miércoles, 2 de diciembre de 2015

Pudo haber sido tan hermoso...

Foto de Chus Martin @lankara
https://www.flickr.com/photos/lankara/17315793616/


Se bebieron una botella de vino viendo atardecer en el Templo de Debod. Charlaron y charlaron de lo divino y de lo humano, de lo que fueron, de lo que son y de lo que querían ser, de la vida y de la muerte, del amor y del olvido. En un momento dado se cogieron de la mano, como dos adolescentes. Silencios hablados, palabras silenciadas, carcajadas descontroladas, sólo ellos dos; el resto del mundo no existía salvo por una música de violines invisibles, pétalos de rosas flotantes y la expectativa de lo que estaba por venir. La penúltima en La Latina, la última en la casa de él. Bajo el felpudo de la entrada enterraron el miedo al rechazo, los prejuicios y las moralidades.

Con los ojos cerrados ella se dispuso a disfrutar de ese momento largamente esperado. Sentía su respiración entrecortada, el ligero temblor de sus piernas al roce del brazo derecho de él en torno a su cintura, su cuerpo acercándose más al suyo con suavidad y delicadeza. Por fin iba a besarla. Creía que ese momento no llegaría nunca.

Él, por su parte, mantenía sus ojos bien abiertos. Abrazarla era su sueño desde el primer momento en el que la vio y, tras varios intentos de ida y vuelta, por fin se había decidido a dar el primer paso. Sus largas pestañas eran aún más impresionantes con los ojos cerrados y ahora que la tenía tan de cerca percibía aún con más intensidad el aroma a flores que emanaba de su piel y de su pelo.

Ella se acercó más a él, relajando su cabeza esperando a que sus labios se tocasen. No quería abrir los ojos pues en una ocasión leyó que quien besa con los ojos abiertos no es digno de confianza, se muestra siempre alerta, a la defensiva, poco receptivo a una relación y ella iba en serio con él por lo que no quería que pensase que era una mujer fácil ni frívola.

Él no quería cerrar los ojos. Hacía tiempo había leído que hacerlo durante el beso era una señal de no entregarse completamente a esa persona, de indiferencia hacia el besado. Bien podrías estar besando a la persona que te gusta como a un oso. Cuando escasos milímetros faltaban para que sus labios se rozasen, mientras un bolero interpretado por una orquesta inexistente sonaba de fondo, ella dudó, pues se dio cuenta de que necesitaba confirmar que él también tenía los ojos cerrados, saber a ciencia cierta que era digno de su confianza, de su beso y que no era un crápula más que sumar a su ya extensa lista.

Él notó ese microsegundo de vacilación y se refrenó dando entrada a un pensamiento que sobrevoló su mente para anclarse en justo ahí: si ella iba a besarle con los ojos cerrados, aunque fuese inconscientemente, era una señal inequívoca de que no se sentía tan atraída por él como él por ella.

Ella percibió claramente cómo su microvacilación había ido seguida de una vacilación completa por parte de él, ante la cual abrió los ojos y confirmó lo que ya sospechaba al verle con los ojos abiertos: él no se sentía ni de lejos tan atraído por ella como ella por él.

- ¿Cuánto tiempo llevas con los ojos abiertos?- preguntó ella
<<Yo siempre beso con los ojos abiertos - contestó él.
- No me fío de los hombres que besan con los ojos abiertos.
<<Ni yo de las mujeres que besan con los ojos cerrados. 
 
Y a continuación, sin más explicación, desanudó el abrazo y se dirigió a la puerta sin mirar hacia atrás, recogiendo por el camino el bolso que había dejado abandonado encima de una mesa. Él observó la larga y preciosa espalda de ella pensando que era una pena que no fuese una mujer de fiar. Ella echó un último vistazo a la casa de él intentando no tropezar con un aparente paso firme.

Cuando vio la puerta cerrarse él se tiró indolentemente sobre el sofá y trató de decidir si al día siguiente llamaría a la chica pelirroja de la biblioteca o a la morena que había conocido en el Retiro. Mientras ella esperaba a que el ascensor llegase se alegró de haber actuado correctamente y sintió que cada día era un poco más sabia y más despierta. Había tomado la decisión correcta, no había duda y sacando el móvil de su bolso se preguntó si ese chico tan mono que le habían presentado el día anterior cerraría los ojos cuando besaba.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

¡Sólo tenía diez años!

"Sin título"
Foto de Chus Martín 
https://www.instagram.com/chus_martin/


A día de hoy sigo sin entender qué le llevó a hacer aquello. Quizás pertenece a la categoría de preguntas que nunca tendrán respuesta o que si llegan a tenerla no nos convencerá del todo ni nos consolará el haberla sabido. Todavía veo de vez en cuando a su madre cruzar por la plaza Santiago, siempre vestida de negro, pero igual de altiva y aparentemente distante de todo, como cuando él vivía. Nada en su cara ha cambiado. No ha envejecido. Y al parecer tampoco ha cambiado de casa y sigue viviendo en el mismo sitio en el que sucedió todo. ¿Por qué? Podían haberse permitido marcharse a otro barrio, a otra ciudad incluso, pero tanto ella como su marido, al que de vez en cuando he visto colgado de su brazo, vestido de traje corbata, tan altivo y aparentemente distante de todo como ella, han decidido quedarse donde estaban. ¿Un autocastigo? ¿Una penitencia? En cualquier caso, en mi opinión, un sinsentido.
 
Ayer me encontré con Lucas, un antiguo compañero de clase, en un bar de la Corredera Alta, y tras la puesta al día de rigor: yo aprobé una oposición, yo he montado mi propio negocio, me casé hace cinco años y tengo dos hijas, yo sigo soltero y esto va para largo, acabamos hablando de lo que había sido nuestro gran vínculo de unión durante la infancia.
 
>> ¿Te acuerdas de...?
>> Ni me lo recuerdes, cómo olvidarlo... 
>> ¡Qué curioso! El otro día soñé con él, bueno, con toda la clase. Estábamos de pie alrededor de las mesas, formando un cuadrado, y Don Casimiro nos preguntaba los tiempos verbales.
>> Segunda persona del singular del pretérito perfecto simple del verbo amedrentar...
>> Los días que había examen de verbos no conseguía dormir, ni la noche de antes, por los nervios, ni la de después, por los nervios también...
>> Todos llegábamos atacados...
>> Todos menos él. ¡Qué máquina!
 
La versión oficial de los hechos fue que había sido un accidente. Versión oficial en el colegio, para los niños, claro. En lo que no cayeron los profesores fue que la noticia salió en la contraportada de un periódico local y en él no se andaron con tantos rodeos ni sutilezas a la hora de contar lo sucedido. La mala suerte hizo que el padre de Mario dejase el periódico encima del sofá, y que Mario, que por aquel entonces leía hasta los ingredientes de las cajas de cereales, leyese con atención la noticia. De esa forma al día siguiente ya todo el patio sabía lo que había sucedido de verdad antes de que el partidillo del recreo llegase al fin de su primer tiempo.
 
>> ¿De verdad crees que lo hizo porque no pudo superar la presión?
>> Eso decía el periódico ¿no? Y eso dijo Don Casimiro al padre de Lourdes. Que era superdotado pero que no quería que nadie se enterase. Que por eso falseó todos los tests que le hicieron, y que por ese motivo hizo lo que hizo, ya que su padre le pilló y estaba decidido a sacarlo todo a la luz e incluso llevarle a un colegio especial.
>> No sé, Lucas, no sé... ¡sólo tenía diez años! 
>> Pero siempre fue mucho más maduro que nosotros y mucho más serio. Además, su padre era militar...
 
Esa fue la frase que más resonó entre las paredes del colegio cuando en murmullos, de oreja a oreja, encerrados en los baños, para que los profesores no nos pillaran, hablábamos del "eso" de lo que estaba prohibido hablar. Su padre era militar... militar... como si fuese motivo suficiente para entender qué había pasado, convertirlo en algo inevitable, su destino  determinado por este pequeño detalle, anclando en las estrellas que "eso" iba a pasar de cualquier forma: su padre era militar... Explicaba que tuviese una pistola guardada bajo llave en el cajón de su escritorio, una caja llena de balas guardada bajo clave en una caja fuerte de su despacho y un hijo, Roberto, conocedor de ambas cosas, que en un momento de desesperación decidió hacer uso de ellas.

>> Y los padres justo al lado, en el comedor, comiendo tan tranquilamente...
>> Decían que pidió permiso para levantarse e ir al baño y que lo siguiente que oyeron fue el estruendo del disparo. No sospecharon nada, absolutamente nada. Roberto había estado comiendo tranquilamente la paella sentado a la mesa con ellos, grano a grano, hasta que fueron corriendo al despacho y se encontraron con todo el tinglado. Ufff aún a día de hoy sólo de pensarlo se me ponen los pelos como escarpias. 
>> Mario contó que en el periódico ponía que los padres estaban en estado de shock y no eran capaces de asimilar lo sucedido, imagínate....
>> Yo sigo viendo a menudo a la madre, y nadie diría que sufrió una tragedia así. Yo estaría en un manicomio, te lo juro, y eso como mínimo.
>> Cada persona tiene una forma distinta de enfrentarse a los problemas. A saber qué historia tiene esa mujer...
>> Sí, pero es extraño. Siguen viviendo en la misma casa donde sucedió todo ¿no te resulta chocante? No sé, Lucas, no sé. Sacaron a Tomás, su hermano mayor, del colegio al día siguiente para evitar que la gente le recordara como "el hermano del que se pegó un tiro" y van y le meten en un internado en León ¿te acuerdas? Sara oyó como el director se lo contaba a Don Casimiro. Se deshacen del hermano mayor y ellos no se mudan a otra casa, no me digas que no es raro, no me digas que no...
>> Pero bueno, Adriana, y eso a cuento de qué viene ahora, qué quieres decir con esto. Con todo el tiempo que ha pasado y parece que no lo has olvidado.
>> Fue horrible, Lucas ¿a ti no te afectó de verdad? Yo nunca he dejado de pensar en él y desde que soy madre mas aún...
>> Eso es porque estabas enamorada de él, tonta.
>> No más que de lo que lo estabas tú, pendón.

Las carcajadas compartidas no lograron explotar la duda que yo había creado con mis comentarios ni romper la sensación de incomodidad que se creó entre Lucas y yo a partir de ese momento. Nos despedimos con un intercambio de teléfonos (que nunca marcaríamos) y de perfiles de facebook (que nunca agregaríamos) porque la sombra de Roberto sobrevolaba nuestra infancia, nuestra vida, y era tan fea, tan oscura y dolorosa, que no queríamos cerca nuestro nada ni nadie que nos recordase aquél nefasto quince de diciembre de hace casi treinta años.
 
 
 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Fintanela, Fintanela...

Fintanela.
Foto de Chus Martin @lankara.
https://www.flickr.com/photos/lankara/23044840531/



Fintanela. Así la llamaba todo el mundo desde que hace un tiempo indefinido (unos decían que desde Nochevieja, otros que desde Semana Santa) apareciese por el barrio para hacer de sus calles su hogar. Dos cosas llamaban poderosamente la atención de Fintanela cuando la veías por primera vez: una era que realmente se trataba de un hombre de mediana edad vestido con ropa de mujer superpuesta sin ton ni son y sin sentido estético alguno y la otra eran sus labios garabateados de un intenso rojo pasión. 
 
Se movía por el barrio de las Letras arrastrando un desvencijado carrito de la compra hasta que encontraba el lugar perfecto donde acampar ese día. Entonces sacaba de él un bulto cubierto por un trapo que fue blanco un día y desenvolviéndolo extraía como un mago de su chistera una caja de zapatos cuidadosamente conservada. Le quitaba la tapa que usaba después como una especie de salvamanteles para depositar sobre ella la caja en sí, en cuyo interior iría juntando las escasas monedas que los transeúntes depositaban a lo largo del día, algún bocadillo, una prenda de ropa o un tupper con comida, muestra de buena vecindad.
 
Nadie sabía en qué empleaba Fintanela lo recaudado durante el día pues no bebía, ni consumía drogas, ni tan siquiera fumaba. Se alimentaba con lo que los vecinos le dejaban en la caja y se vestía con ropa, siempre de mujer, que se encontraba en contenedores o que le donaba el panadero. Precisamente una vez Chema, que así se llamaba el panadero, intentó darle un par de pantalones y una camisa vieja que le quedaban estrechos a fin de que se vistiese como lo que era, un señor, pero Fintanela los abandonó sin usar sobre un banco de la plaza Santa Ana. Desde entonces cada vez que su mujer se quejaba de que algo de su armario estaba viejo o no le valía, lo metía en una bolsa y se lo llevaba. 
 
En otra ocasión Carmen, la de la frutería, intentó llevarle a comer al mesón de Clemente un día frío de invierno pero ella, sin articular palabra rechazó negando con la cabeza la invitación y miró hacia otro lado. Fin del tema.
 
María, la de la tienda de ropa vintage, contaba que la primera vez que le llevó un trozo de su su exquisita tarta de manzana con un café se lo quiso entregar en la mano, mirarle a los ojos, interesarse por ella, pero Fintanela se tapó bajo la manta que cubría sus piernas y ni un gracias articuló. Por eso desde entonces siempre se lo dejaba en la caja con la esperanza vana de que algún día la reconociese. Desde aquel día todo aquel que quería darle algo desistía de la idea de dárselo en mano y lo depositaba como una ofrenda en su caja de zapatos.
 
Otra incógnita que corroía al barrio era su verdadero nombre. Mateo, el zapatero le preguntó en varias ocasiones "cómo te llamas, de dónde eres, cómo llegaste a vivir así..." en fin, ese tipo de cosas, y por respuesta sólo recibió un sonoro silencio y una interesante indiferencia. Así que el propio Mateo empezó a llamarla Fintanela por ser éste el nombre de la marca de zapatos escrito en su valiosa caja y Fintanela se llamó desde entonces. Por qué esa caja era tan preciada por ella nadie lo sabía pero era un espectáculo ver con qué delicadeza la trataba, cómo la limpiaba al fin de cada jornada, la envolvía en su trapo y la guardaba en el carrito para dirigirse a los bajos de la plaza Mayor donde unos cuantos cartones la esperaban para hacerle de cama. 
 
Fintanela no molestaba, no robaba, no causaba escándalos, no olía de forma especialmente desagradable, no ensuciaba, ¿qué más se podía pedir? Sólo de vez en cuando, quizás porque se aburría, quizas porque los pajarillos se salían de su cabeza, sacaba un pequeño y viejo órgano eléctrico que colocaba sobre el carrito y aporreaba con los índices para terror auditivo de los que por allí tenían la mala suerte de pasar en ese preciso momento. 
 
En defintiva, se podría decir que Fintanela formaba parte ya del mobiliario del barrio, como la escultura de Lorca de Santa Ana o los versos escritos en el suelo de la calle Huertas. La gente se acostumbró tanto a verla por allí que cuando de repente un martes no apareció todo el barrio se puso a buscarla. Las horas pasaban, los días pasaban y los rumores cada vez circulaban más absurdos y especulativos: la han asesinado, la han secuestrado para traficar con sus órganos, su familia la ha encontrado y sacado de la calle, ha encontrado un billete de la primitiva premiado y se ha fugado, ha decidido cambiar su vida y está haciendo un curso de integración laboral, ha muerto de un infarto, está en el psiquiátrico, donde siempre tenía que haber estado, por cierto...
 
La gente aún seguía preguntándose cuál habría sido el destino de tan peculiar vecina cuando Carmen, la frutera, encontró la caja de zapatos con el letrero de Fintanela escrito en la tapa, encima de un banco de la calle Huertas. No pudiendo resistir la tentación se decidió a abrirla, no sin cierta dosis de culpabilidad por invadir una propiedad ajena, que pronto se vio superada por la curiosidad de conocer su contenido y lo que encontró en su interior la dejo sin aliento. Sus gritos de sorpresa se oyeron en todo el barrio y en escasos minutos los vecinos se encontraban a su lado mirando incrédulos el contenido de la caja. Enseguida empezaron a buscar una solución sobre qué hacer con la misma. Llamar a la policía quedó rápidamente descartado así que ante la propuesta de Mateo, el zapatero, acordaron repartirse su contenido según la aportación que cada uno había hecho a Fintanela. 
 
Sin duda la contribución más valiosa era la de Carmen, la frutera, quien día sí día también le hacía entrega de varias piezas de fruta y de un delicioso bocadillo de lomo y queso con ración extra de queso, hay que decirlo. Tampoco había que desdeñar la de Chema, el panadero, y la ropa de su mujer que aunque vieja aún le quedaba mucho uso útil. ¿Y qué decir de María, la dueña de la tienda vintage, que siempre guardaba una generosa ración de su tarta de manzana para la desdichada Fintanela, acompañado de un delicioso café capuccino, su favorito?. También Mateo, el zapatero, reclamó su parte en base a los varios pares de zapatos que había donado a la extraña vecina. Y Celestino, el kioskero, recordó a los presentes que no habían sido pocas las ocasiones en las que alguna monedilla había dejado caer en la famosa caja acompañada de algún periódico viejo y varias revistas. O Casilda, la de la ultramarinos mencionó la que había sido su manta para ver la tele o Clemente, el mesonero y las docenas de churros que le había regalado... Así, uno tras otro, cada vecino fue relatando sus contribuciones y todas fueron ponderadas, cuantificadas, valoradas, repartiéndose proporcionalmente el contenido de la caja.
 
A pesar de alguna tímida protesta o algún gesto torcido, cualquier intento de oposición fue contenida y todos los vecinos regresaron a sus lugares de trabajo satisfechos y felices, al menos durante ese día, palpando los fajos de billetes de veinte euros repartidos entre sus bolsillos. La caja, por si a alguien le interesa saberlo, con el letrero de Fintanela escrito en su tapa, acabó en contenedor de reciclaje de color azul de la calle León.
 
 
 
 


viernes, 24 de julio de 2015

Desbancado



Soledad
Foto de Chus Martín. @lankara


No fueron pocos los que apostaron que serías la próxima Penélope escocesa, en espera desesperada, mirando con ojos acuosos y cansados fijamente el horizonte, desde el alba hasta el ocaso, sol que viene sol que va, deseando obsesivamente ver asomar en la línea que separa mar y cielo la silueta de mi barco.

Las apuestas más altas , sombras de desconfianza y de recelo, afirmaban que la embarcación sí aparecería puntualmente el día y hora señalados; pero yo no desembarcaría de él, ausente presencia, incumpliendo así mi promesa de regresar a ti. 

Loca tú, creyente fiel, no perderías la esperanza y seguirías aguardando a que cualquier día a cualquier hora descendiese de cualquier navío, buscándote con la mirada para explicarte el motivo de mi retraso, me equivoqué de día, estaba enfermo de muerte, perdí el tren que me llevaba hasta él, sufrí un secuestro, mi pasaporte estaba caducado... Y tú estarías ahí, sentada, recibiéndome con los brazos abiertos, comiéndome a besos, mandándome callar, amor mío, lo importante es que ya estás aquí, demostrando a todos los que dudaron que nuestro inquebrantable amor era verdadero y resistente a cualquier separación. 

Pero el tiempo pasaría, los calendarios seguirían su trayectoria imparable, las estaciones se alternarían, y las horas depositarían arrugas y manchas en tu nívea piel hasta que la Parca, compasiva, viniese a libertarte de tan fútil espera.

Todos se equivocaron. Sí. Todos se equivocaron. Porque el 20 de abril, a las tres de la tarde el transatlántico que me transportaba atracó en el puerto y yo descendí de él agarrando la pequeña maleta continente de mis escasas propiedades. Sin vacilar me dirigí directamente a este banco, nuestro banco, el cual, para mi sorpresa, estaba vacío. A pesar de este desencanto inicial no perdí la calma y, convencido de que había justa causa para tu retraso, te equivocaste de día, el tranvía se ha estropeado, qué pesado es tu jefe con las horas extras, retocas tus labios antes de verme pues así de coqueta eres, me senté, reloj en mano, a contar los segundos que faltaban para volver a verte. No me costaba nada imaginarte en ese mismo sitio, embozada en tu gabardina verde, sentada durante horas, observando el mismo horizonte que ahora tenía frente a mi y recreando una y otra vez el momento en el que me verías aparecer. 

Y en esas ensoñaciones andaba cuando unas risas quebraron el silencio que hasta ese momento había reinado en el paseo marítimo. Me giré buscando su origen y allí estaban tus ojos, cruzándose con los míos, tu rostro esbozando casi imperceptiblemente un rictus de desagrado para volver de nuevo a su alegría original; tu mirada apartándose de la mía para dirigirla hacia el hombre que te hacía reír igual que te hacía reír yo antes, de forma tan desinhibida y relajada... Pero ese hombre... ese Ulises, no era yo. 

Desbancado de nuestro banco, traicionado, ignorado, rechazado, quebrado, me levanté y me dirigí de nuevo al puerto. Al pasar a tu lado murmuré,  lo suficientemente alto como para que me oyeses aunque fingiste que no fue así:

- "Éste era nuestro banco. Quédate tú con él ." 


Nota: definición de la RAE de desbancar:
1. tr. Usurpar, sustituir a alguien en una posición y ocuparla.
2. tr. Hacer perder a alguien la amistad, estimación o cariño de otra persona, ganándola para sí.

viernes, 17 de julio de 2015

¡Un helado de vainilla, por favor!


"Doña Vicenta". 
Foto de Chus Martin. @lankara


¿Y qué quiere que le cuente una vieja como yo, joven? Mi vida es de lo más normal, aburrida diría yo, pero ya que insiste tanto y me he comprometido a ayudarle en su estudio, pues, allá voy.

Me llamo Vicenta, tengo más de setenta años y menos de ochenta, permítame que conserve algo de coquetería y no le diga mi edad exacta. Tengo tres hijos, siete nietos, dos perros, un gato, doce gallinas, un gallo y un marido, Enrique, quien aún me acompaña cada mañana a trabajar en la huerta. Mi fruta favorita es la uva y siento pasión por las hormigas, nunca he sido capaz de matar ni una, tan trabajadoras, tan sobrias ellas. Tuvimos varias tierrucas que nos permitieron sobrevivir y alimentar a mi familia pero hoy están yermas, como mi cuerpo, gracias a que la pequeña pensión que percibimos nos permite disfrutar de nuestra vejez con cierta holgura. Mi color favorito es el rojo aunque en mi armario ya no tengo nada de ese color salvo una pañoleta de los San fermines que mi hijo mayor me trajo hace unos años. Siempre visto de negro salvo ocasiones especiales en las que me visto de blanco, como para quedar con un joven guapo, como usted. No insista en que le tutee, no, es una costumbre mía de toda la vida y además, el respeto tiene cierto encanto especialmente hoy en día que está en peligro de extinción ¿no cree?. Bueno, sigo.

No me gusta leer nada excepto la vida de santos, no porque sea mi lectura ideal sino porque era el único tipo de libros que había en la biblioteca de mi pueblo, si se puede llamar biblioteca a esa habitación mohosa al lado de la consulta del médico que realmente hacía las veces de almacén del concejo. Últimamente me he aficionado a leer las noticias económicas de los periódicos, imagínese, yo leyendo sobre cláusulas suelo, tipos de rentabilidad o créditos de inversión. No me entero de nada pero me gusta imaginar que hay un mundo más allá de mis prados y montañas. 

Mi comida favorita son las migas de pan con ajo y mi helado favorito, el de vainilla. Descubrí que ése era mi sabor preferido hace unos treinta años, cuando tomé uno en la calle Santa Clara de Zamora. Hasta entonces nunca había probado los helados... siempre vi un cierto acto obsceno y demasiado moderno para mi en el deleite de ese postre, hasta que un viernes veinte de junio, al encontrarme con Tomás, cedí a su insistencia y me decidí a cometer ese pequeño pecado. Por cierto, mi hombre favorito es Tomás. No se sorprenda, joven, porque no nombre a mi marido. No lo cambio por ninguno, pero debe usted entenderlo: no conocí varón hasta que el mismo día de la boda, como la tradición manda, Enrique desfloró mi entonces, aunque no se lo crea, sinuoso y flexible cuerpo. No fue nada del otro mundo, he de confesarle, pero poco a poco me fui acostumbrando a sus gestos rápidos y a su rudo romanticismo hasta que llegó un momento en el que, no puedo evitar ruborizarme, llegué a disfrutar de eso de lo que nadie habla pero que a todo el mundo gusta. Bueno, mejor dicho, de eso de lo que nadie hablaba en mi época, que hoy ya sé que son muy liberados y avanzados y hasta hay programas en la tele que tratan sobre eso y todo. Pero gustar ha gustado siempre... eso no es algo nuevo, a ver qué se piensa usted. 

La cuestión es que me gustaba, o eso creía, hasta que un viernes veinte de junio, como le iba diciendo, me acuerdo como si fuese ayer y han pasado treinta y un años, paseando por la calle Santa Clara, me encontré con Tomás. Había ido a Zamora a visitar al dentista; nada del otro mundo, sólo una muela que me dolía porque la tenía picada, y puesto que la consulta terminó a las once y el autobús de regreso no salía hasta la una, decidí hacer tiempo y dar una vuelta por la capital, dispuesta a disfrutar de ese inesperado momento de soledad y libertad que el azar me había regalado. Y allí estaba él, Tomás, sentado en una mesa en la calle, tomando un helado. Yo le vi primero, pero decidí pasar de largo porque no estaba bien que una mujer casada saludase a un hombre soltero de su edad, y menos aún a un hombre como Tomás, un mujeriego que ¡válgame Dios!, hasta mujeres embarazadas había dejado y todo sin que ninguna conseguiera hacerle pasar por el altar ¡bueno era él!. Sin embargo, me vio, me saludó y no me dejó en paz hasta que no me senté a su lado. Y primero me insistió para que me tomase algo, "un helado de vainilla, por favor", le pedí al camarero, porque siempre había querido probar el helado de vainilla. Después me insistió para que comiese con él unos mejillones picantes en un bar que estaba a la vuelta de la esquina, "los mejores de España", me decía, agarrándome por el brazo. Y yo, pendiente del reloj: "son las doce y media, Tomás, tengo que irme", "tranquila mujer, que llegas con tiempo de sobra". 

Pero no llegué, claro, porque la siguiente vez que volví a mirar el reloj era la una en punto y la estación estaba a un ratito largo caminando desde donde estábamos. Así que la tercera insistencia fue para que le acompañase a una casa de comidas donde el menú del día era el mejor del mundo, me decía, agarrándome ya por la cintura. Y yo... ¿qué le iba a hacer?. El siguiente autobús no salía hasta las seis de la tarde y tenía que comer algo ¿no le parece, joven?. Sí, ese autobús sí lo cogí, el de las seis de la tarde, por los pelos, porque llegué con apenas unos minutos de antelación, y eso que la pensión estaba enfrente de la estación sino también lo hubiese perdido provocando entonces un auténtico escándalo en mi familia. Ya me veía a la Guardia Civil siguiéndome el rastro por las calles de Zamora... Pero sí, llegué, no ponga esa cara, joven ¿acaso piensa que no sospechaba que acabaría con Tomás en una pensión? ¿cree que si no le habría permitido agarrarme de la cintura como si fuese mi enamorado?.

Han pasado treinta y un años y aún recuerdo cada detalle de esas horas que pasamos juntos. Pero a veces... a veces me cuesta reproducir una frase pronunciada, o no recuerdo nítidamente el tono de su voz al susurrarme cositas o se desliza en el desagüe de mis recuerdos el tono verde de sus ojos mirándome fijamente.  Entonces me tomo un helado de vainilla y enseguida recobro la memoria. ¿Me invita a uno, joven? 

viernes, 10 de julio de 2015

Ochenta y siete escalones



"Rayo de luz en la escalera".
Foto de Chus Martin @lankara
https://flic.kr/p/rqsjxh





  Cincuenta y ocho mil cuatrocientas son las veces que aproximadamente he subido y bajado las maravillosas escaleras de mi casa a lo largo de mi vida. Los primeros escalones que subí gateando fueron éstos, con el consiguiente chichón en la cabeza producto de mi piel acariciando el suave y frío mármol. A fin de evitar ulteriores caídas, tanto mías como de otros vecinos, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la instalación de tiras antideslizantes.

   A los dieciséis años me rompí el brazo izquierdo al querer volar por ellas propulsada por la alegría de mi primera cita con Mario mezclada con el miedo a llegar un segundo tarde. A fin de evitar ulteriores intentos de emular a Ícaro, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la instalación de una barandilla dorada.

  A los diecinueve años estas escaleras fueron testigos de cómo perdí la virginidad galopando con Javier frenética y apasionadamente, salvándonos del escalabro las tiras antideslizantes y la barandilla dorada que se clavaba en mis lumbares a cada embestida. Doña Lourdes, la vecina del sexto piso, nos pilló en pleno trote y sus manos tapándose sus escandalizados ojos no impidieron que llegásemos a la meta. Como consecuencia de este incidente, a fin de preservar la seguridad y decencia del decimonónico y señorial edificio, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la instalación de cámaras de seguridad.

  A los treinta años Doña Lourdes se rompió la cadera como consecuencia de un desagradecido tobillo que decidió un día dejar de obedecerla mientras descendía las escaleras. El estrépito de la caída fue tal que resonó en todo el edificio. Ni las tiras antideslizante ni la barandilla sirvieron para prevenir la desgracia si bien evitaron un mal aún mayor. A fin de facilitar la accesibilidad de Doña Lourdes a su casa, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la colocación de un ascensor.

  Hoy tengo ya cuarenta años y subo estas históricas y hermosas escaleras por última vez. Las asciendo lentamente, contando, como siempre suelo hacer, los escalones que me llevan hasta mi piso: setenta y nueve en total. Son las diez de la noche y mañana a primera hora llegarán Ellos, portando armas relucientes y rostros sombríos, hastiados de cumplir órdenes de varios psicópatas demasiado cobardes para dar la cara y a los que códigos y leyes convierten en intrépidos valientes.


  Mis vecinos opondrán resistencia, llamarán a medios de comunicación, levantarán pancartas y entonarán consignas mientras Ellos, resignados, agacharán las miradas y levantarán las esposas. No les daré el gusto de verme humillada, de sentirme derrotada por haber perdido la herencia de mis padres, los recuerdos de mi vida en esta casa, en estas escaleras.  Antes de que lleguen yo ya me habré ido. Creerán encontrarme tumbada en la cama, eternamente dormida y mientras algunos llorarán y otros respirarán aliviados, mi espíritu seguirá subiendo y bajando estas escaleras libre y ligera. 

viernes, 3 de julio de 2015

Sé impecable con tus palabras



Sí, lo sé, mi mantra los últimos días es precisamente éste: "sé impecable en tus palabras". Sin embargo, aunque la teoría me parece sencilla y por más que en mi mente recree una y otra vez cómo me voy a comportar la próxima ocasión en la que mi aprendizaje se ponga a prueba, cuando llega ese momento, no hay manera de ponerlo en práctica. Ése siempre ha sido, es y será mi problema: la impulsividad. Mi lengua es más rápida que mi mente y mis cuerdas vocales se coordinan a una velocidad que despeinan a las neuronas. Pobres neuronas... a ellas les toca después lidiar con los remordimientos y los cargos de conciencia mientras que las espabiladas de las cuerdas vocales bailan samba con la lengua indiferentes a lo que ha sucedido y sin ser conscientes de la que han liado por ser tan rapidillas.
 
Ser impecable en tus palabras es la regla número uno de la filosofía tolteca para vivir con más autenticidad tu vida y disfrutar más de uno mismo. A continuación están  la regla número dos: "no te tomes nada personalmente", la tres: "no hagas suposiciones" y la última, la regla número cuatro: "haz lo máximo posible". Pero en palabras del Dr. Miguel Ruiz, el escritor del libro que recoge estas reglas que él llama acuerdos, la más importante y por donde hay que empezar es por ser impecable en tus palabras. Impecable procede del latín pecatus por lo que ser impecable significa no pecar al hablar, no faltar a la verdad, no insultar a los demás ni por extensión a uno mismo, ser auténtico y sincero, transparente y afable, agradable y amable, inteligente y empático. En fin, ser un auténtico santo de la palabra y, por supuesto, de la acción.
 
Diez días llevo ya rellenando post it de todos los colores, cuanto más fosforitos, flúor y horteras mejor que mejor, de todas las formas imaginables, cuadraditos, corazoncitos, cocodrilitos y margarititas y empapelando hasta los espejos con letras de cuanta tipografía mi mano derecha es capaz de reproducir. En todos ellos se puede leer: "Sé impecable en tus palabras, Divina", "Sé impecable en tus palabras, Divina". No hagan suposiciones (regla número tres, recuerden), no es que me adule a mi misma por una dolorosa ausencia de abuela, ni que me tire flores a falta de amante que susurre mis virtudes, sino que yo me llamo así, Divina, sí, qué se le va a hacer. Mi madre asegura sin tartamudear que sintió el momento exacto en el que el avispado espermatozoide de mi padre se enganchó apasionadamente a su óvulo expectante y desde ese momento supo que yo era un ser especial, diferente, en definitiva, Divina. Y ni corta ni perezosa, a pesar de las enérgicas protestas de mi padre (que llegó, incluso, a ponerse en huelga de brazos caídos los últimos meses de embarazo, negándose a limpiar los cristales de la casa todos los días tal y como mi madre exigía para que las hadas nos viesen desde fuera y los rayos de sol entrasen sin obstáculo alguno), las risas de mis tías y las carcajadas estontóreas de sus locas amigas, se salió con la suya y en mi DNI mecanografiaron Divina. Les parecerá para romperse el pecho de la risa pero a día de hoy no concibo haberme llamado de otra manera, la verdad. 
 
La cuestión es que aquí estoy, fustigándome con mi mantra de divina impecabilidad y cuando por fin tengo la oportunidad de hacer lo máximo posible, de salir airosa de la situación, de lucir mi sabiduría, desplegar palabras honestas y amables, firmes pero comedidas, no tomarme nada personalmente y no hacer suposiciones, me encuentro hecha un basilisco, soltando cuanta imprecación ha almacenado mi cerebro en mis cuarenta años de vida, tan chula que hasta en distintos idiomas me permito el lujo de insultar. ¿Han probado a decir stupid lamecandaos, conne caraespátula, miserable asshole o verpisst dich meapilas? Aparte de enormemente gratificante es de una comicidad trágica comprobar la cara de estupefacción de tu advesario quien sospecha, no sin razón, que precisamente cosas bonitas sobre él no estás diciendo, no. 
 
Muevo enérgicamente mis brazos, alzo la voz (mis cuerdas vocales serían capaces hoy de interpretar hasta La Traviata), mis neuronas no dejan de hacer suposiciones (a destajo están trabajando, no vaya a ser que las acuse de vagas), porque todo esto me afecta personalmente (inflo el ego de mi ombligo hasta que está a punto de explotar), hago lo máximo posible de lo mejor que sé hacer (perder el control hasta crecerme tanto que ni un pivot de baloncesto me superaría mientras tú te encoges hasta el tamaño del enganche de mi pendiente) y peco con mis palabras. Madre mía, cuánto pecado junto, cuánta mancha concentrada en unos escasos minutos... cuánta imperfección. Debería ir pidiendo hora con mi confesor, o mejor pidiendo día, que tengo para rato largo con tanta norma quebrantada.
 
Y total, todo este ruido porque la vieja me empujó para apoderarse del único asiento que quedaba libre en el autobús, el único, y yo embarazada de ocho meses... debo ser invisible, mi enorme y redonda tripa ha debido desaparecer de repente, qué retorcido es el destino. Y encima se hace la indignada y me niega el caderazo que me metió a la cara, que si realmente fui yo la que se lo di y que si bla bla bla. Si es que no aprendo, de verdad. Mira que, tomármelo como algo personal... cómo se me ocurre. Lo que tendría que haber hecho era haber pasado de largo, seguir degustando tranquilamente mi café helado y no habérselo tirado a la cabeza, ¡qué desperdicio!, ¡cuánta flaqueza de carácter por mi parte!. Dr. tolteca, discúlpeme usted. No me puse a pensar en las consecuencias de mis actos, en el fulgor de las estrellas nocturnas y en la maravillosa luz del sol que cada día me da la vida. Soy un espejo humeante en el que nadie puede verse reflejado porque la mala hostia que emana deforma cualquier visión. Perdóneme usted, Dr. tolteca, cuánta imperfección aglutinada en mi, cuánta mediocridad. Pero... me he quedado tan a gusto, ¡de verdad!.
 
 

sábado, 27 de junio de 2015

Menos mal que no te fuiste...



"Las espigadoras" Jean François-Millet 

- Como aquella vez... aquella vez sí que creí que te marchabas...
- Calla, mamá. Tienes que descansar.
- Aquella vez pensé que te perdía de verdad. Hiciste hasta las maletas y todo... ¿Qué he hecho mal? Pensaba una y otra vez. ¿Qué he hecho mal?
- Pero... ¿qué dices, mamá? Estás delirando. Cállate y duerme.
- Y tu padre como un loco, y tú como una loca también. Porque vale que él no llevaba razón, pero tú tampoco, tampoco la llevabas. Con ese carácter que tienes... Desde pequeña ya se te veía el carácter que tenías. Igualita a tu padre, aunque no lo reconozcas, igualita a él, aunque te duela, como dos gotas de agua sois...
- Mamá, por favor - supliqué cogiéndola la mano que yacía casi sin vida sobre la cama - como no te calles ya voy a llamar a la enfermera para que te traiga un somnífero o un calmante...
- ¡No!, ¡eso no! - gritó suplicante mirándome con más energía de la que pensaba que sería capaz de acumular en esos momentos a través de sus ojos achinados e hinchados por la medicación y el dolor.- No me quites estos últimos recuerdos o no te lo perdonaré jamás.
- Pues entonces cállate, mamá, que no entiendo nada de lo que dices...
- No puede ser que no te acuerdes, ¿lo has olvidado?. Yo me he acordado de ese día cada día que he vivido desde entonces. Fue terrible, no puede ser que no lo recuerdes... Era un domingo, lo sé porque estuve intentado entrar en tu habitación para convencerte de que fueses a misa conmigo y no me dejaste entrar. Te habías encerrado por dentro. Yo sabía que estabas ahí dentro porque te oía llorar y más de una vez me asomé al patio trasero para comprobar que no te habías escapado por la ventana. Cualquier cosa podrías haber hecho ese día, hasta las maletas hiciste, cualquier cosa. Hasta falté a misa, imagínate, yo que nunca he faltado ni una vez a misa cuando vamos al pueblo y ese día no fui por miedo a que al regresar ya no estuvieses y unas semanas después me llamases desde algún país por ahí perdido: Rusia o Argentina o América, a saber... de cualquier cosa eras capaz ese día...

Para mi madre Nueva York no era Nueva York, sino América. Igual que Miami o Estados Unidos eran América, Marruecos era África y Corea, Vietnam o Tailandia eran países "de por ahí, por China". La geografía no era su fuerte. La cultura general, en general, no era su fuerte, debido a su deber de cuidar de su hermana pequeña y ayudar a sus padres en las tareas de campo en las mismas horas en las que la maestra de la escuela del pueblo impartía sus clases a los cuatro privilegiados (cuatro, ni uno más, ni uno menos) que podían permitirse el lujo de sentarse en un pupitre, lapicero en mano, a leer y escribir mientras sus contemporáneos llevan el ganado a pastar, cavaban la tierra o segaban el trigo. Hay palabras que nunca mi madre ha pronunciado, palabras que no sé cómo suenan en su boca y con su voz: "Nueva York" es una de ellas, "formidable", "espectacular", "intelectual", "vehemente" o "gilipollas" son otras. Su lenguaje es simple, su vocabulario, limitado, pero aún así siempre me ha gustado oírla hablar. Tan comedida, tan educada, tan práctica.

- Ese día me imaginé vieja, recluida en una residencia, sin saber nada de ti porque te habrías ido. Y mira, mira donde estamos. Yo aquí, vieja, postrada en una cama, a punto de reunirme con tus abuelos, y tú a mi lado, refrescándome la frente y escuchando mis tonterías... Gracias... gracias por no marcharte aquel día... menos mal que no te fuiste... menos mal...

sábado, 16 de mayo de 2015

Nombres congelados



"Nevera nueva". (1991-1994). Antonio López


- Hoy me he quemado con el horno al sacar las magdalenas, TUS magdalenas favoritas ¿ves? ¡esto es horrible! ¡Pero mira cómo me ha quedado el antebrazo! Cómo para salir así a la calle en manga corta... parezco una leprosa. Pero, ¡MÍRAME!.
 
- Siempre te quemas cada vez que haces NUESTRAS magdalenas - se limitó a responder él, con un hastío resonante en la voz mientras seguía comiendo mecánicamente las patatas asadas sin apartar la vista de la televisión. A punto estuvo de decir que las magdalenas eran realmente las magdalenas de ella, ya que las hacía con cierta frecuencia con la excusa de complacerle a él para luego comerse ella prácticamente todas. Pero no estaba, chiste fácil, el horno para bollos. Veinte nuevos desahucios se habían ejecutado hoy en la ciudad a pesar de la resistencia de varios grupos de vecinos encadenados a la puerta de la vivienda, contaba en ese momento, impávida, la atractiva presentadora del Telediario.
 
- Me he echado aloe vera, que me dijo Santi que era mano de santo, y no sé de qué santo será pero está claro que yo no le caigo bien porque me ha empeorado la marca - siguió perorando ella, haciendo como que no se había dado cuenta de que él no la estaba prestando atención y pretender así en su mente que seguían siendo una pareja normal con cosas interesantísimas que contarse- así que me hice una cataplasma de cebolla cocida con hojas de geranio. No pongas esa cara de asco, es un remedio natural del de toda la vida. Me lo dijo Laura por whatsapp. Infalible, fue la palabra que usó, infalible sus narices porque esto no se quita ¿lo ves? dime que no ves una horrible y enorme quemadura, dime que no, ¿a qué sí? qué horror, de verdad, q-u-é  h-o-r-r-o-r. Si sigo así tendrás que llevarme a urgencias. 
 
Él interrumpió su ritual de coger una patata, meterla en la boca, coger otra patata, meterla en la boca, el segundo imprescindiblemente necesario para apartar la vista de la televisión y apreciar en el antebrazo izquierdo de su mujer una diminuta mancha que debía ser la considerada enorme y horrible quemadura necesitada de atención médica de urgencias. Murmuró un ummmmm de aprobación acompañado de un sutil movimiento de afirmación de la cabeza para al siguiente instante coger la siguiente patata de su plato y observar la televisión como si fuese la primera vez que la viese en su vida. El equipo local de nuevo había vuelto a perder frente a su eterno rival, continuaba narrando impertérrita la guapa presentadora, y los seguidores exigían con un cabreo que sonrojaría al mismísimo dios del Antiguo Testamento la dimisión del entrenador, de la junta directiva, del portero y del delantero central brasileño. 
 
- Y todo ¿sabes por qué? ¡qué pregunta más tonta! ¡Tú qué vas a saber!. Ya te lo digo yo, tranquilo. Todo es porque hace dos días me crucé por la Gran Vía con la desarrapada de María. Mira que intenté que no me viese, pero nada, me vio y me echó una mirada tan falsa que me metí corriendo en la primera tienda que encontré. Sí, ya sé, tenía que haberla saludado pero ¡qué demonios! ¡Es una bruja! Y tú, ríete, sí, que crees que no me doy cuenta de que te estás riendo y de que esa zarrapastrosa siempre te ha puesto los ojos en órbita, pero desde entonces todo han sido desgracias para mi, tu mujer, no lo olvides. Primero se me coló un calcetín negro en la lavadora de blanco que me ha dejado toda la ropa para trapos, luego me arranqué la uña de un golpe con el pomo de la puerta, ¡qué dolor!, después se me cayó el bote del perfume que me regalaste por Navidad y se me clavó una astilla en la pantorrilla y ahora esto. No levanto cabeza. Esa víbora me gafó, lo sé, y no, no te rías por lo bajini que bien lo sé yo... bien lo sé yo. 
 
Lo cierto es que él estaba bastante lejos de reírse de ella pues desde hacía rato había conseguido desactivar el radar de detección de su voz y todas sus neuronas estaban plenamente puestas en el noticiero. Varios inmigrantes habían fallecido intentando cruzar el Mediterráneo escondidos en la bodega de un buque crucero; veinte mujeres era el balance en lo que llevábamos de año de víctimas de violencia doméstica; la infanta Rosita había acudido hoy por primera vez a un desfile militar y la actriz Helena se acababa de divorciar de su anarquista marido. Todo ello relatado con la misma cara de expresión inexpresiva por la sexy presentadora del informativo. Hacía tiempo ya, mucho tiempo, no sabría decir cuánto: ¿un año? ¿tres años? ¿un mes? que había aprendido que la única manera de esquivar los ataques de ira de su mujer y su constante necesidad de ser el centro de atención era darle la razón a cuanto decía y, a ser posible, evitar el contacto visual a fin de que pudiese tergiversar (¿o quizás por temor a que adivinase?) cuanto expresara con su mirada.
 
- ¿No vas a decirme nada? ¿En serio? ¿Qué pasa, que ahora cobras por palabra hablada? No me prestas atención ni me tomas en cuenta. Soy menos que un cero a la izquierda, una don nadie, la última mona, ni voz ni voto tengo ya en tu vida. ¿Cuándo comenzó a pasarnos esto a nosotros? ¿Acaso no recuerdas que cuando nos casamos prometimos que cenaríamos siempre juntos sin televisión, sin radio, para así poder intercambiar lo vivido en nuestro día y sentirnos cerca el uno del otro? ¿Se te ha olvidado ya?. Yo sí sé cuándo fuimos a la deriva. Fue hace dos meses, justo desde el día que me encontré en el mercado con la arpía de tu ex, esa desgraciada y envidiosa ramera que nunca perdonó que tú te casases conmigo por ser yo un vergel de amor mientras ella era un estéril e infecundo desierto de cariño. Si pudieses haber visto qué mirada me echó. Esta claro que no me lanzó rosas y plumas sino lanzas y espinas deseándome lo peor, y tú lo sabes que la conoces mejor que yo. Por eso la apunté a mi lista de nombres congelados aunque... la verdad, y esto me sorprende, no parece que haya hecho mucho efecto en vista de que haces más caso a esa noticia sobre el deshielo del Ártico que a mí. ¿Qué pasa, que te has vuelto de repente ecologista? ¿Desde cuándo te preocupa qué le pase a cuatro osos polares y a unas focas?. Y pensar que hasta hace unos días venías a casa directo del trabajo para apenas entrar por esa puerta recorrer con tus manos mis nalgas y con tus piernas cada rincón de nuestro hogar en un ceremonial de amor que sonrojaba a cuanto espíritu pululase por aquí... En fin, en vista del caso que me haces me voy ahora mismo a apuntar a la zorra de María en la lista.

Y recogió todos los platos de la mesa, incluido el del atorado marido quien, a pesar de no haber terminado el suyo optó por acallar la protesta para no tener que seguir aguantando su presencia y seguir centrado en lo realmente importante, a saber, cómo combatir el calor sin arruinarse siguiendo unos sencillos consejos que con rostro impasible enumeraba la arrebatadora presentadora.

Hacía unos veinte años una compañera de Universidad de origen cubano le comentó que una manera muy efectiva de neutralizar la influencia negativa y rebotar el mal de ojo de otras personas en su vida era escribir sus nombres y apellidos en un papel, doblarlo en cuatro trozos e introducirlo en el fondo del congelador. Fue así como Verónica comenzó una lista de nombres congelados que la había acompañado en sus sucesivas mudanzas y que ahí estaba, en el congelador de la casa de su marido, detrás de unas rodajas de merluza, unas pizzas y unos muslos de pollo, en lo más profundo, en las entrañas del congelador, metida en una pequeña bolsa de plástico. 

La extrajo, desdobló cuidadosamente el manido folio y se sorprendió al comprobar lo larga que era ya:

1. Eva Fina Segura
2. Encarna Vales Fiesta
3. Silvana Cantora Cantina
4. Alba Lucero Opaco
5. Dominga Diaz Festivo
6. Elsa Capunta Blanco
7. Zoila Meza Madera
8. Ramona Ponte Alegre
9. Margarita Flores del Campo
10. Elena Nito del Bosque
11. Ana Pulpito Salido
12. Presentación Piernas Largas
 
Y añadió: 
13. María Note Rajes
 
Volvió a doblar el folio, lo introdujo de nuevo en la bolsa y lo restituyó al gélido abismo cruzando los dedos mientras deseaba tardar mucho, mucho tiempo en volver a sacarlo. Lejos, muy lejos estaba de ni siquiera imaginar que tan sólo diez días después escribiría en él dos nuevos nombres, con letra temblorosa pero resuelta: uno era el de su marido; el otro el de la detestable presentadora de las noticias.
 

sábado, 9 de mayo de 2015

La ciudad desenamorada




"Los funerales del poeta".  (1917-1918). George Grosz


"Corintios 13:4-7
El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." (1)

Ya no podíamos contar con él. No pudo soportar tanta humillación, mentira, falsedad, tanto maltrato y abuso de su nombre, tanta lágrima a medianoche y burlas malintencionadas. Por eso un día la ciudad amaneció inundada de grafittis en sus edificios, en el asfalto de sus calles y en las nubes que esa mañana fueron a visitarla, diciendo:

" Estoy harto de ser un incomprendido.
  Me largo. 
  Firmado: El Amor".

Los vecinos salieron a la calle notablemente diferentes, con el corazón pesado, los puños apretados y el paso firme dispuestos a seguir adelante sin él pero no sabiendo cómo hacerlo. Los autobuses y los vagones del metro se vieron apuñalados por miradas desconfiadas y espaldas encorvadas que apretaban carpetas y bolsos contra el regazo hasta clavárselos dolorosamente. 

Nadie consultaba su móvil a sabiendas de que ese día no recibiríamos el habitual mensaje de nuestro amado deseándonos un buen día. Los ojos se secaron milagrosamente, pues ¿para qué llorar si por vez primera éramos conscientes con toda la consciencia de la que el ser humano es capaz de experimentar de que el amor no iba a volver? Su huida nos condenaba a una certeza que nos llenaba de desesperación pues aquello que dicen de que la duda es peor que la verdad en este caso no podía ser menos cierto. Saber que él se había ido conllevaba saber también que habíamos perdido una de las pocas cosas que nos permite convivir civilizadamente y levantarnos cada mañana de la cama: la esperanza.

Los que buscaban el amor se arrancaron los pelos de la cabeza gritando con rabia al saber que nunca encontrarían esa mitad que anhelaban. Los que ya lo habían encontrado se dijeron adios sin mirarse a los ojos porque de repente eran dos desconocidos y se avergonzaban de haber tenido alguna vez algo parecido a la intimidad con esa persona. Los besos se vieron sustituidos por escupitajos, los abrazos por puññetazos, las caricias por patadas, los susurros de amor por voces insultantes y los gemidos de placer por gritos de dolor.

Los servicios de limpieza del Ayuntamiento se pusieron inmediatamente manos a la obra dispuestos a cumplir con escrupulosidad la primera medida de emergencia adoptada por las autoridades, a saber, la de borrar todos los grafittis de despedida a fin de que no fuesen un recuerdo constante del desesperado ánimo de la población. Aquellos pintados en los edificios no supusieron mayor problema al estar acostumbrados a lidiar con ellos en el día. Los del asfalto no opusieron mayor resistencia ante la gruesa capa de betún que se derramó sobre ellos. Pero los de las nubes... ¡ay, los de las nubes!. No había en toda la ciudad escalera suficientemente alta para poder alcanzarlos así que recurrieron a las avionetas de todos los aeródromos tanto públicos como privados a fin de que pilotos experimentados disolviesen las pintadas atravesándolas con sus ingeniosas acrobacias. Pero este esfuerzo resultó inútil y lo único que consiguieron fue confundir aún más a los ciudadanos al descolocar el orden de las letras y de las palabras formando mensajes ininteligibles como: 

" Me harto de ser un largo
 estoy incomprendido
 el amor firmado "

O: 

" De res imprennciddo
harto meun gralo roma
meel farmido"

Algunos rieron con esas risas producto de los nervios al ver estos mensajes absurdos. Otros se arrancaron los ojos incapaces de aguantar tanto caos y tanto insulto al amor que algún día veneraron. Los servicios de limpieza, en un intento desesperado, se coordinaron con los agentes de movilidad y colocaron gigantescos ventiladores en las cimas de las montañas que escoltaban el noroeste de la ciudad por ver si así las nubes desistían de instalarse de su cielo y se desplazaban lejos en el horizonte donde ningún ciudadano pudiera verlas. Pero todo fue en vano y lo único que consiguieron fue que las nubes, cabezotes, negándose a traicionar la confianza que El Amor había depositado en ellas, se anclasen inamovibles por encima de sus cabezas mientas sombreros, polvo, ramas de árboles, papeles, ropa tendida en las cuerdas y bolsas de plásticos salían volando en elegantes remolinos que terminaron por sumir a la ciudad en un incontrolable caos.

Los días fueron pasando y el éxodo del amor ya hacía estragos entre nuestros ciudadanos. Los enamorados se desenamoraron; los padres renegaron de sus hijos y los hijos de sus padres; los curas perdieron la fe y las religiosas la paciencia; los doctores empuñaron bisturíes y los camareros cuchillos de cocina; los poetas se suicidaron y las prostitutas dejaron de pintarse los labios.

Los cuerpos de seguridad no daban abaso a controlar las revueltas de ciertos sectores de la población que reclamaban la negociación del regreso de El Amor ni los asaltos que empezaron a sufrir los comercios, las empresas y las fábricas por parte de aquellas personas que necesitaban hacer algo para luchar contra su propio vacío y su propia desesperanza. Hasta tal punto llegó  el desorden en la comunidad que el Ayuntamiento pidió ayuda al Gobierno Central ante la impotencia que sentía para poder hacerse con el control de la situación. Lo que estaba sucediendo era peor que una guerra civil pues en ésta hay dos bandos: los unos contra los otros, los rojos contra los azules, los de arriba contra los de abajo. Pero en nuestra ciudad había cientos de miles de bandos, tantos como personas habitaban la ciudad ya que cada individuo luchaba solo contra todo aquél que no fuese uno mismo por cualquier motivo: un asiento en uno de los pocos autobuses que aún circulaban, un turno en la cola de una de las escasas panaderías que aún vendía víveres, un cigarrillo pedido a un extraño y negado, un hola no respondido. Incluso había personas que también luchaban contra sí mismas ya que la ausencia del amor había sido cubierta por un odio tal hacia su propio ser que sólo querían autoinflingirse dolor y llegar a la muerte.

 El Gobierno Central, tras consultar a varios comités de expertos, decidió que ante el temor de que El Amor tomase represalias contra el resto del país si decidían ayudar a la ciudad desenamorada y a fin de evitar que la desobediencia civil se extiendese por todo el territorio, la mejor opción era declarar el estado de excepción en la ciudad, levantar un muro que rodease totalmente la misma y situar puestos de control en los puntos estratégicos a fin de evitar que ningún ciudadano saliese de ella. Se denominó a esta decisión como "cuarentena excepcional" si bien todo el mundo sabía que su duración sería indefinida. 

La ciudad desenamorada, como empezó a ser llamada, quedó así aislada del resto del país y del mundo no sólo físicamente sino también telemáticamente. Se destruyeron todas sus comunicaciones a fin de que no dispusiese ni de televisión, ni de internet ni de teléfono y también todos los suministros de agua, luz y gas. Los ciudadanos fueron abandonados a su propio destino, con sus gobernantes huídos (éstos, poseedores de información privilegiada, tuvieron tiempo de vaciar sus cuentas corrientes antes de salir corriendo sin mirar atrás) y con la anarquía violenta campando por sus anchas. La supervivencia convirtió a personas, hasta ese momento pacíficas, en desalmados delincuentes y los mafiosos profesionales salieron de sus escondites para hacer valer su ley en cada esquina.

Sólo cabía esperar que la ciudad desapareciese por sí misma, autodestruida por los mismos que no hacía mucho la habían convertido en un ejemplo de modernidad, éxito económico y crisol de culturas. El resto del país se acostumbró tanto a darle la espalda y a no mencionarla siquiera por costumbre supersticiosa que no pasó mucho tiempo antes de que en los colegios dejasen de estudiarla y el Gobierno Central decidiese borrarla de un plumazo de todos sus mapas. 

La ciudad desenamorada pasó a ser la ciudad innombrable y finalmente la ciudad olvidada. Por este motivo, varios lustros después, el Gobierno Central, movido por la presión ejercida por las Naciones Unidas y por varias ONG´s internacionales ha decidido finalmente aprobar el presupuestos para formar un equipo de investigación, búsqueda y salvamento con el fin de localizar de nuevo las coordenadas de la ciudad y descubrir si aún hoy hay algún superviviente.

(1) Cita aportada por María L. Domínguez. ¡Gracias!


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