viernes, 29 de diciembre de 2017

Lecturas diciembre


Acabo el año como lo empecé: #LeyendoAutoras. Recuerdo que hace poco leí, no quiero recordar dónde, o sí lo recuerdo, pero paso de hacerle más casito a este señor, que las mujeres siempre escribían igual y sobre lo mismo, «en tono plañidero o furibundo u ofendido» [sic]. Tomando distancia, me pregunté: «¿Es esto es verdad?». No voy a generalizar, simplemente me centraré en las lecturas de diciembre: ¿mis autoras de este mes usan un estilo raso y universal, limitándose como si siguiesen un patrón prestablecido, un formulario a rellenar, fill the gap, a repetir como un estribillo un tono plañidero o furibundo u ofendido? Pues no. Siete libros. Siete autoras. Que tienen cosas muy interesantes que contar, algunas han tardado años en poder contárnoslo, y cosas que van más allá de mirarse el ombligo, que diría este señor; que no usan en absoluto un tono plañidero sino más bien todo lo contrario: reivindicativo, luchador, lúcido, empático. Y encima, por si se sorprende, algunas son capaces de hacerlo con una calidad literaria tan elevada que me pregunto por qué no figuran en esos cánones literarios tan estupendos que dedican tanto tiempo y esfuerzo a hacer y divulgar... Y aquí están mis lecturas.

1. Nada crece a la luz de la luna. Torborg Nedreaas. Hay historias que aunque estén mal contadas ya por sí mismas merece la pena ser leídas. Cuando esa historia está encima bien contada, con un estilo narrativo punzante que desgarra la carne para hablarnos, no de la belleza de la sangre, sino del pus enquistado, es cuando se convierte en una obra maestra. Si bien ya comenté en la reseña que no es un libro para regalar a cualquiera ni para leer en cualquier momento por su dureza y por los temas que trata (el aborto, la marginación de la mujer, la prostitución como única salida, la hipocresía social y el amor tóxico y dependiente, son «sólo» algunos de ellos), una vez escogido el momento adecuado, se convierte en uno de esos que una no se cansa de recomendar, de recordar, de releer. Es tal la belleza de la superficie y el realismo que oculta que es imposible permanecer indiferente ante él.

2. Virginia Woolf. Vida de una escritora. Lyndall Gordon. La vida de Virginia Woolf es, sin duda, una de las mejores documentadas, no solo porque escribía de forma exhaustiva, diariamente, en sus Diarios, sino también por la múltiple correspondencia que mantuvo, su prolífica obra y los artículos que sobre ella se han publicado. Escribir, por tanto, una biografía sobre ella no es fácil con tantos datos y tantas personas que la rodearon. Sin embargo, Lyndall ha conseguido canalizar todos estos datos en un punto en concreto: la Virginia escritora, indisolublemente unida a la Virginia mujer, pero centrándose en los aspectos más destacados de su vida y relevantes para su formación como autora. Descubrimos así a una Virginia desconocida para muchos, una mujer alegre, que, excepto en los períodos de intensa depresión, vivía la vida intensamente, con autenticidad y con objetivos muy claros. La maestría de su narración no es más que un reflejo de cómo era ella en su esfera íntima: aguda, irónica, con contradicciones que se esforzaba por desenredar, sin tabúes y con una gran profundidad de mira. Esta obra consigue relacionar todos sus escritos con los aspectos de su vida y, por ello, es aconsejable haber leído bastantes obras suyas antes de adentrarse en esta biografía. Así, se puede extraer con más productividad todo cuanto Lyndall nos cuenta. 

3. Un invierno en Sokcho. Élisa Shua Dusapin. Sokcho es un pueblo costero surcoreano fronterizo con Corea del Norte que en invierno, superada la avalancha de turistas en busca de sol y playa, queda a solas con todas las soledades que allí habitan. La protagonista de esta historia trabaja como recepcionista en una pensión decadente a la que en temporada baja solo van a parar borrachos o desorientados. La llegada de un dibujante francés viene a romper la monótona vida de la joven quien consigue ver que el tipo de vida que lleva no se parece en nada con la que le gustaría tener. La amenaza constante de un posible conflicto bélico con el país vecino; la amenaza de morir envenenado por un pez globo si éste no se ha limpiado correctamente; la amenaza de un apego feroz hacia una madre que puede estancarla y hacer que se convierta en ella... El efluvio de la amenaza constante sobrevuela sobre este canto a la libertad creativa y vital narrado con la belleza, el exotismo, el gusto por los detalles y el minimalismo tan propios de la literatura surcoreana. Un pequeña #joyita.

4. Cósima. Grazia Deledda. Siguiendo con el proyecto para leer a las catorce mujeres que han recibido el Premio Nobel de Literatura, impulsado por Diana (todo-mi-ser-blogspot.com.es), este mes tocaba leer a Grazia Deledda, ganadora en 1926. Este libro póstumo de carácter autobiográfico es un ejemplo perfecto de escritora que se hizo a sí misma. Salvando las distancias, Grazia comparte con Virginia Woolf el hecho de que desde muy pequeñas tuvieron claro que querían ser escritoras. Sin embargo, mientras que Virginia tenía el terreno abonado por el ambiente cultural en el que transcurrió su infancia y por las amistades que la rodearon toda su vida, el caso de Grazia tiene doble mérito pues, en primer lugar, a ella por nacimiento (Nuoro, Cerdeña, 1871) le correspondía casarse decentemente y encerrarse en la cocina a cuidar de su casa, algo que no hizo; en segundo lugar, tuvo en contra no sólo a sus vecinos sino a varios miembros de su propia familia. Totalmente autodidacta, Grazia no desistió en su sueño y, sin pretenderlo, tuvo una vida que se vio reflejada en esta obra en concreto que, sin lugar a dudas, podríamos calificar como «feminista». Con tales méritos, el estilo inconstante con el que escribe (con puntos álgidos, en los que retrata magistralmente la sociedad corsa de su época, que atrapan frente a otros pasajes que resultan meramente accesorios e incluso aburridos) se le perdona. 

5. Encuentro en el Café de Flore con Simone de Beauvoir. Rosa María Rodríguez Magda. Continuando con mi deseo de seguir conociendo un poco mejor a mi querida Simone para el proyecto @AdoptaunaAutora, me hice con este librito y tuve la suerte de ir a la presentación en mi librería de cabecera, Librería de Mujeres de Madrid. El libro es perfecto para acercarse a Simone y, también, para conseguir en pocas páginas, una visión global sobre su vida, su pensamiento y su personalidad. En la primera parte, Rosa María nos habla de la importancia de Simone como escritora pero, sobre todo, como filósofa, ya que sus novelas y sus obras de teatro era un terreno más para explorar su esencia y la del ser humano. Sin medias tintas, nos presenta tanto los puntos por los que «El Segundo Sexo» se considera una de las obras fundacionales del feminismo como las críticas que ha ido recibiendo posteriormente, muchas de ellas absorbidas por el propio empuje y valentía de la obra. En la segunda parte, la autora recrea el sueño de much@s al tener la posibilidad de mantener una entrevista en persona con la propia Simone. Lo más curioso es que la respuestas de ésta son fragmentos exactos extraídos de obras y de entrevistas de la propia Simone. Ya no hay excusa para no conocerla.

6. Solterona: La construcción de una vida propia. Kate Bolick. Si la obra se hubiese limitado a la primera parte del título, Solterona, este libro se habría colocado por derecho propio en una de mis lecturas del año. Kate Bolick, con un agudo sentido del humor y con una documentación exhaustiva y seria, revisa el término Solterona, usado tan a menudo con connotaciones despectivas/compasivas para darle un significado mucho más digno, repleto de términos como libre elección, realización personal, independencia, autenticidad. Para ello se sirve de cinco mujeres que ella llama sus «despertadoras» y que son, nada más y nada menos, que Charlotte Perkins, Edith Wharton, Neith Boyce, Maeve Breenan y Edna St. Vincent Millay; cinco voces fundamentales de la literatura y del activismo feminista muy olvidadas por la historia. Que Kate Bolick las de voz y las recupere ya hace que valga la pena leer este libro. Sin embargo, ese segundo aspecto sobre la construcción de una vida propia, o lo que es lo mismo, de cómo la autora se reafirma como escritora y solterona, me ha dejado un poco fría. Sus idas y venidas amorosas repletas de anécdotas frívolas, en mi modestísima opinión, enturbia el mensaje que quiere mandar y me ha parecido más propio de ese subgénero chick-lit que ella llega a criticar en determinado momento destinado a mujeres neoyorquinas, urbanas, trabajadoras, muy al estilo de la famosa serie Sex and the City, con un individualismo muy marcado, casi extremo, y un público demasiado específico.

Mi ensayo feminista del mes: Neoliberalismo Sexual. El mito de la libre elección. Ana de Miguel. Cada vez que Ana de Miguel concede una entrevista sube el pan y no es para menos. Una de las filósofas más lúcidas de nuestro panorama actual plantea con tal claridad y coherencia sus argumentos en contra del mito de la libre elección que planea constantemente en torno a muchos de los lugares comunes patriarcales como la prostitución o la pornografía, que es imposible volver a mirar la realidad que nos muestran los mass media con los mismos ojos de antes. ¿De verdad todo es negociable? ¿Todo está sujeto a la ley de la oferta y la demanda? ¿No hay límites personales y sociales? ¿Todo vale? Pues si todo vale, dice Ana de Miguel, nada vale. Y esta paradoja está explicada de forma clarividente en este ensayo que, al menos, da mucho que pensar. Tras acabarlo, preguntas como ¿qué es la libertad? ¿cuáles son los límites? ¿dónde está su origen? ¿es real o ilusoria? seguirán acompañando a quienes lo leemos como una sombra que nunca desaparecerá. 

martes, 26 de diciembre de 2017

La niña de oro puro - Margaret Drabble


Título original: The Pure Gold Baby (2013)
Edición: Sexto Piso (1ª edición, 2015)
Traducción: Antonio Rivero Taravillo
Páginas: 293
ISBN: 978-84-16358-10-6
Precio: 20,90 €
Calificación: 8/10.

Lo que más me ha gustado: Margaret Drabble es una escritora realmente talentosa, brillante, culta, sensible, humana sin caer en la lágrima fácil, honesta y profunda en todos los planteamientos, que no son pocos, que va desarrollando en esta novela. Este relato no es solo una perspectiva sobre la maternidad tanto desde el punto de vista de la madre como de la hija sino un auténtico relato generacional, antropológico, por su minuciosidad y por la distancia de la voz narradora. Lleno de potentes imágenes, es un relato en el que todo está relacionado. Margaret teje una red resistente en el que el lector puede reposar, abrir puertas, viajar y descubrir paisajes nuevos.

Lo que menos me ha gustado: Es un relato lento en el que el eje central no es la acción sino los personajes. Cómo hablan, cómo sienten en cada momento, cómo es la sociedad de cada época, la evolución de los barrios, las preocupaciones cotidianas. Qué inquietudes había en cada momento en el imaginario colectivo, qué se sabía y que no, de qué se hablaba y de qué. no. Qué era importante y qué no. No hay giros narrativos, ni sobresaltos ni trama. Por lo tanto es un libro para disfrutar con calma, abrir la mente a esa época y aprender a abrir los ojos para estudiar la nuestra. 
«Jess ha entregado la mayor parte de su vida al amor exclusivo, incondicional y necesario. Ésta es su historia que presuntuosamente me he impuesto intentar narrar. (...) Me he impuesto narrar su historia, pero es su historia, no la mía, y me avergüenza mi temeridad.» (Pág. 21) 
Margaret Drabble.
Jess, una joven antropóloga enamorada de su profesión, ha soñado siempre con viajar y recrear las rutas de Livingston y Mungo Park por África, estudiar a ese curioso grupo de niños afectados por el síndrome de la Pinza de Langosta capaz de remar con asombrosa destreza, desentrañar el significado de las piedras de lluvia, atravesar el lago Victoria y humanizar los fríos estudios que hasta ese momento se han hecho de las tribus africanas. Sin embargo, todos esos sueños se ven interrumpidos cuando debe realizar una exploración aventurera más real y cercana: la de la vida de la mano de su hija Anna, por las calles de Londres, una niña de oro puro, una niña que nunca crecerá. La extraordinaria originalidad de esta #joyita no es tanto en que la historia se centre en cómo una mujer decide ser madre soltera para dedicarse en exclusiva a una vocación sobrevenida, la de la maternidad, con una hija de «necesidades especiales» sino en la voz narrativa de esta historia, pues no es Jess quien la cuenta, sino Nellie, una amiga de Jess, vecina del barrio, e integrante de ese grupo de amigas-vecinas que tejen una red, una tribu de sororidad turnándose para cuidar de los hijos, prestándose sal y aceite, escuchándose, consolándose, apoyándose, compactándose. Esta voz narradora no es omnipresente lo que tiene la peculiaridad de que en la narración hay elipsis, suposiciones, deducciones, las mismas que hacemos nosotros cuando contamos la historia de alguien. Esta voz narradora es distante pero no fría, a medio camino entre el estudio antropológico, el análisis psicosocial y también la empatía de una amiga, de una persona que quiere y aprecia.
«Al mirar al pasado simplificamos, olvidamos los abismos, las dudas y los arrepentimientos, y sólo vemos el brillante contorno del cuento que nos hemos contado a nosotros mismos para mantenernos vivos y esperanzados, el brillante contorno que nos condujo al futuro. El camino radiante.» (Pág. 27)
La historia de Jess es el río principal al que van a desembocar las numerosas y heterogéneas reflexiones que Nellie va haciendo sobre la vida, como si de afluentes se trataran: ¿cómo ha ido tratando la sociedad inglesa a los miembros considerados diferentes? ¿cómo ha ido evolucionando el concepto de normalidad a lo largo de la historia? ¿cómo ha resuelto la presencia de locos, lentos, retrasados entre sus miembros? ¿cuándo pasaron de excluirles a intentar integrarles? ¿Existe un instinto maternal o éste se va creando? ¿Y qué sucede con la maternidad dependiente, sin fecha de caducidad, cuando sabes que tu hijo va a tener que caminar a tu lado toda tu vida por no poder ser independiente ni autosuficiente? Jess sueña con ser aventurera pero se ve obligada a moverse en un terreno estable y firme, a escapar de arenas movedizas para que su hija pueda sentirse segura en todo momento; sustituye los bosques frondosos y salvajes por jardines y zonas de confort:
«Eso es lo que hacemos: encontramos un pequeño y oscuro rincón de terreno cómo y familiar, nos acurrucamos en él y morimos. O intentamos morir. Retrocedemos, nos mecemos hacia adelante y hacia atrás, volvemos a subir a la cuna, a la cabaña de juegos, a casita de juegos. (Perdemos nuestro espíritu aventurero, nos apartamos con miedo de los bosques inexplorados y las aguas resplandecientes, y buscamos la comodidad y el consuelo de un pequeño espacio conocido (...) Una zona de confort, ahora la llamamos así.» (Pág. 104)
La narradora permanece invisible a lo largo de todo el relato, apenas sabemos nada de ella, y como a Rachel Cusk en A contraluz, la conocemos por la forma en la que nos habla de Jess y Anna, ese tándem madre-hija que como todos los Apegos Feroces, como llama Vivían Gornick a las relaciones maternofiliales, atraviesan etapas de absorción y de separación, si bien, en este caso, la peculiaridad de la enfermedad de Anna le da un toque de dependencia de la madre aun más acusado. 
«Ahora nada sugería que Anna fuera una niña normal. Sería lo que tuviera que ser: una piedra de molino, una carga perpetua, una niña de oro puro, una preciosa carga que llevar a lo largo de todo el lento camino de la vida hasta su remoto, y de momento inimaginable, límite a la orilla del lago resplandeciente.» (Pág. 27)
A lo largo de la narración vemos a Anna nacer y ser uno de esos niños felices, «y una se fija en ellos porque son felices. Sonríen a los extraños cuando una los mira, reaccionan sonriendo», Les enfants du Bon Dieu. Solo su madre, Jess, sospecha que algo no va a bien. Compara sus progresos con los hijos de sus amigas-vecinas y comprueba que el de su hija es más lento, es distinto. Anna sonríe a pesar de que comienza una larga peregrinación por médicos, especialistas, asistentes sociales, programas de integración, realización de nuevas pruebas a medida que la investigación médica va avanzando, cambios en la terminología de las enfermedades. Jess, Nellie, y el resto de sus amigas-vecinas, pertenecen a esa generación en la que la genética era una gran desconocida, Londres aun no había empezado a ser destino de grandes movimientos migratorios y la segunda ola del feminismo comenzaba a despuntar. Salen adelante y todas luchan pues no hay que olvidar que «la decepción es una compañera mortal». 
«(...) no nos es dado elegir dónde regresarán nuestros recuerdos o qué podrá suscitarlos. Estamos a merced de lo que suceda. Creemos que hay un hilo, una historia, pero estamos a merced de lo que suceda.» (Pág. 289)
Como nota curiosa, a nivel de cotilleo. Jess va abriéndose camino y sacando adelante a su hija gracias a esa tribu de amigas leales, a su padre y a su marido Bob, quien ejerce más de figura paternal para Anna que el padre biológico de ésta. La hermana y la madre de Jess, sin embargo, se mantienen distantes, como meras sombras que ni intentan acercarse a Jess y, ni mucho menos, a su «diferente» hija. Como si de un paralelismo se tratara, o un guiño a su vida personal, Margaret Drabble (Sheffield, 1939) ha manifestado en varias entrevistas que su relación con su hermana, la también consagrada escritora británica A.S.Byatt está enquistada en una enemistad irresoluble, provocada en parte por la competitividad que siempre ha existido entre ellas y fomentada por una madre dominante, de fuerte carácter, impredecible y temperamental. Abran la Wikipedia mientras leen este libro. Aprenderán muchísimo con Margaret Drabble.

martes, 19 de diciembre de 2017

Nada crece a la luz de la luna - Torborg Nedreaas


Título original: Av maneskinn gror det ingenting (1947)
Edición: Errata Naturae. (3ª edición, 2017)
Traducción: Mariano González Campo.
Páginas: 270
ISBN: 978-84-16544-09-7
Precio: 18,50€
Calificación: 9/10.
«Eso es lo que hace que las personas digan tantos disparates, que dejen que el mundo prosiga su torcido curso y vivan en su propia luz de luna sin poder ver —sin querer ver— que La Luz de la luna tan sólo es un frío reflejo de La Luz del sol.» (Pág. 258)
Lo que más me ha gustado: la calidad narrativa de este libro es extraordinaria, literatura en estado puro. De lo mejor que he leído este año (y miren que he leído este año). Si a alguien se le ocurre decir que las mujeres no escriben tan bien como los hombres pienso plantarle este libro debajo de sus narices. Con solo una frase lograré convencerle de que eso, querido mío, no es verdad. Y es que Torborg Nedreaas posee una capacidad tan excepcional de hilar ideas con frases tridimensionales que cuando hable a partir de ahora de «la emoción del lenguaje» estaré usando como punto de referencia esta novela. MARAVILLOSA.

Lo que menos me ha gustado: no es feminista. Me explico. Dice Ana de Miguel (y comparto su opinión) en su obra «Neoliberalismo sexual» que una obra feminista no es solo aquella que retrata la situación de las mujeres, dándoles voz, sino que también debe darles una salida a esa opresión a la que están sometidas. Anna Karenina o Madame Bovary eran obras bellas que mandaban, sin embargo, un mensaje desalentador: si buscas en el amor la justificación de tu vida y no lo encuentras, si te apartas del camino marcado, estás abocada a la destrucción. «¿Y si en vez de hacerlas morir de las formas tan tremendas en que lo hicieron estos dos novelistas les hubieran dejado la puerta abierta a luchar por transformar esa sociedad injusta?», se pregunta Ana de Miguel. Bien, pues Torborg cierra también todas las puertas a esta mujer de voz rasgada por el tabaco y el alcohol no dejándola ninguna salida a un proyecto vital propio, y eso, a mi pesar, impide que esta novela pueda considerarse «feminista».
«—Dios sabrá a qué se debe. Al fin y al cabo, es lo único que anhelamos, el calor de otro ser a nuestro lado.» (Pág. 13)
¡Aviso! La intensidad de la belleza narrativa es directamente proporcional a la intensidad de la angustia que se siente al leer esta historia dura de una hermosura sangrante. La propia protagonista avisa que su historia no es bella, no trata sobre sangre hermosa sino sobre pus. Sin duda, la autora cumple la exigencia de Chejov y no nos dice que la luna brilla sino que directamente nos muestra el brillo de La Luz sobre los cristales rotos. Porque aquí hay cristales rotos y cuerpos rotos (muchos) y vidas rotas e ilusiones rotas. Y cárceles sin puertas y cerraduras oxidadas y sótanos malolientes. Una novela Muy realista y necesaria aunque tan trágica y desesperanzadora que para leerla hay que estar en un momento fuerte. Por eso he echado de menos alguna salida, un túnel cavado en la pared con una cucharilla, un poco de oxígeno para poder respirar el aire de esa luna bajo la que nada crece...
«El mundo ha sido construido de forma equivocada, con una especie de dispositivo que convierte a un montón de seres humanos en víctimas de las existencia mientras que unos pocos se lo pasan tremendamente bien y no logran entender por qué todos los demás no son felices y se dejan azotar con gusto hasta morir.» (Pág. 146)
Una mujer con un abrigo de lana azul llega a la estación de tren. Un hombre que deambula por allí sin saber qué hacer con su vida se fija en ella y se le acerca, a lo que ella le propone: «mi cuerpo o mi historia». Él elige su historia. En la casa de él, hacia donde se dirigen, entre el humo del tabaco, los efluvios del alcohol y los ruidos de la calle como sonido de fondo, ella comienza a narrar con un estilo que mezcla la espontaneidad del lenguaje coloquial con la belleza sangrante de un lenguaje que enroca las palabras, enrollándolas unas detrás de otras, hilando pensamientos, expectativas, sueños y, sobre todo, con pérdidas porque a medida que va avanzando en la narración nos va narrando una historia de pérdidas: de pérdidas de alegría, de humanidad, de esperanza, de ímpetu, de ilusión... pero a la vez, esta mujer de abrigo de lana azul, cuyo rostro resulta cada vez más hermoso a medida que va hablando, las transforma en auténtica sabiduría. Toda la melancolía y la amargura, la tristeza, la desesperación que exhalan sus palabras han sido experiencias que ella ha transmutado en perlas de conocimiento. 
«El alma de una persona sólo significa algo para quien, a su vez, tiene alma. Una gran parte de la humanidad no la tiene. Y quienes la tienen se cuidan mucho de exponerla.» (Pág. 14)
Si leen cualquier reseña de esta obra les dirán que hay dos personajes: la mujer que habla y el hombre que escucha. Pero yo añado dos más: el paisaje y el lenguaje. La historia que la mujer nos cuenta transcurre en Gruben, un minúsculo pueblo del norte de Noruega, con sus oscuros inviernos y sus vivaces primaveras. Salvaje. Exótico. Misterioso. Seguro que ya tienen en su mente la estampa. Bien, pues este paisaje es el doble de la mujer que habla, su gemelo, una sombra con la que unas veces baila acompasada y otras dándose pisotones a destiempo como si fuese su doppelganger. Y ese lenguaje... con el que retuerce la sobriedad. No se me ocurre otra forma de definirlo. Saquen sus propias conclusiones a través de las citas seleccionadas para esta reseña. 
«Mi historia trata sobre la sangre. Pero no sobre la sangre en sentido poético, con belleza incluida. No. Fea. Horrible. Sangre, mucosidad y pus. ¿Sí? Estás frunciendo el ceño. Ya te he dicho que no a a ser algo hermoso, porque lo que voy a contar es la verdad». (Pág. 22)
La verdad. No será que Torborg no nos haya avisado y, ya se sabe, quien avisa... La novela nos da ejemplos concretos sobre lo que ha supuesto a lo largo de generaciones esa maldita doble moral, ese «lo que está bien para el hombre está mal para la mujer». La mujer que habla se enamora, con diecisiete años, de su profesor, un hombre honorable en la comunidad al ser profesor de instituto. Johannes, pues así se llama, dispone de su vida, de su cuerpo y de su destino con total libertad. Trabaja, aprende, entra, sale, sin dar explicaciones a nadie. Se equivoca, huye sin asumir responsabilidades, y aquí no ha pasado nada. Pero la mujer que habla, miles de mujeres como ella, no pueden hacerlo. Cada pequeño error determina su destino y puede ser irreparable. Ella sucumbe a ese amor que sabe no correspondido y en situación de desigualdad pero a pesar de que es consciente de esto ella no cuenta con los recursos ni económicos, ni psicológicos, ni morales para salir de esa situación que, y también lo sabe, la está abocando a su ruina personal. A lo largo de la narración hay momentos de luz en los que parece que ella va a conseguir salir de Johannes, abandonarle, romper con él. Se lo propone una y otra vez y, una y otra vez reincide. Salvando las distancias, me ha recordado levemente a otra novela también preciosa, con una narrativa lírica espectacular y con una historia, sino tan trágica, sí con las mismas reminiscencias de amor-apasionado-dador-de-vida-y-otorgador-de-identidad: «En Grand Central Station me senté y lloré», de Elisabeth Smart.
«Ya sabes, dicen que el carácter es el destino. Pero habría que añadir: el entorno es el carácter.» (Pág. 34)
Esta crónica de una tragedia anunciada es terrible. Una auténtica agonía. Y ese episodio final... no se lo cuento, obviamente, pero cuando lo lean se quedarán paralizados. Es esta falta de ventanas, de mujeres a las que aferrarse para salvar una situación, la ausencia de amigas, de ejemplos de mujeres que en la misma situación lucharon y salieron adelante, la que no me permite catalogar, como decía al principio, esta novela como feminista. Torborg Nedreass (Noruega, 1906-1987), es conocida como «La Simone de Beauvoir noruega» y se trataba sin duda alguna, era una mujer de profunda conciencia social. Esa crítica al trabajo en las minas, propiedad de capitales extranjeros cuyo interés, obviamente, no es mejorar la calidad de vida de sus trabajadores sino engordarse los bolsillos; esa denuncia a los trabajos extenuantes de sol a sol desempeñados por mujeres hasta deslomarse que las provocan abortos y acaban con su salud a cambio de una miseria que no les da ni para cubrir gastos al acabar el día; ese retrato de mujeres atrapadas por su género, obligadas a abortar para ocultar su «pecado» o a esconder a sus hijos y a ellas mismas para no «recordar su vergüenza», es un primer paso hacia la reivindicación que Torborg emprende de forma firme y contundente. Sin embargo, como la propia mujer del abrigo azul relata, ninguna, absolutamente ninguna mujer de su entorno ha logrado salir de su destino trágico. Torborg las hunde en el fiordo congelado una y otra vez, y cuando parece que por fin asoman la cabeza y las están esperando fuera con una mantita, ¡plas!, las vuelve a hundir. No hay paz.
«¿No es extraño que la mayoría de la gente esté de acuerdo en que hay algo que va tremendamente mal pero, a la hora de la verdad, no quieren que se produzca cambio alguno?» (Pág. 68)
Su hermana, quien ha logrado casarse con un buen partido, se niega a tener más hijos para no ver perjudicada su situación económica; su madre vive míseramente renegrida por la amargura y el rencor; vecinas que han sido madres solteras han visto cómo sus hijos eran rechazados de niños por ser recordatorios de la "debilidad femenina" y cómo de adultos se convertían en delincuentes; u otras que abortaban usando técnicas brutales que la narradora no duda en describir (sí, es terrible, pero es necesario) que ponían en serio peligro su salud tanto física como mental sin que eso arreglase nada porque al cabo de unos meses volvían a quedarse embarazada. La ignorancia de métodos anticonceptivos, de ideas que las ayudaran a formar su propio proyecto vital, así como la pobreza que las impedía poder estudiar y labrarse un futuro diferente son los lastres con los que las mujeres de esa sociedad miserable nacían incorporado de serie. No hay pan bajo el brazo, sino ignorancia bajo el brazo, y eso es realista pero también desmotivador. Si esa mujer del abrigo azul hubiese oído hablar de las sufragistas, de las feministas o simplemente hubiese tenido al lado a una amiga que la hubiera cogido de la mano y la hubiese orientado sobre cómo cambiar de vida, quizás, otra historia nos habría contado... (¡Qué importantes son los modelos, las referencias, los símbolos...!)
«"Los seres humanos sienten debilidad por La Luz de la luna. No los ciega. No los abrasa".
Entonces caminamos en silencio un buen rato. Al despedirnos me dijo: "Nada crece a la luz de la luna"». (Pág. 177)
A pesar de todo lo anterior, o quizás precisamente por ser un relato necesario, es inevitable, nos atrapa desde la primera línea. Como cuando estás en una habitación en silencio y empiezas a percibir el sonido de una melodía, fijas la atención en ella, va aumentando el volumen, se acerca y empiezas a distinguir también el sonido de una voz, una voz melodiosa que va cantando e intentas agarrarte a esas palabras y cubrirte con esa melodía de fondo y te das cuentas de que te esta diciendo: «Escucha. No te aburras. No te duermas. Préstame atención. Es una historia triste la que te voy a contar. Pero también se que necesitas escucharla. Escucha. Escúchame...»
«Y yo... Descubrí demasiado tarde que había terminado en una cárcel. Mi propia cárcel. Y en mi propia cárcel no hay puerta alguna.» (Pág. 81)

jueves, 14 de diciembre de 2017

Cuentos escogidos - Shirley Jackson


Edición: Editorial Minúscula S.L. (1ª ed. Diciembre 2015)
Traducción: Paula Kuffer
Páginas: 163
ISBN: 978-84-943539-7-0
Precio: 18,50€
Calificación: 8/10
«Pero quizá una de las cosas más prácticas de ser escritor de ficción es que no se desaprovecha nada; cualquier experiencia sirve para algo; tiendes a verlo todo como una estructura potencial de palabras.» (Experiencia y ficción. Pág. 103)

Shirley Jackson es poseedora de una característica que la hace única: cuando la leemos nos reconocemos en ella. No solo porque sentó las bases que inspiraron cientos y cientos de películas, libros y relatos de terror psicológico (Stephen King y Carol Joyce Oates han confesado que ella es una de sus fuentes de inspiración, reivindicando su figura) sino porque nada a pulmón como nadie en el lado más oscuro, inconfesable incluso para nosotros mismos, que todos encerramos bajo cien llaves en un armario del sótano. No me consta que Shirley Jackson y Carson McCullers llegaran a conocerse, aunque fueron contemporáneas, pero ambas comparten algo más que esa clasificación de su obra como "gótica" y es una profunda inquietud por el aislamiento y la incomprensión. Pero mientras que McCullers batea este tema a través del desgarro emocional embellecido por una prosa lírica y unos atardeceres sureños, Shirley lo hace de forma más dramática recurriendo a una violencia psicológica que nos aterra por su recurrencia a lo cotidiano, a lo banal, a lo que rodea esa clase media norteamericana no muy alejada de la nuestra.
«En el país de los cuentos el escritor es el rey. él dicta todas las reglas, solo debe cuidarse de no pedir al lector más de lo que este puede conceder razonablemente. Recuerda, el lector es un cliente muy pero muy exigente, obstinado, que arrastra los pies y se irrita con facilidad.» (Notas para un joven escritor. Pág. 149)
Esta selección que nos presenta Minúscula recoge siete cuentos y cinco escritos que podríamos denominar autobiográficos sumamente interesantes para poder entender mejor el mundo tanto personal como profesional de Shirley y, especialmente, cómo el relato de «La lotería» impactó en su vida. En ellos observamos ya el universo de Shirley, que luego desarrollaría en obras como «Siempre viviremos en el castillo» o «The Haunting of Hill House» en toda su plenitud: el desarraigo, la angostura del límite entre la locura y la cordura y el aislamiento. Y es que Shirley Jackson fue una mujer infeliz. Rechazada por su madre quien la insultaba y menospreciaba, continuó sufriendo el maltrato de su marido, un adúltero que se burlaba de su obra y de su condición de mujer. Leyéndola da a veces la sensación de que el único consuelo que encontró en su vida, aparte de la escritura, fue el juego con sus hijos, del cual se sirvió para desarrollar su talento artístico y conseguir la tenacidad suficiente para poder escribir relatos tan increíbles como los que podemos leer en este libro.
«Sabía que en el otro apartamento había alguien, porque podía oír las voces hablando en voz baja y alguna risa de vez en cuando (...) no importa cuán a menudo o cuán fuerte llamara, nunca le abrieron la puerta». (El amante demoníaco. Pág. 31)
Hay una balada escocesa titulada «The Daemon Lover», cuyo argumento es el siguiente: un misterioso hombre llamado James Harris regresa a su antigua amante para convencerla de que huya con él abandonando a su marido e hijos. ¿Y qué tiene que ver esta balada con Shirley Jackson? Pues muchísimo ya que el tal James Harris, un elegante hombre vestido con traje azul aparece en el primer relato, que lleva el mismo nombre de dicha balada y que se ha traducido como «El amante demoníaco». Una joven espera en su casa la llegada de su prometido para ir juntos a casarse pero él no aparece. Ella sale a la calle, sigue su rastro, pregunta por él a sus vecinos, al kioskero, al florista. Todos se ríen de ella al mismo tiempo que la miran con lástima, con desconfianza. Ella descubre una terrible verdad y entiende el por qué de las risas: está pagando el precio por apartarse del camino marcado para las mujeres. Eso le pasa por ingenua, por tonta, por descarriada, se va a quedar solterona, excluida de la sociedad... No me digan que no es desgarrador.
«El Niño asintió con más vehemencia, y la madre alzó la vista del libro y sonrió mientras escuchaba. 
—Le compré un caballito y una muñeca y un millón de piruletas —dijo el hombre—, y luego la cogí y le puse las manos en el cuello y apreté y a pretender y apreté hasta que se murió.» (La bruja. Pág. 36).
James Harris vuelve a aparecer a través de la imagen de un hombre vestido con un traje azul en «La Bruja», donde la autora nos da una auténtica lección: el peligro no está en las brujas ni en lo sobrenatural sino en lo doméstico y en lo ordinario. Un relato perturbador cuyo protagonista es un niño deseoso de dejar volar su imaginación. Ante la pasividad de su madre la presencia de ese desconocido de traje azul será el resorte para elevar el juego de las historias a un nivel peligroso. Leyéndolo es imposible exclamar un ¡Madre mía, Shirley Jackson! ¡Eres increíble! En «Siete tipos de ambigüedad» aparece encarnado en un librero que representa un ejemplo espeluznante de la mezquindad humana, una maldad sin más motivo que la envidia, el deseo de hacer sufrir de forma gratuita a otra persona, aprovechar su debilidad para humillarle, hundirle. Terrible. Y en «La muela» es la voz de la tentación que susurra al oído de una mujer, casada y con un hijo, que viaja a Nueva York para visitar al dentista, promesas de un paraíso de blancas arenas, azules cielos y verdes hierbas.  Mientras tanto, el dolor de muelas de la protagonista se extiende al lector, le incomoda, le molesta y sufre con ella. Es el equivalente al dolor psíquico que Shirley sitúa en el cuerpo para su mejor comprensión. La angustia que se siente al leerlo va aumentando paralelamente al desequilibrio mental de la mujer a quien el paso del pueblo a la ciudad aniquila, destruyéndola. 
«Ella era solo su incómodo vehículo, y solo como al resultaba de interés para el dentista y la enfermera, solo como soporte de su muela era digna de una atención inmediata y experta.» (La muela. Pág. 75)
El entorno doméstico, que siempre ha sido sinónimo burgués de seguridad, limpieza y confort, Shirley Jackson lo deconstruye para alzar sobre él la sombra de la duda y de la sospecha, de la incertidumbre y del peligro en cada esquina. Como en «Después de usted, mi querido Alphonse», un ejemplo de cómo los niños gozan de una ingenuidad y de una ausencia de prejuicios que los adultos van poco a poco arrebatándoles o en «Charles», donde el hijo inventa la presencia de un compañero de colegio para dar cuenta de su propio comportamiento antisocial e irreverente.
«Cuando oyes hablar a los más jóvenes, nada es lo bastante bueno para ellos. Dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cuevas, que nadie trabaje, que vivamos así un tiempo. Solía haber un dicho, "La lotería en junio con el trigo a punto". Así acabaremos comiendo guiso de pamplina y bellotas. Siempre ha habido lotería». (La lotería. Pág. 94)
Pero, sin duda alguna, el relato estrella de esta recopilación es «La Lotería». Cuenta en «Biografía de una historia», que la idea se le ocurrió empujando el cochecito de su hija cuesta arriba y que al llegar a casa, colocar la compra en la nevera, y a la niña en su parque, la escribió del tirón. Era el año 1948. Shirley vivía ya con su marido en una pequeña comunidad rural de Vermont en la que la autora no pudo llegar a integrarse por sentir el rechazo del resto de las tradicionales mujeres de la comunidad. De ahí que muchas de las protagonistas de sus obras sean mujeres aisladas de su entorno, objeto de burla y de exclusión, y también el mensaje principal que se manda en este breve pero magistral relato: toda comunidad necesita un chivo expiatorio y éste se elige al azar, sin ningún motivo determinado. Puede ser un defecto físico, una característica racial o sexual, una mala palabra dicha en un momento o dado, un rumor, o simplemente una debilidad, en definitiva, convertirse o no en ese objeto de rabia de un grupo es tan aleatorio como que te toque una lotería.





lunes, 11 de diciembre de 2017

La analfabeta - Agota Kristof


Título original: L´analphabète (2004)
Edición: Obelisco. (1ª edición, 2006)
Traducción: Juli Peradejordi
Páginas: 78
ISBN: 84-9777-332-2
Precio: Tomado en préstamo de la biblioteca
Calificación: 8/10.

Lo que más me ha gustado: una de las virtudes que más me gusta de Natalia Ginzburg, y que gracias a ella he aprendido a apreciar, es esa capacidad de aferrarse al "menos es más" y con ello conseguir transmitir más emociones que un maremoto de imágenes pomposas, exuberancias y excesos. Bien, pues Agota Kristof se puede encuadrar también en ese tipo de escritoras que no necesitan retorcer las líneas, recargar las letras ni llevarnos a situaciones límite para conseguir transmitir honestidad, intensidad y buen hacer. 

Lo que menos me ha gustado: es muy corto, tan corto que cuando lo acabé dije, ¡necesito más! Pero no hay más. La analfabeta es un mini libro joyita que concentra todo lo que Agota nos quiso contar. El resto debemos descubrirlo en el resto de su obra.
«En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulan en los cajones y los olvidamos para escribir otros.» (Pág. 67)

Agota Kristof
Cojan papel y bolígrafo. Comiencen a hacer garabatos. Quizás siguiendo el ritmo de alguna canción que estén escuchando o el propio ritmo de sus pensamientos. Al principio verán que nada de lo que dibujen parecerá representar algo concreto y sentirán que eso no es más que un galimatías de rayas y curvas de distinta longitud. Sin embargo, si se fijan atentamente, comprobarán que la mente tenderá a poner orden en medio de ese caos, rellenará vacíos, unirá puntos y seguro que al final podrán decir: «uy, he dibujado un elefante/cielo nublado/rostro/etc...» Pues eso es lo que hace Agota Kristof (Hungría, 1935- Suiza 2011) en este libro autobiográfico de apenas setenta páginas: presentarnos pinceladas, once exactamente, para que contemplemos un esbozo de su vida y de ahí extraigamos lo intensa y dura que ésta fue.
«Leo aún, si tengo algo que leer, a la luz reverberante. Luego, cuando me duermo llorando, nacen frases en la noche. Dan vueltas a mi alrededor, cuchichean, adquieren un ritmo, riman, cantan, se convierten en poemas.» (Pág. 24)
Once bocetos, once episodios fundamentales de su vida, once fotografías, como si estuviésemos pasando páginas al álbum de los recuerdos que la marcaron y determinaron la mujer en la que se convirtió. Una niña, devoradora de libros, que mantuvo su pasión contra viento y marea gracias al orgullo que su padre sentía porque ella hubiese aprendido a leer con cuatro años; una infancia feliz con el húngaro como idioma de cabecera, el de los libros, el de las historias que le contaban y que ella se contaba cuando de la infancia feliz pasó a la absoluta pobreza tras la segunda guerra mundial; el húngaro del internado en el que se vio recluida apartada de su familia; el húngaro en el que recibió la noticia de la muerte de Stalin; el húngaro que la acompañó como único equipaje durante la huída de Austria con su hija en brazos; el húngaro al que tuvo que renunciar para poder dejar espacio al francés al llegar a Suiza.
«Cinco años después d haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en un analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años.» (Pág. 76)
Y es en Suiza, en Lausanne concretamente, donde esa niña de lectura precoz, culta y desenvuelta en su idioma se convierte en analfabeta, analfabeta en francés. Pero poco a poco irá domando esta lengua y en ella escribirá este breve cuadro impresionista esbozado con once pinceladas donde comprobamos la enorme fortaleza de Agota Kristof. Cambia de idioma y quizás por ello, por no ser el francés su idioma materno, el lenguaje resulte sencillo, directo y contundente. No hay apenas metáforas, ni retruécanos, ni barroquismos. Todo es lineal y sencillo. ¿Todo? Aparentemente, sí. ¿Aparentemente? Solo aparentemente, porque igual que cuando contemplamos un cuadro impresionista, si nos acercamos demasiado a él únicamente observamos pinceladas sin ton ni son. Sin embargo, al alejarnos, nos encontramos con un atardecer de Monet, una noche estrellada de Van Gogh, una escena de baile de Renoir...
«¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz.» (Pág. 58)
Pues eso mismo nos sucede con Agota. Al terminar este libro descubrimos que hemos leído un relato duro pero que se sostiene de forma sólida gracias a su precisión y a que se trata de una de esas #joyitas en las que aquello de lo que no se habla, lo que se calla, asoma entre líneas con una contundencia tal que es imposible no estremecerse ante este relato. Ahora sí, ya estoy preparada para leer Claus y Lucas. No puedo terminar esta reseña sin dejar este párrafo anotado con las primeras líneas de este libro que me definen, no solo a mi, sino seguro que a muchas de las que leáis esta reseña. Ya solo por esto merece la pena abrir la puerta de La Analfabeta e introducirse en esta joya:
«Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.» (Pág. 9)


viernes, 1 de diciembre de 2017

Lecturas noviembre


«Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.» 

Así comienza «La Analfabeta», de Agota Kristof, una de mis (felices) lecturas de este mes. Y cuando estas líneas fueron procesadas por mi cerebro inmediatamente me di cuenta de cuánto nos parecíamos Agota y yo con cuatro años. Las dos leíamos cualquier cosa impresa que caía bajo nuestros ojos, listados de ingredientes de alimentos, rótulos de calles, carteles publicitarios, incluidos. Hoy, casi cuarenta años después, sigo leyendo como una enfermedad pero me he vuelto más selectiva. Es inevitable. Con los años y la experiencia adquirida, el gusto adaptado a nuestra personalidad, así como la falta de tiempo y el amplio volumen de libros que se publican semanalmente, no nos queda otra que plantarnos y decidir: ¿qué leemos? Este mes ha habido un poco de todo, aunque en general estoy muy satisfecha con todas estas mujeres que han convertido mi mes de noviembre en un mes para recordar literariamente por su intensidad, su viveza y su belleza. Estas son las lecturas que me han acompañado. Me temo, querid@s amig@s, que a estas alturas mi enfermedad lectora, aunque diagnosticada, es ya incurable. Sé que me entienden...

1. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Jeanette WintersonAcercarse a una autobiografía a veces no es fácil. Diferenciar al escritor de su obra es imposible y si éste no te inspira simpatía o confianza a nivel personal es complicado atreverse a abrir unas páginas en las que nos vaya a hablar de su vida. NO es, obviamente, el caso de Jeanette Winterson. Esta impresionante mujer, a la que ya conocía no solo por ser una de las voces narrativas contemporáneas más consolidadas sino también por haber leído su (impresionante y diferente) «Espejismos», ya me caía simpática antes de leer esta obra suya y, tras haberla leído, aun me cae mejor por su cercanía, su honestidad y su humanidad. Una historia dura de superación en la que nos lanza mensajes de lucha, de amor por la vida, por la escritura y la literatura, y por las personas que nos hacen el día a día más fácil. Una auténtica obra inspiradora escrita con ese estilo tan personal y repleto de talento propio de Jeanette. Yo prefiero ser feliz... Al fin y al cabo, ¿qué es lo «normal»?

2. Tres mujeres. Sylvia Plath. La poesía... mi gran asignatura pendiente. Pero nunca es tarde para emocionarse ante versos como estos (abro el libro al azar): «Nunca están quietos / quietos, como el vacío que llevo en mí». O estos: «¿Qué hacían mis dedos antes de tenerle?/ ¿Qué hacía mi corazón con este amor?» O estos (y sigo abriendo al azar): «¡Es tan agradable no tener ataduras!/ Soy solitaria como la hierba. ¿Qué me falta?» Tres mujeres, tres visiones de la maternidad: la primera ansía ser; la segunda cumple su sueño de ser madre; la tercera renuncia a ser madre. Con ellas lloramos, nos estremecemos, alzamos la voz, nos preguntamos y cuestionamos nuestra situación personal. Tres mujeres a las que queremos abrazar, tranquilizar, consolar. Tres mujeres que pueden ser tú o yo. Tres mujeres que son todas nosotras a la vez que somos al mismo tiempo cada una de esas tres mujeres. Qué maravilla, Sylvia...

3. La extraña desaparición de Esme Lennox. Maggie O´Farrell. Hay libros que llegan a tu vida recomendados por personas de confianza (en mi caso, como no, mi querida librera Alba, de @Lib_Mujeres) sin que sepas más sobre ellos que el nombre de una autora que te suena de haber visto por ahí (Maggie O´Farrell y su libro, que por supuesto leeré, «Tiene que ser aquí» estaba por todos los lados). Abres la primera página del libro y lo primero que detectas es un estilo narrativo cristalino y elegante, sutil y cuidado, repleto de emoción e intriga, rico en colorido e imágenes. Dos mujeres, una sentada y otra de pie, asisten a un baile de sociedad. Sabes que tienen una historia que contar, misteriosa e impactante. Vas pasando las páginas. La historia avanza. Comienzas a tener las primeras sospechas sobre qué pudo pasar y te niegas a creerlo. Una felicidad enjaulada, simplemente por cometer el delito de querer volar. La madre cierra la puerta, el padre tranca la cerradura y la hermana tira la llave. Dolor, injusticia, traición... Una de esas historias que seguiré recordando toda mi vida. Inolvidable. Imprescindible. Necesaria.

4. Tránsito. Rachel Cusk. Lo confieso. Siento debilidad por esta autora, y no solo porque sea tocaya mía. Tras leer su anterior libro, «A Contraluz», esperaba ansiosa la publicación de Tránsito, su continuación aunque pueden leerse como libros independientes. Ambos tienen en común que la narradora, Faye, solo aparece precisamente así, «A Contraluz», y la vemos a través del relato que ella realiza de las historias que personas con las que cruza le van contando. En Tránsito, Faye regresa a Londres donde intenta rehacer su vida tras su inesperado divorcio. La herida aún duele. La autoestima está bajo tierra. Las inseguridades se comen a las certezas. Las preguntas que se creían cerradas vuelven a resurgir con más fuerza que antes, como si hubiese rebotado contra una pared recogiendo los signos de interrogación. ¿Qué es la responsabilidad? ¿Cómo afectan los padres/madres en l@s hij@s y viceversa? ¿Cuánto pesa la soledad? ¿Cómo conseguimos avanzar arrastrando recuerdos? ¿Es posible disimular el dolor y aparentar lo que ni somos ni sentimos? Con Rachel Cusk te sientes como si te encontrases con una amiga para tomar un café y profundizar en cuanto os ha sucedido. Rachel escucha. Y yo, al escucharla, no puedo menos que incomodarme y reflexionar sobre cómo me afecta lo que me está contando. Al fin y al cabo, tod@s hemos vivido momentos vitales de «Tránsito»... y los que nos quedan.

5. La leyenda de una casa solariega. Selma Lagerlöf.  ¿Saben cuántas mujeres han recibido el Premio Nobel de Literatura desde que empezó a concederse en 1901? Catorce. ¿Y hombres? Noventa y siete. Por ello, Diana del blog Todo mi ser  tuvo una idea genial: leer a las catorce mujeres por orden de premiadas. ¿La primera? Selma Lagerlöf, en 1909. Reconozco que no sabía absolutamente de ella e indagar en su vida y en su obra ha sido todo un descubrimiento genial. Selma era una mujer adelantada a su tiempo que tuvo claro desde niña que quería ser escritora. Se imaginaba su futuro muy alejado del prototipo de la época de mujer de su hogar y de su casa. Al contrario, ella solo quería escribir y ser autosuficiente. En este libro el joven protagonista, Gunnar, es un estudiante que se vuelve loco cuando se ve obligado a trabajar para recuperar su casa familiar y tener que renunciar así a su violín. La joven Ingrid Berg, uno de esos personajes femeninos que quedan fácilmente incorporados al imaginario literario por su tenacidad, su resiliencia y su realismo se enamora de Gunnar, al que de loco llaman el Chivo. Esta historia de amor, a camino entre la fábula y la novela, es deliciosa de leer. 

6. La analfabeta. Agota Kristof. ¿Es la cantidad directamente o inversamente proporcional a la calidad? Pues depende... pero en el caso de este pequeño libro #joyita está claro que menos es más y que cada una de sus cortas frases contiene una grandeza literaria inigualable. Agota selecciona once momentos clave de su vida para narrarnos, cada uno en un capítulo, cómo pasó de ser una lectora infatigable a convertirse en una analfabeta. Su exilio de Hungría a Suiza la obligó no solo a abandonar su país, su familia y sus raíces sino, sobre todo, su idioma, aquel en al que se aferró para lograr sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, a una existencia solitaria en un internado, a unos primeros años en un país en el que todo era desconocido. La emoción que contiene cada una de sus comas, cada uno de sus puntos, cada palabra, es tal, que es imposible no sentir el desgarro que transformó a esta mujer por dentro y la llevó a escribir este relato que por breve es dos, y hasta tres veces, bueno. Otra #joyita más que me prepara para lanzarme a leer, próximamente, su celebradísimo «Claus y Lucas».

7. Madre mía. Florencia del Campo. «La pregunta que yo me estaba haciendo era: ¿tenemos (hijos e hijas) la obligación (moral) de cuidar de nuestros padres cuando enferman o es algo que puede elegirse (según los sentimientos, la historia, las circunstancias...)?» Esta pregunta es el punto de partida de esta historia. Una pregunta muy interesante que supedita la lealtad a la familia a que ésta sea correspondida. Sin embargo,  con este libro he tenido sentimientos enfrentados. Mientras lo leía anotaba frases de una potencia brutal, imágenes que se depositaban en nuestra mente revolviendo recuerdos, reflexiones interesantes que me obligaban a parar para contestarlas. Pero, por otro lado, me costó mucho empatizar con la protagonista hasta el punto de que por la dureza de algunos episodios que relataba tuve que dejar el libro a un lado para tomar aire unos instantes mientras exclamaba: ¡madre mía! Quizás, a diferencia de lo que sucede con el libro de Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal?, faltan aquí unos anclajes previos que nos ponga en antecedentes sobre la relación de la protagonista con su madre, a la que llama Bernarda Alba en referencia a la tiránica mujer de Lorca. Al acompañar el relato con los informes médicos de la madre tiraba inevitablemente a posicionarme a favor de ésta y a no entender a la protagonista. La discreción a la hora de hablar de uno mismo es más que comprensible pero eso impide que tengamos una perspectiva completa del pasado y que la ausencia de detalles dificulte que entendamos por qué se comportó como lo hizo. Aun así es una novela valiente, muy bien construida y con un potente lenguaje que no deja indiferente. 

8. Los Mandible. Una familia: 2029-2047. Lionel Shriver. Esta autora, que obtuvo el reconocimiento internacional por «Tenemos que hablar de Kevin», regresa con esta distopía de apocalipsis económico en la que se pone en el peor de los escenarios posibles para un estadounidense actual: el dólar se devalúa, el sistema quiebra, el oro es confiscado, el mercado colapsa, y EEUU pasa de ser el país que maneja los hilos a convertirse en un paria internacional. México cierra sus fronteras, progresa espectacularmente e impide que los «blancos» vayan allí a trabajar. El mundo al revés. Y, mientras tanto, cuatro generaciones de Los Mandible sobreviven a estos cambios en función de sus posibilidades y personalidad. En este ejercicio de ficción es interesante comprobar cómo Los Mandible aprenden dos lecciones muy interesantes: la primera, todo puede cambiar en cualquier momento así que abre bien los ojos y estate preparado para lo que venga; la segunda, si tienes una buena red de familiares y amigos, siempre lograrás salir adelante. Un #tocholibro de más de quinientas páginas en las que las lecciones de economía se alternan con lecciones de vida. Realmente interesante para salir de "mi zona de confort literario".


9. La brigada de Anne Capestan. Sophie Hénaff. Otra obra más con la que salir de "mi zona de confort" literario. Tras una temporada de lecturas intensas, necesitaba algo liviano pero bien narrado, ¿y qué mejor que una novela policíaca narrada por una de las revelaciones en Francia de este género? Anne Apestan, una policía apartada de servicio por tomarse la justicia por su mano, es reincorporada al frente de una brigada de «tarados» a donde destinan a aquellos policías con los que nadie quiere trabajar. Un oficial de Asuntos Internos que sabe demasiado, una escritora best seller, un alcohólico, un cenizo... todos encuentran en esa brigada un hogar en el que convivir a gusto. Los personajes están muy bien elaborados, la trama es ágil y la autora tiene un sutil sentido del humor que ayuda a pasar un rato agradable. Aunque el final es un poco previsible (una pena, porque la trama enganchaba) lo cierto es que disfruté muchísimo leyendo las peripecias de esta brigada y, sabiendo que hay una segunda parte, recurriré de nuevo a ella para «desconectar». 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La leyenda de una casa solariega - Selma Lagerlöf


Título original: En Herrgardssägen (1899)
Edición: Funambulista. (1ª edición, 2012)
Traducción: Elda García Posada
Páginas: 198
ISBN: 978-84-939830-8-6
Precio: Tomado en préstamo de la biblioteca
Calificación: 8/10.

Lo que más me ha gustado: en el marco de la iniciativa de Diana (@Todomiser, #WomenPNL) comencé un nuevo reto: leer a las catorce mujeres que han ganado el Premio Nobel de Literatura (catorce mujeres frente a noventa y siete hombres, saquen ustedes el porcentaje). La primera: Selma Lagerlöf, ganadora en 1909. Su lectura ha sido asombrosa pues Selma tiene un estilo bellísimo que ha resistido a la perfección el paso del tiempo, hasta el punto de que, gracias a ese tono de fábula que usa, construye una narración moderna, no exenta de moralismo, cierto, pero de mentalidad bastante avanzada para su época. Selma es directa y sensible. No recurre a descripciones interminables ni a discursos farragosos. Su ritmo es ágil y pone a sus personajes a caminar, hablar, actuar y discurrir.

Lo que menos me ha gustado: el libro está lleno de casualidades y encuentros entre personajes un poco forzados, de tal manera que Selma crea un entorno cerrado donde todo sucede por azar y donde, como en una leyenda de la mitología griega, los caminos de los protagonistas se van entretejiendo formando una red en la que no hay cabida para nadie más que no sea ellos mismos. Claro que la obra se titula precisamente así, Leyenda, y Leyenda es.
«Sabía lo que se sentía, algo así como lo que deben sentir los árboles cuando son talados, no de la forma habitual, cuando simplemente se les corta el tallo, sino cuando se les sacan las raíces y se los deja en la tierra para morir. Allí se encuentra el árbol sin entender por qué ya no le llega savia ni alimento. (...) Tiene que morir. No hay más remedio, tiene que morir.» (Pág. 77)
Selma Lagerlöf
¿Qué es aquello a lo que pertenecen con tanta intensidad que no se sabe quién pertenece a quién? ¿Cuál es ese sueño que ansían cumplir, ese lugar al que desean regresar una y otra vez, ese rincón que les inspira y les recuerda quiénes son? ¿El motor de su vida, su ilusión? Selma Lagerlöf lo tuvo claro: pertenecía a la casa familiar de Marbacka, su sueño era ser escritora y el rincón que quería recuperar a toda costa era, precisamente, Marbacka. Selma Lagerlöf (Marbacka, Suecia, 1858-1940) no fue una mujer de su época. Fue una mujer adelantada, adelantadísima a su época. Una displasia en la cadera cuando tenía diez años la ancló a una afición que conservaría toda su vida: leer. También la ayudó a descubrir que no deseaba atarse al destino que su sexo de nacimiento le marcaba: quería escribir, no quería casarse, era torpe en la cocina y bordar se le daba aun peor. Al igual que le sucedería a Simone de Beauvoir unas décadas después, la pérdida del estatus económico de la familia supuso para ella tener que buscar la forma de ganarse la vida por su cuenta, lo cual benefició sus inquietudes. En 1880 la familia pierde la propiedad de Marbacka, la casa familiar en la que Selma pasó una infancia que siempre recordará con nostalgia, pero su hermano mayor, Johan, pide un préstamo para poder costearle sus estudios de Magisterio en 1881. Y es así como en 1885, con veintiséis años, Selma desciende de un tren de Landskrona para poder comenzar su nueva vida como maestra.
«Gunnar Hedde profesaba una devoción tan grande por aquella casa, que se decía que resultaba incorrecto afirmar que él era dueño de una propiedad. Más bien lo que ocurría es que ese viejo lugar de Dalecarlia occidental era dueño de Gunnar Hede.». (Pág. 31)
Marbacka. El paraíso perdido de Selma.
Sin embargo, un sueño casi obsesivo persigue a Selma: recuperar la casa de Marbacka, regresar a sus raíces. Consciente de que con su trabajo como maestra nunca podría conseguirlo y sabedora también de su talento narrativo, comienza a dedicar cada vez más tiempo a la escritura. Y así, poco a poco, va abriéndose un hueco en el mundo literario sueco, logrando el espaldarazo definitivo gracias a un encargo para que los niños suecos conocieran la geografía del país: El maravilloso viaje de Nils Holgerson. Con los beneficios obtenidos logra recobrar Marbacka en 1907 y en 1909, cuando recibe el Premio Nobel, invierte gran parte del premio en reformar y ampliar la espléndida casa. En ese ansia por ver su sueño cumplido no estaba sola pues dos elementos fundamentales la acompañarían: de forma directa los personajes de sus novelas, unos seres maravillosos dotados de una vida interior rica y propia que también van en busca de sus sueños, como Gunnar Hede e Ingrid Berg, los protagonistas de La leyenda de una casa solariega; de forma indirecta el movimiento feminista de Suecia, concretamente la escritora Sophie Elkan y la principal figura de este movimiento, Sophie Adlesparre, quien además de soporte moral le dio soporte económico al concederle una beca para que se dedicase en exclusiva a la escritura. 
«Nada hay más cierto que este hecho: el sol adora las plazas abiertas frente a las pequeñas iglesias aldeanas». (Pág. 45)
En La Leyenda de una casa solariega, escrito en 1899, múltiples capas conforman el argumento y entre ellas siempre se puede respirar la brisa del norte que nos brinda la prosa elegante y bella de Selma. Y es que, a veces, aquello que buscamos con dedicación está justo delante de nuestros ojos y no lo vemos. Así, Gunnar Hede, un joven estudiante enamorado del violín, ve su estabilidad económica en peligro cuando la mina de la que es propietario deja de ser productiva. La posibilidad de perder su casa en Dalercalia le lleva a dedicarse a la venta ambulante, teniendo que renunciar así a la música, a su parlanchina melodía que habla al desconsolado que oye en ella lo que necesita oír, cayendo en la locura. Se convierte en un monstruo que tiene miedo a los animales, que se comporta de forma irracional y al que todo el mundo llama El Chivo de forma jocosa. Él pertenece a Dalercalia pero, a diferencia de Selma que luchó por recuperar Marbacka dedicándose a su pasión, la escritura, él se vuelve loco. Su obsesión por ganar dinero le lleva a dedicarse al comercio, a abandonar su pasión, el violín y a olvidarse de sí mismo. Se vuelve cobarde, deja de luchar, es vencido por el miedo.
«El miedo es una cosa difícil, una pesada carga para aquellos en los que habita.» (Pág. 50)
Viulunsoittaja. Pekka Halonen. (1901)
En su camino se cruza la joven e idealista Ingrid Berg, una muchacha huérfana que se enamora del estudiante y que sueña con reencontrárselo algún día. Ella no pertenece a ningún sitio porque acompaña a su abuelo ciego, un violinista ambulante; tampoco tiene ninguna pasión ya que el arte y la música se le resisten, pero sí tiene clara una cosa: el sentido de su vida es amar y ser amada. Cuando años después se reencuentra con el Chivo no reconoce en él, ese joven trastornado y excéntrico, al estudiante elegante y educado del que se enamoró. Comienza así una historia de reencuentros y desapariciones, de muerte y resurrección que Selma resuelve gracias a la fuerza del amor. Una fábula optimista pero realista sobre cómo las personas se desdoblan. El estudiante Hede, bello y apolíneo, equilibrado y sensato, amante de la música, como Selma lo fue de la escritura, se transforma en El Chivo, terrible y dionisíaco, desmesurado, una bestia, que desconcierta y causa sufrimiento en su madre y en Ingrid. Las pasiones traicioneras se apoderan de la mente. La pérdida de la ilusión y de la estabilidad, de la posibilidad de poder vivir por y para la música, provocan la ruina del estudiante/Chivo.
«Había vivido en casa del capellán durante seis años y no había conseguido hacerse querer lo suficiente como para que desearan verla con vida. Y aquel a quien nadie ama, no tiene derecho a vivir.» (Pág. 76)
De la misma forma, la joven Ingrid, al tomar conciencia de que nadie la ama y de que quien no es amado no merece vivir, decide rendirse a la muerte. Es el suyo un amor que evoluciona a lo largo de la obra. En un primer momento responde a ese amor "romántico e idealizado", salvador de vidas, dotador de identidad y de sentido vital. Pero a medida que Ingrid crece y aprende a reconocer en el Chivo al estudiante que ama se empieza a plantear si realmente es ese el amor que desea, si está dispuesta a aceptar también el lado oscuro de su amado, y descubre una lección fundamental: la salvación empieza por uno mismo. Ingrid cae de la nube, planta los pies en el suelo y se enfrenta al Chivo. Domestica a la bestia, la acepta como parte de su enamorado pero también le señala que debe ser él quien haga su parte. 
«—¡Vale, de acuerdo! —exclamó—. ¡Vuélvete loco de nuevo! Eres muy hombre por querer volverte loco para evitarte un poco de angustia.» (Pág. 175)
Una de las grandes obras de Selma.
Es por ello que esta novela, a pesar de su tono de fábula bucólica, impregnada del naturalismo de la época me ha gustado tanto. La historia de la Señora de la Pena, que obliga a aquel al que visita a reservar un cuarto de la casa a sus murciélagos, o la presencia en el relato del compenetrado matrimonio Blomgren, dan mayor empuje y firmeza a esta historia. Selma le da una vuelta no solo a los roles que la tradición asignaba al hombre y a la mujer sino también al estilo narrativo que, sin renunciar al tono moralista de este tipo de relatos, ha conseguido resistir muy bien al paso del tiempo. Lejos de ser una narración ñoña o cursi, Selma explora la psique de sus personajes y de paso hace una crítica constructiva a favor del amor que complementa y que crece, de la mujer que se descubre a sí misma y del hombre que, respetuoso, escucha a su compañera. Una auténtica delicia.



miércoles, 22 de noviembre de 2017

Tránsito - Rachel Cusk


Título original: Transit
Edición: Libros del Asteroide. (1ª edición, 2017)
Traducción: Marta Alcaraz
Páginas: 221
ISBN: 978-84-17007-22-5
Precio: 18,95 €
Calificación: 9/10.

Lo que más me ha gustado: su intimismo tanto en su forma narrativa como en el fondo de los temas. Rachel Cusk nos coloca frente a un espejo para que nos observemos con un espíritu crítico. Los temas filosóficos principales de la vida los coloca sobre la mesa y los hace accesibles para nosotros. Al fin y al cabo todos tenemos parecidas inquietudes y esperanzas: nos enamoramos, nos desenamoramos; abandonamos y nos abandonan; perdonamos y guardamos rencor; somos contundentes al hablar y al minuto siguiente nos contradecimos. Humanos, unos nos caen fenomenal, otros fatal, que Rachel Cusk sabe retratar con una gran empatía mezclada con emociones propias profundizando en lo que se está convirtiendo en su marca personal: ser capaz de hablar sobre la nada.

Lo que menos me ha gustado: bueno, esto es más un aviso para quien se acerque por primera vez a Rachel Cusk. Al igual que en «A contraluz» no hay argumento. Como si de una obra de teatro de situaciones se tratase (¿qué es la vida sino un escenario?) la protagonista nos detalla con profusión pero en un estilo fresco las conversaciones y encuentros que le suceden mientras repara su casa. Esa forma de narrar tan original se vuelve adictiva así que si he de señalar lo que menos me ha gustado será que me he quedado con ganas de saber más. Pero así es la vida... una serie de encuentros, muchas veces accidentales, con historias de las que solo conocemos un fragmento y se interrumpe la posibilidad de poder saber algo más.
«Tal vez nuestras heridas, añadió, sean el único lugar en el que puede arraigar el futuro». (Pág. 34)
Tradicionalmente se ha considerado que el título de una obra es su mejor carta de presentación, su traje de gala, uno de los factores determinantes para calibrar el potencial éxito o el mérito de un libro, y si hay una autora que es capaz de condensar la esencia de sus libros en sus títulos, esa es Rachel Cusk (Canadá, 1967). Si en «A Contraluz» (una de mis mejores lecturas de este año; podéis leer su reseña aquí) viajábamos con su protagonista, Faye, a Grecia, cuna de la civilización occidental europea, decadente, que vive del recuerdo de su antiguo esplendor, su cultura floreciente, su esperanza en el progreso del ser humano politikon, igual que la vida de Faye quien una vez fue feliz, esplendorosa, floreciente y esperanzadora pero que ahora transita entre las ruinas de un divorcio con dos hijos menores a cargo, en Tránsito la acompañamos en su regreso a su ciudad de origen, Londres y en su intento por reiniciar su vida. De nuevo nada es casual y el simbolismo va mucho más allá de frases largas y elegantes o ideas complejas y profundas. 
«(...) sea lo que sea lo que queramos pensar de nosotros mismos, no somos sino el resultado del trato que hemos recibido por parte de los demás». (Pág. 14)
Pero Faye se propone a tomar ella sus propias decisiones, a tener el poder, cuando se da cuenta de que son los demás quienes siempre lo han tenido. Para ello decide, en contra del criterio del agente inmobiliario, comprar una casa ruinosa en Londres y, a fin de rehacer su vida decide, en contra del criterio de los mezquinos vecinos del piso inferior, reformar su casa. Una reforma de la casa, símbolo de las transformaciones que se están produciendo en su propia vida, es el punto de partida para que Faye nos reproduzca las conversaciones que mantiene con múltiples personajes, a cada cual más interesante, con los que se encuentra en esa etapa. De fondo, los golpes de escoba en el techo de toda la vida, de ese matrimonio septuagenario, sus gritos, sus insultos de «puta zorra», símbolo de esos padres agazapados en el alma de la casa, un subconsciente siniestro e indeseable. Rachel ha aprendido a andar de puntillas para no molestarles, como ha hecho toda su vida; sin embargo, sus hijos, no. Ellos están acostumbrados a otro tipo de vida; no se han visto obligados a hacerlo.
«—Yo ni me he mudado de casa —dijo—. Es curioso, tú has ido cambiando de todo, y yo de nada, y, sin embargo, hemos acabado los dos en el mismo sitio.» (Pág. 19)
Esos cambios que no llevan a ninguna parte y que no son sino vueltas en círculo pero que esconden un cambio interior, casi invisible y muy imperceptible. El jardín de su nueva casa es difícil de transformar, le avisa el contratista. «Es como pedir peras al olmo». Las losas de cemento se han quebrado por la presión de las raíces de los arboles, como si ese pasado enraizado en la vida de Faye la impidiese edificar algo nuevo, plano y sólido sobre él. El pasado pesa. El pasado empuja y asfixia y Faye se deja ver en este libro con algo más de relleno. Esa sombra A Contraluz comienza a ser más nítida y más densa. Nuestros ojos se han acostumbrado a esa penumbra y podemos discernir el color de su pelo, los rasgos de su cara, su cuerpo nervioso y activo deseoso de pasar a la acción. Faye sigue escuchando atentamente a cuantos le rodean y a través de un estilo indirecto libre nos reproduce sus historias. Cada personaje es más fascinante que el anterior hasta el punto de que individualmente podrían protagonizar cada uno de ellos un libro, tal es la exactitud con la que nos son presentados, ¡y eso que ellos apenas hablan directamente! 
«Pero había una indiferencia, un hastío, casi, que también entrañaba peligro y que nacía de darse demasiada cuenta de los sueños y las visiones ajenas». (Pág. 51)
Las conversaciones van girando en torno a temas tan interesantes como la responsabilidad propia: un agente inmobiliario responsable de buscar el lugar donde sus clientes desarrollarán una nueva vida; un peluquero que ayuda a ese cambio visible aplicando mechas, cortando mechones; un contratista que ha de lidiar con los molestos vecinos y con las vigas podridas adecentando un hogar. Las relaciones padres-hijos y la retroalimentación de expectativas y decepciones: como el ex de Faye, Gerard, responsable de la educación musical de su hija cuando él, paradójicamente, rechazó el amor por la música que intentaron inculcarle sus propios padres; el primo de Faye, Lawrence y su nueva mujer, Eloise, ambos aportan hijos a la pareja y no coinciden en la forma de educarlos. La sensación siempre incómoda de abandono que invade a su amiga Amanda, una eterna adolescente emocional que representa aquello a lo que más miedo tiene la gente: «a que no la quieran». La soledad, el deseo de ser amados, el compromiso, los remordimientos, la verdad y la mentira... 
«El punto de vista, dijo, es como lo de esas parejas que cortan el sofá en dos cuando se divorcian: ya no hay sofá, pero al menos ha habido justicia». (Pág. 87)
Rachel demuestra un estilo inteligente colocando pistas a lo largo del relato que nos muestran esa Faye cada vez más fascinante al mismo tiempo que juega a la rayuela dando saltos de un tema a otro y regresando de nuevo a él páginas más adelante: de Julián y un padrastro que no le pegaba porque si meza no podría parar a Jane que si empezaba a comer tampoco podría parar; de Jane vestida en tonos azules y verdes sentada sobre la sábanas blancas que cubren el sofá de Faye a Faye sentada sobre la sábana blanca que cubre el asiento del coche del jefe de obra; de Faye y su contratista a Amanda que tiene una relación con otro contratista...
«El destino, dijo, no es más que la verdad en su estado natural». (Pág. 218)
Todo está relacionado y Rachel tiene una asombrosa capacidad para, incluso estando de tránsito, anclarse al momento y a las personas que tiene enfrente. En un momento de la novela Faye, quien también es escritora, dice que cada lector que llega a un libro debe ser tratado «como un desconocido al que había que convencer para que se quedara». Sin duda, a mi me ha convencido gracias a «Un Tránsito a Contraluz» cada vez más nítido. 

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