sábado, 16 de mayo de 2015

Nombres congelados



"Nevera nueva". (1991-1994). Antonio López


- Hoy me he quemado con el horno al sacar las magdalenas, TUS magdalenas favoritas ¿ves? ¡esto es horrible! ¡Pero mira cómo me ha quedado el antebrazo! Cómo para salir así a la calle en manga corta... parezco una leprosa. Pero, ¡MÍRAME!.
 
- Siempre te quemas cada vez que haces NUESTRAS magdalenas - se limitó a responder él, con un hastío resonante en la voz mientras seguía comiendo mecánicamente las patatas asadas sin apartar la vista de la televisión. A punto estuvo de decir que las magdalenas eran realmente las magdalenas de ella, ya que las hacía con cierta frecuencia con la excusa de complacerle a él para luego comerse ella prácticamente todas. Pero no estaba, chiste fácil, el horno para bollos. Veinte nuevos desahucios se habían ejecutado hoy en la ciudad a pesar de la resistencia de varios grupos de vecinos encadenados a la puerta de la vivienda, contaba en ese momento, impávida, la atractiva presentadora del Telediario.
 
- Me he echado aloe vera, que me dijo Santi que era mano de santo, y no sé de qué santo será pero está claro que yo no le caigo bien porque me ha empeorado la marca - siguió perorando ella, haciendo como que no se había dado cuenta de que él no la estaba prestando atención y pretender así en su mente que seguían siendo una pareja normal con cosas interesantísimas que contarse- así que me hice una cataplasma de cebolla cocida con hojas de geranio. No pongas esa cara de asco, es un remedio natural del de toda la vida. Me lo dijo Laura por whatsapp. Infalible, fue la palabra que usó, infalible sus narices porque esto no se quita ¿lo ves? dime que no ves una horrible y enorme quemadura, dime que no, ¿a qué sí? qué horror, de verdad, q-u-é  h-o-r-r-o-r. Si sigo así tendrás que llevarme a urgencias. 
 
Él interrumpió su ritual de coger una patata, meterla en la boca, coger otra patata, meterla en la boca, el segundo imprescindiblemente necesario para apartar la vista de la televisión y apreciar en el antebrazo izquierdo de su mujer una diminuta mancha que debía ser la considerada enorme y horrible quemadura necesitada de atención médica de urgencias. Murmuró un ummmmm de aprobación acompañado de un sutil movimiento de afirmación de la cabeza para al siguiente instante coger la siguiente patata de su plato y observar la televisión como si fuese la primera vez que la viese en su vida. El equipo local de nuevo había vuelto a perder frente a su eterno rival, continuaba narrando impertérrita la guapa presentadora, y los seguidores exigían con un cabreo que sonrojaría al mismísimo dios del Antiguo Testamento la dimisión del entrenador, de la junta directiva, del portero y del delantero central brasileño. 
 
- Y todo ¿sabes por qué? ¡qué pregunta más tonta! ¡Tú qué vas a saber!. Ya te lo digo yo, tranquilo. Todo es porque hace dos días me crucé por la Gran Vía con la desarrapada de María. Mira que intenté que no me viese, pero nada, me vio y me echó una mirada tan falsa que me metí corriendo en la primera tienda que encontré. Sí, ya sé, tenía que haberla saludado pero ¡qué demonios! ¡Es una bruja! Y tú, ríete, sí, que crees que no me doy cuenta de que te estás riendo y de que esa zarrapastrosa siempre te ha puesto los ojos en órbita, pero desde entonces todo han sido desgracias para mi, tu mujer, no lo olvides. Primero se me coló un calcetín negro en la lavadora de blanco que me ha dejado toda la ropa para trapos, luego me arranqué la uña de un golpe con el pomo de la puerta, ¡qué dolor!, después se me cayó el bote del perfume que me regalaste por Navidad y se me clavó una astilla en la pantorrilla y ahora esto. No levanto cabeza. Esa víbora me gafó, lo sé, y no, no te rías por lo bajini que bien lo sé yo... bien lo sé yo. 
 
Lo cierto es que él estaba bastante lejos de reírse de ella pues desde hacía rato había conseguido desactivar el radar de detección de su voz y todas sus neuronas estaban plenamente puestas en el noticiero. Varios inmigrantes habían fallecido intentando cruzar el Mediterráneo escondidos en la bodega de un buque crucero; veinte mujeres era el balance en lo que llevábamos de año de víctimas de violencia doméstica; la infanta Rosita había acudido hoy por primera vez a un desfile militar y la actriz Helena se acababa de divorciar de su anarquista marido. Todo ello relatado con la misma cara de expresión inexpresiva por la sexy presentadora del informativo. Hacía tiempo ya, mucho tiempo, no sabría decir cuánto: ¿un año? ¿tres años? ¿un mes? que había aprendido que la única manera de esquivar los ataques de ira de su mujer y su constante necesidad de ser el centro de atención era darle la razón a cuanto decía y, a ser posible, evitar el contacto visual a fin de que pudiese tergiversar (¿o quizás por temor a que adivinase?) cuanto expresara con su mirada.
 
- ¿No vas a decirme nada? ¿En serio? ¿Qué pasa, que ahora cobras por palabra hablada? No me prestas atención ni me tomas en cuenta. Soy menos que un cero a la izquierda, una don nadie, la última mona, ni voz ni voto tengo ya en tu vida. ¿Cuándo comenzó a pasarnos esto a nosotros? ¿Acaso no recuerdas que cuando nos casamos prometimos que cenaríamos siempre juntos sin televisión, sin radio, para así poder intercambiar lo vivido en nuestro día y sentirnos cerca el uno del otro? ¿Se te ha olvidado ya?. Yo sí sé cuándo fuimos a la deriva. Fue hace dos meses, justo desde el día que me encontré en el mercado con la arpía de tu ex, esa desgraciada y envidiosa ramera que nunca perdonó que tú te casases conmigo por ser yo un vergel de amor mientras ella era un estéril e infecundo desierto de cariño. Si pudieses haber visto qué mirada me echó. Esta claro que no me lanzó rosas y plumas sino lanzas y espinas deseándome lo peor, y tú lo sabes que la conoces mejor que yo. Por eso la apunté a mi lista de nombres congelados aunque... la verdad, y esto me sorprende, no parece que haya hecho mucho efecto en vista de que haces más caso a esa noticia sobre el deshielo del Ártico que a mí. ¿Qué pasa, que te has vuelto de repente ecologista? ¿Desde cuándo te preocupa qué le pase a cuatro osos polares y a unas focas?. Y pensar que hasta hace unos días venías a casa directo del trabajo para apenas entrar por esa puerta recorrer con tus manos mis nalgas y con tus piernas cada rincón de nuestro hogar en un ceremonial de amor que sonrojaba a cuanto espíritu pululase por aquí... En fin, en vista del caso que me haces me voy ahora mismo a apuntar a la zorra de María en la lista.

Y recogió todos los platos de la mesa, incluido el del atorado marido quien, a pesar de no haber terminado el suyo optó por acallar la protesta para no tener que seguir aguantando su presencia y seguir centrado en lo realmente importante, a saber, cómo combatir el calor sin arruinarse siguiendo unos sencillos consejos que con rostro impasible enumeraba la arrebatadora presentadora.

Hacía unos veinte años una compañera de Universidad de origen cubano le comentó que una manera muy efectiva de neutralizar la influencia negativa y rebotar el mal de ojo de otras personas en su vida era escribir sus nombres y apellidos en un papel, doblarlo en cuatro trozos e introducirlo en el fondo del congelador. Fue así como Verónica comenzó una lista de nombres congelados que la había acompañado en sus sucesivas mudanzas y que ahí estaba, en el congelador de la casa de su marido, detrás de unas rodajas de merluza, unas pizzas y unos muslos de pollo, en lo más profundo, en las entrañas del congelador, metida en una pequeña bolsa de plástico. 

La extrajo, desdobló cuidadosamente el manido folio y se sorprendió al comprobar lo larga que era ya:

1. Eva Fina Segura
2. Encarna Vales Fiesta
3. Silvana Cantora Cantina
4. Alba Lucero Opaco
5. Dominga Diaz Festivo
6. Elsa Capunta Blanco
7. Zoila Meza Madera
8. Ramona Ponte Alegre
9. Margarita Flores del Campo
10. Elena Nito del Bosque
11. Ana Pulpito Salido
12. Presentación Piernas Largas
 
Y añadió: 
13. María Note Rajes
 
Volvió a doblar el folio, lo introdujo de nuevo en la bolsa y lo restituyó al gélido abismo cruzando los dedos mientras deseaba tardar mucho, mucho tiempo en volver a sacarlo. Lejos, muy lejos estaba de ni siquiera imaginar que tan sólo diez días después escribiría en él dos nuevos nombres, con letra temblorosa pero resuelta: uno era el de su marido; el otro el de la detestable presentadora de las noticias.
 

sábado, 9 de mayo de 2015

La ciudad desenamorada




"Los funerales del poeta".  (1917-1918). George Grosz


"Corintios 13:4-7
El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." (1)

Ya no podíamos contar con él. No pudo soportar tanta humillación, mentira, falsedad, tanto maltrato y abuso de su nombre, tanta lágrima a medianoche y burlas malintencionadas. Por eso un día la ciudad amaneció inundada de grafittis en sus edificios, en el asfalto de sus calles y en las nubes que esa mañana fueron a visitarla, diciendo:

" Estoy harto de ser un incomprendido.
  Me largo. 
  Firmado: El Amor".

Los vecinos salieron a la calle notablemente diferentes, con el corazón pesado, los puños apretados y el paso firme dispuestos a seguir adelante sin él pero no sabiendo cómo hacerlo. Los autobuses y los vagones del metro se vieron apuñalados por miradas desconfiadas y espaldas encorvadas que apretaban carpetas y bolsos contra el regazo hasta clavárselos dolorosamente. 

Nadie consultaba su móvil a sabiendas de que ese día no recibiríamos el habitual mensaje de nuestro amado deseándonos un buen día. Los ojos se secaron milagrosamente, pues ¿para qué llorar si por vez primera éramos conscientes con toda la consciencia de la que el ser humano es capaz de experimentar de que el amor no iba a volver? Su huida nos condenaba a una certeza que nos llenaba de desesperación pues aquello que dicen de que la duda es peor que la verdad en este caso no podía ser menos cierto. Saber que él se había ido conllevaba saber también que habíamos perdido una de las pocas cosas que nos permite convivir civilizadamente y levantarnos cada mañana de la cama: la esperanza.

Los que buscaban el amor se arrancaron los pelos de la cabeza gritando con rabia al saber que nunca encontrarían esa mitad que anhelaban. Los que ya lo habían encontrado se dijeron adios sin mirarse a los ojos porque de repente eran dos desconocidos y se avergonzaban de haber tenido alguna vez algo parecido a la intimidad con esa persona. Los besos se vieron sustituidos por escupitajos, los abrazos por puññetazos, las caricias por patadas, los susurros de amor por voces insultantes y los gemidos de placer por gritos de dolor.

Los servicios de limpieza del Ayuntamiento se pusieron inmediatamente manos a la obra dispuestos a cumplir con escrupulosidad la primera medida de emergencia adoptada por las autoridades, a saber, la de borrar todos los grafittis de despedida a fin de que no fuesen un recuerdo constante del desesperado ánimo de la población. Aquellos pintados en los edificios no supusieron mayor problema al estar acostumbrados a lidiar con ellos en el día. Los del asfalto no opusieron mayor resistencia ante la gruesa capa de betún que se derramó sobre ellos. Pero los de las nubes... ¡ay, los de las nubes!. No había en toda la ciudad escalera suficientemente alta para poder alcanzarlos así que recurrieron a las avionetas de todos los aeródromos tanto públicos como privados a fin de que pilotos experimentados disolviesen las pintadas atravesándolas con sus ingeniosas acrobacias. Pero este esfuerzo resultó inútil y lo único que consiguieron fue confundir aún más a los ciudadanos al descolocar el orden de las letras y de las palabras formando mensajes ininteligibles como: 

" Me harto de ser un largo
 estoy incomprendido
 el amor firmado "

O: 

" De res imprennciddo
harto meun gralo roma
meel farmido"

Algunos rieron con esas risas producto de los nervios al ver estos mensajes absurdos. Otros se arrancaron los ojos incapaces de aguantar tanto caos y tanto insulto al amor que algún día veneraron. Los servicios de limpieza, en un intento desesperado, se coordinaron con los agentes de movilidad y colocaron gigantescos ventiladores en las cimas de las montañas que escoltaban el noroeste de la ciudad por ver si así las nubes desistían de instalarse de su cielo y se desplazaban lejos en el horizonte donde ningún ciudadano pudiera verlas. Pero todo fue en vano y lo único que consiguieron fue que las nubes, cabezotes, negándose a traicionar la confianza que El Amor había depositado en ellas, se anclasen inamovibles por encima de sus cabezas mientas sombreros, polvo, ramas de árboles, papeles, ropa tendida en las cuerdas y bolsas de plásticos salían volando en elegantes remolinos que terminaron por sumir a la ciudad en un incontrolable caos.

Los días fueron pasando y el éxodo del amor ya hacía estragos entre nuestros ciudadanos. Los enamorados se desenamoraron; los padres renegaron de sus hijos y los hijos de sus padres; los curas perdieron la fe y las religiosas la paciencia; los doctores empuñaron bisturíes y los camareros cuchillos de cocina; los poetas se suicidaron y las prostitutas dejaron de pintarse los labios.

Los cuerpos de seguridad no daban abaso a controlar las revueltas de ciertos sectores de la población que reclamaban la negociación del regreso de El Amor ni los asaltos que empezaron a sufrir los comercios, las empresas y las fábricas por parte de aquellas personas que necesitaban hacer algo para luchar contra su propio vacío y su propia desesperanza. Hasta tal punto llegó  el desorden en la comunidad que el Ayuntamiento pidió ayuda al Gobierno Central ante la impotencia que sentía para poder hacerse con el control de la situación. Lo que estaba sucediendo era peor que una guerra civil pues en ésta hay dos bandos: los unos contra los otros, los rojos contra los azules, los de arriba contra los de abajo. Pero en nuestra ciudad había cientos de miles de bandos, tantos como personas habitaban la ciudad ya que cada individuo luchaba solo contra todo aquél que no fuese uno mismo por cualquier motivo: un asiento en uno de los pocos autobuses que aún circulaban, un turno en la cola de una de las escasas panaderías que aún vendía víveres, un cigarrillo pedido a un extraño y negado, un hola no respondido. Incluso había personas que también luchaban contra sí mismas ya que la ausencia del amor había sido cubierta por un odio tal hacia su propio ser que sólo querían autoinflingirse dolor y llegar a la muerte.

 El Gobierno Central, tras consultar a varios comités de expertos, decidió que ante el temor de que El Amor tomase represalias contra el resto del país si decidían ayudar a la ciudad desenamorada y a fin de evitar que la desobediencia civil se extiendese por todo el territorio, la mejor opción era declarar el estado de excepción en la ciudad, levantar un muro que rodease totalmente la misma y situar puestos de control en los puntos estratégicos a fin de evitar que ningún ciudadano saliese de ella. Se denominó a esta decisión como "cuarentena excepcional" si bien todo el mundo sabía que su duración sería indefinida. 

La ciudad desenamorada, como empezó a ser llamada, quedó así aislada del resto del país y del mundo no sólo físicamente sino también telemáticamente. Se destruyeron todas sus comunicaciones a fin de que no dispusiese ni de televisión, ni de internet ni de teléfono y también todos los suministros de agua, luz y gas. Los ciudadanos fueron abandonados a su propio destino, con sus gobernantes huídos (éstos, poseedores de información privilegiada, tuvieron tiempo de vaciar sus cuentas corrientes antes de salir corriendo sin mirar atrás) y con la anarquía violenta campando por sus anchas. La supervivencia convirtió a personas, hasta ese momento pacíficas, en desalmados delincuentes y los mafiosos profesionales salieron de sus escondites para hacer valer su ley en cada esquina.

Sólo cabía esperar que la ciudad desapareciese por sí misma, autodestruida por los mismos que no hacía mucho la habían convertido en un ejemplo de modernidad, éxito económico y crisol de culturas. El resto del país se acostumbró tanto a darle la espalda y a no mencionarla siquiera por costumbre supersticiosa que no pasó mucho tiempo antes de que en los colegios dejasen de estudiarla y el Gobierno Central decidiese borrarla de un plumazo de todos sus mapas. 

La ciudad desenamorada pasó a ser la ciudad innombrable y finalmente la ciudad olvidada. Por este motivo, varios lustros después, el Gobierno Central, movido por la presión ejercida por las Naciones Unidas y por varias ONG´s internacionales ha decidido finalmente aprobar el presupuestos para formar un equipo de investigación, búsqueda y salvamento con el fin de localizar de nuevo las coordenadas de la ciudad y descubrir si aún hoy hay algún superviviente.

(1) Cita aportada por María L. Domínguez. ¡Gracias!


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