miércoles, 22 de noviembre de 2017

Tránsito - Rachel Cusk


Título original: Transit
Edición: Libros del Asteroide. (1ª edición, 2017)
Traducción: Marta Alcaraz
Páginas: 221
ISBN: 978-84-17007-22-5
Precio: 18,95 €
Calificación: 9/10.

Lo que más me ha gustado: su intimismo tanto en su forma narrativa como en el fondo de los temas. Rachel Cusk nos coloca frente a un espejo para que nos observemos con un espíritu crítico. Los temas filosóficos principales de la vida los coloca sobre la mesa y los hace accesibles para nosotros. Al fin y al cabo todos tenemos parecidas inquietudes y esperanzas: nos enamoramos, nos desenamoramos; abandonamos y nos abandonan; perdonamos y guardamos rencor; somos contundentes al hablar y al minuto siguiente nos contradecimos. Humanos, unos nos caen fenomenal, otros fatal, que Rachel Cusk sabe retratar con una gran empatía mezclada con emociones propias profundizando en lo que se está convirtiendo en su marca personal: ser capaz de hablar sobre la nada.

Lo que menos me ha gustado: bueno, esto es más un aviso para quien se acerque por primera vez a Rachel Cusk. Al igual que en «A contraluz» no hay argumento. Como si de una obra de teatro de situaciones se tratase (¿qué es la vida sino un escenario?) la protagonista nos detalla con profusión pero en un estilo fresco las conversaciones y encuentros que le suceden mientras repara su casa. Esa forma de narrar tan original se vuelve adictiva así que si he de señalar lo que menos me ha gustado será que me he quedado con ganas de saber más. Pero así es la vida... una serie de encuentros, muchas veces accidentales, con historias de las que solo conocemos un fragmento y se interrumpe la posibilidad de poder saber algo más.
«Tal vez nuestras heridas, añadió, sean el único lugar en el que puede arraigar el futuro». (Pág. 34)
Tradicionalmente se ha considerado que el título de una obra es su mejor carta de presentación, su traje de gala, uno de los factores determinantes para calibrar el potencial éxito o el mérito de un libro, y si hay una autora que es capaz de condensar la esencia de sus libros en sus títulos, esa es Rachel Cusk (Canadá, 1967). Si en «A Contraluz» (una de mis mejores lecturas de este año; podéis leer su reseña aquí) viajábamos con su protagonista, Faye, a Grecia, cuna de la civilización occidental europea, decadente, que vive del recuerdo de su antiguo esplendor, su cultura floreciente, su esperanza en el progreso del ser humano politikon, igual que la vida de Faye quien una vez fue feliz, esplendorosa, floreciente y esperanzadora pero que ahora transita entre las ruinas de un divorcio con dos hijos menores a cargo, en Tránsito la acompañamos en su regreso a su ciudad de origen, Londres y en su intento por reiniciar su vida. De nuevo nada es casual y el simbolismo va mucho más allá de frases largas y elegantes o ideas complejas y profundas. 
«(...) sea lo que sea lo que queramos pensar de nosotros mismos, no somos sino el resultado del trato que hemos recibido por parte de los demás». (Pág. 14)
Pero Faye se propone a tomar ella sus propias decisiones, a tener el poder, cuando se da cuenta de que son los demás quienes siempre lo han tenido. Para ello decide, en contra del criterio del agente inmobiliario, comprar una casa ruinosa en Londres y, a fin de rehacer su vida decide, en contra del criterio de los mezquinos vecinos del piso inferior, reformar su casa. Una reforma de la casa, símbolo de las transformaciones que se están produciendo en su propia vida, es el punto de partida para que Faye nos reproduzca las conversaciones que mantiene con múltiples personajes, a cada cual más interesante, con los que se encuentra en esa etapa. De fondo, los golpes de escoba en el techo de toda la vida, de ese matrimonio septuagenario, sus gritos, sus insultos de «puta zorra», símbolo de esos padres agazapados en el alma de la casa, un subconsciente siniestro e indeseable. Rachel ha aprendido a andar de puntillas para no molestarles, como ha hecho toda su vida; sin embargo, sus hijos, no. Ellos están acostumbrados a otro tipo de vida; no se han visto obligados a hacerlo.
«—Yo ni me he mudado de casa —dijo—. Es curioso, tú has ido cambiando de todo, y yo de nada, y, sin embargo, hemos acabado los dos en el mismo sitio.» (Pág. 19)
Esos cambios que no llevan a ninguna parte y que no son sino vueltas en círculo pero que esconden un cambio interior, casi invisible y muy imperceptible. El jardín de su nueva casa es difícil de transformar, le avisa el contratista. «Es como pedir peras al olmo». Las losas de cemento se han quebrado por la presión de las raíces de los arboles, como si ese pasado enraizado en la vida de Faye la impidiese edificar algo nuevo, plano y sólido sobre él. El pasado pesa. El pasado empuja y asfixia y Faye se deja ver en este libro con algo más de relleno. Esa sombra A Contraluz comienza a ser más nítida y más densa. Nuestros ojos se han acostumbrado a esa penumbra y podemos discernir el color de su pelo, los rasgos de su cara, su cuerpo nervioso y activo deseoso de pasar a la acción. Faye sigue escuchando atentamente a cuantos le rodean y a través de un estilo indirecto libre nos reproduce sus historias. Cada personaje es más fascinante que el anterior hasta el punto de que individualmente podrían protagonizar cada uno de ellos un libro, tal es la exactitud con la que nos son presentados, ¡y eso que ellos apenas hablan directamente! 
«Pero había una indiferencia, un hastío, casi, que también entrañaba peligro y que nacía de darse demasiada cuenta de los sueños y las visiones ajenas». (Pág. 51)
Las conversaciones van girando en torno a temas tan interesantes como la responsabilidad propia: un agente inmobiliario responsable de buscar el lugar donde sus clientes desarrollarán una nueva vida; un peluquero que ayuda a ese cambio visible aplicando mechas, cortando mechones; un contratista que ha de lidiar con los molestos vecinos y con las vigas podridas adecentando un hogar. Las relaciones padres-hijos y la retroalimentación de expectativas y decepciones: como el ex de Faye, Gerard, responsable de la educación musical de su hija cuando él, paradójicamente, rechazó el amor por la música que intentaron inculcarle sus propios padres; el primo de Faye, Lawrence y su nueva mujer, Eloise, ambos aportan hijos a la pareja y no coinciden en la forma de educarlos. La sensación siempre incómoda de abandono que invade a su amiga Amanda, una eterna adolescente emocional que representa aquello a lo que más miedo tiene la gente: «a que no la quieran». La soledad, el deseo de ser amados, el compromiso, los remordimientos, la verdad y la mentira... 
«El punto de vista, dijo, es como lo de esas parejas que cortan el sofá en dos cuando se divorcian: ya no hay sofá, pero al menos ha habido justicia». (Pág. 87)
Rachel demuestra un estilo inteligente colocando pistas a lo largo del relato que nos muestran esa Faye cada vez más fascinante al mismo tiempo que juega a la rayuela dando saltos de un tema a otro y regresando de nuevo a él páginas más adelante: de Julián y un padrastro que no le pegaba porque si meza no podría parar a Jane que si empezaba a comer tampoco podría parar; de Jane vestida en tonos azules y verdes sentada sobre la sábanas blancas que cubren el sofá de Faye a Faye sentada sobre la sábana blanca que cubre el asiento del coche del jefe de obra; de Faye y su contratista a Amanda que tiene una relación con otro contratista...
«El destino, dijo, no es más que la verdad en su estado natural». (Pág. 218)
Todo está relacionado y Rachel tiene una asombrosa capacidad para, incluso estando de tránsito, anclarse al momento y a las personas que tiene enfrente. En un momento de la novela Faye, quien también es escritora, dice que cada lector que llega a un libro debe ser tratado «como un desconocido al que había que convencer para que se quedara». Sin duda, a mi me ha convencido gracias a «Un Tránsito a Contraluz» cada vez más nítido. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

La extraña desaparición de Esme Lennox - Maggie O´Farrell



Título original: The Vanishing Act of Esme Lennox
Edición: Salamandra. (4ª edición, 2017)
Traducción: Sonia Tapia Sánchez
Páginas: 217
ISBN: 978-84-9838-220-4
Precio: 16,00 €
Calificación: 9/10.

Lo que más me ha gustado: ¡Aviso! Este libro es altamente adictivo. Si lo abren será demasiado tarde y no podrán dejarlo, y cuando lleguen a ese final tan espectacular querrán poder seguir leyendo más y más. Con él se emocionarán, se enfadarán, patalearán, se indignarán, reirán, llorarán... Habrá momentos en los que la narración se muestre confusa pues una de las voces es la de Kitty, enferma de Alzheimer, con un discurso confuso, saltos de un tema a otro, pero con paciencia todo encaja. De esta manera Maggie tira de su amplio rango de recursos narrativos para contar una historia con reminiscencias victorianas en un estilo moderno, ágil y actual.

Lo que menos me ha gustado: La historia de Iris, la nieta, parece en ocasiones más una historia de relleno que otra cosa. Sin embargo, cuando terminas de leer el libro te das cuenta de que sus idas y venidas amorosas así como su carácter decidido son idóneos para crear un contraste entre la época de su abuela y la actual, de tal manera que "aparentemente" las mujeres sí somos hoy más libres y se supera el manido adagio de que cualquier tiempo pasado fue mejor. 
«Vean, damas y caballeros. Es de importancia crucial mantenerse totalmente inmóvil. Incluso respirar puede recordarles que estás ahí, de manera que hay que hacer sólo una respiración muy corta, muy superficial, lo justo para seguir viva. Nada más.» (Pág. 90)
Maggie O´Farrell
Maggie O´Farrell (Irlanda del Norte, 1972) llegó a mi lista de "pendientes" gracias a "Tiene que ser aquí" (Asteroide, 2017), cuya lectura he pospuesto al reeditar Salamandra esta novela anterior, publicada en 2007 y elegida Mejor Libro del Año por el Washington Post. Con un estilo brillante que la ha catapultado a ser considerada como una de las grandes voces contemporáneas, Maggie va depositando, página tras página, piezas dentadas de una historia llena de misterios e interrogantes para que vayamos recogiéndolas y así componer el puzzle de la misma. Sobre un hilo tejido en el presente tres mujeres van narrando, con tres voces diferenciadas, una trama con saltos en el tiempo, discursos inconexos y elipsis que van encajando unas con otras de forma impecable y que tienen como pegamento dos leitmotivs fundamentales: la traición y la represión. Érase una vez una chica a la que le tocó vivir en una época en la que ser una misma y disfrutar del don de la felicidad estaba mancillado con un nombre: HISTERIA. Las anteriores brujas eran condenadas a la hoguera pero se encontró una solución más "elegante": a las histéricas se les encerraba en un manicomio. ¿Qué es eso de no llevar guantes? ¿Qué es eso de no querer casarse y decir que prefieres estudiar? ¿Qué es eso de no mostrarte dulce, sumisa y obediente? La madre corta las alas, el padre tranca la cerradura, la hermana tira la llave. Tradición, deslealtad, Alzheimer y crítica social. Maggie O´Farrell combina todos estos elementos para crear una obra literaria magistral.
«Cuando te sedan hay un instante, antes de que te devore del todo la inconsciencia, en que el entorno real deja una impresión sobre ese nebuloso delirio en que te hundes. Durante un breve momento habitas dos mundos, flotando entre ellos.» (Pág. 198)
Todo comienza en un salón de baile. Dos mujeres. Dos hermanas. Una sentada. Otra de pie. La que está sentada se llama Kitty y observa, espalda erguida, guantes impolutos, su carnet de baile; lo abre y lo cierra; se pregunta si ese día, por fin, conocerá al hombre con el que irá a casarse, o sí, quizá, por fin, ese atractivo rubio que la hacer sonrojar, se acercará a ella y surrurará su nombre al oído. La que está de pie se llama Esme. Se apoya primero en un pie, después en otro. Se aburre. Ha perdido sus guantes. Está deseando regresar a casa, a sus libros. Perder de vista a ese rubio que a todo el mundo parece atractivo menos a ella. Librarse de ese vestido que la aprieta y, sobre todo, perder de vista a toda esa gente que baila y gira y da vueltas, sin disfrutar de los movimientos, cosa que no entiende porque ella es feliz moviéndose, mientras que esas personas lo hacen con un solo objetivo: llamar la atención de los hombres, ellas y escoger a la más apropiada de las mujeres, ellos. 
«Indefectiblemente, son las tareas sin sentido las que perduran: lavar, cocinar, ordenar, limpiar. Nunca nada majestuoso o significativo, sólo los rituales insignificantes que forman la urdimbre de la vida humana.» (Pág. 14)
O no. Quizás todo comienza en la India unos años antes. Cuando Kitty y Esme eran dos niñas felices, dos hermanas tan diferentes entre sí como dos personas pueden serlo pero que se querían, se apoyaban y se cuidaban mutuamente. Los abrazos de Kitty consolaban a Esme de la indiferencia de una fría madre más preocupada por las apariencias que por dar calor a sus hijas. Ya bastante calor hacía en la India. Kitty era la niña perfecta, todo aquello que su madre quería que fuese su hija: educada, tranquila, sumisa, obediente, dócil, dulce. Pero Esme, ¡ay, Esme!, ¡cuántos problemas das a tu pobre madre! Te escapas durante tus lecciones para ir a jugar con tu hermano pequeño Hugo y su olor a leche; te desatas los lazos del pelo; manchas tus vestidos; no usas los cubiertos correctamente; te repantingas en los sofás a leer tus libros y no sientes interés por nada de lo que le gusta a tu hermana. Aun así tuviste una infancia muy feliz, Esme, tremendamente feliz, afortunada Esme, hasta que sucedió aquello... Y toda la familia os mudasteis a Edimburgo, donde seguiste intentando ser feliz, hasta que sucedió aquello otro...
«—¿Sabes lo que pone aquí? Que antes cualquiera podía meter a su hija o a su mujer en un manicomio sólo con la firma de un médico de cabecera.
—Iris...
—Imagínate. Podías librarte de tu esposa si te hartabas de ella. O de tu hija si no te obedecía.
» (Pag. 67)
Edimburgo 
O no. Quizás todo empieza hoy. En una tienda vintage. Cuando Iris, su propietaria, recibe una llamada por la que descubre que una tal Esme es hermana de su abuela Kitty. La tal Esme, cuya existencia desconocía, de la que su abuela Kitty nunca había hablado, debe abandonar el manicomio donde está ingresada porque van a cerrarlo, así que Iris debe hacerse cargo de ella. Iris piensa en cómo va a hacer eso. ¡Bastante tiene con lo suyo! Está enamorada en secreto de su hermanastro Alex, un amor imposible porque él está casado. Va enlazando una relación con otra y su último amante está casado también, así no podrá amenazar el deseo de ella de no comprometerse. Pero ahora llega la tal Esme a su vida... ¿Qué hacer con ella?
«... y cuando los descubrí, cuando me los encontré sentados así juntos, los dos en el piano, y él mirándola como si estuviera viendo algo insólito y precioso y deseable, quise dar una patada, quise gritar: ¿Sabes cómo la llaman? La llaman el Bicho Raro.» (Pág. 148)
O no. Quizás todo empieza en una residencia de ancianos. Donde Kitty, enferma de Alzheimer, recibe una visita inesperada. Tiene pequeños momentos de lucidez en los que recuerda su infancia en la India, eso tan trágico que sucedió, la nueva vida en Edimburgo, el joven rubio tan atractivo que llegó a sus vidas, las ganas de casarse, el sueño cumplido, las ganas de ser madre... el sueño cumplido... ¿cumplido? 
«En la vida se pueden dar extrañas confluencias. Esme no dirá coincidencia, porque odia esa palabra, pero a veces piensa que hay algo en acción, un impulso, una colisión de fuerzas, un capricho de la cronología.» (Pág. 150)
Normas, normas y más normas. Unas se someten, como Kitty. Otras se rebelan, como Esme. A las que se someten les toca la injusticia del destino no elegido y de cargar con unas falsas esperanzas que se convierten en dulces amargos y sacan lo peor de ellas. A las que no se someten les toca la injusticia más brutal de tener que pagar con su vida por pecados que no son suyos; las víctimas son las culpables; y esa culpabilidad inoculada también saca lo peor de ellas. Los secretos familiares que crecen abonados por las convenciones sociales y regados por la incomunicación siembran esta excepcional novela donde te queda la sensación de aplaudir y, a la vez, consolar a Esme. Quién le mandaría a ella ser así... Esme, quién te mandaría... Pobre Esme... 

martes, 7 de noviembre de 2017

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? - Jeanette Winterson


Título original: Why Be Happy When You Could Be Normal?
Edición: Lumen (4ª edición, 2016)
Traducción: Álvaro Abella Villar
Páginas: 245
ISBN: 978-84-264-1965-1
Precio: 20,90 €
Calificación: Por supuesto, 10/10.

Lo que más me ha gustado: A Jeanette ya la conocía por su barroca y mágica obra «Espejismos» donde a modo de fábula trata temas como el ecologismo, la maternidad, la identidad, la pertenencia y el feminismo. Sin embargo, me ha sorprendido en esta obra porque logra, siguiendo su estilo rico en referencias a leyendas y arquetipos, aferrándose a unos gramos de desesperación, a otros de emoción y a otros de brutalidad, anclarse a la historia de su vida y contárnosla sin perder un ápice de su talento narrativo, con humildad pero abrazándose, con caídas y subidas, con dudas y miradas de refilón a la locura y a la depresión, pero con esperanza, proclamando un consejo, como dice el título de uno de los capítulos: «vale la pena nacer».

Lo que menos me ha gustado:  Discúlpenme. Quizá dentro de un tiempo, cuando vea el libro con perspectiva, pueda encontrar algo que no me haya gustado de él. Hoy por hoy, no lo encuentro.
Cuando estoy con ella soy feliz. Feliz, sin más.
Asintió. Parecía que comprendía y pensé, de verdad, por un instante, que iba a cambiar de opinión, que hablaríamos, que estaríamos al mismo lado del muro de cristal. Esperé. Al final me soltó:
—¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?
» (Pág. 126)
Preguntas. Preguntas que nos marcan y determinan nuestro camino. Preguntas que nos pinchan como alfileres, como muescas de piedras si caminamos descalzos por un camino rural, como virutas de paja de la hierba seca. Preguntas como la que le hizo a Jeanette Winterson su madre al enterarse de que estaba enamorada de una mujer y que da título a este libro. Preguntas que desenroscamos y desdoblamos pues en este libro Jeanette no intenta contestarse a sí misma sobre el por qué de su lesbianismo sino sobre por qué siempre ha tenido ese empeño por ser feliz. Su faro, la felicidad. Puede parecer, tras leer el título, que nos encontramos ante un libro de autoayuda, y lo es, pero no en el sentido adoctrinador y sentencioso de filosofía barata y superficial que suele impregnar ese tipo de libros sino por el mensaje motivador que Jeanette nos manda a través de sus páginas. 
« No puedes deshacerte de lo que es tuyo. Aunque lo arrojes lejos, siempre está el regreso, el ajuste de cuentas, la venganza, quizá la reconciliación.Siempre está el regreso. Y la herida te llevará hasta allí. Es un rastro de sangre. » (Pág. 237)
Raíces. ¿Cuál es la raíz del injerto? ¿La del árbol en la que nació o la de aquel en el que ha sido injertado? Jeanette fue adoptada con seis semanas. Su madre biológica le dio el pecho durante ese escaso tiempo; el pecho, lo único que le podía dar. Pero no podía quedarse con ella y así fue como Jeanette llegó a la casa de un matrimonio sin hijos, John William Winterson y la señora Winterson (así la llama a lo largo de todo el relato), de fuertes convicciones religiosas, en el que la madre autoritaria al más puro estilo Dickens, no escatimaba en castigos como dejarla dormir a la intemperie o encerrarla en un cobertizo. Cuanto más la castigaban más desarrollaba Jeanette su imaginación. Para huir del frío de la fría noche encendía la linterna de los sueños y se contaba cuentos a sí misma. Para poder acceder al peligroso mundo, según su madre, de los libros, recurrió a la biblioteca del barrio y comenzó a leer cuanto autor residía allí, empezando por la A, terminando por la Z. Para poder aplacar el sufrimiento de la soledad, de la sensación punzante de abandono, sustituyó esos abrazos carnosos que nunca recibió en su infancia por el abrazo de la poesía. Para poder sobrevivir a la hoguera que su madre hizo con su alijo de libros oculto bajo el colchón tomó una firme decisión: «A la mierda. Puedo escribir yo».
«Creo en la ficción y en el poder de las historias porque así hablamos a través de lenguas que no son nuestras. (...) Recuperamos el lenguaje a través del lenguaje de otros. Podemos recurrir al poema. podemos abrir el libro. Alguien ha estado allí por nosotros y buceó en las palabras.» (Pág. 17)
Libros y escritura. Refugios. No se si este libro les servirá de ayuda. Eso, como todo, es cuestión de gustos, de necesidades, de inquietudes y, sobre todo, de momentos. Pero lo que sí tengo claro es que ha ayudado a la propia Jeanette quien va deslizando metáforas, comparaciones, imágenes, adjetivos y cambios de ritmo a lo largo de las páginas como si estuviese decidida a encontrarse a sí misma y a responder a su propia pregunta: «mamá, ¿por qué preferías ser normal a ser feliz?, ¿por qué para ti la felicidad era sinónimo de pecado? ¿por qué si me adoptaste porque querías tener una amiga, me trataste como si fuese tu enemiga?» Intenta entender a su madre, empatizar con el anulado padre, mimetizarse en una madre biológica a la que tardó décadas en conocer... Natalia Ginzburg confesó que llegó un momento en el que escribía simplemente porque formaba parte de su vida, como un esqueje injertado en su médula espinal y no para encontrar consuelo pues cada vez que había intentado hacerlo por ese motivo había fracasado. Jeanette, sin embargo, está en las antípodas de ese pensamiento pues a ella sí le salvó. Le salvo escribir. Y le salvaron Austen y Woolf, Dickinson y Rilke, Thomas Hardy y las Brönte, Doris Lessing y Toni Morrison.
«Hay una sensación del espíritu humano de que existe para siempre. Esto hace que nuestra propia muerte sea algo soportable. Vida + arte es una bulliciosa comunión/comunicación con los muertos. Es un combate de boxeo con el tiempo.» (Pág. 167)
Curiosidad. Ese fue el auténtico abono en el que Jeanette floreció. Sólo una persona curiosa podría titular su libro de memorias con una pregunta. Su espíritu inquieto e inconformista, rebelde, buscadora de grietas en ese entramado rígido que era la mente de su madre, la llevó a abrir la puerta prohibida: la de la literatura. A falta de orientación, ¿por dónde empezar a leer?, ¿por cuál libro?, ¿por qué estante de la biblioteca?, empezó por lo obvio, por la A. Afortunadamente en la A estaba Austen y así siguió avanzando por ese alfabeto; y a los dieciséis años huyó de su casa; y comenzó a estudiar en Oxford donde descubrió qué necesario era el feminismo para empezar a abrir grietas entre ese entramado sabelotodo formado por escritorEs, doctorEs, profesorEs, expertOs; y publicó su primer libro, «Fruta prohibida»; y logró un impresionante éxito; y se enamoró; y fue abandonada por su gran amor; y enloqueció; y de nuevo resurgió y....
«Pregunté a mi madre por qué no podíamos tener libros y me contestó: "El problema con un libro es que nunca sabes qué contiene hasta que es demasiado tarde"». (Pág. 42)
Abran un libro... Y, si quieren conocer más a Jeanette y, de paso, plantearse sus propias preguntas y buscar sus propias respuestas, lean «¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal?» Cuando he terminado de leerlo tengo claro que no quiero ser normal, lo que sea que signifique esa misteriosa palabra. Prefiero ser feliz. 


viernes, 3 de noviembre de 2017

Tres mujeres - Sylvia Plath



Título original: Three Women
Edición: Nordica (2ª edición, 2014)
Traducción: María Ramos
Páginas: 97
ISBN: 978-84-15717-61-4
Precio: 16,50 €
Calificación: Por supuesto, 10/10. 
«Cuando vi por primera vez la pequeña hemorragia roja,
no podía creerlo.
Miré a los hombres andar a mi alrededor en la oficina.
¡Eran tan pasivos!
Había algo en ellos, algo acartonado, y ahora lo comprendo,
ese plano, plano vacío de que provienen las ideas, destrucciones,
bulldozers, guillotinas, las habitaciones blancas llenas de gritos.
» (Pág. 17. Segunda voz).
Tres voces. Tres mujeres. Un escenario: un hospital. Tres voces que desgarran, que consuelan y que se desconsuelan. Sylvia explora en este poema oral, concebido para ser leído en voz alta, tres visiones distintas sobre la maternidad y lo hace alternando las distintas voces, dándole a cada una de ella unas notas distintivas tan características que es posible, abriendo el libro al azar, saber a qué voz corresponde cada poema. Las tres voces evolucionan a lo largo del poema: pasan de la ilusión a la preocupación, en el caso de la primera; del desconsuelo a la esperanza, en el de la segunda; del terror a la aceptación resignada, en el caso de la tercera. El contraste que se observa entre ellas, cómo ante situaciones similares reaccionan de una forma tan distinta, es uno de los grandes logros de esta obra poética que hoy ya puede considerarse un gran clásico del siglo XX, atemporal, emocionante.
«¿Puede la nada ser tan pródiga? Aquí está mi hijo.

Su ojo abierto es como los demás, azul plano. 

Se gira hacia mí como una brillante plantita ciega.

Un grito. El gancho del que cuelgo.
Y soy un río de leche. 
Una cálida colina.» (Pág. 63. Primera voz)

«Can nothingness be so prodigal?
Here is my son.
His wide eye is that general, flat blue.
He is turning to me like a little, blind, bright plant.
One cry. It is the hook I hang on.
And I am a river of milk.
I am a warm hill.
» 
La primera, la voz cálida de una esposa devota cuyo faro es convertirse en madre. Por fin lo consigue, y cuando conoce a su hijo se pregunta: «¿Quién es es este niño azul y furioso, / brillante y extraño, como caído de una estrella? / ¡Lo mira todo, lleno de cólera!» La sensación ambivalente que siente una madre cuando ve a su hijo por primera vez, ilusión y miedo, inseguridad y esperanzas, el dolor del parto, «no hay milagro más cruel que este», incredulidad ante el pasado, «¿qué hacían mis dedos antes de tenerle? / ¿qué hacía mi corazón con este amor?», y temor por el futuro, «que sea normal/ que me quiera como yo a él». Los versos de esta voz están repletos de luces luminosas, de amarillos y de marrones, de referencias al mar, de estrellas y de faisanes, de colores tierra y de estrellas. Es «lenta como el mundo». Es «muy paciente». Es fértil, sonríe y se sorprende ante el milagro de la vida
«Qué blancas son estas sábanas. Los rostros no tienen rasgos. 
Son lisos e imposibles, como los rostros de mis hijos, 
esos pequeños enfermos que eluden mis brazos.
Los demás niños tampoco me tocan: son terribles.» (Pág. 27. Segunda voz)

«How white these sheets are. The faces have no features.They are bald and impossible, like the faces of my children,Those little sick ones that elude my arms.Other children do not touch me: they are terrible.»
La segunda, es la voz más oscura, más activista, más políticamente comprometida, más anti belicista; denuncia la violencia de los gobiernos, las muertes. Es la más amarga pues quien nos habla es una secretaria que desea desesperadamente convertirse en madre pero la menstruación acecha mes a mes. Aquellos meses que logra retener la vida una nueva amenaza acecha: el aborto. Una estadística, un número. Ella se hunde y denuncia a los hombres planos que desean acabar con todo lo floreciente, lo curvo, lo que no es plano y está lleno de vida y se compara a sí misma con esos hombres despiadados porque ella también es una creadora de muerte, «yo también doy a luz a cadáveres». Los versos de esta voz están repletos del rojo de la sangre, del blanco de la muerte, de la frialdad de los ángeles, del acero de los cuchillos, de cristales, de hielo, de vidrios. Es capaz de teclear la máquina y procrear textos pero la naturaliza le impide procear una boca, un cara, una vida. Leerla es desgarrador: «no puedo contener mi vida».
«Ella es una islita, dormida y apacible,
y yo soy un barco blanco que resuena: Adiós, adiós.» (Pág. 71. Tercera voz) 

«She is a small island, asleep and peaceful,
And I am a white ship shooting: Godobye, goodbye
.» 
La tercera, la voz más fría de las tres. Una estudiante universitaria embarazada no quiere ser madre, no se siente preparada. Se arrepiente de no haber abortado, de no «haber acabado con esto que acaba conmigo». Las palomas, los cisnes y las serpientes la acompañan. Sus versos están llenos de contrastes que resaltan las dudas y las contradicciones que sufre esta mujer: el querer frente al deber, lo que se espera que sienta y lo que realmente siente. Ve a su hija llorar, al otro lado del cristal que les separa y no siente ganas de acunarla, como hace la primera voz cada vez que el niño grita, no es un río de leche sino que siente miedo, pánico, quiere huir de esos chillidos que arañan su sueño, entran su costado, le arrancan la vida. Hay oro pero también hay negro; hay estrellas y también azules; hay montañas y también escalpelos. Ya es tarde para dar marcha atrás en el tiempo pero no para seguir adelante, sentirse libre como la hierba aunque aun echa algo en falta, «¿qué me falta?». Da a su hija en adopción.
«Soy una de cada cinco, o algo así. Aún tengo esperanza.
Soy hermosa como una estadística. Aquí está mi lápiz de labios
». (Pág. 67. Segunda voz)  

«I am one in five, something like that. I am not hopeless.
I am beautiful as a statistic. Here is my lipstick.
» 
Sylvia con Frieda y Nicholas. 
¿Quién de las tres voces es Sylvia Plath? Las tres. Sylvia leyó este poema en la BBC el 19 de agosto de 1962, un año antes de su muerte, el 11 de febrero de 1963. El 1 de abril de 1960 nació su primera hija, Frieda, de su matrimonio con Ted Hughes. En 1961 sufrió un aborto espontáneo. El 17 de enero de 1962 nació su segundo hijo, Nicholas. Y en cierto modo todas las mujeres somos las tres. El miedo a quedarse embarazada cuando una no está preparada para ello. El temor a perder un bebé cuando has decidido se madre. Los sentimientos ambivalentes que invaden a las madres cuando vemos por primera vez a nuestros hijos, esos grandes desconocidos. Sylvia es las tres voces. Sylvia soy yo. Yo soy las tres voces. Todas somos Sylvia. Pocas obras de la literatura universal han logrado abordar el tema de la maternidad y de la no maternidad con la honestidad, el dolor y la sensibilidad con la que Plath lo hizo. Una obra perfecta para madres y para no madres, para quienes serlo y para quienes no e, incluso, para aquellas personas a las que la poesía se le resiste, como es mi caso. Eso sí, si me permiten un consejo, léanlo en una edición original o al menos bilingüe. Por muy buena que sea la traducción es imposible que ésta capte la cuidosa sonoridad de los adjetivos y de cada una de las palabras que ha seleccionado Sylvia, palabras que golpean y que acarician, que acunan y huyen, que odian y aman y siguen adelante, adelante, adelante...

lunes, 30 de octubre de 2017

Lecturas octubre


¿Qué tienen en común las seis autoras que he leído este mes en el marco de la iniciativa #leoautorasoct? Escribiendo sus reseñas e indagando en sus biografías me he dado cuenta de que todas ellas, a pesar de sus distintos estilos y técnicas narrativas, tienen mucho más en común de lo que parece, un cordón casi jungiano que las une misteriosamente: la sombra. Vita estuvo mucho tiempo cobijada bajo esa sombra alargadísima de la maravillosa Virginia Woolf; Siri es más conocida como «la mujer de Paul Auster» igual que Simone ha sido durante épocas la compañera, «el castor de Sartre». Natalia logró a codazos hacerse un hueco en la literatura italiana masculina presidida por titanes como Calvino, Pavese o Bassani. Margaret y su enemistad con su galardonada hermana A.S.Byatt ha rellenado muchos artículos de los tabloides británicos. Y Mary ha logrado encender una linterna sobre la vida de sombras mentirosas que han marcado su biografía. Seis mujeres que han retado a las sombras y han logrado brillar sobre ellas con una poderosa y brillante luz propia...


1. Y eso fue lo que pasó. Natalia Ginzburg. Nunca me cansaré de recomendar a mi Naty. Nunca me cansaré de leerla, releerla, emocionarme con ella, estudiarla, vivir una vida distinta a través de las historias que cuenta, convertirme en otra mujer con sus protagonistas, en profundizar en la psique humana, sobre todo femenina. Aunque Naty nunca se consideró a sí misma como una feminista lo cierto es que todas sus obras desprenden un espíritu inconformista con el destino que a muchas mujeres de su generación les tocó en suerte así como con ese ideal de «eterno femenino» al que toda mujer debía aspirar, a saber: dedicación absoluta a marido, casa, familia. La protagonista de esta #joyita, cuyo nombre nunca sabremos, es una de esas jóvenes que se casan porque es lo que toca hacer, incluso sabiendo que su marido no la ama y que la engaña con otra. La maternidad da sentido a su vida, se convierte en su refugio, en la creadora de su identidad, en su misión vital. Pero la pequeña muere y la mujer reacciona con la mayor de las violencias posibles: matando a su marido, un tiro entre los ojos. Una novela escrita en 1946, una época en la que Natalia estaba muy triste, tras todo lo que le había sucedido durante la Segunda Guerra Mundial. Una tristeza y una desesperación que se desprende de cada línea de este libro.

2. Todo cuanto amé. Siri Hustvedt. ¡Menudo descubrimiento! Siri ha pasado a encabezar mi lista de «escritoras favoritas» hasta el punto de que ya tengo varios títulos suyos para leer en mi pila de próximas lecturas. Un historiador de Arte descubrir una obra desconocida y se decide a visitar al autor de la misma. Comenzará así una profunda amistad que durará años y durante los cuales asistirán a matrimonios, divorcios, nacimientos, traiciones y muertes. Siri, injustamente conocida en muchos ámbitos literarios como «la mujer de Paul Auster» tiene el talento suficiente como para que fuese al revés y a Paul Auster se le reconociese como «el marido de Siri Hustvedt». Su escritura a caballo entre el genio artístico y el genio literario rellena esta obra conmovedora y profunda de múltiples capas entre las que podemos movernos como si estuviésemos recorriendo un grandioso edificio subiendo y bajando escaleras, ascendiendo al ático, descendiendo al sótano. Inteligente, sarcástica, culta, brillante, sensible, humana... todo eso y más es Siri.


3. Toda pasión apagada. Vita Sackville-West. Vita, al igual que Siri, ha estado muchos años a la sombra de otro autor también de forma injusta ya que en este libro, el primero que leo de ella, se comprueba que aun tratándose de una discípula avanzada de Virginia Woolf ella aporta de serie el suficiente talento creador como para ser considerada por sí misma como una de las grandes voces de la narrativa británica del s. XX. Vita, quien inspiró el inolvidable personaje del «Orlando» de la gran Woolf, con quien mantuvo una intensa relación sentimental, está sin duda imbuida del espíritu de «Una habitación propia» al reivindicar en esta novela la idea de la mujer que decide romper con el estereotipo de esposa-madre-aristócrata para tomar las riendas de su propia vida al quedarse viuda. En esta nueva andadura vital irá acompañada de su fiel sirvienta, una mujer francesa sabia que ha demostrado ser una leal amiga y de varios hombres que le dan una visión de si misma abierta y tolerante. Y es que, nos parece decir Vita, nunca se es demasiado tarde para demostrarse a una misma quién es realmente, disponer de un cuarto propio y vivir una vida propia

4. La invitada. Simone de Beauvoir. La primera novela de la maravillosa Simone, publicada en 1943, es lo que podríamos denominar hoy una autoficción, término acuñado en 1977 y que abarca un estilo muy en boga hoy en día, sobre todo en la narrativa francesa. Simone fue una precursora del mismo al llevar a esta novela un episodio de su propia vida: su relación abierta con Sartre en la que entró con fuerza durante un tiempo la ucraniana Olga Kosakiewicz. Ese trío, que en un primer momento convivió e incluso se paseó con naturalidad por los cafés parisinos con armonía poco a poco fue desestabilizándose por los celos de Simone, el egoísmo de Sartre y el espíritu intenso y el narcisismo de Olga. Simone realiza en esta novela un estudio de las relaciones entre las personas, tanto amorosas como sentimentales, la dificultad para romper tabúes sociales, el frágil equilibrio de la personalidad y la autoestima, la convivencia, la tolerancia y los altibajos que atraviesan los distintos vínculos que establecemos durante nuestra vida. Una novela a fuego lento que se debe degustar con calma, reflexión y empatía. Simone demuestra aquí, una vez más, que a veces la alumna supera al maestro y que consiguió superar al omnipotente Sartre. Maravillosa Simone. 

5. La niña de oro puro. Margaret Drabble. Jess, una joven antropóloga con un futuro prometedor, decide renunciar a su trabajo de campo para dedicarse a cuidar en solitario de su hija Anna, una niña de «necesidades especiales» tan cándida y luminosa que todos la llaman «la niña de oro puro», la niña que nunca crecerá. Lo más original de esta #joyita de Drabble es la voz narrativa pues la historia la cuenta una amiga íntima de Jess, Nellie, una mujer lleva años formando parte de esa tribu de amigas de barrio que se ayudan y consuelan, se apoyan y prestan aceite, se cuidan los hijos y se cuentan confidencias. Margaret Drabble, a través de Nellie, va a ir tejiendo una red de temas a cada cual más interesante que va desde las expediciones iniciales por el inexplorado continente africano hasta la forma en la que la sociedad ha ido variando su concepto de lo que es «normal» pasando por la maternidad en solitario, la figura del padre ausente frente al padrastro presente, la amistad entre mujeres, la sororidad, los secretos a voces y los secretos enterrados, la maternidad no vocacional que se convierte en tal, y un largo etcétera. Margaret tiene en común con Siri Hustvedt su alto nivel cultural y su interés por profundizar en todo cuanto se cruza en su camino. Sin duda, leeré más de Margaret Drabble. 

6. El club de los mentirosos. Mary Karr. Cuando oímos la palabra «mentira» pensamos en una acción, en algo que es visible, una «expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente», según la RAE. Y a eso se dedica precisamente el club de amigos del padre de Mary cuando se reúnen para pescar, jugar o beber: a contar historias, a cada cual más increíble que la anterior. Pero Mary tiene su propio club de mentirosos, su propia familia, su madre, su hermana, su padre, su abuela... y en ese club la mentira es algo pasivo, una omisión: aquello de lo que no se habla no existe; aquello que no se cuenta nunca pasó. Mary Karr se pone frente a sus propios demonios, le dibuja un rostro, les hace hablar y ella también habla y vomita en esta novela en la que se reconcilia con su pasado, con su familia, y sobre todo consigo misma, con esa niña de ocho años que vivió cosas que nadie debería vivir y que logró sortear la amenaza de la autodestrucción para reconstruirse y sobrevolar su vida con dignidad. Un testimonio duro pero real y necesario. Valiente, Mary. 



jueves, 26 de octubre de 2017

El Segundo Sexo (I) - Simone de Beauvoir


Título original: Le Deuxième Sexe
Edición: Cátedra. (9ª edición, 2017)
Traducción: Alicia Martorell
Páginas: 904
ISBN: 978-84-376-2233-0
Precio: 37,60€
Calificación: Por supuesto, 10/10. Un libro básico del Feminismo, del Ensayo, de la Filosofía y de la Historia por su carácter pluridisciplinar, redactado además en un lenguaje bastante accesible y didáctico.


EL SEGUNDO SEXO (I): EL LIBRO ROJO DEL FEMINISMO ESCRITO POR UNA NO FEMINISTA.
«La polémica del feminismo ha hecho correr tinta suficiente, y ahora está prácticamente cerrada: punto en boca. Y sin embargo, seguimos hablando de ello. Y no parece que las voluminosas tonterías proferidas durante este último siglo hayan arrojado alguna luz sobre el problema. Además, ¿hay algún problema? ¿Cuál es? ¿Acaso hay mujeres?» (Pág. 47. Nótese el tono sarcástico de Simone, una constante en su obra que sirve para relajar la tensión pero también para ayudar a reflexionar).
Simone de Beauvoir
Bueno, en ese momento, cuando por 1946 Simone de Beauvoir comienza a escribir este libro, no era feminista, o mejor dicho, ella creía que no lo era. No tenía conciencia feminista y ni siquiera se había planteado analizar este tema a fondo. La Segunda Guerra Civil ya ha acabado. El 21 de abril de 1944, el Comité Français de la Liberation National concede el derecho a voto a las mujeres, derecho que se hace efectivo por primera vez el 29 de abril de 1945, en las primeras elecciones municipales tras el fin de la guerra. El movimiento feminista ha sido relegado a un segundo plano tras la ebullición del período de entreguerra. Ahora hay otras prioridades: reconstruir el país, reorganizar la industria, incrementar la natalidad, contrarrestar a Alemania, evitar que la historia se repita. En Memorias de una joven formal, primer volumen de las autobiografía de Simone de Beauvoir, publicada en 1958, la autora nos va repitiendo varias veces la idea que desde pequeña la había obsesionado de forma recurrente: la de escribir la historia de su vida, un libro en el que «diría todo, todo». Con el fin de comenzar esa obra decide primero plantearse desde una perspectiva existencialista: «¿Qué ha supuesto para mí ser mujer?». En La fuerza de las cosas, (tercer volumen de sus Memorias) cuenta lo siguiente: «Tal pregunta —pensaba— no me ha ocasionado problemas, nunca me he sentido inferior por ser mujer; la feminidad no ha sido una traba para mí.» «Sin embargo —le hizo notar Sartre— no has sido educada de la misma manera que un chico. Convendría que reflexionases sobre ello.» 
«No hay ninguna posibilidad de medir la felicidad ajena y siempre es fácil declarar feliz una situación que se quiere imponer: en particular, cuando se condena a alguien a estancarse, se le declara feliz con el pretexto de que la felicidad es la inmovilidad». (Pág. 63)
Simone comienza en 1946 a reflexionar sobre su condición como mujer convencida de que unos pocos días ventilaría el tema y podría así dedicarse a escribir su libro personal. Ella no tuvo hermanos, nos cuenta en Memorias de una joven formal, con los que comparar el trato que su padre les dispensara con el que le daba a ella o a su hermana. Siempre se sintió integrada en su feminidad y aceptó la inferioridad de la mujer como algo intrínseco a su género. Eran los hombres los que salían de casa a trabajar y las mujeres las que se ocupaban del cuidado de la familia; los hombres hablaban de política, cuestiones transcendentales, debatían, tomaban decisiones mientras las mujeres recibían visitas, paseaban por las calles parisinas siempre discretas y comedidas, acudían a misa. Nunca consideró que su madre fuese una mujer reprimida, por lo tanto ¿por qué iba a serlo ella? Cuando su destino como mujer casadera quedó roto por el descenso en la escala social de su familia y la desaparición de su dote, Simone reaccionó con alegría. Ya no tendría que casarse. Podría estudiar, dedicarse a la enseñanza, vivir rodeada de libros. Su entrada en la Sorbona y sus estudios de Filosofía le abrió un mundo reservado a hombres que la aceptaban plenamente. Es más, «Mi educación me había convencido de la inferioridad intelectual de mi sexo admitida por muchas de mis congéneres», cuenta en Memorias de una joven formal. Al ser mujer y ser por ello considerada "inferior", «ese handicap daba a mis éxitos mucho más esplendor que los de los estudiantes varones: me bastaba igualarlos para sentirme excepcional
«Si nos interesamos por las oportunidades del individuo, no definiremos esas oportunidades en términos de felicidad, sino de libertad». (Pág. 64)
Sin embargo, a medida que va avanzando en ese trabajo de introspección interior se da cuenta de que esa idea inicial que ella tenía de que nunca se había sentido inferior a nadie ni incómoda por ser mujer era una falacia. Empieza a encontrar enormes piedras en su camino. Ideas que había asimilado como naturales contradicen su espíritu existencialista. Su entramado filosófico basado en la transcendencia del ser, en la libertad de cada persona para tomar sus propias decisiones, comisiona frontalmente con esos prejuicios sobre la incapacidad femenina, su inferioridad, su autorrealización. 
«Si la función de hembra no es suficiente para definir a la mujer, si también nos negamos a explicarla por el "eterno femenino" y si no obstante aceptamos, aunque sea con carácter provisional, que existen mujeres sobre la tierra, tenemos que plantearnos la pregunta de rigor: ¿qué es una mujer?» (Pág. 49)
Mary McCarthy
Un nuevo obstáculo surge en su proyecto introspectivo. En enero de 1947 viaja a EEUU para impartir conferencias como profesora invitada a lo largo y ancho de todo el país sobre los problemas morales de los escritores después de la Segunda Guerra Mundial. Su estancia allí le genera un gran impacto que la posiciona incluso en un cabreo monumental por lo que ella interpreta como la pasividad de la mujer norteamericana. Mientras que la mujer francesa, que acaba de salir de una época histórica devastadora, se caracteriza por ser independiente, integrada en el mundo laboral y con inquietudes intelectuales, la mujer estadounidense aparece, a los ojos de Simone, como una persona sumisa, obstinada en encarnar el ideal de ama de casa prototípico y acorde con la publicidad de la época y que posee sólo tres inquietudes: entretener al marido, cuidar de los hijos y organizar su hogar. De regreso a Francia escribiría en 1948 su demoledor libro Norteamérica al desnudo ( L´Amérique au jour le jour) que le acarrearía, entre otras, la enemistad de Mary McCarthy, escritora estadounidense, autora de The Group y una de las abanderadas del feminismo en EEUU, quien escribiría su réplica en un artículo titulado Mlle. Gulliver en Amérique publicado el 22 de enero de 1952 en el Reporter. Cuando, publicado Norteamérica al desnudo, Simone retoma su libro personal, comienza a tomar consciencia del error que ha cometido. De hecho, unos años después, declararía: «Lamento aceptar que entonces lo atribuí a las carencias de las mujeres en vez de a la grosería de los hombres.» 


Nota: Hacer una reseña de El Segundo Sexo en un único post me pareció desde el primer momento un trabajo titánico que me obligaría a dejar de lado muchos conceptos claves de esta obra, considerada unánimemente como uno de los gérmenes del movimiento feminista. Por ello, iré desgranándola poquito a poquito, epígrafe a epígrafe. No pretendo hacer un estudio filosófico sobre esta obra, pues para ello existen ya numerosas y elaboradas tesis doctorales, estudios monográficos, análisis detallados y minuciosos tanto lingüísticos como metalingüísticos, interpretaciones, addendas... que se pueden encontrar con relativa facilidad por la red. Mi única y modesta intención es contribuir a través del proyecto de Adopta una Autora a la difusión de la obra de esta maravillosa e inteligentísima mujer y, por supuesto, aprovechar esta oportunidad para acercarme, yo también, a ella.


Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

lunes, 23 de octubre de 2017

Los hombres me explican cosas - Rebecca Solnit



Título original: Men Explain Things to Me (¡Vaya título! De esos que se quedan grabados en nuestra memoria a fuego, ¿no creen?)
Edición: Capitán Swing (2015)
Traducción: Paula Martín
Páginas: 143
ISBN: 978-84-945481-4-7
Precio: 16€
Calificación: 9/10

Untitled. Ana Teresa Fernández.
Enfríen el vino blanco (o cualquier bebida fuerte de su preferencia, en mi caso un Albariño) cuando comiencen a leer este libro, porque no es uno de esos que se leen relajadamente mientras una toma un relajante té o un café. Al menos yo necesitaba algo más fuerte para sobrellevar el cabreo que sentía mientras leía todo cuanto la brillante Rebecca Solnit nos expone en estos nueve ensayos con su peculiar agudeza, su incisivo sentido del humor y su deslumbrante sensatez. Y eso que estos ensayos no están escritos desde la ira (aunque ésta actúe como resorte) sino, todo lo contrario, desde la reflexión serena que la autora hace consigo misma en un intento por entender lo que le acontece y rodea, especialmente aquello sesgado por el sexismo y el machismo. En esa observación llega a conclusiones tan interesantes como que mientras las mujeres son educadas en la inseguridad y el silenciamiento, los hombres lo son en un infundado y, a veces ridículo, exceso de confianza. Y es que el cultivo del ego sí parece entender de género. 
«Decir a alguien, categóricamente, que él sabe de lo que está hablando y ella no, aunque sea durante una pequeña parte de la conversación, perpetúa la fealdad de este mundo y retiene su luz.» («Los hombres me explican cosas». Pág. 15)
El primer ensayo, que el más famoso de todos y da título al libro, nos relata de forma fresca pero también con un tono de asombro, pasmo e incredulidad (¿de verdad esto me está pasando a mi? Sí, te estaba pasando, Rebecca, a mí también me ha pasado) la anécdota que el sucedió con un señor "Muy Importante". De esta anécdota se derivó el término mansplaining, que puede definirse como "explicar algo a alguien, generalmente un varón a una mujer, de una manera considerada como condescendiente o paternalista", y lo que es aun más "importante", ejemplifica de forma bestial lo acostumbradas que estamos las mujeres a callar cuando un hombre habla, a no cuestionarle, a dudar de nosotras mismas, hasta el punto de que nos invisibilizamos ante la aparente sabiduría de un hombre que, resulta, ¡que sabe menos que nosotras!. Es como si lo llevásemos inscrito en el ADN, pero no, pues como la propia Rebecca señala, es algo cultural, fruto de los roles de la sociedad patriarcal, contra los que tenemos que empezar a luchar ¡Ya!. 
«Pero podemos deshacernos de la maldición que pesa sobre las Casadras que encontramos en nuestra vida cotidiana decidiendo nosotros mismos a quién debemos creer y por qué.» («El síndrome de Casandra». Pág. 108)
Pero no es este el único ensayo brillante pues todos ellos, cada uno a su manera, nos brindan una cualidad excepcional que convierte a Rebecca Solnit en una excelente ensayista: la invitación a reflexionar por nosotras mismas. Rebecca es una excelente narradora y sorprende que consiga aunar la disección casi científica de los hechos con una belleza literaria al recurrir a imágenes y conceptos que no sólo logran hacer comprensibles sus ensayos de manera didáctica sino que dan nombre a situaciones cotidianas que todas podemos encontrar con facilidad en nuestra propia biografía.
«Todo el mundo está influenciado por aquellas cosas que preceden a la educación formal, que aparecen de la nada y de la vida cotidiana. A estas influencias excluidas las llamo las abuelas». («Abuela Araña». Pág. 67)
Telaraña. Ana Teresa Fernández.
Así sucede, por ejemplo, con las abuelas-araña. ¿Quién no ha tenido (en mi caso particular tuve esa suerte, mi abuela María) o conoce a una? Esas mujeres que tejen historias de familia, crean un hogar, conservan recuerdos, rememoran anécdotas, transmiten tradiciones familiares de generación a generación, y que luego, asombrosamente, desaparecen de los árboles genealógicos, de los libros de historia, de las biografías de "Hombres muy importantes" (otro concepto que se incorpora de forma automática al vocabulario de quienes hemos leído este libro). Mujeres que participaron en la historia de forma activa pero que no salen en las fotos ni en los registros de la época ni en los libros que historiadores muy importantes escribieron sobre aquello dando su versión de los hechos (androcentrista, por supuesto)
«La peor de las críticas es aquella que busca tener la última palabra y dejarnos al resto en silencio; la mejor es la que abre un intercambio inacabable». («La oscuridad de Woolf». Pág. 89)
O «El síndrome de Casandra», la niña que contó la verdad pero que, a diferencia del mentiroso Pedro el del lobo, no la creyeron, y que todas las mujeres hemos sufrido en mayor o menor medida una, varias o innumerables veces a lo largo de nuestra vida; O «La caja de Pandora» que las feministas han abierto al cuestionar todo el sistema establecido hasta ese momento pero de cuyo ataque se encarga toda una «unidad policial de voluntarios» (¡toma concepto!) liderado por medios de comunicación empeñados en mantener los roles tradicionales de género y sexo, de ponernos a las mujeres en nuestro sitio (o sea, en casita con la familia, calladitas, sin hacer ruido ni ocupar espacios de responsabilidad empresarial o política, preparando tartas de manzana casera, ¡nada de salir de ahí!) 
«El futuro es oscuro, que es, en general, lo mejor que el futuro puede ser, creo», escribió Virginia Woolf, en su diario el 18 de enero de 1915 (...) A veces pienso que estas pretensiones de conocimiento acreditado son errores del lenguaje: el lenguaje de la aseveración atrevida es más sencillo, menos costoso, que el lenguaje de los matices y la ambigüedad de la especulación. Woolf era inigualable en el uso de este último.» («La oscuridad de Woolf». Pág. 79)
Untitled. Ana Teresa Fernández.
«Los pobres mueren de hambre mientras los ricos se tragan sus palabras» lleva como título uno de los epígrafes del ensayo antiglobalización «Mundos que colisionan en una suite de lujo» donde ejemplifica con el caso Nafissatou Diallo (agredida por el director de FMI en ese momento Strauss-Khan) en qué situación quedan las mujeres ante los avances de la agresiva política capitalista. Ojo a los títulos de los ensayos y de sus epígrafes, reflexiones sobre ellos cuando los lean. Rebecca Solnit no deja puntada sin hilo y su capacidad para nombre lo que hasta ese momento no tenía nombre, al más puro estilo Betty Friedan, es certera a más no poder.  Sigan también de cerca los cuadros de Ana Teresa Fernández con los que se ilustran los ensayos de esta cuidadísima edición; cada uno de ellos encarna algo instinto, oculto, salvaje, que va más allá de las palabras (si una imagen, dicen, vale más que mil palabras, estas obras son buen ejemplo de ello).
«(...) la violencia es, sobre todo, autoritaria. Comienza con esta premisa: tengo derecho a controlarte.» («La guerra más larga». Pág. 30)
¿Tienen el Albariño en la nevera? Pues sáquenlo y sírvanse otra copa antes de leer la espantosa relación de secuestros, asesinatos, violaciones y agresiones de todo tipo que se cometen contra mujeres de todo el mundo en lo que Rebecca denomina «La guerra más larga». Si algo caracteriza también a este libro es su minuciosa documentación. Rebecca Solnit contrasta cada una de sus afirmaciones con estudios, informes, datos, entrevistas, ensayos... Un planteamiento redondo para precedido de una investigación redonda, de ahí la verosimilitud y veracidad de todo lo que cuenta. Por supuesto que esto no se trata de una tesis doctoral, pero si aporta valiosísimos puntos de partida para que cada persona que la leamos podamos decidir, si queremos, seguir investigando sobre cada uno de los múltiples y heterogéneos temas que plantea... y, ¿cómo no hacerlo? ¿cómo permanecer indiferentes después de leerla? A mí, al menos me ha resultado imposible. 
«Aquí está la caja que sostuvo Pandora, y las lámpara de las que se liberó a los genios; ahora parecen prisiones y ataúdes. Hay gente que muere en esta guerra, pero las ideas no pueden ser eliminadas». («La Caja de Pandora y la Unidad Policial de Voluntarios». Pág. 139)
Rebecca Solnit.
El «Elogio de la amenaza» que tradicionalmente ha supuesto el matrimonio para las mujeres,  el elogio (esta vez sin ironía) de «La oscuridad de Woolf» (un maravilloso ensayo sobre esta mujer, madre entre las madres del feminismo, nuestra amada Virginia). Denle a leer cualquiera de estos ensayos a una mujer que no se considere feminista o a un hombre que opine que el feminismo no es necesario. Si después de leerlo, esa persona sigue pensando lo mismo, si no consigue empalizar con las mujeres ni con las situaciones que Rebecca Solnit menciona, entonces aléjense de sus vidas, no se crucen por sus caminos, o luchen para seguir convenciéndoles (a cada cual, sus medios, sus energías y sus prioridades) pero lo más probable es que tengan enfrente a una persona insensible, psicópata, egoísta o, simplemente, a un estúpido redomado. 

Nota: pueden visitar la web de la maravillosa artista Ana Teresa Fernández y disfrutar de más obras suyas en http://anateresafernandez.com

martes, 17 de octubre de 2017

El club de los mentirosos - Mary Karr


Título original:  The Liar´s Club.
Traducción: Regina López Muñoz
Edición:  Periferica y Errata Naturae (1ª edición. Octubre, 2017). 
Páginas: 517
ISBN: 978-84-16291-53-3 / 978-84-16544-45-5
Precio: 23,00€
Calificación: 7/10

Lo que más me ha gustado: el esfuerzo que Mary Karr ha tenido que hacer al contar el período de su vida transcurrido entre los ocho y los diez años debió ser hercúleo. La mejor terapia para lograr superar el torrente de cosas que ninguna niña (y ninguna persona) debería vivir, y menos con esa edad, ha sido la de vomitar todo cuanto lo que le sucedió. Sí, uso este verbo con toda la intención, vomitar, porque su infancia no fue fácil, máxime cuando en su familia existía una norma no escrita de que aquello de lo que no se hablaba, no existía. Bravo por Mary Karr, y bravo porque su testimonio conmovedor y honesto es todo un ejemplo de que la mejor manera de caminar por la vida es librarse de equipaje, dando voz a muchas realidades silenciadas.

Lo que menos me ha gustado: me costó hacerme con su estilo descarnado, caótico por momentos en las primeras páginas, turbio en su planteamiento. Así mismo, el relato de algunos de los acontecimientos, tan frío y distante, con un estilo casi de testigo de juicio o de reportera de prensa, ha provocado que haya tenido que parar en ese momento la lectura para poder rellenar yo los huecos que faltaban. ¿Quizás era eso lo que ella buscaba: no ser una narradora omnisciente? Pero es un libro de memorias y me habría gustado, para conocerla un poco mejor, que hubiese añadido, aunque solo fuese una línea, algo de sus sentimientos. 
«Qué raro», le señalé a mi hermana una noche en la bañera, «que pensemos que lo "normal" es que los árboles tengan hojas, cuando en realidad durante seis meses al año están completamente pelados». (Pág. 374)
Hay libros de memorias que cautivan por la formas, por ese narrar poético cargado de imágenes que transportan y acarician, por su estructura limpia y fluida, por su olor a magdalena que nos abre puertas de nuestra infancia que creíamos atascadas. Me viene a la mente, como ejemplos de esta clase de libros del género de memoir, La Plenitud de la Vida de Simone de Beauvoir, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou o Cuatro Hermanas de Jetta Carleton.
«(...) cuando eres una niña y ocurre algo gorodo el personal te hace el mismo caso que si fueras un mueble.» (Pág. 23)
Otros libros, sin embargo, cautivan por el fondo, por las historias que cuentan con un estilo seco y minimalista, despojado de adornos y centrado en diálogos repletos de latiguillos y frases hechas propias de cada entorno doméstico. Los personajes aparecen con ojeras, melenas despeinadas por acabar de levantarse y gritando, llorando, abrazando y peleando con un sentido del humor irónico que ayuda a romper tensiones, aligerar ambientes y tomar distancia de situaciones dramáticas. El ejemplo más prototípico es, sin duda, Léxico Familiar, de mi querida Natalia Ginzburg, e incluso Tú no eres como otras madres, de Schrobsdorff o Apegos Feroces, de Vivian Gornick, que logran sacarnos una sonrisa ladeada mientras leemos sus tragedias.
«Lo peor no fue el desbarajuste que trajo consigo, sino el silencio que cayó sobre nosotros. Nadie comentaba nada acerca de nuestra forma de vida anterior. Era como si los propios cambios nos hubiesen engullido igual que una gran ola, arrasando con todo cuanto habíamos sido.» (Pág. 88)
Mary Karr.
¿Y El club de los mentirosos? ¿A qué grupo pertenece? Pues es una mezcla de ambas. Confieso que me costó entrar en el libro. Al principio, la profusión de nombres, los saltos en el tiempo hacia delante y hacia atrás, las referencias a personajes que no acaban de tener trascendencia en la historia más allá de crear un boceto de atmósfera (vecinos, compañeros de clase...), el lenguaje insolente plagado de tacos, hizo que en alguna que otra ocasión me plantease dejar el libro de lado y pasar a otra cosa. Sin embargo, resistí porque una voz interior me decía que merecía la pena darle una oportunidad y que lo mejor aun estaba por llegar. Y, efectivamente, así fue. Una vez que te adaptas al estilo de Mary Karr es fácil deslizarse por él como si estuvieses aprendiendo a patinar y, después de darte unos cuantos culazos, lograses mantener el equilibrio y empezar a disfrutar del paisaje.
«Entonces dije algo que provocó que Lecia me diera un pellizco en el tobillo: «Me da mucha pena que estés encerrada [en el psiquiátrico]». Ella se echó a reír. «Qué coño, cariño mío», respondió, «vosotros también estáis encerrados. Sólo que en un cuarto más grande». (Pág. 280)
Mary Karr, haciendo alusión a la numerosa aparición de armas varias que aparecen en el libro, es una metralleta. Ráfagas de insultos, malas noticias y hechos de gran gravedad rociaron de casquillos la infancia de la autora que, en este libro, se centra en un período concreto de su vida entre los ochos y los diez años. Una madre alcohólica, amante de los libros, que va encadenando un matrimonio tras otro y que esconde un secreto que solo conoceremos al final de la obra y que nos ayudará a encajar las piezas de su personalidad; un padre que se reúne con un grupo de amigos formando el famoso "Club de los mentirosos", con el que pesca, caza, organiza barbacoas, todo regado de historias (muchas de ellas exageradas o inventadas) y alcohol; una hermana, Lecia, dos años mayor que ella que demuestra una madurez y un pragmatismo insólito para su corta edad, obligada por las circunstancias de su familia; una abuela desquiciada y amargada que cree en las palizas reparadoras y en la necesidad de controlar todo cuanto le rodea...
«Ahora lo imagino leyendo esto y me dan ganas de salirme de la página y agarrarlo por las solapas para que lo rememoremos juntos. Qué pasa, chaval. Seguramente ni leas, pero alguien habrá que lo haga por ti (...) Si cuento esto ahora, con la perspectiva de décadas y les de kilómetros, es para recordarte que sigo teniendo muy buena memoria, como me decía siempre mi padre». (Pág. 313)
En ese ambiente, tan aparentemente insano, las mentiras que dan nombre al club del padre se expanden como la mala hierba. Los miembros de la familia mienten, no tanto por acción sino por omisión. Aquello de lo que no se habla, no existe. Aquello que no se cuenta, nunca pasó. Es por ello que hay que reconocerle a Mary Karr el mérito de la catarsis personal que ha realizado en este libro autobiográfico contando todo cuanto vio y oyó, con el apoyo de su madre y de su hermana, durante aquella época. Es abrumadora, sin embargo, la frialdad con la que en muchas ocasiones aborda los temas que nos cuenta. Como si de un recorte de un periódico se tratase, a veces nos relata lo sucedido con la distancia de un periodista: pasó esto y aquello, a tal hora, en tal sitio y en tales circunstancias. Punto. ¿Qué sintió al respecto? ¿Por qué no se habló de ello? ¿Qué hizo ella inmediatamente después? Con el pudor que da hablar de una misma, Mary Karr se guarda las respuestas para sí y no las comparte con quienes la leemos. Sin embargo, a pesar de eso, Mary logra reconciliarse con su pasado y la admiración y el amor que siente por su familia, heredando el amor por la lectura de su madre, la capacidad para narrar historias de su padre, y la brújula en su vida que es su hermana, se detecta en cada uno de sus puntos y comas. No en vano, como señala la propia autora en el prólogo del libro: «cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional». 
«En cuanto al motivo por el no nos había contado nada hasta entonces (...), su respuesta literal se me ha quedado grabada por ser una de las frases más patéticas que pueda pronunciar una sexagenaria:—Pensé que dejaríais de quererme.» (Pág. 505)
Bayous en Texas.
La acción transcurre a caballo entre el seco Texas y el frondoso Colorado, dos ambientes distintos que se convierten en dos protagonistas más de la historia. Una de las cualidades como narradora de Mary Karr es la gran homogeneidad y coherencia de las imágenes literarias que usa ya que en ellas se recurre a elementos típicos de la cultura tejana y del western de Colorado: botas y sombreros de cowboys, serpientes y huracanes (cambios que arrasan con cuanto uno tiene), escarabajos y bayous (símbolo del fango en el que caminan esas relaciones familiares y esa realidad desestructurada), navajas y pistolas (la violencia como sombra del relato), son el esqueleto de la narración, dándole movimiento, veracidad y armonía. Y no quiero acabar sin mencionar algo que me ha llamado poderosamente la atención. En la faja que cubre el libro, se promete «la risa más sincera» [sic] y en la contraportada se denomina la niñez de Mary Karr como «tragicómica» [sic, sí, otra vez] e incluso he leído navegando por internet que esta obra le ha parecido a alguien «desternillante». Yo no sé qué libro habrán leído estas personas pero a mí, personalmente, no me ha desencadenado la «risa sincera» (en algún caso, alguna sonrisa ladeada al detectar la pauta que sigue Mary Karr para quitar hierro al asunto, como si nos dijera, preocupada por sus lectores: «tranquilos, salí de esta»), ni me ha parecido tragicómica (la única comicidad es la que la propia autora coloca en la narración desde la distancia, en un estilo que recuerda a Lucia Berlin, especialmente cuando habla de su padre) ni, por supuesto, «desternillante». Aviso para que no les pase como a mí, que me pilló desprevenida tanta frivolidad al abordar este libro; no quiero que me metan en el club de los mentirosos...


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