miércoles, 20 de septiembre de 2017

El amor molesto - Elena Ferrante


Título original: L´amore molesto [incluido en el libro Crónicas del desamor]
Traducción: Juana Bignozzi

Edición: Lumen (Enero 2011).
Páginas:19-176
ISBN: 978-84-264-1845-6
Precio: 25,90€
Calificación: 9/10
«Miré la foto tamaño carnet de mi madre. Los largos cabellos barrocamente dispuestos sobre la frente y alrededor del rostro habían sido cuidadosamente raspados. (...) Con el mismo lápiz alguien había endurecido levemente las líneas del rostro. La mujer de la foto no era Amalia: era yo ». (Pág. 82)
Dice José Saramago en El Viaje del Elefante: «El pasado es un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si de una autopista se tratara, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas. A veces les salen alacranes o escolopendras, pero no es imposible que, al menos una vez, aparezca un elefante». En cualquier caso el pasado siempre vuelve, por más que huyamos de él tarde o temprano tendremos que mirarle a los ojos y cerrar capítulos. Estas ideas son parte del mensaje que Elena Ferrante nos transmite en su primera novela, El amor molesto, publicado en 1992, y que aunque pasó por nuestro país sin pena ni gloria nos sirve para entender no sólo el arrollador éxito que ha tenido con su tetralogía napolitana de Las dos amigas sino para descubrir dónde se encuentran las raíces del mismo.  
"Mi madre se ahogó la noche del 23 de mayo, día de mi cumpleaños". (Pág. 23)
Delia, una mujer de cuarenta y cinco años, soltera y sin hijos, reside en Roma tras su huida de Nápoles. Sin embargo, la noticia de que su madre, Amalia, ha fallecido la obliga a regresar a esa sucia, bulliciosa y decadente ciudad con la que mantiene la misma relación amor-odio que toda la vida ha mantenido con su madre.  A diferencia de la saga de Las dos amigas que se trataba de una novela río donde transitábamos corriente abajo por la vida de las dos protagonistas, esta obra aborda la técnica in media res, donde comenzamos desde el principio, la muerte de la madre, para ir descubriendo, no tanto el misterio de dicha muerte, sino el misterio de su propia vida. Delia recuerda los celos enfermizos del padre que prohibía a Amalia reírse, mirar a su alrededor por la calle, soltarse el pelo. Los intentos por ser sumisa de la madre que, sin embargo, llevada por su naturaleza alegre y vivaz, una mujer que baila con lobos, se ponía el vestido que Caserta le regalaba y colocaba en jarrones con agua las flores que le enviaba, desatando la ira furibunda del padre. Caserta, nombre del tercer miembro de este triángulo, es también el nombre de un palacio ajardinado barroco (el equivalente a nuestro Aranjuez), como si Amalia cada vez que veía a Caserta se sintiera como una niña corriendo por esos jardines, abriendo puertas de ese palacio, curiosa, decidida, libre, feliz.
«Caserta era un lugar donde no debía ir, un bar con un cartel, una mujer morena, palmeras, leones, camellos. Tenía el sabor de los confites en la bomboneras, pero estaba prohibido entrar. Si las niñas lo hacían no volvían a salir de allí. Tampoco mi madre debía entrar, pues mi padre la mataría». (Pág. 51)
Nápoles es una ciudad de una agresividad bestial, en la que la violencia habita en cada una de sus esquinas: violencia en su dialecto, obsceno, directo y cortante; violencia en las relaciones entre los hombres, que se ven a sí mismos como machos alfa, obligados a proteger y defender a sus mujeres-propiedad pero que, al mismo tiempo, se hermanan y solidarizan entre ellos porque la culpa siempre es de ellas: de esas melenas gitanas provocadoras, de esos andares sinuosos, de esas risas pecaminosas, de esas caderas que se curvan bajo la falda; violencia entre las mujeres, que desconfían, se ven entre ellas como rivales y eventuales quebradoras de la paz familiar, al mismo tiempo que toman café unas en casas de las otras para ponerse hielo en los ojos morados y contarse confidencias; y violencia, por supuesto, en las relaciones entre los hombres y las mujeres, en una muestra de esa contradictoria cultura napolitana (no difícilmente traspolable a la nuestra) en la que resulta indecente que una mujer sea rozada o tocada por un desconocido pero se acepta que el hombre maltrate, azote y humille a su mujer, hija o sobrina a fin de "educarla y reformarla". Esas contradicciones adquieren una fuerza brutal en la imágenes que usa Ferrante en la novela y, sobre todo, en el cuadro de las gitanas que tan famoso ha hecho al padre, un cuadro que ha pintado, y sigue pintando, hasta la saciedad. La modelo del cuadro era la propia Amalia, su cuerpo desnudo, su melena al aire, su postura contoneante. El padre no permite que nadie mire a su mujer pero vende el retrato de ella a turistas y a locales, la expone públicamente, y de la venta de esos cuadros come la familia.
«Durante el entierro me sorprendí pensando que, finalmente, ya no tenía la obligación de preocuparme por ella. Después advertí un flujo tibio y me sentí mojada entre las piernas». (Pág. 28)
Por si esa violencia intracontextual no fuera suficiente, Ferrante da una vuelta de tuerca tirando más del lector, con una violencia extracontextual en su hiperrealismo lingüístico: nadie como Ferrante habla con tanta naturalidad de menstruaciones, manchas de semen en el vestido, bragas sucias, masturbaciones... Crea así un ambiente de melancolía claustrofóbica que logra transmitir no sólo la complejidad de los sentimientos que invaden a Delia ante la muerte de su madre sino también la ambivalencia ante todos los frentes que mantiene abiertos en su Nápoles natal y que, con su huida a Roma (de cuya vida allí, por cierto, no sabemos absolutamente nada más que su profesión) no hizo sino agrandarlos más.
«La infancia es una fábrica de mentiras que perduran imperfectamente; la mía, al menos había sido así» (Pág. 164)
Delia, por ser la mayor de las tres hermanas, fue testigo de toda esa violencia hasta el punto de que su tierna mentalidad de niña de cinco años se vio contagiada de ella, especialmente de ese amor obsesivo que el padre sentía por la madre y que ella también reproducía. Delia lloraba cuando se quedaba en casa temerosa de que su madre no regresaba. Delia sospecha que su madre juega a cosas con Caserta y en un intento de imitarla, de acercarse a ella mediante la suplantación, de entenderla, comienza a jugar a esas cosas con Antonio, el hijo de Caserta, bajo la sombra de su abuelo. Delia, intentando vengarse de su madre, en una supuesta lealtad al padre, manipulada por toda la violencia que hay a su alrededor, inventa una mentira que acaba creyéndose y que marcaría la vida de su madre para toda la vida, involucrándola en una espiral de violencia de tal magnitud que un día Amalia, harta de ella, decide abandonar a su marido e irse con sus tres hijas. Las hermanas pequeñas apenas aparecen en la novela más que como sombras en el entierro. Es Delia, quien recurriendo a su tío materno, a Antonio, a su padre, a una vecina y al propio Caserta, comenzará a levantar piedras, hablar con alacranes y enfrentarse a elefantes.
«Dos mujeres, cuyos perfiles casi se superponían por lo cerca que estaban y entregadas a los mismo movimientos, corrían con la boca abierta, de derecha a izquierda de la mesa. No se podía saber si seguían a alguien o si las seguían». (Pág. 76)
Dicen que solemos odiar de los demás aquello que no nos gusta a nosotros mismos y en ese cierre de capítulos Delia toma conciencia de algo que la horroriza: se ha convertido en aquello que toda su vida más ha odiado: a su padre (él, pintor, ella, dibujante de tebeos) y a su madre. El vínculo con ellos no estaba roto. La huída a Roma no quebró el cordón umbilical. ¿Conseguirá con su regreso pasar página por fin?

jueves, 14 de septiembre de 2017

Querido Miguel - Natalia Ginzburg


Título original: Caro Michele
Edición: Acantilado. Noviembre 2003 (1ª ed).
Traducción: Carmen Martín Gaite
Páginas: 215
ISBN: 978-84-96136-09-0
Precio: 11,50€
Calificación: 9/10

«Te deseo la mayor felicidad, caso de que la felicidad exista, posiblidad que tampoco hay por qué descartar del todo, a pesar de que bien pocas huellas de ella podamos encontrar en este mundo que nos ha tocado en suerte». (Pág. 130)
Si hay una escena de una cotidianiedad contundente ésa es la de una persona al levantarse. El comenzar del nuevo día, el café con galletas del desayuno, la apertura de ventanas para que la casa se ventile, el reflejo de uno mismo en un espejo... y el sentarse a escribir una carta a un hijo al que hace tiempo que no ve y al que, aún no lo sabe, nunca más verá. Así es comienzo del día de Adriana y así comienza también esta deliciosa novela. Si Querido Miguel resulta ya de por sí una narración que respira melancolía, con el paso del tiempo esta melancolía se ve reforzada por el carácter epistolar de la obra. Leyéndola recordamos esa época en la que, ansiosos, abríamos el buzón a cada momento en la espera de esa carta deseada. El olor de los sellos, el sabor amargo de ese pegamento que nos dejaba un regusto a esperanza cuando cerrábamos el sobre y lo timbrábamos, el paseo hasta el buzón más cercano donde a veces con dudas, a veces con seguridad, introducíamos ese papel doblado y cruzábamos los dedos para que no se extraviase, para que llegase a su destino lo más rápido posible, cálculo de días: envío dentro de la provincia, dos o tres días, envío fuera de la provincia, cuatro o cinco días ¿qué día es hoy? Llegará entonces... Y recibiré respuesta, si contesta inmediatamente el... 
«Pero no se apega uno solamente a los recuerdos felices. Al llegar a cierta edad, nos damos cuenta de que a lo que se tiene apego simplemente es a los recuerdos». (Pág. 59)
Natalia juega en este libro de forma magistral con las distintas voces de los protagonistas. El narrador es prácticamente invisible, un cientifíco riguroso que como si de un ensayo clínico se tratase, se limita a describir de forma minuciosa los comportamientos de los personajes, ese estiramiento de las mangas del jersey, ese gesto displicente, ese andar inseguro... Son los miembros del elenco los que tienen la voz a través de diálogos cortos pero contundentes y de la correspondencia que se mantiene entre ellos. Adriana, el alter ego de Ginzburg en muchos aspectos, el espejo que la refleja, es una mujer de cuarenta y cuatro años que se ha recluido en una preciosa pero solitaria casa en las afueras de Roma. Tiene cinco hijos: Angélica (otra de las autoras de la correspondencia que se transcribe), Viola (quien apenas aparece por estar ocupada «con sus cosas»), dos gemelas adolescentes (que se tiran toda la novela saliendo de la casa en moto o de excursión con amigos y que no prestan atención a la madre, típico de su edad) y el famoso y enigmático Miguel. A raíz del divorcio Miguel se quedó con su padre (las niñas con la madre) comenzando una vida que resulta, con el transcurso de los años, cada vez más misteriosa para el sector femenino de la familia que se relaciona con él a base de impulsos y encuentros esporádicos.
«Tus hermanas puede que sean menos calamitosas que tú, pero también ellas han salido bastante raras y despistadas, cada una en su estilo. Tampoco a ellas las he educado ni las educo, porque muchas veces, demasiadas, me sentía y me sigo sintiendo como una persona que no me cae simpática. Para educar a otro, hay que tener un poco de confianza en uno mismo, tenerse por lo menos algo de simpatía». (Pág. 62)
El hijo perdido se convierte, por tanto, en sujeto de la devoción y de la preocupación constante de la madre quien ve cómo ha ido creciendo hasta convertirse en un desconocido para ella. Las noticias de que se relaciona con grupos comunistas y anarquistas radicales, y que por ello se ve oblígado a huir a Londres, le encumbra a una posición de inalcanzable iniciándose una carrera epistolar por convencerle de su regreso, o al menos, de que les permita, a ese sector femenino, ir a visitarle a Londres. Miguel no acude a casa de su madre a hacerle las jaulas para los conejos; Miguel se va de Roma sin despedirse de ella; Miguel hereda un torreón de su padre a la muerte de éste del que se desentiende completamente; Miguel no asiste al entierro de su padre; Miguel no les invita a su boda en Londres; Miguel es un desapegado, un joven inconsciente y egocéntrico que cree que va a vivir eternamente y que no cuida de su familia, no les dice que les quiere, no cuenta con ellos en su día a día. La manera que tiene Ginzburg de retratar esa distancia intransitable que les separa es relatando cada detalle cotidiano de la vida de Adriana, de Angélica y de Mara. Miguel no aparece en ninguno de esos momentos. Sólo es un fantasma ausente, que sin embargo está más presente en sus vidas y en su pensamiento que muchos que les rodean. La sombra de Miguel es alargada...
«La última vez que lo vi (...) le pregunté que qué había comprado. «Un pollo asado», me dijo. Ésas son las últimas palabras que me dijo. Ya ves qué poca cosa. Lo vi alejarse con su bolsa de cartón en la mano. Un extraño». (Pág. 209)
Y en medio de esta dinámica familiar, arquetípica y tensa, surgen otros tres personajes: Osvaldo, íntimo amigo de Miguel, al que se aferran por ver en él una prolongación del mismo, Mara, una joven inmadura e impulsiva que cree, aunque a veces duda, que su hijo recién nacido es fruto de la relación intermitente que tuvo con el propio Miguel y Ada, un personaje sin voz que se convierte en una especie de "veladora a distancia" de los intereses de la familia y de la que Adriana, la protagonista dice con su peculiar sentido del humor que se la encuentra «hasta en la sopa, así la partiera un rayo». Los caminos de todos ellos se cruzan y a través de esa correspondencia epistolar de encuentros puntuales Ginzburg va perfilando, como sólo ella sabe hacerlo, de forma minimalista pero directa a la diana, las personalidades complejas y la forma de ver la vida de cada uno de ellos.
«Le había pedido que le acompañase por miedo de que a su madre le diera un ataque de llanto. Qué estúpido. A ella crisis de llanto no le daban casi nunca. Pero (...) cuando Felipe se marchó se había quedado tumbada llorando un rato en aquel dormitorio de los arcos mientras Angélica le cogía una mano». (Pág. 70)
Si hay algo que no deja de sorprenderme en Ginzburg es esa ausencia de personajes grises y planos. Su capacidad de observación es tan aguda y afilada con unas pocas líneas consigue hacer lo que otros autores hacen en párrafos enteros. Un simple gesto, una sencilla frase, nos dice más de un carácter que una descripción minuciosa. Porque los personajes de Ginzgurg están vivos. Ni más ni menos. Hablan, se mueven, carraspean, insultan, lloran, gritan, se contradicen, mienten, dudan... Sí, mienten. Mara es un ejemplo claro del narrador no fiable y también del personaje que evoluciona a través de las páginas pero, paradójicamente, a pesar de las mentiras y del autoengaño, manifiesta una honestidad tan brutal que la antipatía que se puede sentir por ella al principio deriva finalmente en un cariño hacia su persona. Es entrañable. Todos los personajes tienen algo que contarnos. Incluso aquello que no parece importante, lo es. Y ahí está el motivo por el que esta novela me parece tan maravillosa, porque su aliento, su historia, su complejidad no es un reflejo de la vida misma; es la vida misma.
«Yo te hablaba y tú por toda respuesta carraspeabas, pero sin abrir la boca. Ahora, cuando quiero acordarme de ti, carraspeo un poco y me parece que te estoy viendo». (Pág. 94)
Natalia publica este libro en 1973. Su segundo marido, Gabriele Baldini, había fallecido en 1969 y tras su muerte, con la que Natalia se quedaba viuda por segunda vez, se refugió en dos ámbitos que siempre habían estado presentes en su vida: la escritura y la política. Mientras que el primero, la escritura, había sido un continuum, un inseparable de su nombre, con el segundo, la política, había mantenido una relación de amor-odio con alejamientos y acercamientos intermitentes debido a diferencias con el Partido Comunista. En 1970 su compromiso adquiere forma y comienza pequeñas colaboraciones con el Partido Comunista Italiano, del que posteriormente sería diputada en 1983. Pero en 1973, cuando escribe Querido Miguel, esta colaboración está en ciernes aún. Sin embargo, este acercamiento tiene reflejo en la novela donde hay guiños como la colaboración del propio Miguel con el comunismo y su lucha, el profundo sentimiento antifascista de la propia Adriana o ese ¡Ay Carmela!, una canción recuperada por el bando republicano en la Guerra Civil española, y que el padre cantaba por costumbre cada vez que pintaba.
«—Se acostumbra uno a todo—dijo Angélica—. Cuando ya nos hemos quedado sin nada». (Pág. 211)
Antes de terminar no puedo dejar de mencionar la maravillosa traducción del libro, realizado por la mismísima Carmen Martín Gaite, una gran admiradora de Ginzburg, que hace de esta edición una joyita inmejorable. Y también un apunte sobre lo que Italo Calvino dijo de ella: «Natalia expresa su lirismo en el ritmo y en el corte de sus historias, construye la psicología de sus personajes a través de su comportamiento y nunca comenta o interpreta por el lado de lo intelectual, aunque sus historias se desarrollan casi enteramente en el ámbito de los intelectuales». Absolutamente recomendable.


Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

viernes, 8 de septiembre de 2017

Lecturas de julio


«La mayor parte de las cosas se rompe, incluidos los corazones. Las lecciones de la vida no dan sabiduría, sino cicatrices»

Con esta maravillosa frase de Wallace Stegner que pone colofón al libro de Jetta Carleton, Cuatro hermanas, encabezo el recuento de lecturas del mes de julio, un mes magnífico tanto en cantidad como en calidad, lecturas con las que he aprendido, reflexionado, llorado y, por supuesto, sanado mis cicatrices. Libros que te ponen frente a la vida, a nuestro pasado, ese que nunca podrán arrebatarnos pase lo que pase en el futuro, que diría mi adorada Simone de Beauvoir, pero que a veces pesa. Un pasado que, con libros como estos resulta más liviano, un presente que resulta más fácil de entender y un futuro que invita a luchar siguiendo el espíritu combativo de Rebecca Solnit.



1. Cuatro hermanas. Jetta Carleton. Qué maravilla. Qué libro más bonito. Qué buen sabor de boca deja no solo por las historias que cuenta o por cómo lo cuenta sino también por dónde lo cuenta. Este es uno de esos libros que te reconcilian con la literatura sencilla, cotidiana, tranquila pero cuidada, mimada, amada. Uno de esos libros que puedes leer y regalar sabiendo que quedarás bien y que la persona te lo agradecerá. Una obra a fuego lento deliciosa pero, no se engañen, de una gran profundidad psicológica y emocional. Porque la vida, como las efímeras Damas de la Noche, aunque amarga, también puede ser dulce, ¿no creen? [Nota: sí, lo han adivinado. Se trata de uno de los libros de cabecera de mis libreras de @Lib_Mujeres, no podía ser de otra manera ;-)]

2. Sólo para Mujeres. Marilyn French. Historias de mujeres reales para mujeres reales. ¿Pueden leer este libro los hombres? Por supuesto que sí, es más, sería aconsejable que lo hiciesen, aunque la traducción al castellano del título pueda echar para atrás a muchos hombres y a no pocas mujeres (tal y como comenté en su reseña). Un libro sobre la sororidad con el que la autora rompió muchísimos tabúes al hablar de temas tales como el suicidio (debido a "ese problema sin nombre" del que hablaba Betty Friedan), el aborto, la bisexualidad, el lesbianismo, el sexo... Toda una novela feminista de una calidad notable.

3. La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero. Mira que he oído hablar de este libro, y que me lo han recomendado hasta la saciedad. Mira que me lo he encontrado una y otra vez en librerías, Ferias y bibliotecas. Y entonces, me pregunto, ¿por qué he tardado tanto en leerlo? Los diarios de Marie Curie sirven de punto de partida para que la autora realice una introspección personal sobre su propio duelo y, de paso, sobre múltiples aspectos de la vida (amistad, relaciones padre/madres e hijas, maternidad, amor, desamor, muerte, vocación, profesión, identidad...) desde una perspectiva feminista que reconforta. Lo ridículo de este libro es no leerlo, creanme. 

4. Los hombres me explican cosas. Rebecca Solnit. Nueve ensayos brillantes en los que la autora, con la ira como germen tamizada por la introspección y la reflexión, y subrayada por un espíritu de lucha y compromiso analiza multitud de realidades que afectan a día de hoy al colectivo de mujeres. Con una documentación excelente y su propia voz alta y clara, Rebecca nos atrapa en esas telarañas que tejen las abuelas araña, en la oscuridad luminosa de Virginia Woolf, en el peligro que el mero hecho de ser mujer entraña en la vida diaria de países incluso "avanzados" como el nuestro, en la débil concepto de nosotras mismas que seguimos teniendo en presencia de "hombres muy importantes", en la reflexión sobre el feroz capitalismo que se ensaña con los más débiles... Un libro que, sin duda, hay que leer. 

5. En Grand Central Station me senté y lloré. Elizabeth Smart. Para leer este libro tuve que hacer un auténtico ejercicio de transmutación emocional transitoria. No empatizaba con ese concepto de amor absorbente-dotador de identidad que la autora sintió en el momento de escribir este libro pero tampoco quería perderme el precioso y preciso lirismo que como un aire fresco fluía entre sus líneas. Y el esfuerzo mereció la pena. Leer implica viajar a otros mundos tanto físicos como emocionales y esta pequeña novela a mitad de camino entre la prosa y la poesía, es un viaje a las profundidades del ser humano. Con Elisabeth me senté y lloré, ella en Grand Central Station, yo en Atocha, por mí misma, por ella, por muchas cosas... Abrir una de sus páginas al azar es garantía de encontrarse con una frase que merece ser disfrutada y releída y vivida. Maravilloso. Duro pero maravilloso.

6. Regreso a Berlín. Verna B. Carleton. Imagina que regresas a tu ciudad natal, aquella en la que pasaste la infancia y la adolescencia pero que hace más de veinte años que no visitas. Imagina que, como siempre que regresamos a algún sitio, buscas lugares de referencia donde poder representar tus recuerdos, apoyarte para crear un escenario que contar a los demás y a ti mismo. Imagina que llegas allí y ya no hay nada más que ruinas o edificios que poco o nada tienen que ver con esos que recordabas. Las calles han cambiado de nombre. En el lugar donde había una calle estrecha ahora hay una avenida o viceversa. Imagina que el motivo es que la ciudad ha sido destruida por la Segunda Guerra Mundial y que tú, al igual que ella, tienes que reconstruirte. Berlín. Año 1957. Eric, el protagonista, borró de su memoria todo su pasado, pero éste es malvado y siempre regresa. La única forma de vencer a sus demonios es reconciliándose con él y ello implica volver a recordar, rescatar del sótano de la memoria nombres, situaciones, traiciones... Una gran novela de personajes donde la autora (a su vez narradora) se invisibiliza para poder mostrar a esos hombres y mujeres ante nosotros y que así los conozcamos de primera mano. Una gran novela.

7. Infiel. Joyce Carol Oates. Oates, siempre vuelvo a Oates. Así que poco puedo decir de ella que no haya dicho ya en ocasiones anteriores. Simplemente dos cosas: la primera, que a pesar de conocerla nunca deja de sorprenderme; la segunda, que a pesar de haber leído muchísimas cosas sobre sus personajes, éstos tampoco dejan nunca de sorprenderme. Oates nada a pulmón con una maestría brutal en los mares más oscuros de la psique humana. Estremece, emociona, aterra, conmueve, siempre con una cierta dosis de crítica social y, especialmente, de denuncia de la situación de la mujer. ¿Quieres saber cómo se siente una mujer acosada por un hombre? ¿Quieres saber cómo se siente una mujer a la que le están haciendo un mansplaining o intimidándola? Si eres mujer no hará falta que nadie te lo cuente pues lo más probable es que lo hayas vivido de cerca o en primera persona, y si no, Oates lo narra con su genialidad propia.

Extra: Feminismo para Principiantes. Nuria Varela. Si este libro está en el último puesto de este ranking es simplemente porque más que en un libro de literatura es un libro manual. Un manual, eso sí, imprescindible y necesario para introducirse en el mundo del Feminismo. En una primera parte nos hace un acercamiento histórico al movimiento en el que descubrimos con estupor y cabreo lo que ya imaginábamos: numerosas mujeres que deberían figurar en los libros de historia fueron invisibilizadas. De aquello que no se habla, no existe, insiste una y otra vez Nuria Varela a lo largo del manual, y no puedo estar más de acuerdo con ella. De ahí que sea tan importante dar visibilidad a mujeres (como hacen proyectos como @AdoptaunaAutora) y hablar una y otra vez de mujeres, de problemas de las mujeres, de situaciones que viven las mujeres, poniéndoles nombre y reivindicándolas una y otra vez. Para aquellas que ya tengan conocimientos sobre el feminismo quizás este manual le sepa a poco pues, al fin y al cabo, es un Feminismo "para principiantes", pero aun así es un trampolín excepcional a través del cual recabar temas, bibliografía y perspectivas. ¡Bravo Nuria!


martes, 5 de septiembre de 2017

Cuatro Hermanas - Jetta Carleton


Título original: Moonflower Vine (Enredadera de la Dama de noche. Todo un símbolo de la novela)
Edición: Libros del Asteroide (5ª Edición. 2015)
Traducción: María Teresa Gispert
Páginas: 412
ISBN: 978-84-92663-04-0
Precio: 19,75€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: el canto a la vida y al amor de la familia. Nos enfadaremos, nos odiaremos, nos perdonaremos, nos costará, pero nos aceptaremos porque estamos en nuestra zona de confort, en nuestro búnker seguro. Esa es la idea sobre la que Jetta Carleton gira una y otra vez en este libro. Una idea preciosa que te reconcilia con la vida y también con la buena literatura. La prosa de Jetta es tan hermosa que sus palabras y sus damas de noche flotan en nuestra mente dejando una esencia inolvidable.

Lo que menos me ha gustado: saber que Jetta Carleton no escribió ningún libro más a lo largo de su vida. Comenzó uno al quedarse viuda pero no pudo terminarlo. Una auténtica lástima. (Ya, lo sé, esta crítica no tiene nada que ver con el contenido del libro pero es que es tan bello...)
«Y se subió al tren sabiendo que así sería el resto de su vida. No podía quedarse, pero tampoco podía estar lejos, y volvería de vez en cuando, condenada para siempre a ir y venir, y a soportar aquellas horribles despedidas. Ése era el precio de su libertad. Pero así era como tenía que ser». (Pag. 139)
Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, dijo en una entrevista cuando le preguntaron por este libro: «Recuerdo que hice un viaje de Barcelona a Madrid y me sorprendí a las dos horas de lectura, llorando. Y tuve claro que teníamos que publicarlo, fue un flechazo». Sí, llorando. Yo también he llorado con este libro. Y de antemano aviso que siento una cierta repulsa hacia los dramones literarios, esos de historias rebuscadas y melodramáticas que tiran de recursos fáciles para emocionar al lector. Pero, por supuesto, este no es uno de esos libros. Su gran mérito consiste, sin duda alguna, en conmover a quien lo lee desde su misma altura. No desde arriba, tirando de su admiración o autoconmiseración, ni desde abajo, tirando de la compasión o la injusticia, sino contando una historia "normal" de una familia "normal" a la que le suceden cosas "normales". Jetta juega con una idea que a todos enternece: las relaciones con los padres que en muchas ocasiones se congelan en el tiempo haciendo que nos creamos la ilusión de que con ellos podemos sentirnos seguros, son nuestras personas-refugio, la cocina símbolo del vientre materno, el jardín donde explorar sin sentir miedo, las personas que siempre nos apoyarán y aceptarán hagamos lo que hagamos, seamos como seamos, pase lo que pase. 
«Las vidas que llevábamos en el exterior quedaban suspendidas; los asuntos del mundo, olvidados, y sólo recordábamos nuestra sangre común. NO importaba que nuestros valores no fueran ya los mismos, ue hubiéramos emprendido caminos distintos; cuando nos encontrábamos en familia, sabíamos disfrutar todos juntos». (Pág. 14)
Jetta Carleton
Quizás contribuya a ello la primera parte, narrada por la cuarta hermana, la pequeña Mary Jo, alter ego de la autora. Son los años setenta. Tres hermanas: Jessica, Leonie y Mary Jo, pasan como todos los años su verano en la casa familiar de sus padres, en un pueblo de Missouri. La cuarta hermana, Mathy, está muerta. A pesar de que todas ellas ya son mujeres adultas, con carreras profesionales consolidadas e incluso con hijos propios algunas de ellas, en la casa familiar se comportan como adolescentes: corren, saltan, se bañan desnudas en la laguna, persiguen animales, recolectan frutas silvestres, cocinan a todas horas, cantan... Los padres, Matthew y Callie, las reprenden con cierta condescendencia, como si se negasen a que esas mujeres adultas hubiesen crecido alguna vez. En esa casa familiar se permiten regresar a la infancia, todos ellos, a aquella época que en este episodio se presenta tan bucólica, inocente y feliz como una infancia puede imaginarse ser. La vuelta a ese microcosmos de la granja representa la realización de un sueño cumplido: el regreso a la infancia. Y es que, los que hemos tenido la suerte de recordar la infancia como una etapa feliz, ¿cuántas veces no hemos deseado tener una varita mágica y poder regresar a ella?
«Había cosas que deseabas durante toda tu vida y, de pronto, al cabo de un tiempo, no estabas más cerca de ellas que antes y ya no te quedaba tiempo». (Pág. 379)
Sin embargo, en los episodios posteriores damos un salto atrás en el tiempo y vamos conociendo a todos sus personajes, uno a uno, y comprobamos que la aparente armonía familiar era solo un espejismo. No, no se preocupen, no hay elementos sórdidos, delictivos ni desagradables. Tan solo un matrimonio que logra convivir gracias a la cualidad, especialmente de la madre, de mirar para otro lado y unas hijas que intentan rebelarse ante la tiranía no solo familiar sino social (son los años cincuenta) que impone un modelo de mujer único y encorsetado. Jessica, la hermana mayor, se enfrenta a su familia para poder vivir con el gran amor de su vida; Leonie, la hermana mediana, es el ejemplo perfecto de hija ideal que, como diría Rosa Montero, #HonraALosPadres pero que se verá de repente inmersa en una difícil situación ante la que tendrá que elegir; Mathy, la hermana pequeña en esa época (Mary Jo nacería años después), es la niña salvaje, traviesa, exploradora y alegre que aspira a luchar por sus sueños y disfrutar de cada segundo de vida. 
«A veces un hombre no quiere que lo salven. Pero él siempre acababa por desearlo realmente. A pesar de todo lo que le hacía a Callie, no podía vivir sin ella, ni tampoco quería». (Pág. 230)». (Pág. 167)
Matthew, el padre, un profesor frustrado por no haber podido asistir a la Universidad ni vivir las delicias de las grandes ciudades, es un hombre devoto de la familia pero propenso a los enamoramientos platónicos, que sueña con vivir una vida distinta a la que tiene. Estricto y severo, era la amenaza y la autoridad, pero todas le respetaban y le aceptaban «como acepta uno el tiempo». Callie, la madre, es una mujer resignada cuya vida se reduce al trío casa-marido-hijas pero que también esconde su propio secreto inconfesable. 
«Y ninguna de ellas podía hacer la cama sola. Tenían que trabajar de dos en dos, lo cual originaba el consiguiente diálogo y una inexplicable hilaridad. No sabían hacer nada en silencio. En sus oídos resonaba el ruido continuo de los utensilios domésticos —los cubos de fregar, el cepillo de la alfombra, la bomba del pozo, la batidora». (Pág. 256)
Risas, discusiones, ruidos, choque de platos, gritos... silencio, secretos. La historia de una familia. Y aquí es donde entra la gran maestría narrativa de Jetta Carleton, una mujer que únicamente publicó un libro en toda su vida, a pesar de saber manejar como pocos los tiempos narrativos, los vínculos entre historias, el simbolismo y la dosificación de información y de sensaciones. Jetta nos atrapa por esa voz tan potente y armoniosa que embelesa y embellece todo cuanto toca, creando una novela redonda en la que todos los cabos están atados. Ningún hilo sobresale, formando un tapiz de personajes tan humanos y coloridos que nos cubre de amor hacia la buena literatura. Aunque ella misma nos avisa de que no se trata de un libro autobiográfico hay tantas emociones contenidas y tantas explosionadas que resulta difícil creer que no lo sea. 
«Volvimos a casa sonriéndonos unos a otros, sintiéndonos más alegres, com renovados. El florecimiento de las damas de noche era una especie de milagro y, como todos los milagros auténticos, tenía el poder de sanar». (Pág. 40)
Años después, cuando la familia vuelve a reunirse (lo que se narra en el primer capítulo, como dije antes), el único problema que existe es evitar a los vecinos para así poder disfrutar de más tiempo juntos y, sobre todo, contemplar juntos cada anochecer la floración de la bella pero efímera dama de noche de la enredadera Ipomoea Alba (Moonflower Vine en inglés, que da título a la novela). Y es que la vida es así, parece decirnos Jetta Carleton. Cada segundo, cada día y cada año, pasarán y no regresarán, como esa Dama de Luna, bella en el instante en que florece, marchita poco después. Retenerse esos instantes, por mucho que se intente, es imposible. Es mejor vivirlos en ese preciso momento, y después, como un mal menor, revivirlos. 
«Al cabo de un par de días estarían a punto de florecer. Eran unas flores tan hermosas y duraban tan poco tiempo... Eran casi como la visita de las niñas: algo que se esperaba con ilusión todo el año, luego llegaba, se disfrutaba mucho con ello, y por fin terminaba en un santiamén.»
Porque, como dice el colofón del libro en esta cuidadísima edición de Libros del Asteroide, citando a Wallace Stegner:
«La mayor parte de las cosas se rompe, incluidos los corazones. Las lecciones de la vida no dan sabiduría, sino cicatrices». 
Pd: una vez más tengo que agradecer a mis libreras de Librería de Mujeres de Madrid (@Lib_Mujeres) por haber colocado en mis manos uno de esos libros que pasan, irremediablemente, a formar parte de mi vida, dándome una pizca de sabiduría y ayudándome a cicatrizar mis heridas. 

lunes, 31 de julio de 2017

Apegos feroces - Vivian Gornick


Título original:  Fierce Attachments: A Memoir.
Traducción: Daniel Ramos Sánchez.
Edición: Editorial Sexto Piso (1ª edición. 2017). 
Páginas: 195
ISBN: 978-84-16677-39-9
Precio: 19,90€
Calificación: 10/10

Lo que más me ha gustado: Su honestidad. Vivian Gornick despoja su narrativa de todo adorno innecesario para, al más puro estilo Natalia Ginzburg (#miNaty, por quien la autora ha manifestado su admiración) construir una escritura compacta y redonda donde no sobra ni una coma ni falta un punto, lo cual le permite centrarse en lo realmente importante: su ambivalente relación con su madre. Se podría decir que Apegos Feroces es el negativo de Querido Miguel. Mientras que en esta novela, Vivian Gornick cuenta la versión de la hija, en Querido Miguel, Natalia Ginzburg desarrolla la de la madre. 

Lo que menos me ha gustado: Las novelas autobiográficas, como señala Rosa Montero en «La ridícula idea de no volver a verte» conllevan un riesgo evidente a la hora de delimitar qué contar y qué callar a fin de no herir a terceros ni perder la integridad uno mismo. Vivian Gornick maneja con deleite estos dilemas, si bien me ha faltado un poco más de desarrollo de algunas pinceladas que esboza.
«(...) es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: "Ésta es mi hija. Me odia". Y a continuación se dirige a mí e implora: "¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?". Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.» (Pág. 18)
El vínculo con la madre... ¿qué se puede decir de esa relación que nos marca de por vida? Una relación determinada por el azar y que, como dice Gornick, es un ejemplo perfecto de «la naturaleza circunstancial de la mayoría de los apegos». No elegimos a nuestros padres. Tampoco elegimos a nuestros hijos. La cocktelera genética hace de las suyas tirando sus dados para que ¡voilá! allá aparezcamos en brazos de una mujer con la que conviviremos, si todo va bien, durante muchísimos años. Hablar de apegos maternos es casi imposible si no hacemos referencia a nuestra propia figura materna y eso es lo que hace Vivian Gornick en este libro publicado en 1987: desgranar con pasión, rabia, admiración y amor profundo su vínculo con una madre que a veces nos desata la admiración y otras veces nos desencadena la ira. Y es que, sin duda, no hay relación más llena de sentimientos ambivalentes y altibajos que la de una madre y una hija. El poder que tienen las madres es tal que determinan la forma en la que caminamos, respiramos y miramos cuanto nos rodea. Como si de una veneración religiosa se tratase, una palabra suya basta para sanarnos... o para herirnos. De esos momentos imprescindibles de apego pero también de los momentos de desapego «nace el relato que contamos de nuestras vidas»
«—La infelicidad está tan viva hoy en día.
Sus palabras me sobresaltan y me satisfacen Siento placer cuando dice algo cierto o inteligente. Llego casi a quererla.
—Ése es el primer paso, mamá —digo con suavidad—. La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa.» (Pág. 41)
Vivian Gornick.
Eso mismo le sucede a Vivian Gornick con su madre, una mujer «judía y comunista» de fuerte carácter que esconde su sensibilidad detrás de la consabida cortina de dureza que, en ocasiones, desenmascara una cortante crueldad. Vivian Gornick nace el Bronx en 1935, y su infancia transcurre en un barrio judío de viviendas pequeñas y edificios en los que se vive de puertas para fuera ya que la intimidad allí es un imposible. Los olores, los gritos, los jadeos y las risas traspasan muros y cerraduras convirtiendo a los demás vecinos en testigos involuntarios de las propias vidas. En ese ambiente ruidoso la pequeña Vivían aprende pronto a reconocer los matices en las voces de esas mujeres que entran y salen de su casa con toda familiaridad para quejarse, tomar un té, pedir sal, enseñar un ojo morado, cotillear sobre las vidas de las demás, desplegar la sororidad en la comunidad. El enorme cinismo y la inteligencia aguda de su madre ejercen de banda sonora de un conocimiento de los entresijos de la vida que muchas veces se produce antes de tiempo, antes de que el cerebro del niño sea capaz de procesar con toda su complejidad cuanto está ocurriendo a su alrededor. Esa banda sonora se va alternando con la de Nettie, una joven vecina viuda y madre de un hijo, que comienza a ejercer la prostitución y tiene un único objetivo: seducir a los hombres al estilo mantis religiosa.
«Nettie, como pronto se comprobó, no tenía dotes de madre. Muchas mujeres carecen de ellas. Reproducen los gestos y ademanes que recuerdan de las mujeres en las que han sido entrenadas para convertirse y esperan que todo salga bien.» (Pág. 55)
Así, dos mujeres, una madre que construye su identidad entorno al matrimonio y al amor idealizado y una joven vecina que la construye a través del amor erótico y del desprecio hacia los hombres, son las encargadas de introducir a Gornick en el complejo mundo de las emociones, el sexo y el amor, algo que la marcará de por vida junto con la muerte temprana de su padre. El padre, eje en torno al cual giraba la madre con su idealización sobre exaltada del amor y de su importancia en la vida de una mujer, coloca al pequeño núcleo familiar en una oscuridad de la que solo el hermano mayor logra salir. Pero Gornick, aun adolescente, se ve obligada a convivir bajo esa sombra que el duelo por la muerte del padre ha convertido a la madre en un ser fantasmal de una presencia asfixiante. Gornick no tiene opción de manifestar su propio dolor por su orfandad paterna; no puede llorarle ni echarle de menos porque no hay ni un solo rincón donde poder expulsar su desconsuelo. Todo, cada cajón, cada escondite detrás de una cortina o debajo de una mesa, cada muesca en la pintura de la pared, está ocupado por el inmenso, enorme, exagerado dolor de la madre. La compasión que ella siente es única y exclusivamente dirigida hacia sí misma. El vínculo que une a Gornick con ella, que ya había sido complejo, se convierte a partir de ese momento en un «Apego feroz». La madre comienza entonces a crear su identidad alrededor de una única idea romántica: sufrir en su papel de viuda. Y en esa nueva identidad creada se enfada con Nettie y obliga a su hija a elegir entre ambas. Gornick la odia pero no puede separarse de ella; la ama pero ese amor duele y apesta; la admira pero nada más lejos de su deseo que parecerse a ella. 
«La había embargado un sentimiento de pérdida tan primigenio que había acaparado toda la pena. La pena de todos. La de la esposa, la de la madre y la de la hija. La pena la había llenado y la había vaciado. Se había convertido en un recipiente, en un conducto, en una manifestación.» (Pág. 68) 
Emil Nolde. Garden (artista que se menciona en el libro)
Gornick contrae matrimonio con veintitrés años tras acabar la universidad y pronto descubre que ella no siente esa veneración por el amor y por el hombre que se ha casado como el que su madre sí sentía por su padre y por el amor en general. «¿De qué sirve todo lo que me has enseñado, madre?» parece preguntarse Gornick en esa etapa de su vida. Desorientada, sin referencias a las que aferrarse, debe ir construyendo a deshoras, poco a poco y por sí misma, su propia identidad. Su trabajo como divulgadora del feminismo la ayudará a ello. 
«—¿Por qué no te vas ya? ¿Por qué no te partas de mi vida? No voy a detenerte.
Veo la luz, oigo la calle. la mitad de mí está dentro; la otra mitad, fuera.
—Ya sé que no, mamá.» (Pág. 195)
Con el paso de los años la relación entre ambas se calma. Gornick, aun manteniendo su vínculo con su madre, consigue ir reafirmándose como mujer, como profesional, como persona. Esa distancia con la que puede observar el pasado le permite salir a pasear todos los días con su madre. Y es a través de esos paseos por Nueva York, mientras contemplan escaparates, observan suelos desnivelados, sienten el desvelo de los atardeceres, cuando ambas consiguen encontrar un lugar en común en el que poder sentarse a descansar, observarse con unos ojos que transcienden de lo personal, de la ira acumulada, de los reproches. Por primera vez en su vida ambas se molestan en conocerse, comprenderse, y sobre todo, aceptarse. Recordando historias pasadas de vecinas del bloque de edificios (la señora Kornfeld, los Roseman, la señora Singer...) en el que convivieron van tejiendo una red mutua donde el odio deja pasar a la comprensión, la rabia, a la empatía y los reproches al reconocimiento mutuo. Gornick descubre que, por más que lo haya negado, tiene más en común con su madre de lo que pensaba. Sus raíces se hunden en sus brazos, sus pensamientos en sus palabras, sus recuerdos se enredan de forma indisoluble a los de ella. Nunca es tarde para convertir esos apegos feroces en apegos dulces pues, no en vano, la historia de nuestras madres es también una parte de nuestra historia. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Cómo dejar de escribir - Esther García Llovet






Edición: Anagrama. (1ª edición, enero 2017)
Páginas: 128
ISBN: 978-84-339-9827-9
Precio: 15,90 €
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: el libro se lee como si estuvieses viendo una película (no en vano, la autora estudió Dirección de Cine y ha trabajado como guionista de documentales), con localizaciones constantes (la calle López de Hoyos, el barrio de Arturo Soria, la Puerta del Sol...) que permite que con pocas palabras la autora nos cree imágenes completas.

Lo que menos me ha gustado: el tono narrativo a veces es demasiado ligero, volátil, y al alejarse de la narración clásica con una trama definida y desarrollada linealmente hay que estar muy pendiente para distinguir lo onírico de lo real, lo que ha pasado y cuándo ha pasado.
«—Siempre encerrado, no sales nunca. ¿Qué es lo que escondes en esa casa?
En esa casa escondo la promesa de un pasado (Pág. 93)

Tres horas ha durado el libro entre mis ojos y mis manos. Comencé a leerlo y desde ese mismo momento supe que no podría dejarlo hasta que no hubiese llegado a la última página. Lo recibí como regalo de Reyes retrasado el mismo día que se publicó, el 11 de enero, y lo primero que hice al ver el nombre de la autora fue investigar en internet sobre ella dado que me era completamente desconocida. ¿Esther García Llovet? No me sonaba de nada, ni siquiera de haberla visto en las librerías que tanto frecuento (seguramente estaba allí, a la vista, con alguna de sus obras anteriores, pero nunca quedó grabada en mi memoria) y no tardé en encontrar elogios sobre ella: «Se lee a velocidad de vértigo» ( Elvira Navarro sobre Submáquina, entrada en su blog del 11 de agosto de 2011); «Nos da igual lo que García Llovet nos cuente, porque siempre lo hace con una forma de mirar e interpretar la realidad que no se parece a la de nadie.» (Emilio Ruiz Mateo sobre Mamut, entrada en su blog del 25 de julio de 2014); «autora de culto» (Sara Mesa, en la contraportada de este libro que estamos comentando).
«Que yo nunca supiera por qué mi padre me mandó a estudiar a Ginebra cuando tenía diez años y prácticamente no volviera a verlo en mi vida es algo que me preocupa menos que el hecho de que nunca me importó gran cosa.» (Pág. 30)

El argumento es sencillo de contar si bien lo que diferencia a García Llovet de otros autores es que en este caso el "de qué va el libro" no es lo importante, es más, ni siquiera es importante pues sirve únicamente de excusa para dar a conocer lo que realmente importa a su autora: los personajes, el devenir del tiempo, la pusilanimidad, el ir sin rumbo por la vida. Aún así diré en pocas líneas que Cómo dejar de escribir trata de Rulfo, el hijo de Ronaldo, un afamadísimo escrito chileno que fallece en un accidente de avión. Tras su muerte, Rulfo regresa a la casa madrileña del padre a quien apenas conoce porque con diez años le envió a estudiar a un internado de Ginebra y con el paso de los años sólo se lo ha encontrado en contadas ocasiones. En esta casa, acompañado de Curto, amigo ex convicto del padre, se dedicará a la búsqueda de un manuscrito perdido de su padre y paralelamente del viejo coche del mismo que fue robado, un Seat 1.500. Ante este argumento podríamos imaginar todo un entramado de carreras, armarios saqueados, secretos que reaparecen entre papeles perdidos en la buhardilla, entrevistas con amigos y conocidos, habitaciones revueltas, todo en aras de encontrar el dichoso manuscrito y el misterioso coche. Pero nada más lejos de la realidad.
«El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte». (Pág. 43. Frase dicha por Roberto Bolaño en una entrevista para la revista Playboy, julio de 2003, México y que Esther usa para dar título a la segunda parte del libro).

Despiadada. Así es Esther con sus personajes en este libro, porque si sus personajes se hubiesen dedicado a realizar tal búsqueda se habrían encontrado ocupados, entretenidos, ilusionados por tener un proyecto, un fin en su vida. Y entonces habría sido un libro de aventuras, o una road movie literaria, o una novela negra, pero entonces no la habría escrito Esther García Llovet. La autora tiene estudios en Psicología Clínica lo que le permite profundizar en las esquizofrenias de sus personajes, en sus paranoias, sus pasividades. Una escritura despiadada, desquiciada, desesperanzada que coloca a los personajes como robots, dejándose llevar por el tiempo, por la tristeza, el rencor y la inacción. Zombies que hablan unos con otros mediante diálogos de cuatro frases, sentencias cortas pero llenas de contenido. Esther dice que empezó a escribir por el impacto que le causó Roberto Bolaño (escritor chileno, como el padre de Rulfo, Ronaldo ¿es Ronaldo un alter ego de Bolaño?) y, sin duda, la influencia de este autor se nota en su narrativa. El maestro (adorado por unos, defenestrado por otros), estaría orgulloso de esta alumna que lejos de imitarle crea un estilo propio.
«La farola del jardín tililaba como la llama de una vela, la llama rojiza de cumpleaños de muerto (Pág. 29)
Cada frase de Esther es una bofetada (una "hostia", creo que diría ella, sin tapujos) en toda la boca. Con la nariz sangrando sigues leyendo esperando reencontrarte con esos protagonistas de nombres tan feos, con vidas feas, que viven a la sombra del gran Ronaldo (por cierto, nombre que coincide con el del otro ídolo del fútbol, ese deporte del que tanto hablan y tanto gusta algunos de los personajes que desifilan por aquí). Seguir la trama de la novela ciñiéndonos a su argumento es complicado. Al igual que en la obras de Bolaño hay saltos en el tiempo, elipsis, personajes que aparecen de la nada y que sñolo páginas después vas entendiendo, o mejor dicho, intuyendo, qué hacen aquí.
«Cogió el primer folio del montón, un montón de unas doscientas páginas. Lo levantó, estaba escrito hasta la mitad. 
El segundo folio estaba en blanco.
El tercer folio estaba en blanco.
El cuarto folio estaba en blanco.
Como los otros doscientos.» (Pág. 98)

El personaje de Renfo me ha recordado, salvando las distancias, a la protagonista de Cicatriz de Sara Mesa. Ambos tienen en común una sensación de abandono respecto a su familia (mucho más acusada en el caso de Renfo quien ha vivido sin su padre y sin su madre -de la que sólo sabemos que era alcohólica-) y un caminar por la vida sin rumbo esperando que otros decidan por ellos, que una luz les ilumine, que pase algo que les haga hacer algo. Renfo tiene que buscar un manuscrito que nunca busca, no del todo; un coche que tampoco busca; un padre con el que sólo habla cuando sueña reproduciendo conversaciones que nunca tuvieron; tiene que escribir un libro sobre su padre que nunca escribe; y tiene veintitrés años así que tiene que vivir, pero tampoco vive. Todo el día encerrado en casa, sólo deambula y sale a correr por la M30, por Alfonso XIII, por Corazón de María, por ese Madrid lleno de chalets que resulta tan superficial y tan frío como el propio Renfo. Y entre carrera y carrera, fuma Kool mentolado, charla con VIPS, la antítesis de Renfo (quien no deja de ser un niño bien con una buena posición económica heredara de su padre), un desempleado de larga duración que sobrevive también como puede y observa desde la distancia a Claudia, una pija de la que se ha enamorado.
«(...) quizás lo que sonaba era ese zumbido de aburrimiento puro y duro de la gente de mucho dinero, la falta de ambición, no tener que tenerla.» (Pág. 73)

A lo largo del relato Esther hace referencia a Bouvard y Pécuchet, los personajes de la obra homónima inacabada de Gustave Flaubert y los relaciona con el deseo de Renfo de tener a un Pécuchet en su vida, un amigo, alguien que no le abandone y con el que poder emprender todo tipo de acciones juntos, incluso las más descabelladas. Curto podría ser ese Pécuchet, de hecho lo es, incluso cuando se vean obligados a separarse. 
«Después de la muerte viene el olvido.» (Pág. 123)

La prosa de Esther nos hace tomar conciencia de nuestras carencias como lectores. Acostumbrados a que muchas voces narrativas decidan por nosotros y nos den la comida comprada, cocinada y masticada, con Esther es un "tú te lo guisas, tú te lo comes". Debemos estar pendientes de cada línea, de esos dobles sentidos, de esas frases aparentemente pronunciadas al viento y que contienen una vida, y rellenar con nuestra imaginación e intuición propias los huecos como valles que Esther nos deja.
«—La desesperación es corta. La pena, larga.» (Pág. 34)
En ella nada es superficial. Todo es importante. Y cuando digo "todo" es "todo" porque a pesar del nihilismo que destinan en ocasiones los personajes, en quienes recae todo el peso, Esther nos manda un mensaje, una "hostia" tras otra.

Un apunte biográfico. Esther García Llovet 


 Esther García Llovet nace en Málaga el 23 de noviembre de 1963 y en 1970 se muda a Madrid, donde se licencia en Psicología Clínica y realiza estudios de Dirección de Cine. Comienza a escribir en el 2000 por la profunda impresión que le produjo la lectura de Roberto Bolaño. Así, en un artículo publicado en Culturamas Esther define Nocturno de Chile (novela de Bolaño publicada en 1999) como la novela de su vida y dice: «En el año 2000 yo acababa de volver de Santiago de Chile a donde había ido detrás de un chileno que con treinta y tantos años seguía viviendo con su mamá, en casa de su mamá, con fotos suyas (de él) en todas las habitaciones. Estoy en Madrid entonces, en una librería de estas de franquicia donde compro lo de siempre; autores centroeuropeos, polaquitos suicidas, etc. Y veo: “Nocturno de Chile”. Autor: Roberto Bolaño. Esa misma noche lo empiezo y lo acabo. Lo empiezo. Lo acabo. A la mañana siguiente me siento a escribir el primer relato de mi vida.» Leyó tanto a Bolaño que en una entrevista del 2014 para Lecturas sumergidas dijo: «De él lo leí absolutamente todo. Me quedé tan saturada que ahora no me comería ni una tapa.»

Ha escrito reportajes en publicaciones periódicas como el suplemento El Viajero de El País, Qué Leer y El Asombrario
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lunes, 24 de julio de 2017

En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart


Título original: By Grand Central Station I Sat Down and Wept.
Edición: Periférica (Diciembre 2009)
Traducción: Laura Freixas
Páginas: 155
ISBN: 978-94-92865-00-0
Precio: 17,50€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: Se percibe, por la gran sensibilidad de Elizabeth, que gran parte de la novela ya estaba escrita antes de que conociese a Barker pues su búsqueda del amor, su intensidad emocional y sexual, su espejismo poético, sus instintos puros, son emociones galvanizadas que la movieron a sentir algo extraordinario.

Lo que menos me ha gustado: Esa visión del amor como un todo que aísla a la amante del mundo (la Segunda Guerra Mundial, cuyo eco resuena en la novela, queda relegada a un segundo plano por esa pasión que desborda), que le da vida y se la quita (y que me recuerda en ocasiones a Sylvia Plath) y que otorga identidad y único sentido. No es un amor, el de Smart en esta novela, que complemente, sino un amor obsesivo, sumiso, que anula y que absorbe. De hecho, cuando Angela Carter lo reseñó para The Guardian confesó que no deseaba que ninguna hija suya se encontrase en la situación de llegar a escribir un libro como este, por muy exquisita que fuese la prosa que se encontrase en ella.
«Nunca antes había yo estado enamorada de la muerte, ni agradecida a las rocas por prometerme una muerte segura. (...) Pues no hay belleza en negar el amor, excepto quizá a través de la muerte, y hacia el amor ¿existe algún camino?» (Pág. 24)
Abro el libro al azar y me encuentro frases como estas: «Nuestro beso fue un torrente que hizo un canal alrededor del mundo: de él paró el amor, igual que un refugiado en el último barco» (Pág. 35); «Estoy ciega, mas fue la sangre, no el amor, lo que cegó mis ojos.» (Pág. 33); «El día engaña, pero de noche, nadie está a salvo de alucinaciones» (Pág. 14). Da igual qué página se abra, como una dama de noche, en todas y cada una de ellas encontramos una cita llena de belleza, a veces inundada por el amor, a veces desbordada por el tormento. La escritura de Elisabeth Smart, quien escribió este libro cuando se encontraba embarazada de su primera hija, Georgina, vomita todas las emociones que ella comenzó a sentir al conocer a George Barker, un amor que desplazó a un lado a los millones de habitantes de la tierra y convirtió nuestro planeta en un espacio aislado en el que solo existían ella, George... y la mujer de George.
«¿Cómo puedo hablarle? ¿Cómo reconfortarla? ¿Acaso puedo justificarme ante ella, más de lo que me justifico ante las flores que aplasto con el pie cuando camino por el campo? Y él, solícito, se inclina sobre ella.» (Pág. 22)
Elizabeth Smart
Pero para entender mejor esta obra lírica, puesto que no se trata de una narración al uso con descripciones y explicaciones sino, como decía antes, un vómito de emociones, es necesario conocer antes un poco de la vida de esta mujer que ha pasado a la historia de la literatura por este libro que Angela Carter definió como la historia de una «Madame Bovary fulminada por un rayo». Elisabeth Smart nace en 1913 en el seno de una familia acomodada de Ottawa (Canadá). Ya desde pequeña muestra una sensibilidad notable por cuanto le rodea, quizás motivada por el carácter frío y estricto de un padre abogado y la absorbente relación con su madre, una mujer de "Apegos feroces" (que diría Vivían Gornick) que la rodeaba con unos brazos exultantes que ella misma califica de ¨garras». En 1937 comienza a trabajar como secretaria de Margaret Watt, Presidenta de Associated Country Women of the World y con ella viaja por distintos países. En Londres, al entrar en la librería Better Books en Charing Cross Rd., descubre un libro del poeta inglés George Barker y es ahí cuando se enamora no sólo de su obra sino del hombre que la escribe. 
«Bajo la cascada me sorprendió bañándome y me dio algo que no pude rehusar, como no puede la tierra rechazar la lluvia. Luego me besó y se fue a su cabaña.» (Pág. 22)
A través del escritor británico Lawrence Durrell comienza a mantener una relación epistolar con Barker y en 1940 accede a pagar el billete de avión para él y su mujer, Jennifer, a fin de que ante la amenaza de la Segunda Guerra Mundial logren salir de Japón (donde él trabajaba como profesor) con destino a California. Es aquí, en este punto, en esta espera de Elisabeth en la estación de tren, donde comienza esta novela:
«Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo.» (Primeras líneas. Pág. 11)
George Barker
La atracción entre ellos es inmediata y pocos días después comienzan una relación intermitente y tormentosa que durará dieciocho años. La presencia de la mujer, de quien Barker se negará a divorciarse alegando que sus creencias católicas se lo impiden, rodea a Elizabeth de remordimientos. Cuanto más placer siente por esa relación apasionada, mayor es el dolor que le asola imaginando el sufrimiento de Jennifer. Pero ese dolor se verá agravado por un motivo que a ella le toca personalmente: el rechazo social a su relación. En la frontera de Arizona los dos amantes son detenidos por su relación pecaminosa. Esa detención refleja claramente el doble rasero moralizante: mientras que él, el adúltero, es dejado en libertad, ya que todos los americanos son castos «por ley», ella, la mujer que se aparta del buen camino, la que provoca, la que rompe matrimonios, es tratada como una delincuente y devuelta a Canadá. Esa doble moral que Elisabeth sufrirá como la espada de Democles durante toda la relación, se convierte en algo tangible en boca de esos policías, de esos hombres y de esas mujeres, que la juzgan, criminalizan y humillan. 
«Se me acusa de silencio y de amor.

La matrona dice: Deme esa pulsera, no están permitidas las joyas. (El amado mío...) Démela inmediatamente. Y el anillo. (El amado mío...) Y el bolso. ¿Todo este maquillaje lleva aquí dentro? ¡Pero qué barbaridad! ¡Barra de labios! ¡Perfume! No me extraña que esté donde está. (Aliviadme con flores y con manzanas, dadme algún contento). » (Pág. 53)
Grand Central Station (New York)
De ahí que las referencias bíblicas a lo largo del libro sean constantes, así como ha personajes de las tragedias griegas y latinas clásicas, o a personajes melodramáticos de Shakespeare. Elizabeth ha roto la voluntad divina, se ha apartado del buen camino que una mujer decente ha de seguir, ha desobedecido los imperativos sociales, y lo que es "aun peor", no esconde su amor. Embarazada de Georgina, su primera hija, regresa a EEUU tras un enfrentamiento con sus padres, y en Nueva York, en Grand Central Station, con veintitrés años, se sienta a llorar al regresar de uno de sus encuentros furtivos con Barker. 
«Dicen: A medida que nos hacemos mayores aceptamos la resignación.
Pero cómo entran en ella: tambaleándose, humillados, ciegos. Y para ese pecado, el pecado de bajar la cabeza ante la resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención.» (Pág. 127)
De esa relación con altibajos nacerían cuatro hijos de los quince que Barker tuvo a lo largo de su vida con cuatro mujeres. A ninguna de ellas las dejó expresamente, pues tal y como relatan sus hijos, él se limitaba a irse y luego a regresar cuando mejor le convenía, confiando siempre que ellas estarían esperándole. En la entrada de su diario del 3 de febrero de 1976, Elizabeth escribiría: «Love. Children. Earning a living. Friends. Drinking. Pushed too far, to do too much. Silent years». Elizabeth fue silenciada por la tarea de sacar adelante ella sola a sus cuatro hijos y no fue hasta que estos crecieron y ella tuvo su dinero propio (Virginia Woolf, como siempre, demostró tener razón con su cuarto propio y sus quinientas libras al año) cuando retomó su voz para escribir. En 1980 la sombra de Elizabeth eclipsaba a la de Barker y, al coincidir ambos en una conferencia literaria, éste llegó a decir de esta novela que era un folletín propio de una revista femenina y que él no era ese hombre al que ella se refería. Los celos profesionales de Barker no han impedido que a día de hoy Elizabeth haya conseguido que su obra perdure y emocione más que nunca. 

viernes, 14 de julio de 2017

Natalia Ginzburg - Una biografía


Natalia Levi tuvo una vida intensa marcada por el fascismo de Mussolini y la Segunda Guerra Mundial. Nace en Palermo el 14 de Julio de 1916, en el seno de una familia de clase media, atea y fuertem,ente comprometida política y socialmente con las ideas antifascistas. Su padre, Giuseppe Levi, judío triestino, es profesor universitario de anatomía comparada. Su madre, Lidia Tanzi, milanesa, es hija de Carlo Tanzi, abogado socialista amigo de Turati (uno de los fundadores del partido socialista italiano en 1892). Con tres años, en 1919, la familia se traslada a Turín a donde su padre fue trasladado. Pasó allí gran parte de su infancia y juventud, matriculándose en el instituto Vittorio Alffieri en 1927 y recibiendo una educación laica. No fue, sin embargo, una buena estudiante ya que centraba su talento y su esfuerzo en escribir poesía.

Es la menor de cinco hermanos: Gino (1901, quién se convertiría en consultor industrial), Paola (1902, quien se casará con el empresario Adriano Olivetti), Mario (1905, trabajador en la Unesco) y Alberto (1909, médico). Su infancia la definiría como feliz pero solitaria. Su madre estaba mas unida a su hermana Paola que a ella porque Natalia no le “daba cordel” mientras que Paola sí. Era una niña callada, muy observadora, que se sentía frustrada porque de su casa entraba y salía constantemente gente, gente que hablaba, discutía, contaba historias, mientras que a ella sus hermanos la interrumpían constantemente por ser la pequeña. 

Leone Ginzburg (2), activista intelectual y político antifascista, entra en el círculo de Natalia al compartir con los hermanos y el padre de ésta la lucha contra el régimen de Mussolini. El 11 de marzo de 1934 se inicia el “Caso Ponte Tresa” al ser detenido en este lugar, frontera entre Italia y Suiza, su hermano Mario Levi, por posesión de propaganda y literatura antifascista, que pretendía introducir en Italia. Sin embargo, Mario logra huir en una escena casi de película: sale corriendo de sus captores y tirándose al río lo atraviesa hasta llegar a la orilla suiza, donde se refugia. Como consecuencia de este hecho son detenidas en Turín un grupo de personas relacionadas con Mario, entre ellos, su hermano Alberto, su padre Giuseppe y el propio Leone Ginzburg.  

Durante el tiempo que estuvo encarcelado Leone en la cárcel de Civitavecchia (Roma), él y Natalia comienzan a escribirse cartas. Leone sale en libertad al ser su pena descontada en dos años por una amnistía y regresa a Turín.

El 12 de febrero de 1938 contraen matrimonio y Natalia comienza a relacionarse con los intelectuales antifascistas turineses (Italo Calvino, Cesare Pavese...) y a colaborar en la editorial Einaudi fundada por su marido junto a Giulio Einaudi, empezando a traducir En busca del tiempo perdido de Proust. Como consecuencia de la ley racial promulgada por el gobierno de Mussolini, Leone pierde su nacionalidad italiana y en 1940 es condenado al confinamiento en Pizzoli, (pequeño pueblo de la provincia del Águila, situado en la zona de Los Abruzos en el sudeste de Italia) al ser considerado como “persona peligrosa para la seguridad del Estado”.

El matrimonio tiene tres hijos:
1. Carlo Ginzburg, nacido en Turín el 15 de abril de 1939. (3)
2. Andrea Ginzburg, nacido en Turín el 9 de abril de 1940. (4)
3. Alessandra Ginzburg, nacida en Pizzoli, durante el confinamiento, el 20 de abril de 1943. (5)
Entre septiembre y noviembre de 1941 Natalia escribe su primera novela, La strada che va in cittá (El camino que va a la ciudad, Bassarai, 1997, actualmente descatalogada) que publica en la editorial Einaudi en 1942 con el pseudónimo de Alessandra Tornimparte y que reeditará en 1945 con su firma definitiva, Natalia Ginzburg. Natalia tuvo que recurrir al uso del pseudónimo porque al ser judía por la rama paterna se le aplicaba la prohibición existente durante el fascismo de que los judíos pudiesen publicar cualquier tipo de obra literaria, científica o artística. La elección de este pseudónimo viene de Sassa Tornimparte, una región cercana a Pizzoli. El nombre de Alessandra se lo pondrá después a su tercera hija.
 
El 25 de Julio de 1943 cae el régimen de Mussolini tras la invasión de Sicilia por los aliados y el 5 de agosto Leone regresa a Roma creyendo que el país sería en breve liberado por los aliados. Natalia permanece en Los Abruzos con sus tres hijos pero tras la ocupación por los militares nazis alemanes de Italia decide reencontrarse con Leone en Roma. Para conseguirlo cuenta con la ayuda de la propietaria del único hotel de Pizzoli, de la que Natalia dirá posteriormente que era una de las mejores personas que ha conocido en su vida. Esta mujer logró engañar a los nazis diciéndoles que Natalia y sus hijos eran refugiados fascistas que habían perdido su documentación. De esta manera, Natalia consigue montar con sus hijos en un camión alemán que se dirigía a Roma y así reunirse allí toda la familia el día 1 de noviembre de 1943. Sin embargo, la felicidad por el reencuentro dura poco. Veinte días después, el 20 de noviembre, su marido Leone es detenido en la imprenta clandestina de la vía Basento, de donde salía la publicación antifascista “L´Italia libera”. Llevado a la prisión Regina Coeli de Roma, es identificado como judío y transferido al sector alemán. Torturado por la GESTAPO, fallece la noche del 4 al 5 de febrero de 1944. Tras su arresto ni Natalia ni sus hijos pudieron verlo de nuevo.

Fallecido Leone, Natalia envía a sus hijos a la Toscana, donde sus padres se habían refugiado, y ella permanece en Roma, escondiéndose en el convento de las ursulinas en la vía Nomentana. Posteriormente se refugia en Florencia en la casa de su tía materna Drusilla. Le ayuda en la fuga su cuñado Adriano Olivetti. En octubre de 1944 regresa a Roma, sola, y se va a vivir con su amiga Angela Zucconi. Natalia se sume en una profunda depresión, en un período sumamente oscuro en el que fantasea incluso con el suicidio. "No estaba segura de sí quería dormir durante mucho tiempoo morir", llegó a escribir en esa época. Recuerda su estancia en Pizzoli en el relato “Invierno en los Abruzos” (Inverno en Abruzzo) y escribe en homenaje a su marido uno de sus escasos poemas: “Memoria” publicado en la revista Mercurio y donde por primera vez firma con su nombre real. Por ese motivo, convencida por Angela, comenzó una terapia, que interrumpió al poco tiempo de empezar, con el prestigio psicoanalista Ernst Bernhard.

Comienza a colaborar con la sucursal romana de la editorial Einaudi, situada en la vía Claudio Monteverdi 18, y que dirige Carlo Muscetta, íntimo amigo de Leone y uno de los últimos que le vio vivo en Regina Coeli. Ginzburg está preocupada por considerar que no posee competencias específicas en el ámbito editorial, que no conoce ningún idioma extranjero, salvo el francés y que no sabe escribir a máquina. En otoño de 1945, cuando se siente segura, se reúne con sus hijos y sus padres en Turín, conviviendo con ellos desde ese momento en su casa de la vía Morgari. En medio de ese desconsuelo publica en 1947 É stato cosi (Y eso fue lo que pasó. Acantilado, 2016), un libro oscuro y duro en el que el dolor por la tortuosa muerte de Leone impregna toda la obra. Lo dedica “a Leone”.

Junto con Pavese, Balbo y Mila trabajará en la sucursal de Einaudi en Turín. Uno de los descubrimientos de Natalia será la prestigiosa escritora, considerada una de las voces de la literatura italiana del s.XX, Elsa Morante. La editorial Lumen en su edición de la que se considera su gran obra, Mentira y Sortilegio (1ª edición: junio 2012), incluye un prólogo escrito por la propia Natalia Ginzburg en diciembre de 1985 (6)

En 1947, convencida por Balbo, se afilia al Partido Comunista Italiano. Lo abandonará en 1952 de forma silenciosa, desencantada con la deriva que el comunismo está adoptando.

En 1948, durante el verano y el otoño, mantiene una relación clandestina con Salvatore Quasimodo, poeta y periodista (que recibiría el Premio Nobel en 1958) con quien coincide en Polonia en el Congreso Mundial de Intelectuales por La Paz y que en ese momento ya estaba comprometido con Maria Cumani, con quien contraería matrimonio.

En 1949, durante el Congreso del Pen club (asociación mundial de escritores, fundada en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación internacional entre escritores fundada por Catherine Amy Dawson Scott, de pseudónimo Sappho) que se celebra ese año en Venecia, se reencuentra con Gabriele Baldini (7), ensayista italiano especializado en literatura inglesa y al que había conocido de forma fugaz cuatro años atrás. El 5 de diciembre de 1949 anuncia a su gran amiga Ludovica Nagel (traductora y secretaria de Einaudi): "Mi sposo con un uomo che si chiama Gabriele Baldini". Gabriele tiene treinta años, pelo castaño y barba y devuelve a Natalia la alegría de vivir gracias a su exuberancia abrumadora, su cultura sin fin, su humor, su pasión por el cine y su ternura con sus hijos. Contraen matrimonio en abril de 1950. El 27 de agosto de ese mismo año sucede algo que marca a Natalia para toda su vida, dejándola conmocionada: su gran amigo, Cesare Pavese, se suicida. 

Baldini reside en Trieste, en cuya Universidad imparte clases, mientras que Natalia permanece en Turín con sus padres y sus hijos. En febrero de 1951 publica Valentino, el último relato que escribe en Turín. En 1952 Baldini es llamado a dar clases en la Universidad de Magisterio de Roma y allí se traslada Natalia con toda su familia, estableciéndose en la vía Fucino 4. Entre febrero y agosto de 1952 escribe Tutti i mostró ieri (Todos nuestros ayeres, Lumen 2016).

El matrimonio tiene dos hijos: Susanna (4 de septiembre de 1954 - 15 de julio de 2002. La pequeña sufrió al nacer una grave malformación. Una intervención quirúrgica realizada en Dinamarca consiguió garantizar su supervivencia) y Antonio (6 de junio de 1959 - abril de 1960).

El 1 de enero de 1956 Ginzburg pone fin a su relación laboral con la editorial Einaudi porque, como ella misma dice, no se veía trabajando con unos compañeros diferentes a los que tenía en Turín pero permanece en su función de consultora. En octubre de ese mismo año muere a los setenta y nueve años su madre, Lidia Tanzi.

Baldini recibe una oferta para dirigir el Instituto Italiano de Cultura en Londres. Ginzburg le sigue con Alessandra, pues los dos hijos mayores ya asisten a la Universidad. Este traslado a Londres provoca en Natalia nostalgia. Viven entre Holland Park y Notting Hill Gate y allí descubre la obra de Ivy Compton-Burnett, a la que lee compulsivamente en inglés y se ofrece a traducir al italiano para la editorial Einaudi. También se ofrece a traducir a Harold Pinter. Ninguno de los dos proyectos saldrá adelante.  

En la primavera de 1961 escribe en veinte días Le vocci della sera (Palabras de la noche, Pretextos 2001). En verano de 1961 regresa a Roma y se instalan en la Piazza di Campo Marzio, 3, cerca del Panteón. A partir de ese momento la Ginzburg escribirá siempre desde el diván de su salón, mirando a la calle, fumando cigarrillo tras cigarrillo y con una pila de folios sobre el vientre. Le bastaban cinco horas de sueño; se levantaba a las cuatro de la mañana e incluso antes.

En febrero de 1962 se convierte en abuela: nace Silvia, la primogénita de su hijo mayor, Carlo. En otoño de 1962 se publica Le piccole virtú (Las pequeñas virtudes, Acantilado) y el 15 de octubre se casa su hija Alessandra. Al día siguiente comienza a escribir Lessico Familiare (Léxico familiar, Lumen 2016), por la cual recibe críticas discordantes, a pesar de lo cual se hace con el premio Strega superando a Tommaso Landolfi y a Primo Levi.

El 3 de febrero de 1964 fallece Felice Balbo, el más querido de sus amigos. Ese mismo año interpreta a María de Betania en la película “El Evangelio según San Mateo” de Pier Paolo Pasolini.

En febrero de 1965 muere su padre Giuseppe a los noventa y dos años. En una semana escribe su primera comedia teatral, Ti ho sposato per allegria, que se representa con gran éxito con su amiga la actriz Adriana Asti y por Renzo Motagnani en los papeles principales y es publicada por Einaudi en 1966. En 1967 se adapta al cine. A partir de ese momento se centra en escribir teatro pues éste será para Ginzburg la forma de proseguir la narración de su autobiografía, ya comenzada en Lessico famigliare, la solución para dar voces a múltiples puntos de vista, a muchos “yoes”.
El 19 de Juno de 1969 fallece Gabriele a consecuencia de una transfusión de sangre infectada que se le practicó tras sufrir un accidente de coche en Roma, en Muro Torto.  

Tras la muerte de Gabriele, Natalia sigue escribiendo cada vez más focalizada en el microcosmos familiar. En 1972 firma el artículo Gli ebrei donde se posiciona contra el gobierno israelí y su política de confrontación con los palestinos. Publica en La Stampa y en el Corriere della Sera. En ningún artículo se ocupa expresamente de la condición femenina. Comparte las reivindaciones de las feministas (como su apoyo al aborto) pero no su comportamiento presuntuoso y antagonista frente a los hombres. 

Comienza a hacer colaboraciones semanales en el periódico romano Il Mundo realizando críticas cinematográficas y después en el Corriere realizará la crítica televisiva. 

En las elecciones de Junio de 1983 el Partido Comunista le ofrece una candidatura a la Cámara de los Diputados como miembro independiente en sus listas. Duda si aceptar o no por considerar que no tiene una “mente política” pero finalmente acepta tras consultarlo con Vittorio Foa (amigo de la infancia y perteneciente al partido). Será candidata en dos colegios, el de Roma y el de Turín y elegida en ambos. Opta por Turín y se inscribe en el grupo de la Izquierda independiente. Sus intervenciones en el Parlamento son recordadas por su brevedad y por su claridad, siendo especialmente memorables sus discursos sobre el precio del pan o sobre la tutela de La Paz y la legislación sobre la agresión sexual. 

En invierno de 1991, por una úlcera gástrica, se le extraen dos terceras partes del estómago. En agosto sufre un empeoramiento y el lunes 7 octubre de 1991, fallece. 

NOTAS

(1)Buscando por internet datos de la vida de Natalia Ginzburg me he encontrado con contradicciones e incorrecciones flagrantes. En un artículo periodístico escrito por el traductor de Natalia en Argentina éste comentaba que su tercera hija, Alessandra, era de padre desconocido, algo que no se induce ni de la propia obra de Natalia (en Léxico familiar no sugiere nada parecido) ni en la información sobre Natalia que circula por internet.
Así mismo, en una entrevista que da Carmen Martín Gaite, afirma que Natalia adopta el pseudónimo de Alessandra para la publicación de su primera novela “El camino que va a la ciudad” en honor a su tercera hija cuando es al revés. Primero publicó esta novela y posteriormente nació su hija.
Estas confusiones pueden estar motivadas por la inexistencia de una biografía de la autora traducida al castellano así como las propias reticencias de la misma a hablar de su vida de forma abierta.

(2) Nacido en Odessa en 1909. Intelectual italiano de ideas antifascistas y raíces judías. Se trasladó a Turín siendo niño y estudió en el Liceo Massimo d´Azeglio donde se forma un grupo de intelectuales y activistas políticos que se opusieron al régimen fascista de Mussolini en el que estaban Norberto Bobbio, Piero Gobetti, Cesare Pavese y Giulio Einaudi.

Enseñó lenguas eslavas en la Universidad de Turín potenciando la difusión de la literatura rusa en Italia. 

En 1933 funda la Editorial Einaudi junto a Giulio Einaudi, editorial que aún existe actualmente y goza de gran prestigio en su sector.

En 1934 es obligado a abandonar la Universidad de Turín por negarse a jurar lealtad a Mussolini y al proyecto fascista. Poco después es arrestado por el “Caso Ponte Tresa” y tras ser puesto en libertad es de nuevo detenido en 1935 por dirigir con Carlo Levi la organización antifascista Justicia y Libertad.

En 1938 contrae matrimonio con Natalia y en 1940 es condenado a confinamiento en los Abruzos. 

(3) Carlo Ginzburg se doctoró en Filosofía por la Universidad de Pisa en 1961. Dio clases en la Universidad de Bolonia y en la Universidad de California (EEUU). Sus campos de interés van desde el Renacimiento italiano hasta la historia moderna de Europa especializándose en la Microhistoria. Ésta es una rama de la historia social que analiza cualquier clase de acontecimiento, personajes u otros fenómenos del pasado que en cualquier otro tratamiento de las fuentes pasarían inadvertidos. Pueden llamar la atención del historiador por su rareza pero también por cotidianiedad. Hoy en día trabaja en California, EEUU. 
“He aprendido de mi madre una desaprensión por la verborragia y la proliferación innecesaria de palabras”. 
Respecto a su padre, cuenta que al leer la autobiografía del ex-presidente Sandro Petini se topó con una frase notable de su padre en la que le decía a Sandro antes de morir: “Pase lo que pase tenemos que acordarnos de no odiar a los alemanes”.

(4) Andrea Ginzburg es uno de los fundadores de la Facultad de Economía y Comercio de Módena donde ha impartido clases entre 1970 y 2000. En 2001 fundó la Facultad de Ciencias de la Comunicación y de Economía de Reggio Emilia donde ha impartido clases de Economía hasta 2010. Actualmente está retirado.

(5) Psicóloga y Psicoanalista autora de prestigiosos libros sobre la materia, entre ellos, estudios sobre literatura y psicoanálisis. 

(6) Natalia cuenta en este prólogo que en el invierno de 1948 recibe una carta de Elsa Morante en la que le pedía permiso para mandarle la novela que acababa de terminar. Se habían conocido en Roma anteriormente pero Natalia no recuerda dónde aunque sí recuerda que no habían hablado mucho. Sin embargo, por ser la persona a la que mejor conocía de la editorial, Elsa se atrevió a escribirla. Así llegó a manos de Natalia el manuscrito mecanografiado de Mentira y sortilegio. Lo leyó del tirón y le gustó inmediatamente. Según Natalia: “hacía mucho tiempo que no leía nada que me diese tanta vida y tanta felicidad”. Tras pedir consejo a Pavese, pues Natalia llevaba poco tiempo trabajando en Einaudi y no tenía tanta autoridad como para decidir sola la publicación de un libro, éste consideró adecuado publicarlo (aunque Natalia duda que Pavese leyese el manuscrito).
Morante se trasladó a un hotel de Turín para la corrección de las galeradas, un hotel “no muy lejano de aquel donde , algunos años después, moriría Pavese”. Durante ese verano Pavese, Balbo, Calvino y ella se reunían con Elsa en el café de un bulevar. Elsa y Pavese discutían por cualquier cosa, aunque sin animadversión. Natalia dice que aprendió a amar las agudas y cristalinas carcajadas de Elsa, su manera de sujetarse el pelo con el fular, su boca grande y amarga y temer sus cambios de humor, su cólera y sus juicios drásticos. Habla también con tristeza de la agonía de Elsa antes de morir, larga y desesperante, durante la cual no fue capaz de releer sus libros porque no conseguía separar su obra de su enfermedad.

(7) Primer traductor de la obra completa de Shakespeare al italiano, tras graduarse en Literatura y Filosofía vivió en Cambridge como investigador y regresó a Italia, donde enseñó en Pisa, Trieste, Nápoles y, finalmente, en Roma. Murió en 1969, editándose toda su narrativa póstumamente. 


Bibliografía:
Voz Levi Ginzburg, Natalia redactada en el 2005 para el volumen 65 del Dizionario biografico Deli italiani, Istituto dell´Enciclopedia Italiana – Treccani, Roma que se puede consultar online: http://www.treccani.it/enciclopedia

Domenico Scarpa, Per un ritratto di Natalia Ginzburg, artículo que se puede consultar online; http://www.griseldaonline.it/speciale-ginzburg/per-un-ritratto-di-natalia-ginzburg-scarpa.html

Lessico Famigliare (Léxico Familiar, Lumen 2016, edición conmemorativa de los cien años del nacimiento de la escritora)




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