viernes, 24 de julio de 2015

Desbancado



Soledad
Foto de Chus Martín. @lankara


No fueron pocos los que apostaron que serías la próxima Penélope escocesa, en espera desesperada, mirando con ojos acuosos y cansados fijamente el horizonte, desde el alba hasta el ocaso, sol que viene sol que va, deseando obsesivamente ver asomar en la línea que separa mar y cielo la silueta de mi barco.

Las apuestas más altas , sombras de desconfianza y de recelo, afirmaban que la embarcación sí aparecería puntualmente el día y hora señalados; pero yo no desembarcaría de él, ausente presencia, incumpliendo así mi promesa de regresar a ti. 

Loca tú, creyente fiel, no perderías la esperanza y seguirías aguardando a que cualquier día a cualquier hora descendiese de cualquier navío, buscándote con la mirada para explicarte el motivo de mi retraso, me equivoqué de día, estaba enfermo de muerte, perdí el tren que me llevaba hasta él, sufrí un secuestro, mi pasaporte estaba caducado... Y tú estarías ahí, sentada, recibiéndome con los brazos abiertos, comiéndome a besos, mandándome callar, amor mío, lo importante es que ya estás aquí, demostrando a todos los que dudaron que nuestro inquebrantable amor era verdadero y resistente a cualquier separación. 

Pero el tiempo pasaría, los calendarios seguirían su trayectoria imparable, las estaciones se alternarían, y las horas depositarían arrugas y manchas en tu nívea piel hasta que la Parca, compasiva, viniese a libertarte de tan fútil espera.

Todos se equivocaron. Sí. Todos se equivocaron. Porque el 20 de abril, a las tres de la tarde el transatlántico que me transportaba atracó en el puerto y yo descendí de él agarrando la pequeña maleta continente de mis escasas propiedades. Sin vacilar me dirigí directamente a este banco, nuestro banco, el cual, para mi sorpresa, estaba vacío. A pesar de este desencanto inicial no perdí la calma y, convencido de que había justa causa para tu retraso, te equivocaste de día, el tranvía se ha estropeado, qué pesado es tu jefe con las horas extras, retocas tus labios antes de verme pues así de coqueta eres, me senté, reloj en mano, a contar los segundos que faltaban para volver a verte. No me costaba nada imaginarte en ese mismo sitio, embozada en tu gabardina verde, sentada durante horas, observando el mismo horizonte que ahora tenía frente a mi y recreando una y otra vez el momento en el que me verías aparecer. 

Y en esas ensoñaciones andaba cuando unas risas quebraron el silencio que hasta ese momento había reinado en el paseo marítimo. Me giré buscando su origen y allí estaban tus ojos, cruzándose con los míos, tu rostro esbozando casi imperceptiblemente un rictus de desagrado para volver de nuevo a su alegría original; tu mirada apartándose de la mía para dirigirla hacia el hombre que te hacía reír igual que te hacía reír yo antes, de forma tan desinhibida y relajada... Pero ese hombre... ese Ulises, no era yo. 

Desbancado de nuestro banco, traicionado, ignorado, rechazado, quebrado, me levanté y me dirigí de nuevo al puerto. Al pasar a tu lado murmuré,  lo suficientemente alto como para que me oyeses aunque fingiste que no fue así:

- "Éste era nuestro banco. Quédate tú con él ." 


Nota: definición de la RAE de desbancar:
1. tr. Usurpar, sustituir a alguien en una posición y ocuparla.
2. tr. Hacer perder a alguien la amistad, estimación o cariño de otra persona, ganándola para sí.

viernes, 17 de julio de 2015

¡Un helado de vainilla, por favor!


"Doña Vicenta". 
Foto de Chus Martin. @lankara


¿Y qué quiere que le cuente una vieja como yo, joven? Mi vida es de lo más normal, aburrida diría yo, pero ya que insiste tanto y me he comprometido a ayudarle en su estudio, pues, allá voy.

Me llamo Vicenta, tengo más de setenta años y menos de ochenta, permítame que conserve algo de coquetería y no le diga mi edad exacta. Tengo tres hijos, siete nietos, dos perros, un gato, doce gallinas, un gallo y un marido, Enrique, quien aún me acompaña cada mañana a trabajar en la huerta. Mi fruta favorita es la uva y siento pasión por las hormigas, nunca he sido capaz de matar ni una, tan trabajadoras, tan sobrias ellas. Tuvimos varias tierrucas que nos permitieron sobrevivir y alimentar a mi familia pero hoy están yermas, como mi cuerpo, gracias a que la pequeña pensión que percibimos nos permite disfrutar de nuestra vejez con cierta holgura. Mi color favorito es el rojo aunque en mi armario ya no tengo nada de ese color salvo una pañoleta de los San fermines que mi hijo mayor me trajo hace unos años. Siempre visto de negro salvo ocasiones especiales en las que me visto de blanco, como para quedar con un joven guapo, como usted. No insista en que le tutee, no, es una costumbre mía de toda la vida y además, el respeto tiene cierto encanto especialmente hoy en día que está en peligro de extinción ¿no cree?. Bueno, sigo.

No me gusta leer nada excepto la vida de santos, no porque sea mi lectura ideal sino porque era el único tipo de libros que había en la biblioteca de mi pueblo, si se puede llamar biblioteca a esa habitación mohosa al lado de la consulta del médico que realmente hacía las veces de almacén del concejo. Últimamente me he aficionado a leer las noticias económicas de los periódicos, imagínese, yo leyendo sobre cláusulas suelo, tipos de rentabilidad o créditos de inversión. No me entero de nada pero me gusta imaginar que hay un mundo más allá de mis prados y montañas. 

Mi comida favorita son las migas de pan con ajo y mi helado favorito, el de vainilla. Descubrí que ése era mi sabor preferido hace unos treinta años, cuando tomé uno en la calle Santa Clara de Zamora. Hasta entonces nunca había probado los helados... siempre vi un cierto acto obsceno y demasiado moderno para mi en el deleite de ese postre, hasta que un viernes veinte de junio, al encontrarme con Tomás, cedí a su insistencia y me decidí a cometer ese pequeño pecado. Por cierto, mi hombre favorito es Tomás. No se sorprenda, joven, porque no nombre a mi marido. No lo cambio por ninguno, pero debe usted entenderlo: no conocí varón hasta que el mismo día de la boda, como la tradición manda, Enrique desfloró mi entonces, aunque no se lo crea, sinuoso y flexible cuerpo. No fue nada del otro mundo, he de confesarle, pero poco a poco me fui acostumbrando a sus gestos rápidos y a su rudo romanticismo hasta que llegó un momento en el que, no puedo evitar ruborizarme, llegué a disfrutar de eso de lo que nadie habla pero que a todo el mundo gusta. Bueno, mejor dicho, de eso de lo que nadie hablaba en mi época, que hoy ya sé que son muy liberados y avanzados y hasta hay programas en la tele que tratan sobre eso y todo. Pero gustar ha gustado siempre... eso no es algo nuevo, a ver qué se piensa usted. 

La cuestión es que me gustaba, o eso creía, hasta que un viernes veinte de junio, como le iba diciendo, me acuerdo como si fuese ayer y han pasado treinta y un años, paseando por la calle Santa Clara, me encontré con Tomás. Había ido a Zamora a visitar al dentista; nada del otro mundo, sólo una muela que me dolía porque la tenía picada, y puesto que la consulta terminó a las once y el autobús de regreso no salía hasta la una, decidí hacer tiempo y dar una vuelta por la capital, dispuesta a disfrutar de ese inesperado momento de soledad y libertad que el azar me había regalado. Y allí estaba él, Tomás, sentado en una mesa en la calle, tomando un helado. Yo le vi primero, pero decidí pasar de largo porque no estaba bien que una mujer casada saludase a un hombre soltero de su edad, y menos aún a un hombre como Tomás, un mujeriego que ¡válgame Dios!, hasta mujeres embarazadas había dejado y todo sin que ninguna conseguiera hacerle pasar por el altar ¡bueno era él!. Sin embargo, me vio, me saludó y no me dejó en paz hasta que no me senté a su lado. Y primero me insistió para que me tomase algo, "un helado de vainilla, por favor", le pedí al camarero, porque siempre había querido probar el helado de vainilla. Después me insistió para que comiese con él unos mejillones picantes en un bar que estaba a la vuelta de la esquina, "los mejores de España", me decía, agarrándome por el brazo. Y yo, pendiente del reloj: "son las doce y media, Tomás, tengo que irme", "tranquila mujer, que llegas con tiempo de sobra". 

Pero no llegué, claro, porque la siguiente vez que volví a mirar el reloj era la una en punto y la estación estaba a un ratito largo caminando desde donde estábamos. Así que la tercera insistencia fue para que le acompañase a una casa de comidas donde el menú del día era el mejor del mundo, me decía, agarrándome ya por la cintura. Y yo... ¿qué le iba a hacer?. El siguiente autobús no salía hasta las seis de la tarde y tenía que comer algo ¿no le parece, joven?. Sí, ese autobús sí lo cogí, el de las seis de la tarde, por los pelos, porque llegué con apenas unos minutos de antelación, y eso que la pensión estaba enfrente de la estación sino también lo hubiese perdido provocando entonces un auténtico escándalo en mi familia. Ya me veía a la Guardia Civil siguiéndome el rastro por las calles de Zamora... Pero sí, llegué, no ponga esa cara, joven ¿acaso piensa que no sospechaba que acabaría con Tomás en una pensión? ¿cree que si no le habría permitido agarrarme de la cintura como si fuese mi enamorado?.

Han pasado treinta y un años y aún recuerdo cada detalle de esas horas que pasamos juntos. Pero a veces... a veces me cuesta reproducir una frase pronunciada, o no recuerdo nítidamente el tono de su voz al susurrarme cositas o se desliza en el desagüe de mis recuerdos el tono verde de sus ojos mirándome fijamente.  Entonces me tomo un helado de vainilla y enseguida recobro la memoria. ¿Me invita a uno, joven? 

viernes, 10 de julio de 2015

Ochenta y siete escalones



"Rayo de luz en la escalera".
Foto de Chus Martin @lankara
https://flic.kr/p/rqsjxh





  Cincuenta y ocho mil cuatrocientas son las veces que aproximadamente he subido y bajado las maravillosas escaleras de mi casa a lo largo de mi vida. Los primeros escalones que subí gateando fueron éstos, con el consiguiente chichón en la cabeza producto de mi piel acariciando el suave y frío mármol. A fin de evitar ulteriores caídas, tanto mías como de otros vecinos, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la instalación de tiras antideslizantes.

   A los dieciséis años me rompí el brazo izquierdo al querer volar por ellas propulsada por la alegría de mi primera cita con Mario mezclada con el miedo a llegar un segundo tarde. A fin de evitar ulteriores intentos de emular a Ícaro, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la instalación de una barandilla dorada.

  A los diecinueve años estas escaleras fueron testigos de cómo perdí la virginidad galopando con Javier frenética y apasionadamente, salvándonos del escalabro las tiras antideslizantes y la barandilla dorada que se clavaba en mis lumbares a cada embestida. Doña Lourdes, la vecina del sexto piso, nos pilló en pleno trote y sus manos tapándose sus escandalizados ojos no impidieron que llegásemos a la meta. Como consecuencia de este incidente, a fin de preservar la seguridad y decencia del decimonónico y señorial edificio, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la instalación de cámaras de seguridad.

  A los treinta años Doña Lourdes se rompió la cadera como consecuencia de un desagradecido tobillo que decidió un día dejar de obedecerla mientras descendía las escaleras. El estrépito de la caída fue tal que resonó en todo el edificio. Ni las tiras antideslizante ni la barandilla sirvieron para prevenir la desgracia si bien evitaron un mal aún mayor. A fin de facilitar la accesibilidad de Doña Lourdes a su casa, en la siguiente Junta de Propietarios se aprobó por unanimidad la colocación de un ascensor.

  Hoy tengo ya cuarenta años y subo estas históricas y hermosas escaleras por última vez. Las asciendo lentamente, contando, como siempre suelo hacer, los escalones que me llevan hasta mi piso: setenta y nueve en total. Son las diez de la noche y mañana a primera hora llegarán Ellos, portando armas relucientes y rostros sombríos, hastiados de cumplir órdenes de varios psicópatas demasiado cobardes para dar la cara y a los que códigos y leyes convierten en intrépidos valientes.


  Mis vecinos opondrán resistencia, llamarán a medios de comunicación, levantarán pancartas y entonarán consignas mientras Ellos, resignados, agacharán las miradas y levantarán las esposas. No les daré el gusto de verme humillada, de sentirme derrotada por haber perdido la herencia de mis padres, los recuerdos de mi vida en esta casa, en estas escaleras.  Antes de que lleguen yo ya me habré ido. Creerán encontrarme tumbada en la cama, eternamente dormida y mientras algunos llorarán y otros respirarán aliviados, mi espíritu seguirá subiendo y bajando estas escaleras libre y ligera. 

viernes, 3 de julio de 2015

Sé impecable con tus palabras



Sí, lo sé, mi mantra los últimos días es precisamente éste: "sé impecable en tus palabras". Sin embargo, aunque la teoría me parece sencilla y por más que en mi mente recree una y otra vez cómo me voy a comportar la próxima ocasión en la que mi aprendizaje se ponga a prueba, cuando llega ese momento, no hay manera de ponerlo en práctica. Ése siempre ha sido, es y será mi problema: la impulsividad. Mi lengua es más rápida que mi mente y mis cuerdas vocales se coordinan a una velocidad que despeinan a las neuronas. Pobres neuronas... a ellas les toca después lidiar con los remordimientos y los cargos de conciencia mientras que las espabiladas de las cuerdas vocales bailan samba con la lengua indiferentes a lo que ha sucedido y sin ser conscientes de la que han liado por ser tan rapidillas.
 
Ser impecable en tus palabras es la regla número uno de la filosofía tolteca para vivir con más autenticidad tu vida y disfrutar más de uno mismo. A continuación están  la regla número dos: "no te tomes nada personalmente", la tres: "no hagas suposiciones" y la última, la regla número cuatro: "haz lo máximo posible". Pero en palabras del Dr. Miguel Ruiz, el escritor del libro que recoge estas reglas que él llama acuerdos, la más importante y por donde hay que empezar es por ser impecable en tus palabras. Impecable procede del latín pecatus por lo que ser impecable significa no pecar al hablar, no faltar a la verdad, no insultar a los demás ni por extensión a uno mismo, ser auténtico y sincero, transparente y afable, agradable y amable, inteligente y empático. En fin, ser un auténtico santo de la palabra y, por supuesto, de la acción.
 
Diez días llevo ya rellenando post it de todos los colores, cuanto más fosforitos, flúor y horteras mejor que mejor, de todas las formas imaginables, cuadraditos, corazoncitos, cocodrilitos y margarititas y empapelando hasta los espejos con letras de cuanta tipografía mi mano derecha es capaz de reproducir. En todos ellos se puede leer: "Sé impecable en tus palabras, Divina", "Sé impecable en tus palabras, Divina". No hagan suposiciones (regla número tres, recuerden), no es que me adule a mi misma por una dolorosa ausencia de abuela, ni que me tire flores a falta de amante que susurre mis virtudes, sino que yo me llamo así, Divina, sí, qué se le va a hacer. Mi madre asegura sin tartamudear que sintió el momento exacto en el que el avispado espermatozoide de mi padre se enganchó apasionadamente a su óvulo expectante y desde ese momento supo que yo era un ser especial, diferente, en definitiva, Divina. Y ni corta ni perezosa, a pesar de las enérgicas protestas de mi padre (que llegó, incluso, a ponerse en huelga de brazos caídos los últimos meses de embarazo, negándose a limpiar los cristales de la casa todos los días tal y como mi madre exigía para que las hadas nos viesen desde fuera y los rayos de sol entrasen sin obstáculo alguno), las risas de mis tías y las carcajadas estontóreas de sus locas amigas, se salió con la suya y en mi DNI mecanografiaron Divina. Les parecerá para romperse el pecho de la risa pero a día de hoy no concibo haberme llamado de otra manera, la verdad. 
 
La cuestión es que aquí estoy, fustigándome con mi mantra de divina impecabilidad y cuando por fin tengo la oportunidad de hacer lo máximo posible, de salir airosa de la situación, de lucir mi sabiduría, desplegar palabras honestas y amables, firmes pero comedidas, no tomarme nada personalmente y no hacer suposiciones, me encuentro hecha un basilisco, soltando cuanta imprecación ha almacenado mi cerebro en mis cuarenta años de vida, tan chula que hasta en distintos idiomas me permito el lujo de insultar. ¿Han probado a decir stupid lamecandaos, conne caraespátula, miserable asshole o verpisst dich meapilas? Aparte de enormemente gratificante es de una comicidad trágica comprobar la cara de estupefacción de tu advesario quien sospecha, no sin razón, que precisamente cosas bonitas sobre él no estás diciendo, no. 
 
Muevo enérgicamente mis brazos, alzo la voz (mis cuerdas vocales serían capaces hoy de interpretar hasta La Traviata), mis neuronas no dejan de hacer suposiciones (a destajo están trabajando, no vaya a ser que las acuse de vagas), porque todo esto me afecta personalmente (inflo el ego de mi ombligo hasta que está a punto de explotar), hago lo máximo posible de lo mejor que sé hacer (perder el control hasta crecerme tanto que ni un pivot de baloncesto me superaría mientras tú te encoges hasta el tamaño del enganche de mi pendiente) y peco con mis palabras. Madre mía, cuánto pecado junto, cuánta mancha concentrada en unos escasos minutos... cuánta imperfección. Debería ir pidiendo hora con mi confesor, o mejor pidiendo día, que tengo para rato largo con tanta norma quebrantada.
 
Y total, todo este ruido porque la vieja me empujó para apoderarse del único asiento que quedaba libre en el autobús, el único, y yo embarazada de ocho meses... debo ser invisible, mi enorme y redonda tripa ha debido desaparecer de repente, qué retorcido es el destino. Y encima se hace la indignada y me niega el caderazo que me metió a la cara, que si realmente fui yo la que se lo di y que si bla bla bla. Si es que no aprendo, de verdad. Mira que, tomármelo como algo personal... cómo se me ocurre. Lo que tendría que haber hecho era haber pasado de largo, seguir degustando tranquilamente mi café helado y no habérselo tirado a la cabeza, ¡qué desperdicio!, ¡cuánta flaqueza de carácter por mi parte!. Dr. tolteca, discúlpeme usted. No me puse a pensar en las consecuencias de mis actos, en el fulgor de las estrellas nocturnas y en la maravillosa luz del sol que cada día me da la vida. Soy un espejo humeante en el que nadie puede verse reflejado porque la mala hostia que emana deforma cualquier visión. Perdóneme usted, Dr. tolteca, cuánta imperfección aglutinada en mi, cuánta mediocridad. Pero... me he quedado tan a gusto, ¡de verdad!.
 
 

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