viernes, 30 de diciembre de 2016

Piel de Lobo - Lara Moreno



Edición: Lumen. Octubre de 2016 (1ª ed.)
Páginas: 260
ISBN: 978-84-264-0331-5
Precio: 19.90 € (e-book 8.99 €)
Calificación: 9/10


Lo que más me ha gustado: El microcosmos que crea Lara Moreno introduciéndonos en la relación entre dos hermanas de forma paulatina, lenta, envolvente, atrapándonos como esa imagen morbosa que rechazamos pero no podemos dejar de mirar de reojo.

Lo que menos me ha gustado: La autora escribe bien, domina el lenguaje, las metáforas, las elipsis... y lo sabe. Eso hace que a veces me diese la sensación de que se recrease escuchándose a sí misma de tal forma que da vueltas una y otra vez a ideas con enumeraciones, barroquismos y metáforas pero sin profundizar en otros temas de la trama realmente importantes.

"Quién sostiene a los débiles, quién los protege. Delgado y pobre eslabón que se descuelga de la cadena. ¿Tan fuerte empuja la vida, con tanta violencia?" (Pág. 232)

Coge a dos protagonistas femeninas, hermanas para más señas, enciérralas en su antigua casa de veraneo donde hace un año murió su padre y que han ido a vaciar, y déjalas que se desahoguen, expulsen sus secretos y exploten. Ésa es la historia de Piel de Lobo.

Coge a una protagonista femenina, recién abandonada por su marido, con un hijo de cinco años llamado Leo, desempleada, perdida y rota, envuelta en un tornado existencia porque no sabe qué hacer con su vida. Ésa es Sofía, la hermana mayor. 

Coge a otra protagonista femenina, ligera como un ángel que vuela, desenfadada, despreocupada, segura de sí misma pero con crisis recurrentes que, harta de callar, arrastrada por el tornado existencial que vive su hermana, decide contarlo. Ésa es Rita, la hermana menor.

"Dos platos, dos vasos, una jarra de cristal llena de agua de grifo, dos tenedores iguales. En el centro del mantel, su ensalada de arroz integral, zanahoria  y manzana oxidada, con un poco de aceite, sal y sésamo. Sofía ya no tiene cara de derrota, todo esto del simulacro de pícnic la ha animado". (Pág. 17)

La portada del libro no puede haber sido seleccionada con mayor acierto. En mi opinión, es la portada del año. Al entrar en la librería era lo primero que siempre me llamaba la atención: esas dos chicas, unidas por el cabello con una trenza, las manos sobre los ojos pero haciendo trampas, como esos niños a los que dices "no mirar" pero que, tapándose los ojos con las manitas, separan los deditos para poder ver entre ellos. En Piel de Lobo las protagonistas regresan a su infancia, vuelven a ser niñas. Sofía, la que debería haber protegido a su hermana y Rita, la que la primera vez pidió ayuda pero que, en vista del poco éxito de su llamada de socorro, la segunda vez renunció a hacerlo. Ambas se niegan a mirar atrás a su infancia, desean borrar esa etapa de su vida, aquí no ha pasado nada, pero no lo pueden evitar, el pasado está ahí, y la desidia de los adultos, los secretos de familia, la violencia naturalizada como cosas de niños, niños que luego crecen. Así que de vez en cuando, separan los dedos y miran a ese pasado.

Y esos cabellos unidos en una trenza, agarrando la punta ambas con las manos, imposible de separar. Si una intenta irse y la otra no le deja deberá cortarse el pelo o arrancárselo dolorosamente a fin de poder huir. Y así es la relación entre las dos hermanas. A lo largo de la novela se van acercando, vuelven a alejarse, se acercan de nuevo para volver a salir corriendo la una de la otra. Pero nunca podrán ir demasiado lejos, eso sería tan doloroso como arrancar la trenza. Tienen que destrenzar el cabello, poco a poco, si quieren sanar su relación, condenadas a entenderse.

Desde la primera página, por el propio estilo de la autora, intuyes que hay algo turbio, algo que realmente apesta en la historia de esas dos hermanas. Esa imagen del jardín de la casa abandonada, con un viejo caballito de plástico blanco y azul, nos avanza el panorama decadente en el que se va a desenvolver toda la novela. Decadencia y tensión que alcanzan sus puntos álgidos en esa demoledora escena de los muñecas desmembradas convertidas en monstruos con pies que salen de aquí y brazos que salen de allá o en el episodio de Leo en Portugal. Lara nos oculta algo a lo largo de prácticamente toda la novela, como en las obras de misterio en las que no sabes quién es el asesino hasta la última página. Va dejando una fila de hormigas para que busquemos con ellas por la casa restos de comida y llevarla a su hogar, pero a donde te conducen es tan terrible que acabamos también por desear taparnos los ojos con las manos... aunque luego hagamos trampas y miremos.

Lara Moreno va alternando la narración del día a día, casi minuto a minuto, de la vida de Sofía (quien en un acto desesperado, tras ser abandonada por su marido Julio, huye con su hijo a la casa de su padre) con los recuerdos en primera persona de la propia Sofía de su infancia en la casa de sus abuelos, donde toda la familía, tíos y primos incluídos, pasaban los veranos. La acción, como la propia autora ha señalado en alguna entrevista, aunque no se diga expresamente en la novela, transcurre a caballo entre Huelva e Isla Cristina.

La autora marca los ritmos a través de una narración trepidante donde apenas hay diálogos al uso (de esos con guiones y saltos de línea) sino frases cortas, puntos y comas, todo de seguido, pero con un gran dominio de la trama para que el lector no se pierda. Así mismo, lo que más abunda en el relato son las frases largas, larguísimas, con enumeraciones interminables de adjetivos que exploran hasta el agotamiento sentimientos y sensaciones, lo cual es un arma de doble filo: por un lado dota a Lara de una voz y un estilo propios e identificables pero por otro corre el riesgo de pasar de puntillas por otras cuestiones de especial trascendencia.
"Esta es una situación habitual, a todos los niños les pasa. Pero Sofía se empeña, tozuda, agresiva. Algo entre ella y Leo no funciona (...) está segura de que si ella consiguiera sentirse mejor todo saldría bien. Leo no está raro porque todo esté raro, sino porque ella está rara. Es una especie de combate; consigo misma, con Leo, con las telarañas que le recubren los ojos, a veces la boca". (Pág. 55)

Pero Piel de Lobo es, además de la historia de dos hermanas, una historia sobre la maternidad, o, concretamente, cómo lidiar con los compromisos, los miedos y las obligaciones de este rol y a la vez cargar con la mochila propia. Sofía está rota tras el fracaso de su matrimonio y necesita reconstruir su historia con Leo sin la presencia de su marido. Lo cotidiano lo tiene ya tan impregnado en su rutina que su obsesión por cocinar comida sana, surtir la nevera de productos ecológicos, ordenar las legumbres en sus tarros específicos y meter en el bolso trocitos de fruta para que su hijo meriende no le cuesta ningún trabajo. Sin embargo, toma conciencia de que no juega con él, de que le esquiva para poder ella dedicarse a leer, de que al no estar el padre para mediar entre ellos ella tiene que ocupar todo el espacio y el tiempo de su hijo pero, ¿cómo hacerlo cuando lloras a cada momento?

Transcurridos los años Sofía se siente culpable por no haber sabido proteger en su momento a Rita, arrogándose una responsabilidad que aunque realmente correspondía a los adultos ella sigue atribuyéndose por su rol de hermana mayor. Y ahora hacia Leo, de quien sí es realmente responsable, siente tanto miedo de no estar a la altura, de no ser capaz de controlar absolutamente todo, que se vuelve torpe en la expresión de sus emociones, cabezota en su decisión de que el niño no coma patatas fritas, ambivalente ante su maternidad, hasta ese momento, moderna y perfecta, y ahora, una continua lucha donde nada fluye.

"Mi niño está solo jugando en un patio asolado desde que sale el sol. Yo leo algunos libros y leo poco porque mi mente está alta y desdibvujada allá en el cielo alto y desdibujado del verano. Mi hijo me pregunta quieres jugar conmigo y le digo siempre espérate un momento, espérate que estoy haciendo cosas, espérate una infancia porque ahora no puedo, ahora. Yo quisiera poder pero no puedo" (Pág. 157)

Sofía es una de esas personas que al hacer la maleta siempre mete un libro y el libro que pasea de arriba a abajo, de la ciudad al pueblo, del pueblo a la ciudad es Confesiones de la rusa Marina Tsvietáieva centrándose en la historia de sus dos hijas, cómo a una la quiso tanto y a la otra la dejó morir de hambre, lo amorosa y dedicada que fue con una y lo cruel que fue con la otra. Sofía se siente a salvo, cree que en su familia no hubo tal dualidad, que ella nunca haría lo que hizo Marina porque no va a haber un segundo hijo cuyo alimento garantizar. La historia parece lejana para ella pero mientras observa a Alia, la hija de Marina abandonada, se pregunta precisamente quién sostiene a los débiles, quién los protege.

"(...) cuando venga el lobo nadie saldrá reconocerlo, piel de cordero, grito, plato en el suelo" (Pág. 244). "¿no iba el lobo vestido con su flamante piel de lobo, hosca y dura piel de lobo, jamás lobo disfrado de cordero?" (Pág. 258)

Lara Moreno, a fin de centrarse en este microcosmos fraterno, ha despojado a las dos hermanas y al niño de cualquier ruido externo. Como la propia autora declaró en su entrevista a Página Dos, despojó a sus protagonistas de todo los grises: padres, trabajo, escuela, rutina urbana, amigos y compañeros, y aún así, los personajes, paradójicamente siguen siendo grises porque no se han despojado de lo que realmente les da ese tono: sus demonios internos. La madre ha conseguido rehacer su vida, se ha ido a Canarias con su nueva pareja y mantiene una relación con las hijas de inferioridad disfrazada de ese halo de superioridad que da la maternidad pero que ella no ha sabido mantener en la vida real.

"En sus palabras, en su nueva manera de andar, hay una despreocupación quizá fingida, una conciencia de dicha que sus hijas no acaban de tolerar". (Pág. 115)

Al dolor de la separación se une, en el caso de Sofía, la falta de arraigo, de referencias, de ejemplos de cómo afrontar una maternidad exitosa, cómo hacer de buena madre.

"Sofía busca un lugar donde agarrarse, pero no lo encuentra". (Pág. 121)

Las dos hermanas, siguiendo con la tónica de la familia que afronta los problemas como si no existieran, aquí no ha pasado nada, lavando una sábana blanca en agua alquitrán (pág. 200) intentan mantener una relación afectuosa con su madre, su único referente con la infancia pues el resto o está muerto (el padre) o no mantienen relación alguna con ellos. Pero el odio y el rencor acaba reapareciendo como las malas hierbas que acaban invadiendo el jardín que con tanto mimo Sofía ha intentado recuperar. La relación entre los miembros de la familia, igual que la narración de la propia novela, es un terreno minado. Vas avanzando por sus frases, con ese ambiente agobiante y claustrofóbico a pesar de desarrollarse en un idílico pueblo playero que acentúa aún más el contraste, sabiendo que en cada cambio de página, en cada salto de capítulo hay una bomba que puede explotar.

" No habrás venido a dar lecciones de cómo conservar un matrimonio, ¿verdad, mamá? (...) ni tampoco vendrás a dar lecciones de cómo cuidar a un hijo, claro" (Pág. 119)


Lara en esta novela denuncia el silencio de los cómplices, la inteligencia reafirmada de los verdugos, el desamparo de las víctimas, quienes en su soledad e incomprensión intentan salir adelante como pueden, observando con terror al principio y resignación después el agujero en el que están viéndose expulsados, su eclipse (del griego Ekleipsis que quiere decir abandono, desamparo, alejamiento). Y Lara, en el dominio de las metáforas que tan bien maneja crea una imagen brutal al colocar a todos los protagonistas en una idílica imagen en la orilla de la playa, alejados del resto del pueblo, observando el eclipse que se produce una mañana. Un eclipse que les une a todos pues al fin y al cabo todos se sienten así, abandonados, desamparados, alejados de la realidad y del resto.

"Con qué lisura convierte el verdugo a la víctima en cómplice" (Págs. 198 y 255)
Si bien he reprochado a la autora ese profundizar en temas intranscendentes, hay un párrafo que me parece magistral, en el que aprovecha esa exhaustividad llena de enumeraciones para describir la risa de Leo. Desde que lo he leído me resulta imposible ver reír a mi hijo sin acordarme de él:

" (...) saldrá de él esa risa, la risa única, la risa para siempre, la risa de los niños, sol entero carcajada, agua curativa, fiesta, estrellas, pájaros, nueces chocando aire nuevo, aire nunca respirado, la única verdad, la regeneración del mundo, puierta batiente del placer, risa carcajada histeria boca estirada de un niño, ojos cerrados en mueca falsa de dolor, toda una cara perfecta, lisa, sin matices del malestar, sin huella de carcoma, toda una cara expuesta a la risa, al estertor benigno de la felicidad, abdomen contraído caja de pandora, un prado infirnito sobrevolado a ras..." (Pág. 202).

No me digáis que este párrafo no es hermoso. En conclusión, se trata de una novela que remueve sentimientos en la que Lara da al lector la posibilidad de entrar en su mundo de la misma forma que Rita espera paciente a que Sofía decida entrar en el suyo. Una novela con una carga fuerte poética, potente es sus imágenes, en su lenguajes, sin tabúes escatológicos, dura pero a la vez emotiva sin caer en el sentimentalismo fácil tan recurrente e inevitable para otros autores. Lara hace malabarismos, juegos de palabras, lanza los bolos al aire una y otra vez cogiéndolos al vuelo y componiendo una melodía con el aullido del lobo de fondo desde la primera hasta la última página. De lo mejorcito que he leído en este año y que me acompañará en el 2017 en la lectura de sus obras anteriores. Merece la pena, de verdad.
"(...) y yo le digo por qué no me has llamado, y ella me responde, dejé la puerta abierta, sólo tenías que entrar". (Pág. 260)


Un apunte sobre la autora. Lara Moreno

 


Lara Moreno nace en Sevilla en 1978 pero pasó su infancia y juventud en Huelva, donde transcurre la historia de Piel de Lobo. Comenzó publicado dos libros de relatos: Casi todas las tijeras (Quórum, 2004) y Cuatro veces fuego (Tropo, 2008) y sus cuentos se han incluído en varias antologías, como Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010) y Antología del microrrelato español. El cuarto género narrativo (Cátedra, 2012). 

Su primera novela fue Por si se va la luz publicada por la editorial Lumen en 2013, por el que fue nombrada Nuevo Talento Fnac de Literatura y que ha sido considerada por la crítica como un exponente destacado de la corriente neorruralista (género en el que están encuadrados autores como Miguel Delibes, Camilo José Cela, Benet o Julio Llamazares) de la literatura española del siglo XXI (junto con Jesús Carrasco, Moisés Pascal o Alberto Olmos). Su segunda novela ha sido la que aquí estamos comentando, Piel de lobo.

Lara también ha hecho incursión en la poesía, cuya influjo en su obra narrativa es evidente. Sus principales poemarios son La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008) y Después de la apnea (Ediciones del 4 de Agosto, 2013).

Actualmente vive en Madrid donde imparte talleres de escritura en la Escuela de Escritores. Durante 2017 trabajará como editora de Caballo de Troya.


viernes, 23 de diciembre de 2016

Departamento de especulaciones - Jenny Offill




Título original: Dept. Of Speculation.
Edición: Libros del Asteroide. 2016 (2ª ed.)
Páginas: 172  
ISBN: 978-84-16213-64-1
Precio: 17,95€   
Calificación: 8/10 

Lo que más me ha gustado: es uno de esos libros para subrayar, anotar; repleto de citas y de reflexiones que merecen la pena apuntar en un cuaderno. De hecho yo, que soy una “asesina de libros” lo he inundado de post-its, marcas y anotaciones al margen.

Lo que menos me ha gustado: lo corto que es y lo poco que profundiza en las ideas que va lanzando. Mientras que a algunos libros le sobran páginas a éste le faltan. Habría leído encantada cien páginas más de él.

“Qué has hecho hoy, preguntabas al llegar del trabajo, y yo tenía que ingeniármelas para inventarme una anécdota de la pura nada”. (Pág. 32)

Jenny Offill tiene uno de esos nombres que jamás sería capaz de recordar si no hubiese leído este libro, un libro memorable, que llegó a mis manos gracias a la recomendación de mi librero. Entré en su librería pidiéndole un libro que pudiese leer “a ratitos”, entre siesta y siesta de mi bebé, y en esos minutos previos al sueño nocturno en los que el cerebro no da para mucho más que para retener pequeñas dosis de información. Y me entregó, sin dudarlo, este libro. Qué maravilloso librero tengo...

Jenny Offill va contando de forma fragmentaria su vida, desde que conoce al que luego será su marido, hasta que consiguen superar juntos una fuerte crisis matrimonial, pasando por la felicidad de encontrarse, casarse, comenzar una vida en común, la llegada de su hija, el cambio que la maternidad supone en la vida y expectativas de ambos, la rutina, la infidelidad del marido y la reconciliación sincera como pareja.

  “Algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición, como si fuera un abrigo caro que se ha quedado ya demasiado pequeño”. (Pág. 93)

Todo en ciento setenta y dos páginas en las que va alternando el relato con citas y reflexiones de Rilke, Kafka o Einstein, anécdotas de la carrera espacial, reflexiones de su psiquiatra y pequeños fragmentos de la vida diaria aparentemente intranscendentes.

Aparentemente. Porque Offill, que a lo largo de la pequeña novela reconoce en varias ocasiones que sueña con ser una gigante del arte, crea una auténtica obra de arte cogiendo cosas de aquí y de allá y enlazándolas en un formato de hipertexto narrativo. Si reflexionas un poquito sobre cada párrafo aislado te das cuenta de que está íntimamente relacionado con lo que te cuenta en el párrafo anterior, y éste a su vez con el anterior y éste a su vez con el anterior y éste... y así indefinidamente. Porque Offill, gran conocedora de la psicología cognitiva, sabe que funcionamos por nodos y que igual que en nuestra vida diaria somos capaces de encontrar relación entre las cosas más variopintas (como la magdalena de Proust, que le evoca su infancia) en la novela también todo está relacionado.
 
Offill nos cuenta una historia que podría ser nuestra historia, recordándome en este aspecto a otras autoras que recurren a lo simple para hablar de lo cotidiano, para dejarnos entrar de puntillas en la intimidad de una familia. Como, por ejemplo, Natalia Ginzburg, quien también consigue que sus libros giren en torno al día a día de sus personajes. O Elena Ferrante, quien, en Las deudas del cuerpo (tercer volumen de su saga "Las dos amigas"), también nos habla de cómo compatibilizar la escritura con la maternidad y cómo afrontar el retraso en la consecución de los sueños de las mujeres tras ser madres, la búsqueda de una nueva identidad.


“Durante muchos años tuve un post-it en mi escritorio. ¡TRABAJO SÍ, AMOR NO!, decía. Me parecía la fórmula más segura de la felicidad”. (Pág. 15)

Así es la protagonista al principio de la novela. Una mujer centrada en su vida profesional, que ha publicado un primer libro con bastante éxito y que alterna sus clases de escritura en la facultad con trabajos de corrección de obras científicas. Se enamora y se casa, formando la típica pareja de clase media con inquietudes intelectuales, cenas con amigos, viajes y escapadas. Todo muy idílico al más puro estilo de comienzo de película de Woody Allen.


“Si existe el hogar es para meter a cierta gente dentro y dejar fuera a toda la demás. Un hogar tiene un perímetro”. (Pág. 25)

Y entonces, es madre. Y todo cambia. El relato se vuelve aún más fragmentado y a través de las anécdotas y de las citas la narradora intenta mostrarnos en qué se ha convertido su vida: en una sucesión de días, cada uno idéntico al anterior. Pero ella intenta salir adelante, buscar pequeños momentos de felicidad, pequeñas diferencias.

“Mi amor por la niña parecía condenado, irremisiblemente no correspondido. Debería haber canciones que hablasen de esto, pensaba yo, pero si las había, no las conocía”. (Pág. 31)

Y el tiempo pasa, tic, tac. El segundo libro que no llega a escribir. El cambio de pañales, el canto de nanas, la preparación de papillas. Tic, tac. La preocupación por la salud de la niña, el miedo a que la pase algo... todo a su alrededor es una amenaza. Y la llegada de la temida rutina, de los consejos bienintencionados que se reciben sin ser solicitados, del abandono de amistades, de las madres perfectas que además de ir a yoga, organizan rifas, obras de teatro y excursiones. 

“Juzga usted demasiado, me dice mi psiquiatra, y lloro durante todo el camino de vuelta a casa, mientras le doy vueltas a eso”. (Pág. 37)

La llegada de la soledad a pesar de estar acompañada de un marido bondadoso y de una hija pegada como una lapa. Jenny hace un repaso de todo aquello que nos ha pasado a todas las madres primerizas pero con algo que la hace diferente: con humor mezclado con resignación; con esperanza mezclada de realismo. Una montaña rusa de emociones en un mismo día o cómo pasar de ser la mujer más feliz del mundo mientras acunas a tu hijo en tus brazos a la más infeliz al recordar todo lo que estás dejando de hacer por acunar a ese hijo en tus brazos. Cansancio más miedo más felicidad. Tic, tac.

“Ahora bailamos con la niña todas la noches y damos vueltas y más vueltas por la cocina. Esta felicidad da vértigo”. (Pág. 39)

El marido encuentra un nuevo trabajo “vagamente desmoralizador”. Abandona su piano. Renuncia a tener jardín en casa. La rutina amenaza, como la plaga de chinches que la pareja sufre en su casa, con instalarse definitivamente. 

“<< Tú confórmate con mantenerla viva hasta que cumpla los dieciocho >>, me dice mi hermana”. (Página. 40)

Es un libro totalmente recomendable si acabas de ser madre, si te sientes sola en medio de esas emociones de las que a veces no hablamos por miedo a que se hagan realidad (de lo que no hablamos, no existe, o, como dice Offill citando a Einstein, ¿seguiría existiendo la luna si nadie la mirase?), a que se depositen en nosotros y no podamos quitárnosla de encima. Emociones ambivalentes de las que no hablamos por miedo a que nos juzguen como malas madres o, lo que es peor, a que nosotras mismas nos comparemos con las demás y sintamos que no estamos a la altura, que no llegamos a todo, que no somos perfectas.

“<< Prohibido comparar las expectativas que teníamos con los logros reales que hemos alcanzado >>.” (Pág. 45)

Jenny Offill pone el dedo en la llaga pero no para retorcerlo dentro de ella sino para sanarla por medio de la risa, de la ironía, del acompañamiento. Porque con Jenny Offill te sientes acompañada en tu soledad. Y no solo nos hace sentir menos solas sino que encima compara lo que nos pasa con la reflexiones de grandes como Rilke o Kafka o con anécdotas históricas que nos hacen sentir, incluso, afortunadas.

“Se cuenta la historia de un preso de Alcatraz que pasaba las noches de confinamiento solitario arrojando un botón al suelo y luego intentado encontrarlo en la oscuridad. Noche tras noche, conseguía pasar así el tiempo hasta aquí salía el sol. No tengo un botón. Pero por lo demás mis noches son iguales”. (Pág. 49)

El matrimonio consigue mantenerse en equilibrio, sobrevivir a esa monotonía gracias al respeto, al cuidado de los pequeños detalles, a la amabilidad, a la compañía tranquila y reconfortante... hasta que...

“¿Más alta?
¿Más delgada?
¿Más tranquila?
Más fácil, dice él”. (Pág. 98)

La traición. El marido engaña a la esposa con una chica del trabajo. A lo largo de la novela no hay nombres, sólo “el marido” “la hija” “el amigo filósofo” “la chica”. Hasta ese momento la voz narrativa ha sido la primera persona, pero cuando el marido la engaña hay un cambio en esta voz narrativa y pasa a ser “la esposa”, en tercera persona. La autora toma distancia. Ya no es “yo”. Es “la esposa”. Porque si hasta ese momento el esposo podía ser cualquiera; la hija podía ser un hijo, o cualquiera; ella era ella misma. Pero cuando es engañada cambia a la tercera persona como avisándonos ¡ojo! Tú podrías ser la esposa engañada. 

“La cuñada del filósofo encargó un colgante antiguo de los que se usaban para guardar el luto. Era un guardapelo de oro en cuyo interior había un espacio libre para una fotografía de la persona muerta. En la parte exterior se veía una rosa grabada a mano, pero dentro tenía una leyenda grabada: Prepárate para ser el siguiente. Dios santo, el siglo XIX. Esa gente no se andaba con rodeos”. (Pág. 150)

Decepción desesperanza, dolor. Todo se hunde a su alrededor. A ella antes le gustaba burlarse de la gente. Pero ahora...

“Pero ahora parece posible que la verdad acerca de envejecer sea que cada vez haya menos cosas de las que una pueda reírse, hasta que al final no quede nada en lo que una estuviera convencida de que nunca iba a convertirse”. (Pág. 112)
Es en este momento cuando “la esposa/autora” nos explica de dónde viene el título de este original libro. Antes (no especifica si antes de la infidelidad del marido o antes de ser padres o antes de casarse) se enviaban cartas entre ellos cuyo remite era siempre el mismo : Departamento de especulaciones pues en estas cartas hacían eso, especular, sobre un futuro, una situación, unos sentimientos.
Tras mucho dolor, muchas peleas con insultos y tirones de pelo incluidos, tras el abandono de todo y la huída al campo, tras aprender el nombre de pájaros y después de recoger día tras día a la hija del autobús escolar, la autora consigue lo que parecía imposible unas páginas antes: volver a la voz narrativa en primera persona.  

Dos notas curiosas a las que hace alusión la autora en el libro: imágenes obtenidas por resonancia magnética de cerebros de personas recién enamoradas han demostrado que, si se les enseñaba al foto de la persona amada, se activaba el mismo sistema de recompensa que se activa en el cerebro de los drogadictos. (Pág. 99)
Así mismo, imágenes obtenidas por resonancia magnética de cerebros de personas abandonadas por sus parejas han demostrado que se activan las mismas áreas que procesan las agresiones físicas. (Pág. 131)

En conclusión, es un libro que se aprecia más si lo lees en el momento preciso de leerlo. ¿Cuál es ese momento preciso? Cuando tienes la mente abierta para libros originales y diferentes que aun ateniéndose al clásico planteamiento-nudo-desenlace rompen con las formalidades narrativas para explorar nuevas técnicas. En un primer momento puede resultar desconcertante, absurdo con esos saltos de un tema a otro, demasiado experimental. Pero si investigas un poco sobre él merece la pena darle una oportunidad. 

Un apunte sobre la autora. Jenny Offill.


Jeeny Offill nace en 1968 en Massachusetts (Estados Unidos). Hija única de dos profesores de Lengua Inglesa de la enseñanza privada vivió en diversos estados del país (Massachusetts, California, Indiana, Carolina del Norte...) acudiendo a diversos colegios con hijos de familias mucho más acomodadas que la suya. 

Estudió en la Universidad de Carolina del Norte y en 1999 publica su primera novela Last Things (aún no traducida al castellano) por la que recibe excelentes críticas en el New York Times y con la que queda finalista del Premio del Los Angeles Times. 

En el 2003 nace su hija, Theodora. Si bien, ella niega que esta novela sea autobiográfica, si reconoce que tiene aspectos que confluyen con su vida real, como esa presión por publicar su segundo libro, más acuciante tras ser madre, que la llevó a publicar libros infantiles y a escribir poesía antes de enfrentarse finalmente con el reto de "Departamento de especulaciones".

Da clases de escritura en el programa del Máster en Bellas Artes de las Universidades de Columbia y Queens así como en el Brooklyn College. Como consecuencia de su empeño en que sus alumnos experimentasen estilos narrativos nuevos, posmodernistas decide que su segunda novela sea también rompedora, diferente y arriesgada a fin de hacer caso a sus propios consejos. Y no le ha ido mal. Aparte de haber sido traducida a diferentes idiomas, el New York Times la incluyó entre los diez mejores libros del 2014.

Puedes saber más sobre ella y sus obras en su web http://jennyoffill.com/

viernes, 16 de diciembre de 2016

La edad de la inocencia - Edith Wharton



Título original: The Age of Innocence.
Edición: Tusquets Editores. 1988 (2ª ed.)
Páginas: 301  
ISBN: 84-7223-213-1    
Precio: sacado en préstamo de la biblioteca pública municipal .
Calificación: 8/10

Lo que más me ha gustado: Edith Wharton perfila de forma magnífica sus personajes, los cuales se van deslizando con gran coherencia y de forma compacta. Les hace hablar, moverse, agitar un abanico, enfurruñarse y contenerse con gran credibilidad. 

Lo que menos me ha gustado: la previsibilidad en la resolución del conflicto, arma de doble filo, pues es coherente con la crítica que Wharton hace a la alta sociedad neoyorquina pero a la vez quita tensión argumental a la historia.

"— Las mujeres deberían ser libres... tan libres como nosotros— declaró, descubriendo algo cuyas terribles consecuencias estaba demasiado irritado para medir." (Newland Archer. Pág. 42).

Este libro ha sido relegado a los últimos puestos de mi lista de “libros a leer” a lo largo los años. ¿La culpable? La maravillosa adaptación cinematográfica llevada a cabo en 1994 por Martin Scorsese y con un elenco inolvidable (Daniel Day –Lewis como el soñador Newland Archer; Wynona Ryder como la tradicional May Welland y Michelle Pfeiffer como la “peligrosa” condesa Olenksa), hasta el punto de que, aunque en el libro la condesa Olenska es morena, no podía evitar durante su lectura sobreponer la rubia melena de Michelle Pffeiffer sobre los rizos negros de la condesa Olenska. 

La novela plantea una pregunta que casi un siglo más tarde sigue suscitando respuestas de todo tipo: “¿Hasta qué punto los condicionantes sociales pueden marcar el destino de una persona?”. Edith Wharton nos coloca un eje de tres personajes muy bien definidos y diferenciados: el prometedor abogado perteneciente a una de las grandes familias de Nueva York Newland Archer, prometido con la dulce y conservadora May Welland, a su vez prima de la condesa Olenska, recién llegada de Europa tras separarse de un oscuro e infiel noble polaco. Newland Archer se presenta en un primer momento como un hombre consciente de haber tenido una moral dudosa (“como corresponde a cualquier hombre de su tiempo”) pero crítico con la alta sociedad que le rodea, con su hipocresía y cinismo y por ello decidido a actuar noblemente con su futura mujer. Hasta que su enamoramiento de la condesa Olenska hace tambalearse los cimientos de sus principios morales y sociales.

¿Qué podían uno y otra saber de su pareja, si su deber de hombre «decente» le obligaba a ocultarle su pasado, y el de ella, como muchacha casadera, consistía en no tener un pasado que ocultar?” (Se pregunta Archer en la pág. 44)

Newland Archer se promete a si mismo no convertirse en un engranaje más del mecanismo social y de sus convenciones que tan bien conoce. Él aspira a ser diferente, marcar el ritmo de su propia vida, no quedarse anquilosado en un entramado social rígido y decadente al que prevé pocos años de existencia. Sin embargo, cuando parece que va a poder huir de parecerse a ese suegro que tanto le aburre, a ese Lawrence Lefferts adúltero e hipócrita que desprecia a su esposa y juzga a los demás duramente, a ese Beaufort que que regala a su mujer joyas de valor directamente proporcional a la infidelidad y oprobio causado, pasará algo que le arrastrará convertirse en todo aquello que tanto odia y tanto ha criticado.

Edith Wharton únicamente deja hablar y que conozcamos los pensamientos y el discurrir de Newland pero con la suficiente habilidad narrativa como para que podamos discernir y entender al resto de los personajes.
Nos puede resultar curioso que a lo largo del libro, que transcurre en el último cuarto del siglo XIX, Europa represente la amenaza para los valores morales de la clasista y puritana sociedad neoyorquina cuando tradicionalmente siempre se ha considerado que ésta es más avanzada cultural y socialmente. Y es que Wharton sitúa la acción en los últimos coletazos de esa sociedad conservadora, que despliega toda su parafernalia en un intento desesperado de perpetuarse y que por ello es aún más dura y exigente si cabe con el cumplimiento de las normas sociales si uno deseaba pertenecer a esa clase respetable y honorable. A esa sociedad decadente, ya a punto de extinguirse, pertenecen los tres protagonistas, que se convierten en víctimas de esas convenciones sociales y cuyos anhelos vitales son fagocitados por la hipocresía en aras de un interés superior, el bien común.

" -Llámalo como quieras; ves las cosas como son.
-Ah, he tenido que hacerlo. Tuve que mirar al diablo a los ojos.
-Pues bien... ¡no te ha cegado! Has visto que es un viejo truhán como todos los demás.
-No te ciega, pero te seca las lágrimas".
(Diálogo entre Archer y la condesa. Pág. 24)

La gran víctima es Newland Archer porque es consciente del gran sacrificio que tiene que realizar, pero también su propia esposa (quien, en su ignorancia, cree alzarse con el triunfo de retenerle a su lado a sabiendas de que él ya no la ama) y la condesa Olenska, quien huirá a Francia a fin de facilitarles la vida a todos.

¿Es que aquí nadie quiere saber la verdad? ¡La verdadera soledad consiste en vivir entre toda esa gente encantadora que sólo te pide que finjas!" (Condesa Olenska. Pág. 71) 
Es un libro sobre la infelicidad y cómo ésta a veces se instala en la vida de las personas sin que puedan hacer nada por evitarlo. Es un libro de perdedores. No hay héroes ni heroínas. Nadie se rebela ni lucha hasta el estertor. Finalmente el deseo de ser aceptado, de encontrar un lugar en la sociedad, vence cualquier ansia de libertad, de auto realización personal. Wharton ahonda con maestría en la jaula de las convenciones sociales en un grupo social en el que todos son observadores y observados, espías y espiados.

"(...) el pez de la cueva de Kentucky, que había dejado de desarrollar ojos porque no los necesitaba para nada. ¿¿Y si, cuando pidiera a May que abriera los suyos, se encontraba con que sólo eran capaces de mirar huecos al vacío?" (Pág. 75)
Paralelamente a la trama principal formada por este trío amoroso, Wharton despliega tramas secundarias que nos sirven de indicadores del desenlace final como la caída de los Beaufort. Mr. Beaufort, banquero de costumbres disipadas, lengua amarga y antecedentes misteriosos, contrajo matrimonio con la hermosa Regina Dallas, perteneciente a una de las familias más apreciadas de América, lo que le permitió entrar de lleno en la sociedad neoyorquina y que se le pasase por alto sus costumbres disipadas... pues como Wharton dice tan agudamente en boca de Mrs. Archer (madre de Newland) : “todos tenemos nuestros personajillos mimados” y “los hijos de la locura se justifican tan a menudo como los de la sabiduría” (Pág. 24). Dicha caída es observada por el protagonista como un claro aviso de lo que le puede suceder si decide incumplir con las normas, no ya legales, sino las éticas y morales (aún más restrictivas y constreñidoras) y volar hacia su propio destino.

"Y mientras tanto”, pensó, “supongo que en algún lugar viviría gente real, y que les ocurrirían cosas reales...” (pág. 158. Piensa Archer mientras espera a May en el altar de boda).
La edad de la inocencia es la historia típica del pájaro cuyas alas son cortadas y ya no puede volver a volar. Nunca más.

El final del libro, presentándonos al hijo mayor, es el cierre perfecto,  pues en esa figura en forma de boceto,  pero trascendental,  Wharton nos dice dos cosas: la primera, que esa sociedad neoyorquina, que aparece al comienzo de la novela, ya ha desaparecido; y la segunda, que en esa sociedad los secretos no existían y había una especie de conspiración silenciosa por la cual las fuerzas se situaban del lado de la parte mas representativa de la tradición, en su caso, May. Se da cuenta de que todos habían dado por descontado que la condesa y él fueron amantes << en el sentido extremo propio de los vocabularios “extranjeros”  >> (algo que en el libro no aparece como tal pues su relación no fue más allá de un par de besos clandestinos) y que May supo jugar sus cartas con la connivencia de todos. Fue una generación que su propio hijo Dallas define de esta manera: 
—No. Me olvidaba. Jamás os pedíais nada el uno al otro, ¿verdad? Y nunca os contábais nada. Os sentábais, os mirábais y adivinábais lo que pasaba por dentro. ¡Un asilo de sordomudos, en definitiva!” (Pág. 297)
En definitiva, un libro absolutamente recomendable, en el que nos encontraremos personajes de todo tipo, algunos más simpáticos que otros (lo reconozco, mi debilidad es la condesa Olenska) pero imprescindible para obtener un fresco de la alta sociedad neoyorquina de finales del s.XIX no muy diferente en muchos aspectos a lo que nos podemos encontrar hoy en día en cualquier sociedad y en cualquier estatus. El hombre, animal social por naturaleza, siempre ha tenido y siempre tendrá, sus propias ataduras convencionales. 

Un apunte sobre la autora, Edith Wharton.



Nacida en Nueva York, el 24 de enero de 1862, fallece en Francia a los 75 años el 11 de agosto de 1937. De origen aristocrático conocía bien el ambiente de la alta sociedad neoyorquina a la que pudo criticar con tanta ironía y cinismo desde dentro. Su vida amorosa fue tan azarosa y más que la de los personajes de sus novelas. Heredera temprana de una enorme herencia familiar a la que fue sumando los ingentes ingresos por sus obras disfrutó de una vida acomodada plagada de viajes, cruceros, salones parisinos, palacios italianos... A los veintitrés años contrajo matrimonio con Edward Robbins Wharton, Teddy, doce años mayor que ella, compensando esa diferencia de edad con la pasión de ambos por los animales, la vida campestre y los viajes. El matrimonio atraviesa una fuerte crisis al descubrir Edith que él no sólo había dispuesto de parte del patrimonio de ella sin su conocimiento sino que con él había mantenido también a numerosas amantes. En 1913 se divorcian y ella continúa el idilio que había comenzado aún casada con William Morton Fullerton, periodista del The Times. Tras finalizar este idilio continua con una larga lista de amores, mujeres incluidas, como la cantante de ópera Camilla Chabbert, alias Ixo, o la poetisa y guionista Mercedes de Acosta, sin que, sin embargo, vuelva a contraer nunca segundas nupcias. 

Su amor por los libros no le viene de familia pues ella misma reconoció que sus padres no eran unos grandes amantes de los mismos. Sin embargo, como buenos aristócratas, disponían de una amplia y selecta biblioteca. “Siempre que evoco mi infancia –recuerda Wharton– es en la biblioteca de mi padre donde revive”. Desde finales del s.XIX comienza a producir novelas, libros de viajes, cuentos de fantasmas (bastante logrados), poemas... y es en 1905 cuando publica la que se considera su primera gran novela: La casa de la alegría.

En 1907 se establece definitivamente en Francia. En 1911 publica Ethan Frame, novela corta que por su sencillez y su ambientación rural alcanza una universalidad que no tienen sus novelas de sociedad. 
Mujer adelantada a su tiempo, durante la Primera Guerra Mundial consiguió, gracias a sus contactos con el gobierno francés, permisos para viajar en motocicleta por las líneas del frente francés, publicando una serie de artículos que se recopiló como Fighting France: From Dunkerque to Belfort.

También colaboró con la Cruz Roja. Amiga íntima y confidente de Henry James (de quien fue discípula, hasta el punto de que se la considera su heredera literaria), Hemingway, Scott Fitzgerald, Cousteau y Theodore Roosevelt, abrió también camino a las mujeres al ser la primera mujer nombrada Doctora Honoris Causa por la Universidad de Yale (1923) y la primera galardonada con la medalla de oro del Instituto Nacional de las Artes y la Letras de Estados Unidos (1924). 

Mujer versátil, fue también muy respetada como paisajista y asesora de estilo, así como reconocida filántropa.  




lunes, 12 de diciembre de 2016

Mi blog... un año después.


"La persistencia de la memoria"
Dalí (1931)

No ha sido premeditado. Ni siquiera tenía en mente parar mis publicaciones en el blog cuando se pararon y tampoco reanudarlo como lo estoy reanudando ahora, un año después. ¿El principal motivo de este paréntesis? Podría exponer una relación detallada de explicaciones y justificaciones, a cada cual más etérea y ninguna lo suficientemente grave como para servir por sí misma. ¿Falta de tiempo? Soy de las que opinan que cuando algo interesa de verdad siempre hay tiempo, siempre... ¿Desmotivación? He seguido escribiendo, pero para mi misma, reanudando mi diario, anotando ideas y cosas y reseñas y bocetos aquí y allá... Es más, asistí durante este parón a un curso de escritura creativa que aún a día de hoy no tengo claro si me ayudó a crecer o me encogió. ¿Entonces que pasó? La única explicación posible, que me disgusta confesar, pero que es la única cierta, es mi inconstancia. 

Pero aquí estoy de vuelta. Vuelvo a casa por Navidad, como el archiconocido anuncio de turrón. Incluso me planteé abrir un blog nuevo, cambiar el nombre de éste, mudarme a otra plataforma, pero ésta es mi casa. Abro las ventanas, entra la fría luz de diciembre en un día como hoy inundado por la niebla, aparto con la escoba las telarañas y abro mi cuaderno por la página de proyectos para mi blog: reseñas de libros, nuevos relatos, reflexiones. Creo que en esta nueva etapa este blog va a ser más hetereogéneo, una miscelánea de mi misma, espero que menos aburrido y que por ello sea más constante esta vez. Quizás, ojalá, ya lo iremos viendo...

La primera entrada que tengo programada pertenece a una iniciativa que está teniendo un gran éxito en twitter y que se denomina #AdoptaUnaAutora. Aquí puedes echar un vistazo a las bases por si te animas a apuntarte ;-) Como su nombre indica, consiste en escoger una autora y darla a conocer por las redes sociales y blogs a través de reseñas, citas y biografías. Me siento muy ilusionada por este proyecto, no sólo porque estoy esperando ansiosamente leer lo que se publique sobre algunas de mis escritoras favoritas (Margaret Atwood, Alice Munro, Svetlana Aleksiévich, Clarice Lispector...) sino porque, y esto es aún más importante para mi, me ha servido como "excusa" para profundizar en mi escritora adoptada (Natalia Ginzburg) y retomar este blog.

Así que si queréis saber un poco más sobre quién es Natalia Ginzburg, nos seguimos leyendo. Si queréis saber un poco más sobre mi, también nos seguimos leyendo. Si no os interesa ni una cosa ni la otra, nos encontraremos entonces en otras vidas. Quizás, ojalá, ya lo iremos viendo...





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