sábado, 21 de marzo de 2015

Del aburrimiento y sus consecuencias

"El hombre invisible". (1929-1933) Salvador Dalí

Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón, escondida, para que nadie pudiese descubrir su secreto. Le gustaba dibujar desde que tiene uso de razón y por eso en sus incontables viajes una parada obligada era en los mercadillos de la ciudad en busca de cuadernos para gabaratear y dejar volar su imaginación. Lo que nunca pudo imaginar en su viaje a Túnez, hace ya más de dos años, era que en un antiguo bazar situado en una zona poco turística de la ciudad encontraría esa libreta gris que iba a cambiar su vida totalmente. Y es que esa libreta era mágica. 
 
En un primer momento tardó en descubrir esa cualidad porque las primeras páginas las rellenó con paisajes que veía desde la ventana de su hotel. Pero cuando al regresar a Madrid usó un día esa libreta para dibujar un sol radiante con un arco iris perfectamente visible y al mirar por la ventana descubrió lo mismo que acababa de dibujar, se dio cuenta de que algo raro acababa de pasar. A continuación rellenó la siguiente página con un boceto de la casa de sus sueños y al asomarse a la ventana de su pequeño estudio ¡chas! allí estaba su chalet, surgido de en medio de la nada, en el solar vacío que había enfrente de la que hasta ese momento había sido su casa. 
 
Desde entonces fue un no parar. Vio un día por la calle el cochazo que necesitaba en su vida. Lo dibujó en su pequeña libreta y ¡chas!, aparcado en la calle. Después dibujó al hombre perfecto ¡chas!; su rostro sin arrugas ¡chas!; su cuerpo sin un gramo de grasa ¡chas!; ropa ¡chas!, zapatos ¡chas!, puestas de sol ¡chas!, viajes a países exóticos sin moverse de casa ¡chas!, billetes de 500€ ¡chas!. ¿Qué más podía pedir? Tenía una vida perfecta. Era la envidia de todas su amigas que no encontraban respuesta, por muchas veces que formulasen la pregunta, a cómo había podido lograr todo cuanto había soñado. 
 
Hasta que el día que más temía que llegase finalmente llegó. El día de la apatía, del desánimo, de la desilusión. Una mañana se levantó ya pasado el mediodía, como venía siendo habitual en ella en los últimos meses, y notó una sensación que hacía mucho tiempo que no experimentaba: el aburrimiento. ¿Para qué luchar por conseguir cuanto quisiera si le bastaba con dibujarlo para que se hiciese realidad? ¿Para qué levantarse por las mañanas si sabía que todo cuanto sucediese ya había sido dibujado con antelación? ¿Cómo volver a sentir sorpresa ante la vida si sabía que de suceder algo que no le gustase podría cambiarlo con sólo dibujar un acontecimiento alternativo más agradable?.
 
Durante semanas fue dejándose llevar por ese terrible sentimiento de hastío. Se debatía entre el dilema de continuar como hasta ese momento o deshacerse de la dichosa libreta de una vez por todas. Pero para hacer esto último había que tener mucho valor, valor del que ella no disponía por mucho que lo dibujase. Hasta que una tarde sucedió algo que le movió a tomar una decisión innovadora. Al entrar en el comedor de su casa donde sus amigas estaban esperando a que ella llevase la bandeja con el café, éstas cambiaron de conversación en cuanto cruzó el umbral de la puerta. Estaba claro que habían estado hablando de ella a sus espaldas y no bien, precisamente, en vista del rubor en los rostros de algunas de ellas al sentirse descubiertas. En ese momento se dio cuenta de que habría dado cualquier cosa por haber podido escuchar esa conversación y todas aquellas que hubiesen mantenido sin estar ella presente. Poder colarse en sus casas para leer sus diarios (todas llevaban uno aunque lo negasen en público), registrar los mensajes de sus teléfonos, sus correos electrónicos. 
 
Y a los dos días se le ocurrió una gran idea ¿cómo era posible que no se le había ocurrido antes?. Cierto es que conllevaba sus riesgos pero hacía tanto tiempo que no se dejaba llevar por lo imprevisible, que no se arriesgaba. Se sentó ante la amplia mesa de su despacho con vistas al jardín y con la libreta frente a ella procedió a dibujarse a si misma minuciosamente. Tras quedar satisfecha con el resultado cogió una goma de borrar y empezó a suprimir los pies con cuidado provocando que sus propios pies empezaran a desaparecer. Siguió por las piernas, la cadera, el tronco, los brazos. Empezó a sentir cómo el estómago se encogía de la emoción, impaciente por empezar una nueva etapa en su vida e imaginándose a si misma cual detective londinense sumergiéndose en las miserias y en los secretos de las vidas ajenas. 
 
Pero había algo que ella desconocía y que de haber sabido con certeza no la habría impulsado a hacer lo que en ese preciso momento estaba haciendo. Lo que ella ignoraba era que una vez que fuese totalmente invisible los efectos serían irreversibles.
 
 

sábado, 14 de marzo de 2015

De bisontes y corazones

  "Bisonte en la cueva de Altamira (Cantabria)". Paleolítico superior.


Pintando aquellos extraños bisontes como cuando de estudiante pintaba corazones en los margenes de su libro de Prehistoria. Queriendo recordar para esquivar al olvido que acecha desde hace meses su frágil memoria. El único momento en el que domina su mente es mientras dibuja esos garabatos que sólo ella sabe con seguridad que se tratan de bisontes mientras que para el personal de la residencia es un síntoma más de su demencia cabalgante, de la enfermedad que arrasa su mente galopando a lomos de uno de esos bisontes  que pisoteaban cuanta hierba encontraban a su paso; el resto del día es oscuridad plena, negrura absoluta, emulando la que en su momento debió reinar en esas cavernas a cuyo estudio ha dedicado toda su vida. Desde que tiene uso de razón se recuerda a si misma con la nariz metida entre las páginas de los libros de su padre, literalmente metida, pues debido a su miopía no había otra forma de poder acercarse a la lectura, hasta que ya a una edad madura decidió operársela y prescindir de las gafas que habían sido su única compañía durante más de cuarenta años. Aún a día de hoy, cuando la memoria le falla, lo que sucede la mayor parte del tiempo, recupera el tic de ajustarse las gafas invisibles sobre el puente de su afilada nariz. Cuando recupera la memoria abandona ese tic para sustituirlo por el de apartarse el pelo de la cara.

Siempre ha sido una mujer obsesiva con el orden, con su propia imagen, con la forma de tomar apuntes durante las innumerables conferencias sobre arqueología y excavaciones a las que ha asistido, así como en la preparación de las también innumerables conferencias y clases que ha impartido. Llegó a ser una auténtica referencia en esa materia, especializada en el estudio de las cuevas de Altamira, lugar donde se enamoró de los extraños bisontes que decoraban su pared y donde adquirió el hábito de dibujarlos una y otra vez de forma compulsiva en un intento de introducirse en la mente de sus habitantes prehistóricos.

Ahora, con sesenta y cinco años, en su exilio autoimpuesto en la residencia situada en las afueras de Santander, aún sigue recibiendo visitas de investigadores y estudiosos del tema a los que las enfermeras despachan en un par de minutos repitiendo una y otra vez la excusa de que la Profesora Musgo necesita reposo completo. Lo cierto es que esas visitas no habrían podido ser fructíferas en absoluto. El alzheimer ha ocupado descaradamente cada una de las neuronas de la Profesora arrebatándola de cada recuerdo almacenado, de cada experiencia vivida, de cada sensación impresa.


Sólo mientras dibuja esos extraños bisontes rescata del baúl del olvido vagas imágenes como las de los corazones pintados con su nombre, Musgo, al lado de la pluma de la flecha y el nombre de ÉL al lado de la punta. ÉL, así, en mayúsculas, el único hombre al que, aparte de su padre, llegó a amar. ÉL, el único que logró sacarla a rastras de la bibilioteca para que asistiera a guateques y el único que consiguió que sustituyese su perenne coleta por su melena ondulada al aire. ÉL, el que le prometió amor eterno y duradero y con el que soñó al pie de los castaños de la Universidad de Salamanca viajes felices al Templo de Lúxor, a la Acrópolis griega, a los Moáis de Rapa Nui, a la pirámide de Chichén Itzá...


ÉL, el que la convenció para meter todas sus cosas valiosas en una maleta, libros mayormente, para embarcarse juntos en un recorrido en tren por toda Europa con visitas improvisadas sobre la marcha a las cuevas de Lascaux, a las tumbas de Oberkassel, al Stonehenge, a Ostia Antica... Pero nunca llegaron a ir a Francia, ni a Alemania, ni a Inglaterra, ni a Italia, ni a ningún sitio porque nunca llegaron a coger ese tren. ÉL, el hombre por el que estaba dispuesta a creer en el amor a algo que no fuesen los libros y los restos arqueológicos, nunca se presentó. En su lugar le hizo llegar a través de su mejor amigo una escueta carta disculpándose por no presentarse.

Mi amada Musgo, mi musgo verde, frondoso y aromático.


Lamento no poder acompañarte en este proyecto con el que tanto hemos soñado y que durante tantas luminosas noches hemos planificando pero me temo que de ir contigo yo dejaría de ser yo para convertirme en el hombre que tú quieres que sea, o mejor dicho, en el hombre que yo quiero ser para ti pero que no soy. Sé que nunca me has presionado, sino todo lo contrario, he sido yo el que he insistido una y otra vez en que salieses a la luz de la vida conmigo, en que abandonases la oscuridad de tu biblioteca para que el aire orease tu hermosa piel. No, nunca me has presionado, ni has intentado cambiarme, más bien te has dejado llevar por mi locura de vivir, meciéndote a mi ritmo de jazz, dando todo sin pedir nada a cambio, amoldándote a mis extrañezas y mis rarezas, riendo mis tonterías y llorando mis neuras.

Te engañaría si te dijera que no te amo, porque te amo como sé que nunca amaré a nadie. Pero también te engañaría si cogiese ese tren contigo porque sé que en ese viaje verías mi auténtico yo, el que nunca a nadie he dejado ver, mi yo oscuro y escondido en las cavernas de mi alma que de vez en cuando sale a gritar para hacerse ver y hacer valer su presencia frente al amable yo que hasta ahora te he enseñado. Un yo edulcorado, endulzado para ti, un yo húmedo para que tu musgo trepase por mi alma. Un yo falso.
He sido un excelente actor, demasiado bueno. Por eso, y por respeto a ti y al amor puro que te profeso, prefiero que no volvamos a vernos y que siempre me recuerdes como un hombre que puso una nota de alegría en tu vida y un hombre que resucitó los huesos que tanto te gusta buscar en tus excavaciones.
No me busques. Estaré lo suficientemente cerca como para que tu olor musgoso me llegue con la brisa del atardecer pero lo suficientemente lejos como para que nunca puedas encontrarme.

Hasta hoy tuyo. Y siempre tuyo en la ausencia distante.

Tu castaño.

Y nunca más volvió a saber nada de ÉL. Y nunca más volvió a enamorarse de ninguna persona. Y dejó que su corazón fuese reptando cada vez más hacia las profundidades de su esternón convirtiéndose en un resto arqueológico escondido y sepultado bajo estratos de piedras, de ruinas y de huesos. Sobre él fue construyendo, capa sobre capa, cursos de doctorado, enciclopedias y folios atiborrados de notas hasta que llegó un momento en el que habría sido necesaria una auténtica expedición arqueológica para que su alma volviese a salir a la luz. Expedición que nunca se hizo y que el alzheimer relegó aún más salvo en esos escasos momentos en los que pintaba extraños bisontes y recordaba que hubo una época en la que los sustituyó por corazones con su nombre, Musgo, al lado de la pluma de la flecha y al lado de la punta el nombre de ÉL, Juan... Juan... Juan... ¿o era Pablo?



"Más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria"
Joaquín Sabina

"El olvido están tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda
en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede aunque quiera olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinan por el olvido
como si fuese el camino de Santiago"
Mario Benedetti





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