lunes, 30 de enero de 2017

Los zapatos rotos - Natalia Ginzburg


Foto: http://www.savinganguillara.it/angela-e-natalia/
Título original: Le Scarpe Rotte. [Contenido en el libro "Las pequeñas virtudes"]
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto
Páginas: 21-24 
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10

"Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos" (Pág. 21)

Este texto brevísimo escrito en Roma en el otoño de 1945 y publicado en la revista Politecnico es un relato íntimo que, en la línea del de Invierno en los Abruzos, también contiene lecciones de vida aprendidas por Natalia; lecciones que la autora nos transmite sin absolutamente ninguna intención de aleccionar, lo que la dota de una gran honestidad. En el momento en el que lo escribe se encuentra sola en Roma, preparándose para el reencuentro con sus hijos y sus padres en Turín, recomponiendo su vida, su autoestima, aprendiendo a vivir con el dolor de la tortuosa muerte de Leone. Su compañera de piso es una amiga que, al igula que ella, también lleva los zapatos rotos. Esa amiga es Angela Zucconi.

Natalia, a diferencia de Angela, procede de una familia bastante acomodada gracias a la cual siempre ha calzado zapatos lustrosos y nuevos. Pero la vida nos pone frente a situaciones en las que nos vemos obligados a ajustar nuestra escala de prioridades, reorganizar, nuestros anhelos, redefinir nuestras necesidades. La Segunda Guerra Mundial, la muerte de Leone, la separación de sus hijos, hizo que mirara cara a cara a una de esas situaciones y por ello, no sólo Natalia ha aprendido a vivir con zapatos rotos sino que a partir de ese momento llevará un estilo de vida sobrio y asceta, casi como su escritura. 

"Es más, tal vez, para aprender después a caminar con los zapatos rotos, sea conveniente tener los pies secos y calientes cuando se es niño" (Pág. 24)

El tiempo que pasó sola en Roma fue durísimo para ella. Por primera vez contaba únicamente consigo misma... pero al mismo tiempo tiene enormes preocupaciones que tarde o temprano debe afrontar. Con sus hijos al cuidado de sus padres en la Toscana, su marido muerto, en ese momento es libre de ser egoísta, de pensar solo en sí misma, de disfrutar con el chapoteo del agua que se mete en sus zapatos, de fantasear con ideas suicidas, de regodearse en su dolor. Pero también sabe que esta disposición de sí misma tiene los días contados pues en breve tendrá que reencontrarse con su familia, tomar las riendas sin miedo, su madre la regañará por llevar los zapatos rotos y deberá garantizar que los pies de sus hijos estén secos y calientes.

Natalia sueña con mandar todo a paseo, pero no puede hacerlo. 

Angela Zucconi también sueña con mandar todo a paseo. Ella sí puede hacerlo.

Un par de botas. Vincent Van Gogh. 1886



De hecho, Angela "dice que lo hará cuando me haya ido", cuenta Natalia. Afortunadamente, no lo hará. De origen humilde, graduada en literatura italiana por la Universida de Roma, Angela colaboraba con la Ginzburg en la editorial Einaudi y ahí fue donde se conocieron. Durante la guerra ha madurado su conciencia política afianzándose sus ideas antifascistas, socialistas y democráticas. Por ese motivo, se unirá al Movimiento de Colaboración Civica -MCC- cuya finalidad es la promoción de una mayor participación activa de los ciudadanos en la vida política del país y aceptará la dirección del Centro para la Educación Para la Asistencia Social CEPAS, primer centro laico de Asuntos Sociales en Italia. La amistad entre Natalia y Angela durará toda la vida. 

Como curiosidad, Angela aparece también en otro relato corto de 1945 titulado Estate, aunque en él se llama Giovanna.


Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?


viernes, 27 de enero de 2017

Reflejos en un ojo dorado - Carson McCullers


Título original: Reflections in a Golden Eye
[Incluído en el libro El aliento del cielo]
Edición: Seix Barral (1ª edición, septiembre 2007)
Traducción: María Campuzano
Páginas: 246-326
ISBN: 978-84-322-2820-9
Precio: Préstamo de la Biblioteca Pública Municipal
Calificación: 10/10
Lo que más me ha gustado: la gran profundidad de los personajes de Carson. No son en absoluto planos sino tremendamente complejos y, desde esa hondura, la autora aborda temas tan dispares como la homosexualidad encubierta, los sentimientos reprimidos que se convierten en odio, la violencia que procede de la represión, la soledad, la incomprensión y el desamor.

Lo que menos me ha gustado: dijo Wittgenstein que «el mundo del hombre feliz es diferente del mundo del hombre infeliz.» Quizás sea ese el motivo porque el que a veces al lector le cueste tanto sentirse identificado con esos personajes tan sacados de una tragedia griega, tan arquetípicos, tan rígidos en sus roles y tan infelices.  
"—Un pavo real de una especia de verde fantasmal. Con un inmenso ojo dorado. Y en el ojo, reflejos de algo delicado y... 
(...)
—Delicado y...
—Grotesco". (Pág. 301)

La mejor definición de esta novela corta me la ha dado la propia Carson McCullers en la cita anterior: delicada y grotesca; así es Reflejos en un ojo dorado. En 1939 Carson lleva ya un par de años casada con su marido, el aspirante a escritor Reeves McCullers y empieza a comprobar que su vida matrimonial está abocada al fracaso. Ella ya ha aceptado su bisexualidad, en ocasiones más platónica que real, al mismo tiempo que ha sufrido numerosas infidelidades por parte de su marido, quien ya ha asumido su homosexualidad de forma práctica. En medio de este maremoto emocional y personal escribe esta atormentada novela cuyo título inicial fue Army Post y que luego cambió por el que sería su título definitivo, quizás porque Carson recurre continuamente a imágenes visuales para ayudarnos a entender la angustia que sufren los personajes de la novela; quizás porque es también en la mirada, en lo que entra por los ojos creando reflejos, donde se encuentra el origen de las más oscuras pasiones que todos ellos, en mayor o menor medida, sienten. Algunos de ellos dan rienda suelta a esos deseos y los viven con libertad, de forma satisfactoria y plena (el criado filipino, Leonora y el Comandante Langdon) mientras que otros viven atormentados por no poder, o no saber, satisfacer esos deseos (la visión de Leonora desnuda que desencadena el voyeurismo del soldado Williams; la visión de este mismo soldado desnudo que atormenta y persigue al reprimido Capitán Penderton; el sufrimiento en silencio de la desgraciada Alison, alter ego de Carson). La forma con la que Carson nos presenta a los personajes de este drama es peculiar, incluyendo el anuncio de un asesinato:

"Hay en el Sur un fuerte donde, hace pocos años, se cometió un asesinato. Los participantes en esta tragedia fueron: dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo." (Pág. 246)

El conocimiento por adelantado de este hecho no resta emoción al relato sino todo lo contrario. Carson, con su prosa cercana a la lírica, nos va acercando a los protagonista de este drama y nos permite descubrir poco a poco cuán infelices son. Teniendo como marco el escenario casi claustrofóbico de un puesto militar del que apenas nadie entra o sale, los que allí viven se ven obligados a convivir unos con los otros en un ambiente enradecido por los secretos y los silencios y por la presencia de unos personajes que parecen a veces sacados de un circo de freaks. En la novela hay un trío amoroso, el formado por Leonora Penderton, bella pero "débil mental", su marido el Capitán Penderton, quien aún no ha aceptado su homosexualidad y el amante de la primera y amado por los dos, el Comandante Morris Langdon, un hombre frío que a su vez repudia a su mujer, la enfermiza Alison Langdon traumatizada por la temprana muerte de su hija. A este cuarteto de enemigos, y a la vez vecinos y amigos, hay que sumarle la bizarra presencia del sirviente filipino de Alison, Anacleto, quien vive por y para su señora así como el taciturno y obsesivo soldado L. G. Williams, un hombre profundamente reprimido sexualmente por el temor que su padre predicador le inculcó hacia las mujeres desde la más temprana infancia. 

 "—Ya; tú opinas —intervino el capitán Penderton— que aquello que se alcanza a costa de la normalidad es algo ilícito, algo que no debe ser admitido como un placer. Es decir, que por razones de rectitud moral consideras preferible que una clavija cuadrada se quede dando vueltas y más vueltas a un orificio circular a que encuentre y encaje en otro cuadrado que le vaya bien, aunque no sea de reglamento." (Pág. 317) 

Y la tragedia con estos personajes está servida. No podría ser de otra manera. Las pasiones reprimidas van poco a poco convirtiéndose en un profundo odio y éste odio, a su vez, va evolucionando hacia una violencia extrema, súbita, como esa olla a presión que explota al carecer de válvula. A lo largo de toda la narración la violencia se presenta de las más diversas formas creando un ambiente sórdido que impacta aún más cuando se entremezcla con esas imágenes tan sugerentes de paisajes al amanecer y al atardecer, y esos reflejos tan bellos que, como un eco del título de la obra, vamos encontrando en el texto: cucharillas de plata escondidas por su ladrón, anillos de oro, crepitar del fuego en acogedoras chimeneas, brillos en la mirada. Pero la violencia, siempre la violencia, nos deja escenas que permanecerán en el cerebro del lector: ¿cómo olvidar a ese gatito que el Capitán Penderton mete a la fuerza por la ranura de un buzón hasta que muere estrujado? ¿o esa carrera casi suicida del mismo Penderton a lomos del caballo de su mujer, implacable él, desbocado el caballo? ¿o la terrible automutilación que la depresiva Alison inflige a sus pezones?

"Aquella dosis le producía una sensación única y voluptuosa; era como si un gran pájaro negro se posara sobre su pecho, mirándole con ojos feroces y dorados, y le envolviera luego suavemente en sus alas oscuras." (Pág. 278)

Todos esos personajes tan complejos Carson los creó influenciada por su reciente lectura de Freud y por los propios demonios y fantasmas que ella misma contenía, lo cual les dota de gran realismo y credibilidad; tanta, que la familia de la autora recibió amenazas del Ku Klux Klan por el modo en que ofrecía una visión tan perversa y turbulenta del Sur, tal y como Rodrigo Fresán cuenta en su comentario a este libro. La novela fue llevada al cine por el gran John Houston con esos dos actores tan bellos como talentosos como fueron Elisabeth Taylor (Leonora Penderton) y Marlon Brando (Capitán Weldon Penderton) como protagonistas. En conclusión, Reflejos en un ojo dorado es una novela redonda en la que Carson muestra se muestra valiente al presentar las contradicciones que existen dentro de dos instituciones tan conservadoras y de normas tan definidas como son el matrimonio y el ejército. Ambas resultan ser tan asfixiantes como ese fuerte donde transcurre la acción, donde las personas se muestran incapaces de vivir de forma plena, de ser ellos mismos, de dar rienda suelta a sus deseos, en definitiva, de luchar por su propia felicidad sin provocar por ello un auténtico escándalo. Un argumento sencillo protagonizado por unos personajes complejos y narrado con una voz potente, brutal a veces, sutil otras. Reconozco que aún no he leído El corazón es un cazador solitario y dicen que es aún mejor que ésta ¿aún mejor? ¿es eso posible? En cuanto lo lea os lo cuento.



Un apunte biográfico sobre la autora. Carson McCullers

Lula Carson McCullers nace el 19 de febrero de 1917 en Columbus, Georgia. En 1930 reniega de su primer nombre, Lula, y cambia también de profesora de piano, comenzando a recibir clases de Mary Tucker, cuyo esposo, Albert, acaba de ser destinado a la base militar de Fort Benning. Con trece años, Carson desarrolla su pasión por el piano al mismo tiempo que por la familia Tucker a quienes considera sus protectores. En 1932 contrae friebres reumática, cuyo mal diagnóstico provocará futuras recaídas. A raíz de su lenta recuperación comienza a leer vorazmente y a escribir obras de teatro en connivencia con su hermano Lamar y su hermana Margarita (ambos menores que ella), y acaba su primer relato Sucker.En 1934 Mary Tucker le comunica que su marido ha sido trasladado a Fort Howard, Maryland. Ante su marcha, Carson se siente abandonada y traicionada renunciando a continuar sus estudios de música y marchándose a Nueva York a seguir cursos de escritura creativa en la Universidad.

En 1935 conoce durante el verano en Columbus a Reeves McCullers a través de un amigo común, y los tres forman lo que ella denominaba «un trío». En 1936 enferma y escribe su primera novela, El corazón es un cazador solitario. El 20 de septiembre de 1937 se casa con Reeves McCullers. Años después, cuando le preguntaron el porqué de su matrimonio, ella respondió: «Me casé con él porque fue el primer hombre que me besó.» El 4 de junio de 1940 publica El corazón es un cazador solitario con un gran éxito de público y crítica y la pareja se traslada a Nueva York. En septiembre se separa de Reeves y se traslada a la colonia artística de February House.

En 1941 contrae pulmonía y pleuresía y en 1943 se reencuentra con Reeves quien el 28 de noviembre parte para Inglaterra a la guerra. En 1944 recae enferma de influenza y pleuresía y el 1 de agosto fallece su padre por lo que regresa con su madre y su hermana a Nueva York. El 19 de marzo de 1945, trae el regreso de Reeves de la guerra, contraen matrimonio por segunda vez. En 1946 conoce a Tenesse Williams y decide mudarse junto a Reeves a París donde es recibida con entusiasmo. En 1947 sufre un nuevo shock que paraliza su lado izquierdo y regresan a Estados Unidos donde Reeves sufre de delirium tremens. 

En 1948, a pesar de que la revista Mademoiselle la nombra una de las diez mujeres más importantes de EEUU, Carson se separa de Reeves e intenta en marzo suicidarse para posteriormente reconciliarse. En 1949 Carson descubre que está embarazada pero los médicos la aconsejan no seguir adelante por razones de salud. En 1950 se estrena Frankie y la boda en el teatro con un gran éxito que reporta a Carson grandes beneficios económicos, sin embargo la salud sigue sin acompañarla. Su brazo izquierdo está gravemente atrofiado y recae continuamente con neumonías y pleuresía, a lo que no ayuda su alcoholismo. 

El 19 de noviembre de 1953 Reeves se suicida con barbitúricos en un hotel de París

Carson se embarga en una vorágine creativa con tantos viajes como su salud le permite. En 1957 estrena The Square Root of Wonderful con una crítica tan negativa que se sume en una depresión. Continúa escribiendo hasta que en 1962 se le descubre un tumor canceroso y se le extirpa el seno derecho. El 15 de agosto sufre una hemorragia cerebral que la mantendrá en coma hasta su fallecimiento el 3 de octubre.


lunes, 23 de enero de 2017

Invierno en los Abruzos - Natalia Ginzburg




Título original: Inverno in Abruzzo. [Incluído en el libro Las pequeñas virtudes]
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto
Páginas: 13-20
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10
«Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad (...) En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias». (Pág.20)
Leone Ginzburg es condenado en 1940 al confinamiento en Pizzoli, (pequeño pueblo de la provincia del Águila, situado en la zona de Los Abruzos) al ser considerado como “persona peligrosa para la seguridad del Estado”. Allí se desplaza Natalia con los dos hijos del matrimonio, Carlo (con poco más de un año de edad) y Andrea (de pocos meses). Durante ese exilio, Natalia escribe su primera novela, El camino que va a la ciudad, en 1941, publicada con el pseudómino de Alessandra Tornimparte por la editorial Einaudi, en 1942. Natalia tuvo que recurrir al uso del pseudónimo porque al ser judía por la rama paterna se le aplicaba la prohibición existente durante el fascismo de que los judíos pudiesen publicar cualquier tipo de obra literaria, científica o artística. La elección de este pseudónimo viene de Sassa Tornimparte, una región cercana a Pizzoli y en su honor llamará Alessandra a su tercera hija, nacida durante el confinamiento el 20 de abril de 1943.
 
A ese período de su vida regresa Natalia en este pequeño relato escrito en 1944, tan bello como emotivo, que comienza con un epígrafe de un verso de Virgilio: "Deus nobis haec otia fecit" (Dios nos ha proporcionado estos consuelos). Natalia nos introduce en esos parajes abrasados por el sol en verano y blanqueados por la nieve en invierno, en esas casas cuyas cocinas tenían siempre el fuego encendido, en esos fuegos que eran diferentes según el nivel económico de cada familia.

Nos presenta, breve pero gráficamente, a algunos de sus habitantes, como Giró, el tacaño tendero del pueblo; Rosa, la portera de la escuela, que estuvo días con el ojo vendado porque recibió un escupitajo de una vecina y esperaba recibir una indemnización; o Crocetta, la chica de la limpieza, de tan sólo catorce años, contratada porque se peinaba y no tenía piojos, y que contaba a los niños historias de miedo. Recuerda Natalia la indignación de los vecinos que, al ver que todas las frías mañanas de invierno, sacaba a sus hijos a pasear, exclamaban: "¿Qué pecado han cometido estas criaturas? ¿Qué pecado han cometido?". También recuerda cómo esos mismos vecinos, en su mayoría desdentados, entraban y salían a todas horas de su casa pidiendo y ofreciendo favores y cómo llamaban a Leone "el profesor", y acudían a él pidiéndole consejo sobre todo tipo de asuntos, desde dentales hasta burocráticos.

Natalia no tiene ningún miedo a mostrarse imperfecta. Habla sin tapujos, con humildad y humanidad, de la ambivalencia de sus sentimientos durante la estancia en ese pueblo. Cómo a pesar de que enseguida se integraron en él no podía evitar que la nostalgia de Turín le invadiera. Nostalgia, a veces dulce, pero a veces ruda, que la llevaba a odiar a esos mismos pueblerinos que minutos antes le habrían ofrecido ayuda. Pero es en esos momentos cuando Natalia saca a relucir el mismo carácter sereno y tranquilo que manifestaba desde la niñez, tal y como nos cuenta en Léxico familiar, y, conocedora de la injusticia de ese odio, se cuidaba muy mucho de manifestarlo; lo reprimía; lo controlaba. 

Este texto, uno de mis favoritos, rebosa filosofía de vida por todos sus puntos y comas. En él Natalia a la vez que nos habla, como es propio de su estilo, de la cotidianiedad de su vida, reprocha al ser humano esa incapacidad para valorar la grandeza de los momentos. Cómo en ocasiones nos quejamos de nuestro presente, pero cómo cuando éste se convierte en pasado, lo recordamos con nostalgia y lamentamos no haber sido más felices en ese momento. El invierno en los Abruzos siempre se veía como el posible inicio de un cambio, como el principio del final del exilio.


 

«El final del invierno despertaba en nosotros una especie de inquietud. Quizá alguien vendría a visitarnos: quizá por fin ocurriría algo. Nuestro exilio tenía que acabar alguna vez». (Pág. 19)
Durante el confino el ansia de Natalia y su familia era que éste acabase, que pudiesen regresar por fin todos a Turín y disfrutar de un futuro prometedor y pacífico. Sin embargo, cuando ese momento llega, cuando por fin el exilio se acaba, lo que viene a continuación es terrible, una tragedia. Y de esta manera, vueltas que da la vida, el confino, el duro castigo que supuso para ellos alejarse de su Turín, de sus amigos y de su familia y vivir con la incertidumbre de no saber qué pasaría a continuación, es después recordado por Natalia como una época plena: Leone estaba vivo; los dos disfrutan de sus hijos; los dos tenían grandes esperanzas depositadas en un futuro.

Nunca llama a Leone por su nombre sino que se refiere a él como "mi marido" (Mio marito) y Natalia se pregunta si de verdad paseó con él por la nieve; si de verdad compraba con él naranjas en la tienda de Giró; si de verdad era él ese hombre familiar, tranquilo y apacible con el que fue tan feliz. Ese hombre con el que pudo disfrutar de pocos años de convivencia y escasos momentos de paz. Torturado por la GESTAPO, Leone fallece la noche del 4 al 5 de febrero de 1944. Tras su arresto ni Natalia ni sus hijos pudieron verlo de nuevo.



Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?


viernes, 20 de enero de 2017

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado - Maya Angelou





Título original: I know why the caged bird sings
Edición: Libros del Asteroide, 2016 (1ª edición)
Traducción: Carlos Manzano
Páginas: 348
ISBN: 978-84-16213-66-5
Precio: 21,95 €
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: cómo la voz narrativa se va adaptando a la edad de la protagonista. Ésto, sumado a la mezcla de humor, ironía, rabia y desgarro dota a la autora de una voz propia muy potente que hace de esta novela un testimonio único e inolvidable.

Lo que menos me ha gustado: por poner un pero, porque siempre me obligo a poner uno, diría que es la idealización que la autora hace de algunos de sus familiares, especialmente de su abuela Yaya (que usa los azotes como castigo) y de su madre (quien la abandonó con tres años). Seguramente esto sea debido a una decisión propia de Maya por haberse reconciliado con su pasado o por no hurgar más en las heridas, pero, al fin y al cabo, ¿quién soy yo para juzgar el afecto de la autora hacia sus "personajes"?
"La mujer negra se ve (...) atrapada en el triple fuego cruzado del prejuicio masculino, el ilógico odio blanco y la falta de poder de los negros". (Pág. 329)

Maya con ocho años
Una niña de tres años y un niño de cuatro viajan en tren desde California con destino a un pequeño pueblo de Arkansas. Sus padres se han divorciado y han decidido enviarles a casa de la abuela paterna para que se haga cargo de ellos. Así, de bofetón, con dos niños abandonados en un tren, comienza esta novela que se lee del tirón y que la autora, Maya Angelou, escribió con cuarenta y un años. De ella Tony Morrison, Premio Nobel de Literatura en 1993, dijo que "abrió el camino de la escritura a las mujeres afroamericanas de Estados Unidos". Esta novela no es ficción sino que es el primer volumen de los siete que componen su autobiografía y que abarca desde los tres hasta los diecisiete años. Aunque los otros seis volúmenes también fueron bien recibidos por la crítica, dicen que éste dejó el listón tan alto que los otros no pudieron superarlo. Ya el propio título nos sumerge en un mundo de personas atrapadas, en este caso por su raza, su desigualdad política, económica y social, que siguen manteniendo la esperanza de que algún día su situación mejore, como una plegaria que a base de repetirse y de ser creída puede hacerse realidad.

"Stamps (de Arkansas) podría haber sido un pueblo de Georgia, Alabama o Misisipí y haberse llamado «Lárgate antes de la puesta del sol, negro» o cualquier otro nombre igualmente descriptivo". (Pág. 65)

Maya va narrando poco a poco su historia y, si bien el tono del principio puede parecer infantil, contiene ya observaciones trascendentales sobre la conciencia de ser negro y lo que ello supone en los Estados Unidos de los años 30. Su abuela Yaya, la mujer que se encarga de su educación de forma amorosa pero estricta, posee la única tienda de Stamps para negros, apartada de lo que Maya denomina con gran ironía "Blanquilandia". En la narración Maya va hilando con gran maestría historias de su vida cotidiana entretejidas con ejemplos sobre lo que significaba ser negro en aquella época (atención al incidente del dentista que se niega a atender a la propia Maya). La indefensión y desigualdad de la comunidad negra frente a los blancos y las fuerzas desequilibradas en favor de éstos últimos eran tales, que la propia Maya confiesa que su sueño infantil era ser blanca. Mientras va relatando cómo era su vida en Stamps y, por extensión, como era la vida de la comunidad negra, sobrevuelan como el polvo que flota en el aire la Depresión del 29 por un lado y la constante sensación de abandono y soledad por parte de sus padres por el otro. 
"¿Por qué nos habían enviado lejos de ellos? ¿Y qué delito habíamos cometido? ¿Qué delito?" (Pág. 70)
"Nunca la mencionábamos ( a su madre) delante de nadie porque no teníamos sufieciente de ella para compartirla". (Pág. 147)

El humor se va mezclando con la tragedia a lo largo de la novela alcanzando su máxima expresión en dos episodios en los que Maya no renuncia a ser explícita y dura porque así fue su vida, por mucho que intente adornarla de aforismos, risas infantiles y suculentos platos preparados por su abuela.

El primer episodio, que me conmocionó hasta el punto de tener que soltar el libro y no poder retomarlo hasta el día siguiente, fue el de la violación que sufre Maya de manos del que entonces era su padrastro a los ocho años. La forma en la que se narra este incidente es tan explícita que cuando se introdujo la lectura de "El pájaro enjaulado" en el temario de varios institutos muchos padres de alumnos pusieron el grito en el cielo.

Joe Louis, "el bombardero negro"
El segundo episodio, en el que Maya toma claramente conciencia de lo que significa ser negro en una sociedad aún dominada por la segregación racial es el de la graduación en la escuela. Allí entiende ya perfectamente porque Joe Louis, "el bombardero negro" cuyos combates todos los vecinos de Stamp acudían a escuchar en la radio que la Yaya tenía en la Tienda (así con mayúsculas, pues siempre se hablaba de ella en Stamps como si fuese un nombre propio), simbolizaba mucho más que un simple boxeador. La caída de Louis durante un combate: 
"Era la caída de nuestro pueblo. Era otro linchamiento, otro negro más colgado de un árbol, otra víctima de una emboscada y violada, un niño negro azotado y mutilado". (Pág. 167)

De la misma manera toma conciencia de que a pesar de los esfuerzos de su generación por aprobar los estudios y abrirse camino y del discurso rimbombante que da un político en ese acto, todo es palabrería, buenas intenciones, maquillaje que con el tiempo desaparece, un espejismo. La vida real, la que les espera después de acabar el colegio, va a ser dura y tendrán un largo camino por recorrer, el mismo que recorrieron muchas veces sin éxito, generaciones anteriores.
"Éramos criadas, granjeros, mozos y lavanderas y cualquier aspiración a algo superior era ridícula y presuntuosa". (Pág. 220)
En ese acto comienza a asomar el carácter fuerte y rebelde de Maya quien luchará toda la vida por conseguir sus objetivos y derribar prejuicios hasta el punto de que, unos años después, se convertirá en la primera mujer negra contratada por la compañía de tranvías de San Francisco. Pero entremedias aún habrán muchas idas y venidas con su padre (el incidente en México y sus consecuencias son terribles y obligarán a Maya a madurar en algunos aspectos antes de tiempo), con su madre (una mujer que algunas personas calificarían de "mala madre" pero con una fuerza y una fe ciega en sus hijos, a los que alienta con aforismos como «"no puedo" y "no me importa" son de la misma familia y carecen de hogar»), con el reconocimiento de su propia sexualidad, y todo ello con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo.   

Se podría calificar esta historia como una "historia de superación" y así es. Maya cuenta cómo tras la violación atravesó por una fase de mutismo e introspección en la que no sólo no entendía nada de lo que había pasado sino que, lo que era peor, se sentía culpable y responsable de lo sucedido. El regreso a Stamps, que en un principio vio como un castigo, se convirtió en su salvación gracias por un lado, a la Yaya y, por otro, a la pasión por los libros; pasión que compartía con su hermano Bradley y que alentó la señora Bertha Flowers, la "aristócrata del Stamps negro", quien abrió el mundo de Maya a Shakespeare (su "primer amor blanco"), Poe, Brönte, Twain, Dickens, Dunbar...

Paul Laurence Dunbar
Hablando de Dunbar, precisamente de un verso suyo toma Maya Angelou el título de esta novela, a sugerencia de Abbey Lincoln, vocalista de jazz y activista de los derechos civiles. La tercera estrofa de su poema "Sympathy" dice:
I know why the caged bird sings, ah me,
When his wing is bruised and his bosom sore,
When he beats his bars and would be free;
It is not a carol of joy or glee,
But a prayer that he sends from his heart's deep core,
But a plea, that upward to Heaven he flings –
I know why the caged bird sings.

"Con frecuencia se muestra asombro, desagrado e incluso beligerancia ante el hecho de que la mujer negra americana adulta desarrolle un temperamento fuerte. Raras veces lo acepta como el resultado inevitable de la batalla ganada por los supervivientes, que merece respeto, si no aceptación entusiasta". (Pág. 329)
En conclusión, "Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado" es la autobiografía de su autora, una mujer negra que sufrió el desarraigo de sus padres, la discriminación por ser negra, los abusos por ser una niña pero también es la historia de un colectivo, el afroamericano, que se sigue levantando a pesar de las caídas y que sigue cantando a pesar de las jaulas. Se trata de un libro conmovedor, de esos que marcan una vida, que reeleré, recomendaré y regalaré con entusiasmo (el mismo con el que me lo recomendaron las libreras de "Librería de Mujeres", en Madrid, gracias a las cuales Maya llegó a mi vida). Uno de esos libros que cuando mi hijo crezca le daré para que comprenda un poco mejor la tremenda deshumanización que supone cualquier tipo de discriminación y la infelicidad que acarrea tanto para el que la sufre como para el que la ejerce (¿acaso no amar a los demás no es una forma de no amarse a sí mismo? Al menos así lo veo yo...). Una joyita de libro.

Una apunte biográfico. Maya Angelou.

Marguerite Annie Johnson, más conocida por Maya (apelativo cariñoso con el que su hermano Bradley comenzó a llamarla desde muy niños y que mantuvo toda su vida) nace en San Luis (Missouri, EEUU) el 4 de abril de 1928. Su infancia transcurre entre Stamps (Arkansas), San Luis y San Francisco, donde se instalaría definitivamente. En 1945 fue madre soltera al dar a luz a Clyde, quien más tarde cambiaría su nombre por Guy Johnson. A raíz del nacimiento de su hijo ejerció todo tipo de trabajos para poder mantenerlo, entre ellos los de prostituta, proxeneta o cantante de club. En 1951 contrae matrimonio con Tosh Angelos, un electricista aspirante a músico griego, cuyo matrimonio no fue bien visto por ser interracial. Comenzó a estudiar baile, desplazándose incluso a Nueva York para tomar clases y tras su divorcio en 1954 comienza a bailar en varios clubs de San Francisco, cambiando su nombre por el de Maya Angelou por ser más distintivo y representativo de su baile del calipso. En 1955 gracias a su popularidad graba su primer disco Miss Calypso.

En 1959, tras la insistencia del novelista John Oliver Killens, se traslada a Nueva York con su hijo para centrarse en su carrera literaria. Allí conoce a grandes escritores afroamericanos como John Henrik Clarke, Rosa Guy, Paule Marshall y Julian Mayfield y al propio Martin Luther King Jr. quien la embarcó en su lucha anti-apartheid.

En 1961 comienza una nueva etapa en su vida. Tras conocer al activista por la paz sudafricano Vusumzi Make, se muda con él y con su hijo a África. El primer destino fue El Cairo. En 1962, finalizada su relación con Make, se dirige a Ghana (donde su hijo sufrió un grave accidente automovilístico del que logró recuperarse) hasta 1965, año en el que regresa a Estados Unidos para ayudar a Malcolm X a fundar la Organización de la Unidad Afroamericana. Sin embargo, Malcolm es asesinado al poco tiempo durante una de las reuniones y Maya, desconsolada, se siente perdida y sin rumbo. Se traslada a Hawai, donde vive su hermano, y después regresa de nuevo a Los Ángeles donde retoma su amistad con James Baldwin, amistad que sería su salvavidas tras el asesinato de Martin Luther King, Jr. Gracias a él en 1968 comienza una serie de documentales sobre el blues y escribe "Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado" que se publica en 1969 con un gran éxito y reconocimiento tanto nacional como internacional.

A partir de ese momento su carrera se dispara. En 1972 se convierte en la primera mujer afroamericana guionista al escribir la película sueca Georgia. Empieza a componer canciones y bandas sonoras, a escribir artículos, obras de teatro, guiones y poesía y a actuar en series de TV. Todo ello alternándolo con clases en diversas Universidades como profesora visitante. En 1973 contrajo matrimonio con Paul du Feu (ex marido de Germaine Greer, activista feminista). En 1979 conoce a Oprah Winfrey y las unirá una gran amistad hasta la muerte de Maya el 28 de mayo de 2014.

Políticamente fue también una mujer muy comprometida con el Partido Demócrata apoyando a Bill Clinton y a Barack Obama. Cuando éste se convirtió en Presidente de los EEUU declaró: "Estamos creciendo más allá de las idioteces del racismo y sexismo."

lunes, 16 de enero de 2017

Léxico familiar - Natalia Ginzburg




Título original: Lessico famigliare
Edición: Lumen (febrero 2016)
Traducción: Mercedes Corral
Páginas: 266
ISBN: 978-84-264-0295-0
Precio: 19,90 €
Calificación: 10/10

Lo que más me ha gustado: lo identificada que me he sentido con Natalia, con su fragilidad confesa, con su familia, con ese léxico familiar que me ha hecho reencontrarme con mi propio léxico familiar. Me gustan los libros que me llevan a conocerme mejor, a plantearme preguntas. En este caso me he preguntado: "¿cuál es el mío?"

Lo que menos me ha gustado: ¿Tengo que decir una? Allá va: buscaba en este libro encontrar respuestas a la vida más sentimental de la Ginzburg. ¿Qué fue lo que le enamoró de su marido? ¿Cómo vivió su maternidad? ¿Cómo aprendió a convivir con el dolor, la decepción, la muerte? Ninguna de estas preguntas son contestadas de forma directa. No puedo culparla. Ella misma adelanta en su prólogo que “Ésta no es mi historia, sino (incluso con vacíos y lagunas) la de mi familia”.
    «Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos de los otros, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia, nos basta con decir: «No hemos venido a Bérgamo a hacer campamento» o «¿A qué apesta el ácido sulfhídrico?», para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud, unidas indisolublemente a  aquellas frases, a aquellas palabras». (Pág. 37)
Normalmente, cuando quieres explicar de qué va un libro, comienzas por el principio: "Érase una vez una mujer nacida en el seno de una familia judía... bla, bla, bla". Sin embargo, con Léxico familiar hay que empezar por el final: «¡La de veces que he oído contar esa historia!» Esta frase que pronuncia el padre de Natalia Ginzburg, y con la que acaba el libro, resume su esencia pues la historia de Natalia podría ser nuestra historia con ese padre gruñón, esa madre siempre activa y esas palabras que vuelan por la casa de un lado a otro y que, a veces de forma inconsciente, se quedan grabadas formando nuestra identidad, nuestra memoria, nuestra historia, uniendo todo como el pegamento.

Y es que de esto trata Léxico familiar, escrita en 1963, y que contituye una de las mejores novelas de Natalia Ginzburg, y también una de las más conocidas, de corte autobiográfico, que no histórico, como la propia autora aclara en el prólogo. Natalia Ginzburg en su día fue relegada a un segundo plano precisamente por lo mismo que la ha convertido en una de las escritoras italianas más importantes del S.XX: su relato de los microcosmos familiares. Natalia no cuenta grandes historias con enrevesados giros, espectaculares momentos o dramáticos desenlaces, no porque no los viviese, sino porque ella prefería observar la realidad con la lupa que aumenta los pequeños momentos del día a día, las cotidianidades tan necesarias como imprescindibles para entender un país o una vida. La Ginzburg nos abre la puerta de su casa haciéndonos sentir a veces incómodos ante tanta intimidad, como si a escondidas estuviésemos levantando el visillo de su ventana para observar a su familia o como si sigilosamente estuviésemos pegando la oreja al tabique de nuestro salón para escucharles gritar, discutir, reír y hablar, hablar y hablar.

Pero Léxico familiar también es el testimonio imprescindible de un país: Italia; de una época: la llegada del fascismo de Mussolini y el estallido de la Segunda Guerra Mundial; y de un sector de la población: los judíos y los antifascistas. Natalia, nacida en el seno de una familia judía (su apellido de nacimiento, Levi, ya nos da una pista clara) de fuertes convicciones antifascistas, es la menor de cinco hermanos -en otra ocasión publicaré un post con su biografía, para los más curiosos-. Por su hogar, ya desde pequeña, ve entrar y salir continuamente a futuros políticos, activistas e ideólogos socialistas, comunistas y antifascistas; a algunos los refugiaron en su propia casa; muchos murieron o se exiliaron durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el libro, en la cuidada edición de Lumen, incluye una addenda de notas de la traductora con aclaraciones sobre la identidad de los personajes que van apareciendo.
«Paola no estudiaba, pero a mi padre no le preocupaba, pues era una chica. Él tenía la idea de que no pasaba nada porque las chicas no tuvieran ganas de estudiar, pues después se casaban.» (Pág. 84).

Giuseppe Levi
Natalia nos habla con un tono de ironía y de nostalgia de ese padre políticamente progresista pero socialmente conservador que preveía para sus hijas un único futuro, a saber, casarse y ser mantenidas económicamente. Sin embargo, Natalia consiguió lo que en esa época pocas mujeres lograban: contar con sus propios recursos gracias a su escritura. Giuseppe, conocido en el entorno familiar como Beppino, tenía un carácter despótico y temperamental con unos arrebatos que explotaban de repente por los motivos más nimios, convirtiendo la convivencia de esa casa en una “pesadilla” en palabras de la propia Natalia. Beppino les llamaba “palurdos”, “cataplasmas”, tronaba como Neptuno con su tridente: «¡No hagáis groserías!», «¡No hagáis mejunjes!», dando miedo a todo el mundo. Sin embargo, Natalia no nos transmite ese ambiente de terror en su relato sino que lo asume como una cualidad más de su padre que se equilibraba con otras muchas virtudes.
    «Mi madre no había elegido ninguno de esos dos mundos (el científico al que pertenecía su marido y el cultural que adoraban sus hijos), pero vivía un poco en uno y un poco en el otro, y en ambos estaba con alegría, porque su curiosidad nunca rechazaba nada, se nutría de todo tipo de bebida o de alimento.» (Pág. 74)
Con un tono más dulce y tierno recuerda a su madre, esa mujer que discutía con todo el mundo pero que luego hacía como que no pasaba nada. Lidia era una mujer con muy poco contacto con sus emociones que, a diferencia de Beppino, que manifestaba su cariño a través de una exigencia y una dureza constantes, ella lo hacía a través de su ingenuidad: “Mi madre era muy inconstante e inestable en sus simpatías y relaciones: o veía todos los días a alguien o no quería verlo nunca”. Era una apasionada de las historias: recitaba, cantaba, componía poesías de un toque casi infantil pero culto y relataba anécdotas de todos sus conocidos. Lidia conserva la ingenuidad infantil, la visión curiosa del niño, que le hace parecer a veces poco inteligente pero muy práctica: “la tristeza se le pasaba pronto. Por la mañana se levantaba cantando e iba a encargar la compra” (Pág. 95). Preocuparse no entra en sus planes, no sabe sobrellevarlo, y por eso está constantemente haciendo cosas, aprendiendo, haciendo y deshaciendo, con esa hiperactividad tan propia de algunas madres.

Natalia, frente a toda esa familia gritona, comprometida, sociable, se muestra como una niña retraída centrada en sus libros (aunque era una pésima estudiante), en sus poesías y en sus novelas. Su madre siempre la mantuvo al margen de los conflictos familiares “Mi madre a mí no me contaba nada, porque me consideraba pequeña, y además decía que yo «le daba poco cordel»” (Pág. 105) con una actitud protectora incluso cuando Natalia ya estaba casada y tenía hijos. La distancia que todos en la familia mantenían respecto a ella por ser la más pequeña y la más reservada la aprovechó Natalia para convertirse en una meticulosa observadora, aguda y afilada, de cuanto sucedía a su alrededor. Tenía dos opciones: pasar de todo o analizarlo todo a fin de encontrar sus propias respuestas. Afortunadamente optó por esta segunda opción que, años después, la catapultaría al éxito como escritora.

Uno de los pasajes que yo, personalmente, más esperaba con avidez era el momento en el que conoce a su primer marido, el judío antifascista Leone Ginzburg. ¿Cómo lo relataría? ¿Daría detalles como que fue lo que le enamoró de él? Sin duda si esperaba encontrar algún detalle morboso o sentimental me equivocaba de todas a todas, pues la Ginzburg, con un minimalismo innato, hace entrar al que fue su primer gran amor casi de puntillas.
    «Un día mi padre lo vio (a Mario, uno de los hermanos de Natalia) en la avenida Re Umberto con uno al que conocía de vista, un tal Ginzburg. «¿Qué es lo que hará Mario con ese Ginzburg?», preguntaba a mi madre.» (Pág.115).
Leone Ginzburg
Natalia no entra en detalles sobre cómo empezaron a hablar, se enamoraron o formalizaron su relación. Se limita a contarnos cómo su hermano Mario huye a Suiza evitando ser detenido por meter de contrabando propaganda antifascista y cómo en una posterior redada son detenidos su padre, sus hermanos Gino y Alberto y el propio Leone Ginzburg. Es especialmente emotiva esa imagen que la Ginzburg, a pesar de su frialdad en el relato y su tono cuasiperiodístico, nos crea al hacernos imaginar a su madre paseo arriba por la calle Re Umberto con los hatillos de comida y ropa en dirección a la cárcel y paseo abajo por la misma Re Umberto de regreso a casa con los hatillos vacíos de comida y ropa y el corazón lleno de incertidumbre y dolor.
    “«Ginzburg es un hombre –dijo mi madre- cultísimo y muy inteligente, y hace unas bellísimas traducciones del ruso.» «Pero es muy feo –dijo mi padre-. Ya se sabe, los judíos son todos feos.» «¿Y tú? –le preguntó mi madre-. ¿Tú no eres judío?» «De hecho yo también soy feo», respondió mi padre.” (Pág. 115)
¿Acaso nos oculta Natalia la gran admiración que siente por Leone? No. Natalia, muy sutilmente, con esa discreción propia de su carácter, nos expresa el amor que siente por ese hombre. ¿Cómo? Haciendo uso de los puntos suspensivos, signo que apenas usa y que por ello nos llama la atención.

    «Leone... Su capacidad de escuchar era inmensa. Sabía escuchar a los demás con gran atención, incluso cuando estaba profundamente ensimismado pensando en sí mismo». (Pag. 153)
     «Leone... Su verdadera pasión era la política. Sin embargo, además de esta vocación, fundamental para él, tenía otras pasiones: la poesía, la filología y la historia». (Pág. 155)
Natalia y Leone.
Esos tres pequeños puntos contienen tantas cosas… Es un silencio parlanchín, hablador y evocador. Tres puntos que contienen amor y nostalgia; cariño y admiración; tristeza por no tenerle ya a su lado y alegría por haberle conocido. Nunca nadie había usado los puntos suspensivos con tanta magia. Leone introduce a Natalia en el fiel círculo que la acompañaría toda su vida, incluso tras su muerte: Pavese, Giulio Einaudi, Bobbio… Al salir de la cárcel contraen matrimonio, así de repente, pues en el relato no nos da más detalles. Y otra vez, como un jarro de agua fría en una noche helada:
«Leone había muerto un gélido febrero en el sector alemán de la cárcel de Regina Coeli, en Roma, durante la ocupación alemana». (Pág. 188)
Con la misma pulcritud, casi aspereza, con la Natalia nos anuncia la existencia de Leone, nos comunica su asesinato. Ni una lágrima en forma de palabra, aséptico como un telegrama. Las emociones que sintió por esa muerte no se atreve a enfrentarlas en el relato de forma directa sino que lo hace indirectamente a través de sus amigos, de la admiración que todos mostraban hacia él, de los retratos que colgaban de Leone en las paredes de sus despachos, o del mutismo que mantenían porque mencionar su nombre era desgarrador. Natalia nos habla a través del dolor de los demás e intenta, sin éxito, retener el suyo propio. 

Pero, ¿cómo consigue Natalia convertir su léxico familiar en algo reconocible por nosotros, los lectores? Primero nos cuenta algo característico de alguien, por ejemplo, que su padre “temía que nosotros «comiéramos de gorra» en casa de otros”; no le basta con contárnoslo sino que después pone al personaje hablando sobre ese temor: “«¡Has comido de gorra en casa de Frances! ¡No me gusta!»” y a continuación nos repite una y otra vez esa característica: “mi padre protestaba: «¡Antipático! ¡Pero bien que has comido de gorra!».” (Pág. 88) De esa manera, cuando páginas después volvemos a ver a su padre aleccionando de nuevo “«¡No debéis comer de gorrano podemos evitar sonreírnos porque ya formamos parte de esa familia, ya Natalia nos ha hecho miembros de ella.



Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?


viernes, 13 de enero de 2017

Las sillitas rojas - Edna O´Brien


Título original: The Little Red Chairs
Edición: Errata naturae editores 2016
Traducción: Regina López Muñoz
Páginas: 347
ISBN: 978-84-16544-08-0
Precio: 19 €
Calificación: 5/10


Lo que más me ha gustado: la primera parte del libro, en la que Edna O´Brien nos demuestra que en su zona confort sigue moviéndose como pez en el agua, dominando con maestría la presentación y exploración de una comunidad rural cerrada y cómo la llegada de un forastero altera la apacible existencia de la misma.

Lo que menos me ha gustado: Edna O´Brien abarca en este libro un proyecto ambicioso que se le queda grande al no lograr hilar con credibilidad temas tan dispares como el horror del Conflicto de los Balcanes, la emigración dentro del continente europeo o la reinvención de una mujer de cuarenta años. 
"Resulta increíble  la cantidad de palabras que existen para decir <<hogar>>, y la música brutal que pueden llegar a desencadenar". (Pág. 347)

A un pequeño y bucólico pueblo llamado Cloonolia, conservador, católico y tradicional, cuya existencia transcurre de forma apacible y casi monótona, llega un día un desconocido que deslumbra a sus habitantes con su larga melena, su barba, su impresionante físico al más puro estilo hipster, y su labia, con la intención de abrir un centro holístico de sanación. A pesar de las reticencias iniciales, conversación con el cura del pueblo incluída, no tarda en ser integrado en la dinámica del pueblo y comienza a cautivar a todos sus habitantes, especialmente a Fidelma, una mujer de cuarenta años cuya imposibilidad para concebir y su matrimonio con un hombre más mayor que ella, la está abocando a una existencia llena de soledad y frustración donde el extranjero aparece como su esperanza.
"- ¿Por qué tanta hostilidad?- quiso saber. 
- Pues... así son las cosas por aquí... mentiras... hipocresía... amargura... no nos fiamos de los demás... nos deprimimos... le echamos la culpa al clima... reservamos paquetes turísticos a destinos con buen tiempo... volvemos a casa... no es el clima... somos nosotros". (Pág. 106)

La narración en tercera persona de la autora ayuda a mantener el misterio sobre la identidad de este forastero si bien el título de la novela (que hace referencia a las 11.541 sillas rojas, una por cada asesinado, que el 6 de abril de 2012 se colocaron en la avenida principal de Sarajevo conmemorando el vigésimo aniversario del inicio del asedio de la ciudad por las fuerzas serbobosnias) y los epígrafes del comienzo, nos ayudan a imaginar que se trata de un hombre que esconde un oscuro pasado del que está huyendo. 
"La cuestión que lo desconcertaba era cómo recuperar lo que había perdido. Lo que el hombre moderno había perdido, llámese alma, llámese armonía, llámese Dios". (Pág. 20)
El desconocido, de nombre Vladimir, encandila cuando habla de plantas, de filosofía, de los paisajes de su lugar de origen, tan similares según él a los irlandeses, de energías y rituales, de fuerzas naturales y de remedios, de poesía y literatura, la cual amaba porque en ella "los delitos del corazón se representaban de una manera más trascendental e indulgente" (Pág. 57), convirtiéndose en un hombre respetado por los habitantes del pueblo; aunque se levantan tímidas voces alertando de que él no es lo que parece, como la del maestro, quien le compara con Rasputín, o Mujo, uno de los camareros del Castle, nadie les hace caso. Resulta casi divertido el pasaje en el que un policía local está a punto de detenerle cuando pasea por el bosque con los niños de la escuela, impartíendoles una clase de botánica, por carecer de permiso para ello. Vladimir sabe que su traslado a comisaría sería fatal pues se descubriría su verdadera identidad. Sin embargo, con su poder de convicción característico, logra zafarse con éxito de la situación. 
"Está deseoso de conocer a los vecinos porque pretende hacer de Cloonoila su hogar. Percibe en ese lugar la inocencia primigenia que casi todos los rincones del mundo ya perdieron". (Pág. 43)

La primera parte transcurre pues, en Cloonoila, centrándose finalmente en la relación clandestina que Vladimir mantiene con la "belleza del pueblo", la moralmente intachable Fidelma, y como consecuencia de la cual ésta consigue por fin quedarse embarazada. Pero esta historia que comienza como un cuento de hadas para la chica de campo no tiene un final feliz. La conmoción que provoca en la comunidad la noticia televisada de la detención de Vladimir y la divulgación de su verdadera identidad supone un auténtico revulsivo para la idílica Cloonoila. El fin de esta primera parte contiene una de las escenas más brutales que jamás he leído y que contrasta aún más con el ambiente rural y bucólico que la escritora tan magistralmente ha construído hasta ese momento. Lo confieso. Al llegar a ese punto tuve que interrumpir la lectura por el impacto que provocó en mi.
"Aunque todo era mentira, en momentos de desesperación las mentiras pueden ser tan persuasivas y aceptables como la verdad". (Pág. 88)

Es en la segunda parte cuando la novela decae irremediablemente porque Edna O´Brien nos miente, o mejor dicho, usa a sus personajes para mentirnos. Traslada a Fidelma a Londres, a donde huye buscando su hogar, su paz interior, su nuevo comienzo. Edna, una mujer de ya noventa años, intenta dar aquí voz a una mujer de cuarenta, que lucha por reinventarse en un Londres moderno, con teléfonos móviles y ipads, con una inmigración multiétnica galopante, que camina por sus calles intentando labrarse un futuro mejor o simplemente huyendo de un hogar que ya se les ha hecho inhabitable. Una intención ambiciosa y loable pero en la que Edna se pierde convirtiendo la narración en algo caótico, con personajes que vienen y van sin saber bien qué quiere contarnos a través de ellos. Todos los inmigrantes hablan igual, independientemente del lugar de origen, apenas profundiza en ellos a través de sus acciones sino que sólo los pone a hablar y hablar sin que lleguemos a conocerles. Algunos hasta dicen palabrotas y usan lenguaje soez, lo cual, viniendo de esta autora, resulta forzado, artifical, tremendamente amañado. Nos inunda con nombres, trabajos esporádicos, historias de terceros dejando, a Fidalma flotando en un cosmos. 
"¡Vamos, vamos, niño humano! 
Al agua y la naturaleza
con un hada de la mano,
que el mundo lo llena el llanto más de lo que puedas creer". (Pág. 185. Versos del laureado poeta irlandés Yeats, ganador del Premio Nobel en 1923)

A raíz del contacto con estas personas, Fidelma toma conciencia del sentimiento de culpa que comienza a inundarla. Ya no solo es una mujer adúltera que ha debido abandonar su pueblo a fin de no tener que enfrentarse a las miradas juzgadoras de sus vecinos y de su marido, sino que además, el hombre con el que ha tenido una aventura y a estado a punto de ser madre es un monstruo. Un monstruo que sembró el horror en su país llevado por un sentimiento de patriotismo y un proyecto de limpieza étnica que provocó la muerte de miles de personas y la huida de otras tantas que no saben si algún día podrán regresar a lo que alguna vez fue su hogar.
"Todo en este mundo es política. El pan que comemos, el agua que bebemos, el colchón en el que dormimos, la guerra y la paz, todo es política en esencia". (Pág. 249)

¿Cómo es posible que ella, una buena chica, una chica de campo, haya podido enamorarse de un hombre así? ¿De verdad nunca llegó a sospechar nada? ¿O quizás si que vio y rozó la piel del lobo pero prefirió mirar para otro lado como otras mujeres inmigrantes, especialmente víctimas de la tragedia de Sarajevo, le echan en cara? Y en ese intento por expiar su culpa, encontrar respuestas, expiar su pecado, desterrar ese sentimiento de culpabilidad que la reconcome, Edna traslada a la protagonista a  La Haya, donde se desarrolla la tercera parte del libro. En ella, rasgos como la soberbia, el autoengaño y la autojustificación están muy bien retratados en el personaje de Vladimir. Sin embargo, en el caso de Fidelma se desdibujan sus emociones, haciéndonos más difícil no solo que podamos sentirnos identificados con ella sino entender cuáles son realmente sus justificaciones.
"Yo no suelo mirar las tapias carcelarias de la vida: mejor levanto la vista hacia el cielo, que es más bonito y más espacioso. Intenta hacer lo mismo". (Pág. 270)
Sólo cuando la autora regresa a su propia voz narrativa, a aquella a la que nos tiene tan acostumbrados y que nos deslumbró en su trilogía de Baba y Cait, es cuando el lector recuerda por qué está leyendo este libro y no lo dejó en su momento en el estante de la librería o biblioteca. Afortunadamente hay varios de estos momentos a lo largo de la segunda y la tercera parte.
"No conocemos a los demás. Son un enigma. No podemos conocerlos, y menos aún a los más íntimos, porque las costumbres nos confunden y la esperanza nos ciega ante la verdad. Me dejó una nota: << Ahora estoy de lo más tranquila >>, decía". (Pág. 281)

En conclusión, una novela con muy buenas intenciones, en las que la autora intenta reinventarse a sí misma, como la protagonista, a través de una escritura más amplia y cosmopolita pero que, si bien hay que reconocerle el mérito por intentarlo, queda en eso, un intento. Intenta abarcar tantas cosas en su narración que al final nos cuenta sobre todo pero no nos cuenta sobre nada. Quien mucho abarca, poco aprieta... y eso le pasa a Edna. Cualquiera de los libros de su trilogía "Chicas de campo-2 le da mil vueltas a éste. Aquí apostó todo al rojo pero le salió el negro.


Un apunte biográfico sobre la autora. Edna O´Brien


Sin duda la vida de Edna O´Brien es la de una mujer que ha sabido reinventarse a sí misma empezando totalmente de cero. Nacida en un pequeño pueblo del Condado de Claire, en Irlanda, el 15 de diciembre de 1932, es la menor de cuatro hermanos. Su padre es alcohólico y su madre una mujer de profundas convicciones religiosas que consideraba que "la escritura era un camino de perdición". Decidida a cambiar el rumbo de su vida Edna huye de ese ambiente claustrofóbico rural y familiar y se refugia en Dublin donde estudia Farmacia por la presión de la familia. Tras trabajar un tiempo como boticaria contrae matrimonio con el escritor irlandés Ernest Gebler en 1954 y pocas semanas después nace su primer hijo, Carlo Gebler (a quien llamaron así en homenaje a Karl Marx y que hoy también es un conocido escritor. Por cierto, Carlo publicó en 2001 He and I, una autobiografía en la que detallaba las complicadas relaciones que mantuvo con su padre a quien acusó de abusar de él emocionalmente y con quien apenas tuvo relación durante gran parte de su vida). Edna ya entonces mostraba interés por la literatura y la escritura y quizás por ese motivo se vio deslumbrada por Ernest Gabler, nacido en 1914, dieciocho años mayor que ella. Más tarde llegaría su segundo hijo, Sasha Gebler (quien actualmente es un reconocido arquitecto).

En 1958 se trasladan a Londres y allí Edna comienza a trabajar en la editorial Hutchinson como lectora. Esta misma editorial, percatándose del potencial literario de Edna, le ofrecen que escriba una novela, publicándose en 1960 el que sería el primero de la trilogía de Baba y Cait: The country girls (que en nuestro país edita Errata Naturae en 2013 con el título Las chicas de campo). En ella narra, con inspiraciones autobiográficas, la vida de dos amigas que crecen juntas en un pequeño pueblo irlandés de ambiente reprimido y profundamente católico, y cuya máxima aspiración es poder ir a la ciudad y casarse para disfrutar de libertad y de una vida cómoda. Temas como el aborto, el sexo antes del matrimonio, o las relaciones con hombres casados provocaron tal escándalo en la católica Irlanda que el párroco del pueblo de Edna O´Brien recorrió la comarca comprando todos los ejemplares que encontró de la novela y los quemó en una hoguera en la plaza del pueblo a modo de ejemplificación de su maldad y de su contenido pecaminoso.


A raíz del éxito de esta novela, publica en 1962 The lonely girl (La chica de ojos verdes, Errata Naturae, 2014) y en 1964 Girls in their married bliss (Chicas felizmente casadas, Errata Naturae, 2015).

El éxito de Edna fue difícil de digerir por su marido, quien vio como quedaba en un segundo plano. Carlo cuenta en He and I cómo el padre, celoso de su mujer, al recibir Edna un cheque bastante sustancioso de la editorial, le exigió que se lo endosase a él. Edna lo hizo pero a continuación se fue de casa, abandonándole. En un primer momento los dos hijos se quedaron con el padre en el hogar familiar pero poco después se trasladaron a vivir con la madre, con quien siempre han mantenido una relación muy cercana.

Ha publicado también una obra dramática sobre Virginia Woolf, Virginia: a play (1985) y dos importantes biografías: en 1999 sobre James Joyce, James Joyce, a life (Mondadori, 2001. Descatalogado) y sobre Lord Byron: Byron in Love (Byron enamorado, Espasa Forum, 2009).

También ha escrito varios guiones de cine para la adaptación de algunas de sus obras: Retorno al pasado (I Was Happy Here, 1966), Salvaje y peligrosa (X, Y and Zee, 1972) protagonizada por Elisabeth Taylor, Michael Caine y Susanna York y Tres no caben en dos (Three into two won´t go, 1969).

Entre los admiradores de su obra se encuentran afamados escritores como Philip Roth quien, de hecho, dijo de esta obra que estamos comentando, que era "su obra maestra" (siento no estar de acuerdo contigo, admirado Philip) y la escritora canadiense ganadora del Premio Nobel en 2013 Alice Monroe quien ha afirmado que empezó a escribir gracias a Edna.

lunes, 9 de enero de 2017

Cómo conocí a Natalia Ginzburg



Abogado, doctor y librero; abogada, doctora y librera. Son los tres profesionales de confianza que cada vez tengo más claro que toda persona necesita en su vida. Sin mis libreros me habría perdido algunos de los momentos más maravillosos que he vivido en mi vida en los últimos años, entre ellos lo que he pasado leyendo a Natalia Ginzburg.

Feria del Libro de Madrid del 2016. Paseo de coches del Retiro. Las casetas se alinean pero yo voy a tiro fijo a mi primera parada: la caseta de "La Buena Vida". Allí veo concentrados algunos de los libros que llevo en mi "lista de deseos" y comienzo a hojearlos uno a uno. El librero, paciente, espera con una sonrisa el momento de extraer de un montón, al que yo aún no me había acercado, un volumen para tendérmelo amablemente. Léxico familiar, Natalia Ginzburg, leo. Le miro asombrada. "No la conozco". "Pues es maravillosa". Igual que obedientemente suelo seguir las prescipciones médicas de mi doctora, cojo el libro y lo añado a mi montón. Salgo del Retiro con ese libro destacando en mi cabeza sobre todos los demás y, cuando al llegar a casa, lo abro por la primera página, sé que voy a descubrir a una de esas autoras que van a formar parte de mi vida, de mi propio "Léxico personal".

Natalia Ginzburg fue una mujer con una vida tan interesante como intensa. Desde pequeña mostraba una timidez con la que yo siempre me he sentido identificada, una timidez que la obligaba a permanecer en un segundo plano porque sus cuatro hermanos, mayores que ella, no la dejaban hablar ni terminar sus historias. Ellos eran gritones, respondones, apasionados en la defensa de sus ideas. Natalia nace el 14 de julio de 1916 en el seno de una familia de origen judío por parte de padre y católica por parte de madre, si bien no practicantes, que luchó contra el fascismo de Mussolini y defendió las ideas socialistas con decisión.

Natalia, en ese ambiente tan involucrado política y socialmente, nunca destacó por ser una buena estudiante pero sí por una pasión que consiguió llevar adelante: la escritura. Me la imagino en esa casa ruidosa, observando silenciosa cuanto pasaba en ella, sintiéndose pequeña, fea, insignificante, y yendo rauda a encerrarse en su habitación para escribir sus poesías y sus cuentecillos contando todo cuanto veía.

Poco después de dejar atrás su adolescencia tranquila e insegura contrajo matrimonio con Leone Ginzburg, un intelectual judío amigo de la familia, al que su padre calificó como "feo" pero que era lo que llamaríamos "un buen hombre". Sencillo, retraído pero también luchador incansable contra el fascismo y el nazismo que ya avanzaba por Europa, sufrió las consecuencias de su lucha. Primero le detuvieron y encarcelaron, luego arrebataron la nacionalidad italiana (no era italiano de nacimiento sino ucraniano), después le condenaron al confino o exilio a la zona de los Abruzos y posteriormente volvieron a detenerle para torturarle hasta la muerte en 1944.

Natalia compartió con él todos esos momentos con amargura y tristeza pero siempre con la esperanza de que todo se resolvería, de que vendrían tiempos mejores. Cuando Leone fallece, Natalia, sola, con tres hijos pequeños, debe comenzar una nueva vida y aprender a vivir con todo el dolor que la Segunda Guerra Mundial y el fascismo ha dejado en su vida.

¿Cómo no admirar a Natalia? ¿Cómo no querer saber más de ella? Natalia se refugia en la escritura y fiel a su estilo limpio, llano, libre de todo tipo de adornos y superficialidades, desgarra la realidad que la rodea y se aferra a ella para contar sus historias. 


A pesar de su origen judío, no fue consciente de que ese hecho fuese determinante para su vida hasta que vio cómo su familia era perseguida por ello. A pesar de ser mujer, no fue consciente de lo difícil que sería abrirse camino en el mundo literario por pertenecer a ese género hasta que no intentó meter su pluma en él. Natalia no fue una feminista al uso. No escribió estudios de género (ella misma admitió que le aburrían) ni obras reivindicando la igualdad de la mujer. Pero sí fue una feminista porque consiguió, siendo mujer, ocupar un puesto importantísimo entre los grandes de la literatura italiana de mediados del siglo XX. Se ganó el respeto y admiración de Italo Calvino, Giulio Einaudi, Cesare Pavese, Norberto Bobbio, y logró integrase en un mundo de hombres tan machista como era el mundo intelectual de la Italia de los años cincuenta. Luchó de la manera que ella consideró que en su época debía hacerse: se casó, tuvo hijos, llevó una casa pero al mismo tiempo escribía como un hombre, hablaba como un hombre, fumaba, bebía... Hasta que un día se dio cuenta de que por más que lo intentase había algo de su feminiedad que seguía sobresaliendo en su escritura. Dejó de luchar contra ello y así se convirtió en una mujer que triunfaba en un mundo de hombres, que escribía con la distancia de un hombre pero con el corazón de una mujer. Y aquí está la clave de su escritura.

Tras la muerte de Leone y soñar con el suicidio logró, con la ayuda de sus padres, retomar su vida, y en ella, continuar luchando por sus hijos. Después se casaría de nuevo, con Gabriele Baldini, llena de ilusión y de alegría. Pero la vida le azotaría otra vez. La primera hija del matrimonio nacería con una malformación que, gracias a varias operaciones médicas, no fue mortal aunque sí le haría necesitar de asistencia de por vida. El segundo hijo, Antonio, moriría poco después de haber cumplido un año de vida. Oriana Fallaci, la conocida periodista, escritora y activista italiana (primera mujer italiana corresponsal de guerra) dijo de ella, cuando entrevistó a Natalia: «Ni guapa ni elegante, con rebeca y falda de color azul ceniza, con ese aire un pelín apagado de tía soltera y sin edad definida... Sorprende su voz, como de femme fatale. Es como si fuera la voz de otra y te atrapa, te fascina...». Cuando lees a Natalia Ginzburg entiendes a qué se refiere Fallaci a la perfección. Esa misma voz que atrapa y te fascina es la que usa al escribir, la que despliega cuando cuenta anécdotas de su vida que podrían ser la de la tuya, cuando pasas las páginas una tras otra y no puedes dejar de leer con una sonrisa a veces, con una lágrima otras, un recuerdo sobre un amigo suyo, una anécdota sobre su padre, un latiguillo que repetía su madre...

Cuando Natalia queda viuda por segunda vez sigue sin ceder al desánimo. Se refugia en su escritura cristalina, simple en apariencia pero que destila melancolía y nostalgia por los cuatro costados, para contar su historia, una historia que no nos sorprende porque podría ser la nuestra. No en vano, Elena Medel, prologuista y traductora de algunas de las obras de Natalia publicadas por la Editorial Lumen dice: «Yo, Elena, nací con otro nombre y en otros años y en otra lengua, y en cambio todos los recuerdos que Natalia evoca en Léxico famliar se corresponden con los míos». La tristeza nunca la abandonaría en toda su vida pero sentada en su casa de Roma, en la Piazza Campo Marzio, con un montón de folios en el regazo y fumando un cigarro tras otro, lograría escribir todas esas historias que parece que dicen poco pero que dicen tanto. Tanto que una vez que la lees ya es imposible olvidarla. Nunca más. 

Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

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