sábado, 31 de enero de 2015

Cuestión de respeto



El otro día una amiga puso un estado en su Facebook que me dio mucho que pensar. En él expresaba su desacuerdo con la opinión de ciertas personas de su entorno que tendían a hacer algo que todos inconscientemente hacemos y que es generalizar. Clasificar, engrupar, ordenar, categorizar todo lo que nos rodea es una cualidad innata del ser humano útil para poder organizar la cada vez más numerosa información que recibimos a lo largo del día. Si no lo hiciéramos, si analizáramos cada uno de los estímulos e inputs que llegan a nuestro cerebro, no sólo nos veríamos desbordados hasta el punto de llegar a enloquecer sino que además no sobreviviríamos porque nuestra capacidad de reacción se ralentizaría hasta tal extremo que actividades como conducir o caminar por la calle podrían llegar a poner en riesgo nuestra vida. De la misma manera, una vez que hemos clasificado nuestros inputs ahorramos tiempo en el procesamiento de la información y nos facilita de forma intuitiva la forma en la que nos tenemos que comportar según la persona que tenemos frente a nosotros, el modo de resolver un problema o incluso desempeñar nuestro trabajo de forma eficaz.

Sin duda alguna a priori parece que la formación de categorías es una herramienta muy positiva pero como toda moneda también tiene su reverso y este lado oscuro sale a la luz cuando creamos categorías negativas y en ella incluimos a todo un colectivo de personas en función de su sexo, raza, religión, ideología política, forma de vestir o procedencia social. Y aquí es cuando empieza el problema. ¿Dónde ponemos el límite? ¿Cómo decidimos incluir a unas personas en una categoría u otra? ¿Es este procedimiento infalible o adolece de fallos?. En mi opinión si perteneces a un grupo social bien visto en tu comunidad, te sometes a sus reglas y sigues con tu vida sin levantar la vista del suelo y sin molestar ¡estás de suerte! pues no tendrás que estar a cada rato justificándote ni demostrando a todo el mundo que tú eres una persona respetable, honrada y decente. Ahora bien, si por el color de tu piel, o por el Dios al que rezas o dejas de rezar cada noche, o por tu condición sexual o por tu carácter reivindicativo e inconformista no encajas en esa comunidad en la que vives, agárrate que viene curvas. Atrinchérate con miles de argumentos, cientos de referencias bibliográficas, kilos de honradez demostrable, y toneladas de paciencia porque te va a tocar justificar cada paso que des, cada palabra que pronuncies, cada acto que realices.

El estado del Facebook de mi amiga venía a colación de los atentados de París que se iniciaron con el ataque a la sede de la revista satírica Charlie Hebdo y cómo desde ese momento había oído a infinidad de personas de su entorno decir de forma alta y clara, sin miedo a que les acusasen de racistas o de intolerantes (qué valientes se vuelven a veces los cobardes), que todos los musulmanes son iguales, que no hay diferencias entre los talibanes y los musulmanes, y ya de paso, como se crecían ellos solos, hablar de que si los ecuatorianos son tal, los cubanos pascual y los colombianos mengual. Y claro, de ahí a hablar ya de cómo son las mujeres, y los gays, y las rubias, y los camareros, y los cocineros sólo hay un pasito pequeño pequeñito.

Los prejuicios... ese proceso que todos realizamos de forma más o menos consciente, tan productivo unas veces, tan destructivo otras, con el que debemos ser sumamente cuidadosos siempre a fin de no pillarnos las manos y caer en una intolerancia e intransigencia que rozaría la violencia de pensamiento y de palabra. Claro, que hay gente a la que no le importa ser intolerante y que incluso se enorgullece de serlo. Yo misma, por ejemplo, presumo de ser intolerante con los intolerantes, un error, lo sé, me pongo a su altura, lo sé, pero hay situaciones en las que creo que es de obligado cumplimiento alzar la voz, no callar, no agachar la cabeza ni escudarnos en el "no va a servir de nada porque no va a cambiar de opinión" para evitar que el intolerante se crezca, se venga arriba y salga impune.

A veces pensamos que los únicos casos de intolerancia punible son los que salen en los medios de comunicación, cuando hay insultos, agresiones y violencia física por medio, pero tenemos que pensar que una persona no llega a ese nivel de un día para otro sino que es un proceso evolutivo lento. Yo lo imagino como un grifo que gotea. Si pones el tapón al lavabo al final éste se acabará desbordando. Tardará un día, o un mes, o un año, pero al final se desbordará. Así nace el odio, el racismo, el miedo al que es diferente a nosotros. Gotita a gotita, con nuestros pensamientos y los de aquellos que nos rodean, podemos ir acumulando una serie de prejuicios que pueden derivar en una actitud intransigente que se manifestará en nuestro entorno familiar, laboral , personal, en nuestro día a día en definitiva.

Por eso creo que es tan importante hablar, discutir, poner en su sitio a aquel que falta el respeto a otra persona por ser diferente, a otra persona cuyo único delito es tener un color de piel distinto o un sexo distinto o una nacionalidad distinta. Lo hago por esa persona "diferente" porque no quiero que se sienta abandonada en su diferencia; lo hago por la persona irrespetuosa porque nunca pierdo la esperanza (ingenua e infanti) de que quizás algo de lo que yo le diga pueda hacer brotar una pequeña flor en su estercolero pero sobre todo y ante todo lo hago por mí, porque de vez en cuando necesito quitar el tapón al lavabo o arreglar el grifo para que el agua no se desborde.

Y es que sin saberlo somos esclavos de nuestros prejuicios...
http://www.psicologia-online.com/movil/articulos/2012/esclavitud-de-nuestros-prejuicios.html

sábado, 24 de enero de 2015

Cuestión de suerte

                                                         "Lo peor es pedir" (1812) Francisco de Goya


- No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde - dijo Jota, apilando las monedas en el suelo - casi veinte euros, diecinueve euros con treinta y siete céntimos, toda una fortuna - y con el dorso de la mano se limpió la nariz en un gesto suyo tan característico como desagradable-. No está nada pero nada mal, no señor. ¿Con esto tengo...? Con esto tengo para un bocata y para dormir en la pensión calentito esta noche. Todo un lujo, ya ves, voy a tirar la casa por la ventana - gritó soltando una estruendosa carcajada tras la cual volvió a limpiarse la nariz moqueante-.
Mientras le observaba me preguntaba cómo habíamos llegado a este punto sin retorno. En qué momento de nuestras vidas nos habíamos equivocado al tomar las decisiones por las que habíamos aterrizado en este aquí y ahora vacío. Toda mi vida intentando superar la ansiedad que me provocaba el futuro y la angustia que me provocaba el pasado para de repente, como regalo de la vida, chiste sin gracia del destino, encontrarme centrado en el momento presente cual monje budista pero sin túnica ni inciensos aromáticos. "Disfruta del presente" leí hace poco en la entrada de una cafetería, y sonreí porque mi presente está muy, muy jodido.
- Así que me retiro por hoy -. Jota introdujo las monedas en el bolsillo izquierdo de su desgastado pantalón y colocándose los raídos guantes se puso trabajosamente de pie con la ayuda del bastón. - Me piro. Con la música a otra parte. A tomar viento fresco, fresquito. Espero que tengas suerte, querido amigo, la vas a necesitar, porque esta noche va a caer una helada de mucho cuidado... 
En el caso de Jota estaba claro que lo suyo no había sido una sola decisión sino un cúmulo de decisiones enmarcadas en unas circunstancias poco favorables desde su nacimiento. Pero en mi caso, en mi caso aún no consigo encontrar una respuesta a esa cuestión. Lo tuve todo y pude tener incluso más hasta que varios fantasmas me atraparon sumiéndome en una oscuridad que ya duraba demasiado tiempo.
En el preciso momento en el que le veía irse renqueando me di cuenta de que lo que iba a hacer era ruin, bajo, despreciable, mezquino, lo peor de lo peor en la escala de la moralidad, pero a estas alturas de mi vida, lo confieso, mi moralidad anda perdida por alguna alcantarilla de esta miserable ciudad y dudo que vuelva a recuperarla.
- La suerte hay que buscarla, querido amigo - murmuré, decidido a empezar de cero, acariciando la navaja que siempre llevo en el bolsillo izquierdo de mi desgastado pantalón (regalo de graduación de mi padre, por cierto) - y yo soy de los que suelen encontrarla.

sábado, 17 de enero de 2015

La ventana


"Muchacha en la ventana" (1925). Dalí

- Usted es la primera que la abre - le dije. - Todos los anteriores abrieron las puertas de los armarios, las de las alacenas o las de la terraza. ¿Por qué no me acompaña y le enseño el resto de la casa?.

La mujer no pareció hacer caso a mis palabras. Todo lo contrario. Se recostó cómodamente sobre el alféizar y allí permaneció unos minutos más sin decir nada.

- Es un apartamento precioso -continué a fin de romper un silencio que estaba resultándome verdaderamente incómodo- ideal para una chica joven como usted. Sesenta y cinco metros cuadrados, armarios empotrados de madera lacada en el dormitorio y en el pasillo para que no tenga problema de almacenamiento, cocina americana completamente equipada con vajilla y pequeño electrodoméstico, cuarto de baño hecho de materiales de primera calidad, salón comedor espacioso y la joya de la casa, si me permite decirlo, una amplia terraza con vistas al Parque del Retiro - señalé con mi brazo mientras me dirigía hacia ese punto- ¿seguro que no quiere venir a verlas? - insistí.

Ella seguía con la mirada fija en la ventana y cuando ya no sabía ni qué hacer con mis manos ni cómo pararme sobre mis pies susurró:

- Desde aquí se ve el mar...

Fruncí el ceño sorprendido y sin poder contenerme exclamé en tono irónico:

- ¿El mar? Sí, sí, claro... el mar...

Me situé detrás de ella sabiendo que eso era imposible y al notar mi presencia se giró para decirme por encima de su hombro izquierdo en tono displicente:

- No hay más ciego que el que no quiere ver.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. De repente, comencé a percibir a lo lejos un rumor, un sonido que cada vez se acercaba más a mi. No podía creerlo. Me apoyé sobre el sinfonier del comedor. No había duda, estaba escuchando el rumor de las olas del mar, chocando contra las rocas rítmicamente, una y otra vez, una y otra vez.

- ¿Cuándo firmamos? -me pareció oír que preguntaba desde la lejanía-.

Esa vez fui yo el que no contesté. No podía apartar la mirada de esa ventana tapiada por unos humildes ladrillos rojos.


domingo, 11 de enero de 2015

Tábula rasa





8am. Como cada día suena la alarma de mi móvil. Resisto la tentación de posponerla cinco minutos una vez más y con un gesto rápido y decidido aparto de mi el edredón y me siento en la cama apoyando los pies en el suelo. Noto algo raro en mi cabeza, no es dolor, ni jaqueca sino algo anómalo, diferente, una sensación extraña. Salgo al pasillo y me dirijo al baño sintiendo la cabeza tremendamente ligera y despejada, como si hubiese tenido un sueño profundo y reparador. Enciendo la luz del baño y al mirar mi reflejo en mi espejo compruebo a qué se debe esa sensación que lleva acompañándome los pocos minutos de este nuevo día. La parte superior de mi cabeza se ha convertido en un libro, un libro abierto para ser más exactos. El cabello de los laterales forma las tapas negras y el resto del cabello son las páginas. Ladeo mi cabeza hacia la izquierda y las páginas se mueven hacia esa dirección, pero no la tapa que permanece pegada a mi cabeza. La ladeo luego hacia la derecha y hacia allí se dirigen las páginas también. Inaudito.
Me acerco al espejo y con mis manos procedo a tocar las páginas. Son suaves, de un papel satinado y con un montón de letras negras escritas en él. Intento cerrar el libro pero tal y como sospechaba no es posible hacerlo porque las tapas definitivamente están como pegadas cada una al lado de cada oreja al contrario que las páginas que sí son movibles. Intento leer lo que hay escrito en ellas y compruebo que prácticamente todas están en blanco. Sólo algunas de mi lado derecho están escritas de tal manera que a través del reflejo puedo leer su contenido: "Ufff. Son las 8 de la mañana ya... venga... no seas perezosa y levántatate de la cama. ¡No!, no des al botón de posponer la alarma y levántate ya que tienes que hacer un montón de cosas hoy. Joder, vaya día me espera...".
Mis pensamientos. Todo lo que he ido pensando en el día de hoy aparece ahí escrito. Pero ¿cómo ha pasado esto? ¿Qué hice ayer que provocase este apéndice en mi cuerpo tan indeseado como inesperado? Superado los primeros segundos de incertidumbre decido seguir con mi día a día como si nada de esto estuviese pasando porque quizás de esa manera mi cabeza vuelva a su estado normal. Ya se sabe que si a veces ignoras un problema éste es como si nunca hubiese existido y acaba desvaneciéndose. Me lavo la cara, me aplico mis cremas y me maquillo concentrándome en mis acciones y no en ese libro abierto a pesar de que de vez en cuando le echo un vistazo de reojo, no lo puedo evitar, para comprobar cómo poco a poco se sigue rellenando con mis pensamientos. Cada vez que una página se acaba de escribir automáticamente se pasa y continua por la siguiente. Mi cerebro es una impresora y el caso es que no me veo fea.
Voy a la cocina y mientras dejo el café haciéndose en la cafetera eléctrica regreso al dormitorio a vestirme. Rojo. Hoy voy a ponerme algo rojo para darme energía y a través del espejo del armario veo cómo una página entera se pinta de ese color. Sonrío. No es para menos. Me he convertido en una persona de la que se puede decir literalmente que es un libro abierto.
No pierdo el tiempo degustando mi café como suelo hacer normalmente porque estoy impaciente por salir a la calle y ver la reacción de la gente al verme. ¿Se asustarán? ¿Creerán que voy disfrazada? ¿Levantaré pasiones? En el ascensor decido que dedicaré las últimas diez páginas de mi libro para que aquellos que lo deseen estampen en ellas su firma, como si fuese un libro de agradecimientos o de visitas. Seguro que algún medio de comunicación se pondrá en contacto conmigo para entrevistarme pues no es muy común ver a una persona cuya cabeza lleva anexionada un libro, y encima un libro que pone por escrito sus pensamientos. Más original imposible. Me siento afortunada de que mi apéndice sea un libro autorellenable. ¿Te imaginas que en su lugar hubiese aparecido un ejemplar de la abominable "Cincuenta sombras de grey"? ¿O un libro de Dan Brown o de Julia Navarro o aún peor, de Manuel de Prada? ¡Qué horror!
Por fin el ascensor llega a la entreplanta y al salir casi me doy de bruces con mi vecina del 5º. Me sonríe mientras me desea los buenos días y entra en el ascensor. Apenas me ha mirado lo cual es algo positivo porque significa que mi nuevo apéndice puede pasar desapercibido a primera vista y de esa forma no llamaré tanto la atención como para sentirme incómoda delante de la gente. Salgo a la calle a enfrentarme a la auténtica prueba de fuego. Estiro mi espalda, echo los hombros hacia atrás y camino con paso firme como si fuese una modelo desfilando sobre sus tacones. Segura de mí misma, orgullosa de mi apéndice recién estrenado. La gente que viene de frente me mira pero no es una mirada llena de curiosidad, ni de temor o de extrañeza. Es una mirada a veces de simpatía, a veces de indiferencia, a veces vacía, igual que las miradas que llevo recibiendo los treinta y ocho años de mi existencia. Frunjo el ceño ante la incomprensión que siento. Me dan ganas de parar a la gente y zarandearla de los hombros para que miren y admiren mi maravillosa cabellera. "¿Acaso no ven lo que tengo aquí arriba? ¿No ven que soy diferente a todos ustedes?" me dan ganas de gritar, pero me contengo. Al pasar ante un escaparate me detengo para contemplar mi reflejo y veo las brillantes páginas cuyas letras brillan ante el reflejo del sol con la tinta aún fresca.
Acelero el paso por la Gran Vía y cinco minutos después atravieso la puerta del restaurante en el que trabajo. Preparo mi entrada triunfal pues no concibo que mis propios compañeros no noten el sustancial cambio que se ha producido en mí pero a medida que recorro las mesas en dirección al vestuario situado al fondo veo que me van saludando uno tras otro exactamente igual a todos los días. Rosalía con una perenne sonrisa que no se quitó ni cuando estaba de luto por la muerte de su perro cocker. Roque con su habitual rictus de enfado que no desapareció ni el día que afirma que fue el más feliz de su vida, el de su boda. Rita con sus profundos buenos días porque ella es tan profunda que incluso cuando habla del tiempo parece que está filosofando sobre lo divino y lo humano. Rosendo con su timbre tan tan bajo que ni cuando grita consigue que se le oiga... Ni una pregunta, ni una exclamación, ni un plato caído como resultado de la sorpresa.
Al llegar al vestuario compruebo alivida que allí está poniéndose el uniforme Regina, la compañera con la que más confianza tengo. Al verme entrar me grita un buenos días en su grave tono de voz pues Regina es la antítesis del susurrante Rosendo y me mira con sus enormes ojos verdes a la vez que exclama:
- ¡Qué guapa vienes hoy! ¿Has ido a la peluquería?
- ¿Peluquería?- contesto con carcajadas, excitada porque al fin alguien se ha dado cuenta del asombroso cambio que ha experimentado mi anatomía- ¿Acaso no ves lo que me ha salido en la cabeza?
Regina se acerca a mi y con sus manos acaricia mis páginas como si tuviese miedo de rasgarlas o de ensuciarlas.
- Chica, yo lo único que veo es que tienes el pelo más brillante que nunca, ¿te has hecho un tratamiento con queratina?.
-(...)
Permanezco callada mientras la observo pausadamente y en ese momento lo entiendo todo. Mi nueva extravagancia corporal, mi reluciente apéndice, es invisible a los ojos de los demas. Al día siguiente cuando salto de la cama a las 8am veo en mi reflejo del espejo del baño que mi libro sigue ahí de nuevo en blanco. Todos mis pensamientos escritos en él el día anterior han desaparecido y tengo ante mi un nuevo libo para rellenar a lo largo del día de hoy. Sonrío y decido que ese día iré vestida de azul mientras confirmo que una página se pinta completamente de ese color.


sábado, 3 de enero de 2015

La carta

"New York Office". (1962). Edward Hopper

Ayer recibí una carta, sí, una carta, de las de toda la vida, de las que se echan en un buzón para que venga un señor a recogerla y remitirla, mediante un complejo entramado logístico, a su destino. Una carta que seguramente ha pasado por un montón de manos que indiferentes han ido clasificándola junto con otros miles de cartas, la mayoría de publicidad o de información bancaria porque eso de mandar cartas está demodé, ya no se lleva, ha sido desbancado por el arte del mensaje instantáneo vía Facebook, o google o whatsapp. Una carta.
Al abrir mi buzón ayer a las 6 de la tarde, como todos los días, esperando encontrarme con la propaganda del Día de mi barrio, del restaurante chino dos calles más abajo o de mi banco agradeciéndome que pague puntualmente mis recibos (diez veces he pedido que me den de alta en la banca electrónica y diez veces siguen desoyendo mis solicitudes) cayó al suelo traspapelado entre tanto papeleo un níveo sobre blanco con mi nombre y dirección pulcramente escritos en su cara. Hace unos años simplemente por la caligrafía habría podido descubrir al remitente pero a día de hoy, cuando las teclas del ordenador son las encargadas de poner tinta negra a nuestros pensamientos, se me hace difícil averiguar cómo escribe cada persona de mi entorno.
Allí, de pie ante mi buzón metalizado, estuve un buen rato observando ese trazo pulcro, grande, redondeado, ligeramente curvado hacia la derecha, como una caligrafía perfecta. Lo analicé un rato tan largo que por dos veces tuve que dar al pulsador de la luz del portal porque se acababa el temporizador de la misma. Encontrándome impotente para descubrir quién había escrito mi nombre de forma tan elegante le di la vuelta al sobre como quien consulta las soluciones de un autodefinido sin querer y a escondidas, de forma culpable, al final de la revista.
Dorso en blanco. No remitente.
Abrí mi bolso e introduje en él ese sobre como intentando olvidarme de su existencia. No sabía quién lo mandaba y eso me generaba intranquilidad. Puede parecer absurdo, lo sé. Siempre he creído que hay dos tipos de personas: el primer tipo está formado por aquellas que abren los regalos rasgando el papel con una impaciencia feroz por saber qué esconde ese pliego tan bonito; el segundo tipo por aquellas que se toman su tiempo para palpar el regalo, agitarlo por si suena o no, mientras preguntan una y otra vez con los ojos brillantes ¿qué es? ¿qué es? y que cuando por fin, ante la insistencia del que regala, proceden a abrirlo, lo hacen cuidadosamente procurando no rasgar el papel ni lo más mínimo, despegando celosamente la cinta adhesiva que da forma al pliego y abriéndolo lentamente, dilatando el momento de descubrir finalmente qué es.
Yo pertenezco, como habréis podido adivinar, al segundo grupo.
Veinticuatro horas lleva ya ese sobre intacto en mi bolso. La única debilidad que me he permitido ha sido poner el sobre al trasluz para confirmar mis sospechas de que sí se trata de una carta manuscrita, aparentemente con la misma letra cuidada y caligrafiada con la que se escribió mi nombre y mi dirección por lo poco que he podido intuir en ese acto. Esta incertidumbre ha provocado que haya pasado la noche en blanco, igual que la cara del remitente, intentando imaginar qué persona ha empleado una parte de su precioso tiempo en escribir esa carta. Quién se habrá acordado de mi y qué habrá sido eso tan importante que le ha motivado sentarse ante una mesa, coger un bolígrafo y decirme ¿el qué?, ¿qué querrá decirme?. Quizás sea alguien de mi pasado dispuesto a volver a formar parte de mi vida o quizás sea ese compañero de trabajo que se ha decidido a declararme su amor de una forma tan romántica. Pero puede ser algo peor, una mala noticia. Quizás alguien que no se atreve a dármela en persona y ha decidido poner por escrito esa tormenta que se va a formar en mi vida. Cualquier conjetura me resulta absurda, tan absurda como pensar que alguien me escriba una carta en lugar de recurrir a la inmediatez de una llamada de teléfono o de un SMS. Pero aquí está la carta, en mis manos, y yo con ella, sin saber qué hacer. Tengo miedo de que si la abro la magia desaparezca, igual que muchas veces, después de tardar minutos interminables en abrir un regalo el contenido resultó decepcionante e incapaz de suscitar la misma excitación que sentí en el momento de recibirlo. La magia de los previos, de los preliminares, de la espera... porque la incertidumbre, a pesar de que vivimos en una sociedad en la que queremos poseer la verdad absoluta, también tiene magia.
Tiro la carta a la papelera. Me pongo mi abrigo. Cojo mi bolso. Me voy a casa.


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