viernes, 27 de febrero de 2015

El cazador cazado.


"El hijo del hombre" (1964). René Magritte.

"No me guardes rencor" dijo la mujer del sombrero rojo a la persona con la que estaba hablando por teléfono, y fue lo último que dijo. A continuación guardó el móvil en el bolso, sacó un billete de diez euros que depositó cuidadosamente sobre la barra del bar y se fue sin esperar ni siquiera a que le devolviesen el cambio. Fue en ese momento, cuando ella se dirigía hacia la puerta, cuando sus miradas se cruzaron. Ella desvió la mirada con un gesto entre coqueto y soberbio mientras que él la veía alejarse hasta que se decidió a ir detrás. Si le hubiesen preguntado él no habría sabido decir con exactitud qué fue lo que le llamó la atención de esa mujer, porqué la eligió ese día entre las decenas de personas que llevaba observando, todas solas, todas fáciles de seguir. No era especialmente guapa ni atractiva, no había ningún atributo en ella que llamase la atención hasta el punto de que incluso podría decirse que era una mujer del montón. Quizás fue su sombrero de fieltro rojo a juego con su bolso o quizás esa frase pronunciada y oída justo en el preciso momento en el que el silencio se hizo en el amplio bar. "No me guardes rencor". ¿A qué se estaría refiriendo? ¿Con quién estaría hablando?. Le encantaría tener las respuestas a esas preguntas, saber cómo sería ser ella incluso sin ser ella. ¿Era eso posible? ¿Saber cómo era ser una persona sin ser esa persona?.
Desde hacía meses esa pregunta le llevaba rondando como un pretendiente enamorado desde el amanecer hasta el anochecer y por eso empezó a caminar por la calle sin rumbo fijo sacando fotos a ventanas, sobre todo si estaban abiertas de par en par y dejaban entrever cómo era la habitación que escoltaban. Durante varias semanas se había conformado con ese acercamiento sutil y silencioso a la vida ajena de desconocidos intentando averiguar cómo vivía esa persona que tenía una estantería que ocupaba toda una pared llena de libros o aquella que seguía conservando muebles más propios de principios del siglo XX con reloj de péndulo incluido, o aquella otra que más le había sorprendido: ese balcón a través del cual se podía ver una pared entera decorada con láminas de llaves, llaves de todo tipo y tamaño y épocas. ¿Qué tipo de persona decoraría una habitación así?.
Pero un día, mientras observaba una ventana situada en el segundo piso de un antiguo edificio del centro de Madrid se dio cuenta de que ese juego ya no le satisfacía. Ya no sentía ningún tipo de emoción intentando averiguar si esas cortinas amarillentas por el humo de cientos de cigarros pertenecían a un hombre o a una mujer, ni si esos geranios sedientos llevaban mucho tiempo en la vida de esa persona o eran de reciente adquisición. Ni siquiera la cabeza de jabalí disecada que se entreveía entre las cortinas balanceadas por la ligera brisa del atardecer logró captar su atención. Cuando en un momento concreto vio a un chico de unos veinte años cerrar la ventana y dos minutos después le vio salir del amplio portal de madera no se lo pensó dos veces y le siguió sigilosamente hasta que el sujeto, tras caminar a paso rápido por las calles de La Latina saludó a una joven de su misma edad que parecía llevar esperándole un buen rato en una terraza. Durante más de tres horas observó a esa bonita pareja beber una caña tras otras, a veces él colocando un mechón de pelo de ella coquetamente detrás de su oreja, a veces ella quitando una pelusa invisible del cuello de la camisa de él. Ya bien avanzada la madrugada, la pareja decidió abandonar la terraza y él les siguió sin dudarlo hasta un hostal situado dos calles más allá donde les vio entrar. En ese momento él no tuvo más remedio que desistir de su persecución y seguir con su camino de vuelta a casa ilusionado con esa faceta de sí mismo recién descubierta. Ese día había dado un paso más allá en su deseo de averiguar sobre las otras personas, sobre cómo sería ser ellos. Y desde ese día, de vez en cuando, recurría a ese joven de cortinas ahumadas y le seguía al supermercado, a su lugar de trabajo, al cine, a casa de algún amigo. Él era uno de sus habituales igual que aquél otro hombre de mediana edad que sentado en su amplio mirador de hierros negros decorado con un par de taburetes de madera y una mesa de plástico blanco, veía pasar las horas fumando un cigarro tras otro mientras trenzaba cuerdas hechas con bolsas de plástico. A este hombre también le había acompañado sin él saberlo en su búsqueda por las papeleras de bolsas y más bolsas, y a la ferretería en la que trabajaba, y a la frutería donde siempre pedía dos naranjas y dos plátanos.
Y estaba convencido de que esa mujer de sombrero rojo sería su tercer objetivo fijo, tras meses de intensa observación sus ojos expertos le indicaban que esa mujer le iba a dar mucho juego y que con ella iba a poder explorar mundos nuevos e ir más allá en sus ansias de conocimiento. "No me guardes rencor". Esa frase seguía resonando en su cabeza en medio del inusual silencio de la noche madrileña. La mujer cruzó la Gran Vía y se internó por la calle Clavel hasta llegar a la Plaza Vázquez de Mella donde giró a la derecha y bajó por la calle Infantas. Él no podía apartar la vista de su llamativo sombrero rojo, que se balanceaba al compás de las caderas bailarinas y no podía creer la suerte que había tenido de haberla encontrado precisamente a ella en medio de tanta mediocridad. Se moría de ganas de saber cómo sería su casa, si tendría ventanas o balcón, si usaría cortinas o persianas o si en sus paredes colgarían fotografías en blanco y negro o láminas impresionistas. Acompañarla a comprar el pan o un nuevo perfume haría su vida mucho más agradable... y quién sabe, quizás algún día cometiese una pequeña locura y se atreviese a entrar en su casa cuando ella no estuviese para así conocerla aún más de cerca.
La mujer, mientras tanto, llevaba un buen rato dando rodeos por las calles de Chueca a fin de confirmar que el hombre de gabardina marrón le estaba siguiendo. No había conseguido ver bien su cara pero ya se había fijado en él en el bar y le había llamado la atención. No era exactamente su tipo pues era de complexión demasiado delgada para su gusto pero tenía unos maravillosos ojos verdes que vendrían a completar aún más su ya extensa colección. Disponía ya de un par de ojos verdes centelleantes como la pradera recién regada y otro par de ojos verdes oscuros como el musgo pero jamás había visto unos ojos verdes como los del hombre de la gabardina, de un verde gris oliva, suave y discreto.
No podía creerse aún la suerte que había tenido de haberle encontrado precisamente ese día en medio de tanta mediocridad. Y pensar que estuvo a punto de quedarse toda la tarde en casa. Nunca había sido tan fácil como iba a serlo esta vez. Normalmente era ella la que tenía que mover ficha y buscar a su objetivo pero esta vez no había tenido que hacer nada de nada porque él solito y por sí mismo, venía directo hacia ella y lo que era aún mejor, directo a su casa. Dudaba en qué recipiente guardaría esos ojos si en el tarro hexagonal que se cerraba a rosca y que trajo de su último viaje a Florencia o o en el frasco redondo que se cerraba a presión y que acaba recibir en su último pedido. Con un gesto distraído abrió el bolso rojo y comprobó que llevaba en él la jeringuilla con el sedante. Afortunadamente nunca salía de casa sin ella. "Nunca se sabe dónde puedes encontrar un par de ojos bonitos" le repetia siempre su madre. Y su madre siempre tenía razón.


sábado, 21 de febrero de 2015

Él sólo quiso volar

 "Carrusel o el tiovivo de cerdos" (1904-1905). Kees Van Dongen

Nunca a nadie se le ocurrirá que quiso volar, como antes de que se firmase la paz, surcando los cielos con su planeador a la caza del enemigo, poderoso, heroico, valiente, atrevido. Siempre había sido un hombre miedoso, de los que miran dos veces a ambos lados antes de cruzar de acera o caminan mirando de reojo por si alguien se acerca a atacarle por la espalda. Para más inri, era uno de esos hombres que no saben dar órdenes, pero sí recibirlas. Órdenes de su padre, órdenes de su madre, de su hermano mayor, de su hermana mayor, y ¡hasta de su hermano pequeño!. Por ese motivo, cuando un día volviendo de la escuela vio en la plaza del pueblo a los soldados reclutando voluntarios, decidió alistarse. No lo hizo por un sentimiento patriótico, ni por defender unos ideales o por amor a una bandera sino para sentir que su vida tenía un sentido, aquél que otras personas le ayudaran a encontrar. Como aquella ocasión en la que con trece años se unió a la pandilla de maleantes del barrio y se dedicó con ellos a intimidar a aquellos a los que el superjefe consideraba "inferiores" ya fuese negro, mujer, homosexual o cojo. Hasta que le echaron porque era tal la violencia con la que obedecía las órdenes que tuvieron miedo de poner a la policía sobre su pista y acabar todos detenidos. O aquella otra ocasión, con quince años, en la que comunicó a sus padres la intención de ingresar en un seminario demostrando así una devoción hasta ese momento oculta para todos. Pero de allí también acabaron expulsándole, tan pronto como se dieron cuenta de que veneraba a Dios de la misma manera que podría venerar una lámpara de queroseno o una bolsa de papel.
Las ojeras invaden sus ojos y el ansia de revancha conquista su enfermizo ego. Sin su uniforme no es nadie, sin las órdenes de su general se siente perdido. Al mando de su Hawker Hurricane era feliz, verdaderamente feliz. Cuando después de cada misión regresaba a la base británica sentía algo parecido a la emoción al escuchar los aplausos de sus compañeros recibiéndole, la aprobación tácita pero orgullosa de su general porque una vez más contabilizarían que su caza fue el más eficaz en la lucha contra el adversario. Era un héroe. Sus escuetos discursos de agradecimiento denostando el nacismo y enfatizando el orgullo de los aliados escondían una verdadera indiferencia ante esas cuestiones que él consideraba banales, superficiales. Lo importante era volar, ascender a los cielos, vislumbrar entre las nubes otro avión de la Luftwaffe y jugar con él, casi con sadismo, a sabiendas de que su general le daría un ligero toque en su hombro a su regreso. Ligero pero suficiente para él. No cabía duda alguna, era un hombre feliz.
Hasta aquel maldito día en el que ese grupo que se hace llamar "políticos y representantes del pueblo" decidieron cortarle las alas declarando el fin de la guerra. Era un complot contra él, ciertamente. Y si había alguna duda ésta se vio desvanecida cuando dos meses después su admirado general le convocó a su despacho para comunicarle que debía tomarse una excedencia forzosa. Hasta le sugirió que visitase a un loquero cuñado suyo, el muy cretino. ¿El motivo de tal complot? Solo había uno posible: nadie podía soportar tanta felicidad concentrada en una sola persona. En ese momento le habría estrangulado de no haber sido porque el general era dos veces su tamaño. Por eso algunas noches lograba conciliar el sueño imaginando las múltiples maneras en las que algún día lograría vengarse de él, combinando distintos venenos, armas o partes de cuerpo. Otras noches, en las que el sueño corría tanto que no lograba alcanzarlo, se escabullía al hangar donde reposaba su querido avión y le parecía oír el ruído de sus motores llamándole, reclamando que una vez más volaran al encuentro del sol para mirarle cara a cara, sin miedo, como tantas otras veces habían hecho anteriormente.
Pero hoy, al pasar como cada atardecer por Leicester Square, por fin su sufrimiento había llegado a su fin. Allí está el maravilloso Hawker Hurricane esperándole. No era SU Hawker Hurricane pero no importaba. Las luces le llamaban reclamando su atención y esta vez no estaba dispuesto a negársela. Ciñiéndose sus gafas de piloto, avanza hacia él a paso ligero esquivando a la multitud y empujando a alguna que otra persona. De un salto sube al biplano sentándose en él a horcajadas indiferente a las carcajadas que por momentos crecen a su alrededor. Los adultos le señalan con sorna, los niños lloran porque está ocupando su atracción favorita. No, grita un pequeño que llora, no quiero montar en el coche de carreras, yo quiero el avión. A él no le importa porque ese avión es suyo. Su vida es un tiovivo. Nunca mejor dicho.

Nota: con el permiso de la RAE, y sin su permiso también, tengo intención de seguir acentuando el sólo de solamente porque sí, porque me gusta, porque el acento enfatiza la palabra frente al solo de soledad que tan solo se encuentra que ni el acento le acompaña.

viernes, 6 de febrero de 2015

Un par de centímetros

"Miss Lala au cirque Fernando". Degas. (1879)

Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio. Siempre supo que ese momento llegaría. Lo sabía con la misma certeza con la que se saben muy pocas cosas en la vida como que cuando llueve en la calle te mojas si caminas sin paraguas o como que la tarta de manzana de su madre era la mejor del mundo. Aún así decidió un día unirse al circo por amor, como no podía ser de otra manera, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella contestó sin vacilar: "quiero ser trapecista". Y lo consiguió. Ya desde pequeña había demostrado una habilidad innata para los equilibrios, para el cálculo de distancias, para el dominio de su cuerpo en las alturas, lo que sumado a su disciplina férrea hizo que se catapultase en poco tiempo en la figura principal del circo. Estaba segura de que lograría ascender pero también estaba segura de que algún día pasaría lo que estaba pasando hoy. Sin red y a un par de centímetros de la barra.

Siempre imaginó que en ese momento su vida se aparecería a fogonazos ante ella pues eso era lo que siempre pasaba en las películas. Muchas noches, cuando le costaba conciliar el sueño (algo que cada vez pasaba con más frecuencia, por cierto) le gustaba hacer listados con las cosas que recordaría en ese preciso momento. Por este orden:

1. La sonrisa del hijo que nunca tuvo.
2. El "te quiero" en esos labios amados que nunca fue pronunciado.
3. El traje de novia que nunca compró.
4. El título del libro que nunca escribió.
5. La puesta de sol en aquella paradisíaca isla a la que nunca voló.

Y era en ese punto del día, después de hacer su listado, cuando se daba cuenta de que su vida se había basado en sueños que no se habían hecho realidad y en decisiones de las que se arrepentía tanto que no dejaban espacio para disfrutar de los caminos elegidos, asfixiando cualquier remota posibilidad de olvido. El poder del autosabotaje era mayor. Y entonces se dormía profundamente como cuando era un bebé.

Pero ahora no estaba en su cama sino en el aire, a dos miserables centímetros de la barra, estirando los dedos como si fuesen a romperse a sabiendas de que cualquier esfuerzo sería inútil. 

Caía. 

La fuerza de la gravedad estaba haciendo de las suyas como es inevitable en esos casos. Y en ese preciso momento su vida no se reprodujo ante ella como una serie de diapositivas en blanco y negro, sino que tuvo un único pensamiento formado por unos ojos marrones, una bufanda roja y una pradera verde. El día anterior había ido como cada mes a visitar a su madre a la residencia y se sorprendió al encontrar unos ojos marrones que no eran los suyos, unos ojos derrotados, llorosos, que apenas se levantaron de la bufanda roja que estaban tejiendo para mirar a esa hija que se había convertido en una desconocida. 

- "Mamá, ¿para qué estás tejiendo esa bufanda en pleno mes de mayo?" - fue una de las pocas frases que pronunció esa tarde.
- "Para ponérmela cuando llegue el mes de diciembre" - contestó su madre en el único momento de lucidez que manifestó esa tarde.

La trapecista se sentó al lado de ella y observó la verde pradera que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La noche anterior había llovido y varias gotas de agua aún brillaban bajo la luz del precioso sol primaveral. Entonces, se decidió a hacer algo que siempre había querido hacer cada vez que visitaba a su madre, descalzarse y caminar por esa pradera sintiendo cómo la hierba se doblaba a su paso. Por primera vez en mucho tiempo consiguió derrotar al autosabotaje instintivo y recorrió el par de centímetros que siempre le habían faltado para rozar la felicidad.

Tan concentrada estaba en este último pensamiento que no se dio cuenta de que todo el mundo había desenfundado sus dispositivos móviles para inmortalizar el momento.

Algunos, incluso, aprovecharon para hacerse un selfie.

El fallido triple salto mortal sin red se convertiría en viral en cuestión de minutos.

Una voz dijo: " Hoy sí mereció la pena pagar por la entrada".





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