuyendo a que los sentimientos del lector afloren.
«Las cicatrices también caminan, quiero decir, van con las personas, se mueven». (Pág. 19)
Almudena Sánchez. Foto: eñe. Revista para leer.
Diez relatos. Diez cuentos. Diez poscuentos. Todos con historias diferentes pero con puntos en común que unas veces son caricias y otras puñetazos: el aislamiento, la soledad, la incomprensión, la desesperación, incluso. El dolor como etapa necesaria y enriquecedora del ser humano con un punto de optimismo y alegría por la vida que les da un toque tierno e ingenuo. Leerlos es un acto de deleite. Un sumergirse en esas atmósferas oníricas llenas de símbolos y de imágenes que se graban a fuego. Un crucero, un viaje por el espacio, una estancia en un hotel, un paseo por el zoo... La acústica de los iglús te reconcilia con el (buen) gusto por lo estético y lo impecable, lo delicado, lo sutil. No hay grandes giros, tampoco explosiones ni impactos contra árboles pero sí hay sensaciones sinestésicas que permanecen en tu memoria incluso algún tiempo después de haber leído el libro. Una delicia. 

El dolor que conlleva la enfermedad y que camina de la mano de cicatrices y de soledad se trata de forma muy figurativa en La Señora Smaig... ¿Cómo olvidar a esa Señora Smaig que carga dos bolsas de maíz: una para dar de comer a los animales del zoo y otra para rellenar los desperfectos que el paso del tiempo ha causado en los troncos de los árboles
«Le advertimos que estábamos desaparecidos y camuflados en la negrura de la noche. Pero insistió en que no nos moviéramos de alli, que esos lugares inhabitados se encuentran enseguida». (Pág. 40)
El dolor de unos hijos que, aislados del mundo, comprueban impotentes cómo su madre les conduce sin rumbo en una desvencijada furgoneta después de que a su padre "se lo tragaran las arenas movedizas", se cuida en El frío a través de los engranajes, donde Almudena nos introduce en un paisaje onírico, desolado y deprimente. El nombre del hijo es Percival, sí, el de la leyenda del Rey Arturo que, a pesar de la burbuja en la que vive con su madre en un bosque, decide ser caballero tras ver pasar a unos hombres del rey; pero este Percival decide ser ciclista después de que un pelotón les adelantase. Fantástico este guiño.
«Deseo que me manden al lugar más recóndito del universo. Las estrellas y yo. Un territorio donde no me pueda reconocer a mí misma (...)» (Pág. 46)
El dolor tras el abandono de tu pareja sumado al desempleo inesperado que te aleja de una rutina en la que refugiarte se trata de forma excepcional en Apuntes desde la bóveda celeste, otro de mis favoritos. ¿Qué quieres hacer cuando algo así sucede en tu vida? Pues probablemente, si te sientes tan deprimida, desorientada y desanimada como la protagonista, lo que querrás es desaparecer un tiempo para recuperar fuerzas. Pues eso hace Almudena en este relato. Coloca a la chica en una nave espacial, aislada del mundo, con la misión es recoger basura espacial. Un cuento maravilloso. Toda una metáfora sobre la profunda soledad existencial que se sufre cuando te sientes incomprendida, infravalorada, subestimada...
«Cada persona necesita unos días de locura, de escape, por lo menos uno en su vida. Nosotros necesitamos ciento veinticinco noches». (Pág. 62)
El dolor que el divorcio ocasiona en los hijos, en este caso en una hija que durante la estancia en un hotel observa, igual que los niños de El frío a través de los engranajes, cómo el matrimonio entre sus padres muere al mismo tiempo que su hermano nace, invade El nadador del Hotel Minerva, que hace alusión a esa figura con la que se obsesiona la protagonista de un nadador ciego que da vueltas en una piscina sin escalerilla día y noche, noche y día. Una imagen que puede resultar bizarra, absurda, pero de un gran contenido metafísico. ¿Quién no se ha sentido alguna vez así? 
«A algunos artistas debe pasarles algo similar: se levantan y notan que llevan el arte incrustado». (Pág. 74)
El dolor del primer desengaño amoroso, la iniciación sexual, narrada a través de la música, de la acústica de los pianos, de la acústica de los celos profesionales también, en El arte incrustado; el dolor de las frustraciones y los sueños incumplidos en el futurista Eclipse; el dolor que nos ocasionan nuestras limitaciones, nuestros prejuicios, nuestras restricciones, bien impuestas, bien autoimpuestas de Compostura: la línea imaginaria, una línea que paradójicamente es muy real; el dolor por no poder ser nosotros mismos, por necesitar disfrazarnos, mostrar aquello que más gusta para lograr la aceptación y el cariño de los demás, aparece a bordo de un crucero en El triunfo humano; y, por último, dos relatos cortitos, donde Cualquier cosa viva es un esqueleto y la Introducción al relámpago es la toma de conciencia de un sentimiento de inutilidad y de futilidad de nuestra existencia. 

En conclusión, diez relatos en los que Almudena explora el postcuento a fondo, huyendo de la clásica estructura de inicio-nudo-desenlace (que sin embargo, en algunos aún aparece de forma sutil como elemento necesario para hilar la trama subyacente) y colocando a los personajes ya inmersos en el conflicto. Muchas veces no sabemos cómo han llegado ahí, otras lo intuimos siguiendo las miguitas de pan que Almudena nos va dejando a través de nombres, objetos, ambientes. Pero esa fractura con el tradicional cuento lejos de quitarle prestigio le da una frescura, tanto en su estructura como en su forma, con la que la autora se siente cómoda. Y eso se nota. Sus cuentos, especialmente los primeros, me han parecido tan redondos, tan logrados, funcionan tan bien que espero con muchas ganas su siguiente publicación. Almudena recurre a su imaginación desbordante para tratar temas universales a través de situaciones tremendamente originales, novedosas y, a veces, absurdas. Tiene tan claro lo que quiere contar en cada uno de sus relatos que consigue embarcarnos en su nave y mecernos al ritmo su canto. Esos caminos, que parece que no conducen a ninguna lado pero que siempre llegan a un destino, forman parte del sello personal que la autora graba en cada uno de los relatos con una banda sonora única de fondo. ¿Qué no sabéis cómo es la acústica de los iglús? Pues echadle un vistazo a este libro.

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