miércoles, 16 de mayo de 2018

La señora Dalloway - Virginia Woolf


Lo que más me ha gustado: Virginia Woolf se asienta, por fin en un acto de justicia histórica literaria, como una de las grandes autoras de todos los tiempos. Todas sus obras son únicas y auténticas y la señora Dalloway destaca por ese recorrido del pensamiento de sus personajes que nos convierte en lectores de nuestros propios pensamientos. ¿Quién no se ha enfrentado alguna vez al eterno dilema cabeza-corazón? ¿Quién no ha sentido hastío o frustración? ¿Quién no ha salido alguna vez a la calle y ha visto la ciudad con toda su luz sintiéndose pleno y feliz? Virginia Woolf enamora por su visión de la mujer, tan única y realista y por esos claroscuros que nos reconcilian con nuestra propia naturaleza. Imprescindible. 

Lo que menos me ha gustado: no es una autora para leer con prisas. Hay que disfrutarla a fuego lento, con un espíritu receptivo y tranquilo, envolviéndonos en el sosiego de su narración. Encontrar el momento para leerla es, sin embargo, el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos. 


Virginia Woolf y la búsqueda de una voz propia.

Virginia Woolf
Lyndall Gordon en su celebrada biografía «Virginia Woolf. Vida de una escritora» [Ed. Gatopardo, 2017] , señala la ideal esencia en torno a la que gira la obra de la autora: «los momentos cruciales de la existencia humana no son los hitos tradicionales del nacimiento, el matrimonio y la muerte, sino que están ocultos entre los sucesos ordinarios de un día cualquiera»; y es un día cualquiera en la vida de la señora Dalloway, concretamente uno día de mediados de junio de 1923, en el que una ola de calor azota Londres, el que Virginia Woolf analiza exhaustivamente para ejecutar su proceso de excavación, barrenando cuevas detrás de sus personajes, penetrando en su vida silenciosa y desconocida a veces para ellos mismos, ahondando en los entresijos de su mente contradictoria. Siempre se menciona como ejemplo de este discurso narrativo de flujo de conciencia a James Joyce y su «Ulises», una de esas obras que, confieso, no he sido aun capaz de leer. Entono mi mea culpa. Pero se habla menos (aunque parece que últimamente se está enmendando esta injusticia histórica) de la obra de Virginia Woolf, y hablar de la obra de esta gran escritora del siglo XX y, quizás, una de las grandes autoras de todos los tiempos, es imposible sin hacer referencia a su vida privada. Nacida en Londres en 1882, en el seno de una familia culta y acomodada, gozó de una intensa infancia que rememora una y otra vez en sus libros (ese mar como alter ego, esos veranos cargados de sensaciones y melancolía, esos amigos de la familia que entraban y salían de la casa mezclándose con ellos) pero que se vio truncada por dos grandes sucesos: el primero, el ser víctima de abusos por parte de sus hermanastros mayores George y Gerald; el segundo, la prematura muerte de su madre cuando tenía trece años. Del primer hecho se derivaría una relación con el sexo compleja y problemática que también aparece en esta novela reflejada en símbolos como la navaja con la que Peter Walsh, el eterno enamorado de la señora Dalloway, juega una y otra vez en público, frente a la asexualidad de la señora Dalloway que esgrime un aguja de coser o flores; del segundo, una búsqueda incesante en otras mujeres de la figura de protección y amor maternal; en ambos, se originan los altibajos que mezclarían una pasión por la vida casi extática con arrebatos de depresión que culminarían con su suicidio en 1941, y que hicieron que Virginia lograra transmitir con gran viveza la desesperación, el arañar la vida, el desprendimiento de la esperanza, que tan devastadores resultan cuando se instalan en nosotros.

La influencia de Freud, que provocó un rechazo del realismo objetivo, descriptivo y externo tan propio de la literatura del siglo XIX, y un desvío hacia la introspección, el darle la vuelta al alma de dentro para fuera, fue determinante en la búsqueda de Virginia Woolf de una voz propia que, opinaba, como luego desarrollaría en esa obra icónica del feminismo, aunque Virginia no la escribió con esa intención, «Una habitación propia», le había sido arrebatada a las mujeres por considerarla demasiado sensiblera y emocional. Habían sido los hombres, decía, quienes habían determinado qué es lo normal, dónde están los límites de la mesura, dónde los de la racionalidad, cómo se ha de usar el lenguaje y también cómo y qué se debía escribir.

«La Señora Dalloway», su cuarta novela, publicada el 14 de mayo de 1925 por la Hogarth Press, la editorial fundada por la propia Virginia y su marido, Leonard Woolf, comienza de forma mítica: «La señora Dalloway dijo que las flores las compraría ella». Así, presenta directamente a la protagonista como una mujer detallista y decidida que arranca el día que se presenta soleado saliendo a la calle para ultimar los preparativos de la fiesta que va a dar esa misma noche en su casa. La novela, sin capítulos y narrada de corrido, se estructura claramente en tres partes, como la vida misma: la mañana o pasado, la tarde somnolienta o presente, y la noche o futuro cercano en el que la muerte acecha amenazante. En su trayecto hacia la floristería, mientras se pregunta una y otra vez «¿por qué somos tan necios?» como para amar tanto la vida, recorre esas calles londinenses que tanto ama con un espíritu analítico y reflexivo que atravesaba «todo como un cuchillo, y, al mismo tiempo, permanecía fuera, mirando». En su deambular se encuentra con Hugh Whitbread, un amigo de su infancia que siempre la hace sentir insignificante y al que, sin embargo, une una telaraña de recuerdos de un pasado común, tan amado como añorado, de temporadas en la casa de Bourton. Sus ensoñaciones se centrarán entonces en Peter Walsh, el hombre que mejor la conoce, el primero que la declaró su amor incondicional, el viejo amigo que está próximo a regresar tras cinco años en la India, y se plantea qué habría sido de su vida si en lugar de haber elegido la estabilidad y la seguridad de su matrimonio con Richard Dalloway, el perfecto caballero, el padre de su hija Elisabeth, al que ésta adora, el referente de la comunidad que, sin embargo, la ha anulado reduciéndola a «La señora Dalloway», pues pese a ser el doble de inteligente que su marido, estaba «obligada a ver las cosas con sus ojos, lo que constituye una de las tragedias de la vida matrimonial», hubiese aceptado la propuesta apasionada de Peter, con el que discutía, reía, lloraba; el impulsivo Peter que siempre se enamora de mujeres de las que no debería; el compañero que en lugar de rutina habría inundado su vida con una inquietante vehemencia.

Ese flujo de conciencia, «marca de la casa» de Virginia Woolf, no es aquí un discurrir monologuista, sino que, como si de una pelota se tratase, va botando de un personaje a otro para que podamos obtener algo que es uno de los grandes retos de todo narrador y que Woolf domina a la perfección: el punto de vista. Así, los pensamientos de la señora Dalloway se alternan con los del propio Peter y con los de otros personajes entre los que caben destacar dos que no la conocen personalmente aunque se cruzan con ella en varias ocasiones y tienen conocidos en común: Septimus, el contrapunto perfecto a la señora Dalloway, ex combatiente de la Primera Guerra Mundial, donde perdió a Evans, la persona que más a querido en su vida, y su joven mujer italiana Rezia. Mientras que Clarissa representa la vitalidad, la salud incansable, el optimismo y las ganas de vivir, Septimus se va hundiendo a cada segundo en una depresión con visiones y tendencias suicidas contra la que lucha incansablemente pues, en el fondo, él también ama la vida, y, por momentos, cree que «la belleza está en todas partes». Sin embargo, la incomprensión que encuentra en los médicos que le tratan, esos defensores de la mesura que practican la intolerancia contra quienes, como él, tocan los extremos y se desvían de «lo normal» (algo que la propia Virginia también sufrió en carne propia) le resulta tan desmotivadora que provocará su fatal desenlace. Éste llegará a oídos de la señora Dalloway al final del día y la llevará a reflexionar sobre la muerte, a ella, que en varios momentos citó el «Otelo» de Shakespeare, «si ahora tocara morir, ahora sería el momento más feliz», pero que ahora, con la muerte mirándola de frente, llega a plantearse si habría acabado como él si en lugar de elegir con la cabeza a Richard hubiese optado con el corazón a Peter.

La genialidad con la que Virginia Woolf explora los puntos de vista se percibe también en episodios clave como el del coche de lujo con las cortinas corridas: mientras que los transeúntes, la Señora Dalloway incluida, desarrollan sus propias teorías sobre la identidad de quien viaja en él, Septimus identifica ese coche con la muerte que acude en su busca. De la misma manera, un avión que va trazando letras de humo en el cielo, lleva a un divertido juego en el que se especula sobre qué palabra está escribiendo. La maternidad también tiene sus diversas perspectivas: la señora Dalloway ve en su hija Elisabeth un lirio al que no reconoce; sin embargo, la italiana Rezia, siente el impulso de confesar a cualquier persona que pase por la calle «soy muy desgraciada» porque su impotente marido Septimus no le da ese hijo al que ve como una tabla de salvación.

Adaptación: Las Horas (2002)
Acercarse a Virginia Woolf es aproximarse a una narración llena de simbología y dobles significados muy estimulante pero también es acercarse a los grandes enigmas de la vida y prepararse, si no para encontrarles respuesta, sí al menos para pararnos a reflexionar sobre ellos desde el trampolín seguro de unos personajes complejos llenos de vida propia, con aristas y contradicciones, que a ratos nos despiertan simpatías y a ratos hostilidad, quizás porque reconocemos en ellos nuestros propios defectos. Sin embargo, hay que avisar que leer a Virginia no es fácil pues contrariamente a los libros de lectura rápida con inicio-nudo-desenlace, giros inesperados y efectos narrativos espectaculares, sus obras están cocinadas a fuego lento y hay párrafos que pueden resultar farragosos por lo detallado de las descripciones y de los análisis psicológicos. ¿Por qué entonces Virginia Woolf nos resulta tan atractiva? Todos en un determinado momento, en mayor o menor medida, hacemos nuestro propio discurso narrativo, desde elegir cuál va a ser nuestra próxima lectura hasta determinar si una determinada persona nos cae bien o no. Y ahí es donde ella nos atrapa: Virginia protesta contra los rígidos corsés sexistas, lingüísticos y literarios de la época embarcándose como una nadadora experimentada mar adentro, sin miedo, a los vericuetos de la mente, (¿quién no se ha preguntado alguna vez en la vida, como la señora Dalloway, si tomamos la decisión correcta al elegir a una pareja y no otra, al tomar una deriva profesional y no otra, al escoger ser madre o no?) y enfrentándose sin temor aunque con respeto al inexorable paso del tiempo (ese Big Ben que da puntual la hora, los cuartos y las medias, recordatorio miserable de lo efímero). No, definitivamente, leer a Virginia no es fácil, requiere paciencia, concentración y esfuerzo, porque, como la señora Dalloway, se hunde «en el corazón mismo del momento, deteniéndolo». Pero merece la pena y, sin duda, una vez que la lees, si has acertado con el momento para ello, es una autora que atrapa, de esas de cabecera a las que se vuelve una y otra vez para después regresar con nuevas preguntas y nuevas respuestas como ésta: «¿Qué importancia tiene el cerebro, comparado con el corazón?»


jueves, 3 de mayo de 2018

Hambre - Roxana Gay

«Escribir este libro es lo más difícil que he hecho nunca. Mostrarme tan vulnerable no ha sido fácil. Enfrentarme a mí misma y a lo que ha supuesto vivir en mi cuerpo no ha sido fácil, pero he escrito este libro porque sentía que era necesario.» (Pág. 274)
Lo que más me ha gustado: Capítulos cortos. Ideas que se presentan de forma concisa y que luego se desarrollan minuciosamente yendo a los puntos clave, excavando en emociones a veces con cuidado y tacto, a veces de forma brutal, con mucha autocrítica y también con precisión. Esa disección de porqués, cómos y cuándos representa un exhaustivo ejercicio de escritura terapéutica en la que Roxane Gay se sumerge con honestidad, huyendo de los blancos y negros y navegando entre grises. Un canto a la vida aunque a veces tenga un lado tremendamente oscuro (al fin y al cabo, la vida a ratos también es oscura, nos guste o no).

Lo que menos me ha gustado: Más que una crítica es un aviso. Cuando lleguen al capítulo 11, en el que narra la violación (no, no hay ningún spoiler, ella misma nos avisa al comienzo del libro), preparen su estado de ánimo para leerlo. Es duro. Nos lleva al límite. Nos cuenta algo tal y como pasó de una manera no morbosa, sin entrar en detalles, pero no los necesitamos. El dolor que transmite cada una de sus frases es notable e imaginar a Roxane Gay escribiéndolo nos inunda de silencios llenos de gritos y de palabras plagadas de angustia.
«Lo que tenéis que saber es que mi vida está partida en dos, escindida sin demasiado cuidado. Hay un antes y un después. Antes de ganar peso. Después de ganar peso. Antes de que me violaran. Después de que me violaran.» (Pág. 23)
La historia de Roxane Gay (EEUU, 1974), feminista, profesora, editora y comentarista conocida especialmente por su «Mala Feminista» [Capitán Swing, 2014], es la historia de una de esas mujeres de las que no se habla, que no aparecen en los anuncios, ni apenas en ningún libro, ni en las películas, ni en los mass media, más allá de los estereotipos de mujeres grandes buenazas que apenas hablan más que para consolar a otras personas, sin vida propia. Mujeres que como ya señaló Virginie Despentes, escriben «desde la fealdad» y que son «más bien King Kong que Kate Moss». Mujeres que no encajan en los estrictos y reduccionistas cánones de feminidad, que cada vez que salen a la calle se enfrentan a miradas llenas de juicios rápidos que ignoran su historia o qué hay más allá de ese cuerpo. Mujeres que son sólo un cuerpo, uno rotundo, que no tienen la cintura fina de avispa, los muslos delgados, los brazos tonificados, los pechos firmes y puntiagudos, ni el vientre plano.
«Esto es lo que se enseña a la mayoría de las niñas: que tenemos que ser bellas y pequeñas. Que no debemos ocupar espacio. Que debemos ser vistas pero no escuchadas, y que si somos vistas, debemos agradar a los hombres y resultar aceptables de cara a la sociedad». (Pág. 21)
Roxane Gay fue una niña feliz, nacida y educada en un hogar privilegiado, en absoluto desestructurado, con un buen colchón económico, rico también en cariño y afecto. Con ella visualizamos su álbum de la infancia en brazos de una madre sonriente que se esforzaba por que sus hijos tuviesen una relación sana con la comida y con cuanto les rodeaba, de un padre que siempre ejerció como tal, de unos hermanos ruidosos que la chinchaban y la hacían reír. Escenas de una infancia que ella nos muestra con una enorme nostalgia, la «alegría al desnudo» de una persona que ya no se reconoce en esas fotos y que nos muestra quién, con toda certeza, fue, y quién, con todas las dudas, no sabe si volverá a ser. 
«Con frecuencia comento a mis alumnos que, de alguna manera u otra, la ficción tiene que ver con el deseo. Cuanto más mayor me hago, mas comprendo qu el vida por lo general consiste en perseguir deseos. Queremos y queremos..., ¡ay, cómo queremos! Estamos hambrientos». (Pág. 222)
Roxane Gay fue una adolescente de doce años que se enamoró del chico equivocado, un muchacho de buena familia, educado, con un gran futuro por delante, mono y prepotente, seguro de sí mismo, que se aprovechó de una chica buena que le admiraba profundamente porque no se creía la «suerte» de que alguien como él se fijase en una chica con granos y desgarbada (que es como nos hemos visto a nosotros mismos la inmensa mayoría de adolescentes) como ella. Y ahí surge la tragedia. Y ahí aparece ese inmenso capítulo 11 donde Roxane nos habla sin autocompasión, con gran crudeza y realismo, de su antes y su después.
«Mi cuerpo no era nada. MI cuerpo era una cosa para ser usada. Mi cuerpo era repugnante y, por tanto, merecía ser tratado como tal». (Pág. 219)
Y a partir de ese momento Roxane comenzó a comer, y comía, y comía, y comía. Y a medida que iba leyendo el libro, aunque ella misma confiesa que desconfía del contacto físico a raíz de lo que le sucedió, mis ganas de abrazarla aumentaban, aumentaban, aumentaban. Roxane Gay se convirtió en ese momento en un cuerpo, se fundió en él, y comenzó a castigarlo por lo que había sucedido comiendo, quiso hacer de él una fortaleza y convertirlo en un lugar seguro comiendo, intentó pasar desapercibida y hacerse menos deseable, comiendo, y, paradójicamente, cada vez se la veía más, más grande, más rotunda, más corpulenta, más rechoncha, pero ya no levantaba miradas de pasión o deseo sino comentarios, insultos, desprecios. Le tocó aprender a sobrevivir en una sociedad que identifica autoestima y felicidad con estar delgado y que desprecia a las personas obesas, a las que culpan del gasto médico, de la falta de disciplina, de abandono y autodestrucción. Dietas, ejercicio, ingreso en clínicas de adelgazamiento, no hay fórmula milagrosa, médica o espiritual para adelgazar que ella no haya probado pero la frustración sigue estando ahí porque lo básico, ese sentimiento de que una vez fue solo un cuerpo, nunca la abandona. 
«No quiero compasión, ni reconocimiento ni consejos. No soy valiente ni heroica. No soy fuerte. No soy especial. Soy una mujer que ha experimentado algo que innumerables mujeres han experimentado. Soy una víctima que sobrevivió. Podría haber sido peor, muchísimo peor». (Pág. 43)
Una autobiografía de un cuerpo que incomoda, «también a mi me incomoda la verdad», señala Roxane en un momento del libro, narrada por una voz lúcida y certera que huye del tono autocompasivo y victimista pero que desborda empatía, tolerancia, respeto y humanidad y, poquito a poquito, lucha, mejora, amor por la vida. Una voz que normalmente es silenciada: la de muchas mujeres que callan por miedo a no ser creídas, a ser juzgadas, a pasar de ser víctimas a ser culpables de cuanto les pasó. Una vez que nos obliga a cuestionarnos qué hay detrás de esos cuerpos con los que nos cruzamos por la calle, hojeando una revista, en una consulta de un médico, en un aula, en un espacio de trabajo, en un restaurante. Una voz que reivindica huir de la superficialidad reduccionista de qué es ser mujer, ser femenina, y lucha por abrir ese abanico que tantas veces se cierra para poder dar cabida a todo tipo de mujeres, cada una con su cuerpo, cada una con su historia. Aunque ella no quiera verse así yo, después de escucharla, sí la considero una mujer valiente, hambrienta por vivir, hambrienta por encontrarse consigo misma. 
«Mi grasa corporal capacita a las personas para suprimir mi género. Soy una mujer, pero no me ven como tal. (...) Las ideas sobre feminidad son muy reducidas.» (Pág. 233)

Título original: Hunger: A Memoir of (My) Body (2017)
Edición: Capitán Swing (1ª edición, 2018)
Traducción: Lucía Barahona
Páginas: 288
ISBN: 978-84-947408-8-6
Precio: 20,00€
Calificación: 9/10.

miércoles, 18 de abril de 2018

Quédate conmigo - Ayòbámi Adébáyò


Lo que más me ha gustado: La técnica narrativa de Ayòbámi Adébáyò es tan rica en recursos que no es hasta la mitad de la novela cuando vamos encajando todas las piezas que necesitamos para formar una visión global de la situación de los personajes. El impecable uso de elipsis tiene un efecto tan magnético que nos mantiene en vilo a poco que nos interesen mínimamente los primeros capítulos a fin de prestar atención a todos los detalles para lograr captar toda la complejidad de la vida de los personajes, el por qué de sus mentiras y el cómo de sus consecuencias.

Lo que menos me ha gustado: A medida que vamos conociendo el carácter de Yejide nos puede costar entender cómo ella, una mujer bastante inteligente, orgullosa e intuitiva así como decidida, ha podido creer la primera de las mentiras que descubre de su amado Akin. Sin embargo, la forma en la que la autora resuelve las situaciones, hace madurar a los personajes y nos enmarca la importancia de conceptos como maternidad, amor o lealtad, nos lleva a pensar que realmente quiso hacerlo «para tener a alguien que me buscara si algún día yo desaparecía» (si bien este argumento se quiebra al final de la narración) o, en su defecto, pasar por alto este punto como un mal menor en comparación con lo compacto del resto de la obra.
«Las cosas que me importan las llevo dentro, encerradas bajo el pecho como si fuese una tumba, un lugar de permanencia, mi cofre del tesoro en forma de ataúd.» (Pág. 13)
Ayòbámi Adébàyò
Cuando pensamos en literatura nigeriana, es inevitable que nos venga a la mente el nombre de una de las grandes autoras revelación de los últimos años y estandarte del feminismo a nivel internacional: Chimamanda Ngozi Adichie. Esta mujer nacida en Enugu (Nigeria) en 1977 ha logrado traspasar las fronteras del continente africano gracias, por un lado, a su extraordinaria voz narrativa y, por otro, al perfilar muchos matices del feminismo occidental blanco incorporando las demandas y necesidades de mujeres de raza negra. Por ello, cuando comencé a leer Quédate Conmigo, la elogiada obra prima de Ayóbàmi Adébáyó, nacida en Lagos en 1988, me pregunté si una mujer tan joven sería capaz de crear una obra a la altura de la de su paisana, y salí de dudas con un sí rotundo a los pocos capítulos. Ayóbámi, quien por cierto, ha sido alumna de la propia Chimamanda e incluso de Margaret Atwood, nos demuestra en esta novela que tiene muchas cosas que contar y que lo hace de una manera excepcional, talentosa, fluida, y aguda. Las diferencias además con Chimamanda son el resultado de una voz propia muy marcada por la melancolía y por la forma en la que profundiza en las tradiciones nigerianas y en la psicología de sus personajes. Los cuentos tradicionales que los protagonistas narran a sus hijos adaptándolos a sus propias creencias, esperanzas y biografías son un buen ejemplo de cómo los tiempos van cambiando y con ellos personas y pueblos enteros.
«—No puedes tapar la verdad. Igual que nadie puede tapar los rayos del sol con las manos, no se puede tapar la verdad.» (Pág. 258)
Las mentiras y cómo éstas determinan nuestros futuros actos es uno de los ejes centrales de esta novela al que la autora da forma a través de la narración a dos voces perfectamente sincronizada como si de un dueto bien ejecutado se tratara de los protagonistas: Yejide y Akin. Yejide es una joven que se casa tras un amor a primera vista con Akin, un muchacho bien acomodado gracias a su trabajo como banquero, y con el que acuerda que se apartarán de la práctica poligámica tan típica de su cultura a fin de dedicarse en exclusiva el uno al otro. Yejide no encuentra ninguna oposición en su familia a esta decisión dado que su madre murió en el parto y se ha quedado huérfana de padre, de tal manera que las madrastras y sus hijos se desentienden de ella completamente. Esa familia «por defecto» que es un lastre para Yejide por la soledad social en la que la sume y por la desconfianza que muestra hacia otras mujeres en general (el tema de cómo las mujeres compiten entre ellas es bastante recurrente a lo largo de la obra encontrando en la segunda mitad, por fin, notables excepciones) contrasta con la familia «por exceso» de Akin quien, al ser el primogénito, es el depositario de todo su clan para que perpetue la dignidad familiar mediante numerosos herederos. Son los años ochenta y Nigeria está convulsionada por un panorama político inestable en el que las dictaduras se suceden con los golpes de estado mientras que cada ciudadano intenta a su manera sobrevivir en su día a día. Como si una extensión de ese agitada situación se tratase, el matrimonio de Yejide y Akin vive sus propias sublevaciones encabezadas en un primero momento por la madre de Akin y posteriormente por el propio hermano de éste, ante la incapacidad de ambos para engendrar un hijo. Las mentiras que Akin había aportado de dote secreta al casarse con Yejide comienzan a embrollarse cada vez más hasta convertirse en una madeja imposible de desenredar y difícil de comprender por ellos mismos pues, como bien señala Yejide, y he aquí uno de mis párrafos favoritos del libro:
«Las razones por las que hacemos las cosas que hacemos no siempre serán las que los demás recuerden. A veces pienso que tenemos hijos porque queremos que cuando ya no estemos haya alguien que le explique al mundo quiénes éramos.» (Pág. 157)
Sin olvidar la belleza del paisaje africano, muy presente en esta novela y que es una de las notas distintivas de las escritoras africanas (la antología «Ellas [también] cuentan» de relatos, poemas y ensayos de autoras africanas de distintas nacionalidades y épocas realizada por Federico Vivanco -Editorial Baile del Sol, 2017-, es un buen ejemplo de ello), así como el colorido de sus trajes y de sus casas y los olores fragantes y especiados de sus comidas, Ayóbàmi no tiene ningún tipo de miedo a la hora de abordar otros temas como la noción tradicional de masculinidad, entendida como la capacidad de mantener a varias mujeres a fin de que éstas llenen la casa de hijos y la noción tradicional de feminidad, entendida como la capacidad de engendrar esos hijos y cuidar de la casa. Ni Akin ni Yejide parecen encajar tras cuatro años casados en esos rígidos estereotipos pues a su esterilidad se le suma que Yejide se mantiene a sí misma al ser propietaria de una peluquería, con lo que su forma de vida subleva los ánimos de su familia política más que una revolución militar en toda regla. La presión llega a tal magnitud que Yejide sufre pseudociesis (síndrome conocido comúnmente como embarazo psicológico) y Akin, «un buen tipo» al fin y al cabo, en el mismo sentido en el que Susan Beale (Alba Editorial, 2017) hablaba de su propio padre en su novela de toques autobiográficos de mismo título, accede a tomar como segunda esposa a otra mujer (de nuevo aparece aquí «la otra» como enemiga natural dado el sistema poligámico cultural que fomenta este tipo de enemistades tan tóxicas) e incluso a involucrar a su propio hermano (los hombres, sin embargo, siempre son aliados por naturaleza) en su plan para que Yejide por fin sea madre. Las creencias de que los hijos lo son todo, «Olomo lo l´aye», quien tiene hijos posee el mundo, sobre todo para la mujer pues un hombre puede tener muchas esposas pero «un hijo sólo puede tener una única y verdadera madre» y que el amor «puede con todo» se repiten como un mantra en la mente de Yejide y Akin quienes, sin embargo, comprobarán desolados que eso no es verdad, pues...
«Si la carga es demasiado pesada y dura demasiado tiempo, hasta el amor se tuerce, se agita, se acerca al borde de la ruptura y a veces finalmente se rompe.» (Pág. 30)
La aparición en la novela de otro de los temas, la anemia falciforme, una enfermedad de la que apenas se habla pero que tenía en aquella época unos efectos devastadores, pondrá a los protagonistas cara a cara con la muerte al ver cómo un hijo tras otro va muriendo, cómo tienen que suplicarle «quédate conmigo», mientras se le acusa de ser un abiku, un niño, un espíritu viajero, predestinado a morir antes que sus padres, rompiendo el orden natural. Este nuevo giro da paso a algunos de los capítulos más dramáticos y emotivos de toda la novela, enmarcado en el lado más oscuro de ese tema tan fascinante que es el de #MaternidadesLit, en los que la autora, lejos de adoptar una óptica conformista, previsible o lacrimógena, opta por un giro en la narración que logra mantener al lector en vilo hasta la última página con el fin de descubrir cómo se resuelve. Y Ayóbami lo resuelve. Y con nota. Tras leer este excepcional libro, un auténtico incentivo para seguir leyendo a autoras africanas, sólo me queda pedir a la autora que se quede con nosotros, que no abandone esa voz tan espectacular que tiene y que estoy a la espera de su próxima novela pues sin duda ésta ya se quedó conmigo.

Título original: Stay With Me
Traducción: Irene Oliva Luque
Edición: Gatopardo (1ª edición, marzo 2018)
Páginas: 329
ISBN: 978-84-17109-49-3
Precio: 20,90€
Calificación: 9/10.

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