lunes, 27 de febrero de 2017

La Maison Volpé - Natalia Ginzburg


Título original: La Maison Volpé [Incluído en el libro Las pequeñas virtudes]
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto
Páginas: 49-57
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10
"Los bidones de basura no son alegres en ningún país del mundo. Pero yo creo que en ningún país del mundo son como aquí, grandes, grises, visibles y repletos, impregnados del humo gris del aire, y cargados de una desolada melancolía". (Pág. 57)
En la línea de Elogio y lamento de Inglaterra, Natalia Ginzburg vuelca aquí toda la nostalgia que la envuelve durante su estancia en Londres, desde 1960 hasta 1962, mostrando sin tapujos, de una forma llana y clara, su dificultad para adaptarse a esta ciudad, para comprender sus costumbres y su carácter. Si bien en Elogio y lamento hace una visión general de la vida londinense, en La Maison Volpé, escrito un año antes, en 1960, se centra en un aspecto concreto: la gastronomía. Para ello toma como punto de partida un lugar situado al lado de su casa que lleva ese mismo nombre, donde nunca ha entrado, cuyo fin desconoce (¿un restaurante? ¿un café?) pero cuyo nombre parisino y su estética londinense quedará grabado para siempre en su memoria. Quizás porque volpe en italiano significa zorro; quizás porque representa el carácter londinense al impedir la visión de su interior con pesados cortinajes, quizás porque así es como se siente la propia Natalia (oscura, retraída, meditabunda) es la imagen literaria que elige Natalia para hablarnos de cómo se siente en Londres.

La autora nos acerca a su hermética fachada y nos obliga a mirar entre los huecos de las cortinas para ver si vislumbramos algo de su interior, a abrir con sigilo la puerta, asomar la cabeza y penetrar en ese supuestamente oscuro, enmoquetado y enconrtinado establecimiento. Natalia no se queja de vivir allí, no protesta airadamente pero tampoco se resigna. Simplemente, con ese estilo suyo tan peculiar, entre periodístico y antropológico, nos pone sobre la mesa un menú de hechos para que nosotros hagamos con ellos lo que mejor nos parezca. No intenta convencernos, aparentemente, pero nos convence al trasladarnos su tristeza y el polvo que cubre los muebles.
Con su fina ironía y su sutil humor, Natalia nos cuenta cómo los ingleses admiran extasiados un plato con un bistec negro y una hoja de lechuga y exclaman grandilocuentes «Oh, it is luxurious! it is delicious!» y un lector latino, al leer ésto no puede menos que soltar la carcajada porque entiende perfectamente a Natalia. Si Natalia hubiese sido más expresiva y más dada a los barroquismos habría metido en el texto algo así como: «Luxurious? Delicious? ¿Una hoja de lechuga? ¿Un bistec negro? ¡No tenéis ni idea! Cómo se nota que no habéis comido un buen risotti con un spumante! ¡O un brasato o un bollito!».  

Pero Natalia no recurre a este humor facilón, no es su estilo, sino que con gran sarcasmo se ríe de esa comida con nombre de insulto:

"A mí me parece que incluso ciertas palabras utilizadas para indicar comidas o bebidas tienen un sonido injurioso y revelan odio y desprecio: «Snacks-squah-poultry». Semejantes palabras, ¿no parecen insultos? Significan simplemente bocadillos, naranjada, aves de corral". (Pág. 56)
Reflexiona de forma inteligente e irónica sobre las costumbre inglesas. Sólo le falta decir que la imperfección es bella, y que por muy perfectos, correctos y civilizados que sean los ingleses, ella prefiere las reuniones italianas repletas de comidas que saben a comida y de gritos que te hacen sentir viva.

viernes, 24 de febrero de 2017

Jesús Carrasco - Intemperie


Edición: Seix Barral (21ª impresión. Abril 2016).
Páginas: 221
ISBN: 978-84-322-1472-1
Precio: 16,50€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: La dureza de la historia cargada de un lirismo bien narrado, una prosa repleta de imágenes y símbolos que no saturan, unos personajes austeros que viven de forma apasionada, una auténtica lucha por la supervivencia que no necesita de artificios ni golpes de efecto sobrenaturales. El suspense, a pesar de su sobriedad, está garantizado.

Lo que menos me ha gustado: Más bien es un aviso a quien se acerque a este libro. Es un libro lento por lo que si se busca acción este no es su libro. Tiene párrafos enteros repletos de descripciones, de gran contenido simbólico, que pueden resultar sobrecargados, por lo que para leerlo hay que cambiar la perspectiva, dejar de lado las prisas, y centrárse atentamente en los detalles.
«—¿Has visto la corona que tiene el Cristo de ahí arriba?
—Sí. Tiene tres puntas.
—Se llaman potencias. Una es la memoria, otra, el entendimiento y la tercera, la voluntad» (Pág. 119)
«Intemperie es uno de esos libros que se quedan grabados en la piel para toda la vida». Así de claro. Intemperie no se lee sólo con los ojos y con el cerebro, sino también con los poros, con la nariz y la boca, con los oídos, con las vísceras y los intestinos. Es un libro desgarrador que a pesar de un argumento sencillo ahonda en las miserias de la vida humana pero también en la grandeza de la misma. Intemperie, con tres simples personajes: un niño, un adulto y un viejo, crea unos arquetipos tan poderosos que podríamos decir de él que es un tratado vital, una obra de sabiduría, una obra minimalista que aferrándose a lo mínimo cuenta lo máximo. 
«Ante el coro de voces, sintió que quizá había desempolvado algún tipo de lazo comunitario y por un momento su rencor se replegó hacia algún lugar de su estómago. (...) Había provocado un acontecimiento». (Pág. 11)
Este es el argumento: un niño huye de su casa y el aguacil del pueblo comienza a buscarle desesperadamente. En esa huida cuenta con la ayuda con un viejo cabrero, tosco y silencioso. Intentaré ir más allá sin desvelar detalles que descubran la trama. Una gran sequía ha azotado el sur del país por lo que los lugareños se han visto obligado a emigrar al norte en busca de agua. En el pueblo sólo quedan aquellos habitantes que cuentan con algunos medios para sobrevivir y aquellos que no han sido lo suficientemente valientes para emprender el viaje. El niño se ve entonces encerrado, junto a un padre dominante y una madre sometida, en el miserable pueblo cuya ley dicta y ordena el aguacil. Hasta que una mota de polvo desborda el desierto y el crío decide huir. El aguacil no aceptará esa huida, por supuesto, y le seguirá infatigablemente en su camino hacia el norte, en busca de prados verdes, pozos rebosantes y árboles fértiles. En esa huida se cruza con un cabrero, un hombre anciano y pobre que se mantiene gracias a los trueques con la leche de sus cabras y que deambula por la zona sin rumbo fijo. Esa pobreza material se ve compensada, sin embargo, con una riqueza de sabiduría, principios y moral que le llevará a proteger a ese crío desconocido hasta las últimas consecuencias. 
«—No te voy a esperar toda la vida.» (Pág. 57)
El cabrero, a diferencia del niño o del aguacil, no tiene nada que perder, pero eso no le resta valentía y arrojo en sus acciones. Podría haber dejado marchar al niño; podría haber mirado para otro lado, como hacían los padres de éste; podría haberse aprovechado del niño también, como hacía el aguacil. Sin embargo, él marca una diferencia respecto al resto: él, un desconocido solitario y silencioso, sustituye las palabras por la acción. En la novela la aridez del paisaje camina de la mano del estilo narrativo: apenas hay diálogos más allá de los puramente imprescindibles, los personajes no tienen nombres, los pueblos son anónimos, la topografía es generalista; un reflejo de la aridez del ambiente y también de la aridez de las personas que lo pueblan. Hay sequía de agua pero también hay sequía de afecto, de solidaridad y de compasión. La crueldad del aguacil, un hombre de buena posición económica y social, que viste y huele bien, contrasta aún más con la compasión del cabrero, apestoso y maloliente, que da al crío en unos pocos días más lecciones de ética y más cariño que el que ha recibido en toda su vida. 
«Pensó que a la altura a la que la copa de la palmera crecía, corría un aire más puro que el que circulaba a ras de suelo y que algo habría hecho la palmera para merecer ese aire balsámico. (...) Algo habría hecho él para merecer sus quemaduras, su hambre y a su familia». (Pág. 54)
Se podría definir esta novela como una novela de aprendizaje, de formación, o como dirían los anglófonos, un drama coming of age, de transición de la niñez a la etapa adulta. La intemperie, donde transcurre toda la acción, a campo abierto, sin más protección que los árboles, el suelo infértil y el cielo estrelllado, es una potente imagen visual de lo que es la propia vida. En esa misma intemperie el niño renace, al comenzar la novela con él resguardado en un agujero de arcilla, feto en el vientre de la madre, hasta que la naturaleza le da a luz. Recuerdo que cuando era más joven me decían mis padres que debía prepararme para salir al mundo real, donde «está la jungla, la selva». Pero el niño de Jesús Carrasco no sale a unos bosques frondosos, húmedos, llenos de animales salvajes y peligrosos, sino que precisamente huye de un animal salvaje para profundizarse en un mundo reseco, donde el calor cuartea la piel, la poca agua existente provoca diarrea, y la lucha contra el medio es tan terrible como la lucha contra los pocos seres humanos que lo habitan (tullido que parece salido de una obra de McCullers, incluido).
«Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria». (Pág. 162)
El cabrero le reeduca, por no decir que le educa. Le protege en las ruinas de un castillo. Comparte con él la reducida comida de su zurrón. Le impide convertirse en adulto demasiado pronto arrebatándole la crueldad que otros le habían inoculado y devolviéndole la humanidad, la decencia y la compasión. Los silencios siguen siendo su eterna compañera pero ya no se tratan, como en su casa, de silencios acusadores ni afilados sino de silencios de comprensión y compañía, silencios que hablan al niño de cosas que para él era completamente desconocidas: la amistad, la lealtad y la fidelidad.
«—No tienes cojones, cabrero.
—No mires, chico.» (Pág. 195)
En conclusión, una obra de tintes apocalípticos, que recuerda en sus alusiones a los aperos y a las costumbres del campo (preparad el diccionario quienes no hayáis crecido en un entorno rural para enriquecer el vocabulario) al universo de Delibes, y que cómo éste, conmueve profundamente regando nuestras estériles mesetas con corrientes subterráneas, invisibles. Un libro donde parece que no pasa nada pero no dejan de pasar cosas. Un libro que transcurre en una estática meseta pero donde la historia provoca terremotos, torbellinos, huracanes y tsunamis en el lector. Un gran libro.

lunes, 20 de febrero de 2017

Elogio y lamento de Inglaterra - Natalia Ginzburg



  


Título originalElogio e compianto dell'Inghilterra, [Incluído en el libro Las pequeñas virtudes]
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto
Páginas: 37-47
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10
"En el país de la melancolía, el pensamiento está siempre puesto en la muerte. No teme a la muerte, porque la sombra de la muerte se parece a la vasta sombra de los árboles, al silencio que y a está presente en el alma, perdida en su verde sueño". (Pág. 47)
A principios de 1960 Natalia, junto a su hija Alessandra, (Carlo y Andrea ya son estudiantes universitarios) se traslada junto a su marido Gabriele Baldini a Londres, donde él ha sido nombrado director del Istituto Italiano di Cultura. Natalia viaja a con su maleta llena de dolor, una vez más, por los golpes sufrido en la vida. Su hijo pequeño, Antonio, acaba de fallecer con apenas un año de vida y su hija Susanna sufre una grave enfermedad.

Su estancia allí es complicada, ambivalente, determinada por la admiración que Natalia siente hacia ese pueblo culto, civilizado y tranquilo y la inmensa nostalgia por el ruido, el caos y las conversaciones ruidosas del pueblo italiano. Como resultado de estos sentimientos escribe dos relatos: Maison Volpe en 1960 y Elogio y lamento de Inglaterra, en 1961. La Ginzburg no consigue adaptarse, siente lo que llamaríamos morriña, y Natalia, fiel a su estilo sencillo y materialista no se pierde en grandilocuentes discursos sobre el arraigo, el amor hacia la propia tierra, las propias costumbres sino que va desgranando esa nostalgia a través de objetos comunes y lugares concretos. Aquello que para los londinenses es algo normal, amado y admirado para ella es motivo de asombro y objeto de contraste respecto a su propia vida.

Ya el propio título, donde confluye el elogio y el lamento, nos adelanta la complejidad de sus sentimientos. Su padre, como nos cuenta la autora en Léxico Familiar, era un gran admirador de la cultura inglesa, admiración que transmitió a sus hijos pero que en el caso de Natalia no logra ensombrecer los aparentes defectos de la cultura italiana que ella tanto ama. Inglaterra es un país hermoso, civilizado, acogedor con los extranjeros (ay, si Natalia levantase la cabeza y se enterara de lo del Brexit)... aparentemente cumple con todos los estereotipos de país evolucionado pero da la impresión de que allí Natalia no es feliz. A ella, que viene de Turín, una ciudad gris y sobria en la que aprendió a vivir con unos zapatos rotos, le sobrecoge la gran oferta de productos, el hiperconsumismo, el colorido artificial de los escaparates, y la visión de todos esos "zapatos que dan dolor de pies con sólo mirarlos" (Pág. 38).
"De vez en cuando asoma a la calle un árbol florecido, de un rosa tierno, intensamente encendido, hermoso a la vista, amable adorno de la calle. Sin embargo, al contemplarlo se presiente que no está ahí por casualidad, sino por cálculo, obedeciendo a una intención precisa. Y el hecho de que esté ahí no por casualidad, sino obedeciendo a una intención precisa, entristece su belleza". (Pág. 39)
En Italia todo es espontáneo, un arbol, un hierbajo, por nacer donde quiere sin que nadie lo coloque allí, ya es bello. Incluso cuando no sea tan hermoso a la vista como esos árboles que decoran las avenidas londinenses, su libertad, su decisión, lo hace algo aún más bello. Ni siquiera ese colorido intencionado de todo lo que hay en Londres, su autobuses, sus cabinas telefónicas, sus portales, dejan de resultar artificiales, impuestos. Natalia, que en su escritura es sobria y concisa, también se muestra así en su vida real. Huye de cualquier adorno innecesario, de cualquier floritura o artificio que esconda el fondo y resalte la forma. Ella no es superficial aunque a veces lo parezca por su forma de narrar, sino todo lo contrario, odia y evita cualquier superficialidad. Por eso no se siente integrada en Inglaterra.

Y si el paisaje y las calles son grises, aún lo son más sus gentes. Natalia, la menor de cinco hermanos, vivió en una casa en la que continuamente entraba y salía gente: tíos, primos, vecinos, amigos de sus padres, amigos de sus hermanos, conocidos, amigos de conocidos, gente que entra, saluda, grita, discute, orquestan carcajadas, desaires y halagos. Nada que ver con esos ingleses faltos de fantasía, desconocedores del estupor y que "por la calle, jamás se vuelven a mirar al prójimo" en una mezcla de discreción e indiferencia. 
"La melancolía inglesa nos contagia enseguida. Es una melancolía ovejuna, atónita, una especie de desconcierto vacío, en cuya superficie flotan las conversaciones sobre el tiempo, las estaciones, todas las cosas de las que se pueden hablar largo y tendido sin llegar al fondo de nada, sin ofender y sin ser ofendidos, un largo y leve zumbido de mosquito". (Pág. 46)

Cada acto cotidiano, porque Natalia es una observadora minuciosa de la realidad, es para ella un acto de melancolía que despierta la comparación automática, desconcierto e incomprensión, ¿cómo pueden vivir así? son tan aburridos... Sin embargo,  
"Italia es un país dispuesto a someterse a los peores gobiernos. Es un país donde, como ya se sabe, todo funciona mal (...) y sin embargo, por las calles se siente fluir la inteligencia (...) una inteligencia que no sirve para nada (...) pero calienta el corazón y lo consuela". (Pág. 45)


Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?


viernes, 17 de febrero de 2017

La librería - Penelope Fitzgerald



Título original: The Bookshop.
Edición: Impedimenta. Enero 2016 (10ª ed.).
Traducción: Ana Bustelo.
Páginas: 181
ISBN: 978-84-937601-4-4
Precio: 18,40€
Calificación: 9/10
"Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida." (Pág. 57)
Jane Austen escribió en Emma: «La mitad del mundo no puede entender los placeres de la otra mitad». Pues bien, esta frase refleja con exactitud la tensión que existe a lo largo de toda esta novela, una novela corta, que se lee del tirón, muy bien escrita, pero con unos personajes y una trama tan envolvente que pronto te olvidas de las formas para centrarte en el fondo, en lo que la autora nos quiere decir a través de esta historia. ¿Es cierto que si deseas algo con fuerza puede cumplirse? ¿Es cierto que si luchas por un sueño, puedes hacerlo realidad pase lo que pase?
"— (...) No se lo pediría a cualquiera, pero sé que usted no se asusta. 
—¿Cómo lo sabe? —preguntó ella.
—Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles." (Pág. 20)
El argumento de La librería no puede ser más atractivo para los amantes de los libros: Florence, una mujer de mediana edad, viuda y sin hijos, decide quemar todas las naves y endeudarse hasta las cejas para cumplir su sueño: abrir una librería en su pueblo. Ya desde el primer momento se encontrará con la oposición de varios miembros de la comunidad que mostrarán su desconfianza ante tan descabellado proyecto. La casa está encantada, le dicen; es una ruina, le comentan; ¿una librería aquí? ¿será rentable? le cuestionan. No sólo debe enfrentarse con fuerzas reales, tangibles, sino también con la propia oposición de la casa, que como sacada de un relato de García Márquez o de Isabel Allende, en un guiño al realismo mágico latinoamericano, está habitada por un rapper, un poltergeist, que a base de golpear paredes, tirar libros y retumbar las tuberías, intenta, como si un enviado de las fuerzas de oposición se tratase, expulsar a la librera del edificio. 

 "Resumiendo, se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, de que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados, y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden. La fuerza de voluntad es inútil si no se va a algún lado." (Pág. 49)
Poco a poco, los vecinos del pueblo irán posicionándose en un bando o en otro. Algunos de forma honesta, otros para aprovecharse del frágil carácter de la librera, quien no pasa por un buen momento personal, se acercarán a ella ofreciéndole ayuda. También habrá quien manifieste abiertamente su desprecio hacia este proyecto en aras de un bien común superior. La valiente decisión de la librera de incluir en su catálogo Lolita de Nabokov complicará aún más su inestable situación.
"—Estuve muy felizmente casada, ya que me lo pregunta —dijo Florence—. (...)
—¿Y era usted feliz?
—Le quería, e intentaba entender su trabajo. A veces pienso que el hombre y la mujer no son precisamente lo más adecuado el uno para el otro. Aunque algo debe haber, por supuesto." (Pág. 34)
Si algo me llamó la atención del libro fue la ausencia de risas. Apenas vemos a Florence sonriendo, ni siquiera intentarlo. No es un libro alegre, la verdad. Florence se presenta como una mujer un poco perdida en su vida, hastiada de la sensación de no haber sabido aprovechar su tiempo y desesperada por encontrar un sentido a su día a día, una ilusión. Sin embargo, su carácter luchador no se ve compensado con un carácter conciliador. Está tan harta de fingir que intenta por todos los medios ser auténtica, huír de la hipocresía y seguir teniendo fe en que el esfuerzo y el sacrificio tendrán su recompensa. En definitiva, una idealista.
"En los últimos meses no había sido poca la influencia que habían ejercido la una sobre la otra. Si Florence se había hecho más resistente, Christine se había hecho más sensible." (Pág. 93)
En su lucha cuenta con la ayuda de Christine, una niña de diez años que haciendo de voz de la conciencia, su Pepito Grillo particular, dará el toque realista pero también más pesimista a toda la situación que provoca la apertura del establecimiento. Esa niña, perteneciente a una humilde familia numerosa, muestra más resolución y carácter ella sola que la propia Florence en toda la novela. Pues si bien Florence comienza con determinación ésta se va desgastando poco a poco por la oposición de un sector del pueblo, que recurre a todo tipo de artimañas legales de dudosa moralidad, y por la constancia del rapper. Christine resulta un personaje tan fascinante en sí mismo que se merecería una novela para ella sola. Se nota que Christine me ha resultado mucho más simpática que Florence, ¿verdad? El episodio en el que ella sola se enfrenta a Violet Gamart, la cabecilla del sector de oposición a la librería, es uno de los pocos momentos de satisfacción que hace que el lector aplauda entusiasmado creyendo que aún hay una posibilidad de que los soñadores ganen...
"—No creo que los hombres sean mejores jueces que las mujeres —dijo Florence—. Pero pasan mucho menos tiempo lamentándose de sus decisiones." (Pág. 121)
Junto a ese grupo de oposición a la librería y al otro de apoyo a la misma hay un tercer grupo cuya influencia puede pasar desapercibida pero que no hay que infravalorar: lo que yo llamaría el grupo de los pasivos. La autora no hace referencia directa al mismo pero el lector percibe su existencia a través de esos vecinos que visitan la librería, que silenciosamente acuden allí a comprar sus obras, que seguramente cuando se encuentren por las tranquilas calles del pueblo comentarán las novedades que han llegado o la intención de pasarse a echar un vistazo. Un grupo silencioso que no se posiciona y que con su indiferencia, su pasividad, permiten que la acción transcurra sin intervenir en ella. Con la misma parsimonia con la librería aparece y se adaptan a ella permiten que su existencia se ponga en riesgo sin hacer nada para evitarlo. ¿No es ese un claro ejemplo de lo que sucede en el día a día? La falta de compromiso, la ausencia de un espíritu de lucha, el seguir cada cual con su vida... la indiferencia rellena de forma invisible los titulares de periódicos y de noticias de actualidad.
"11 diciembre 1959
Estimado Sr. Thornton,
¡Cobarde!
Sinceramente,
Florence Green" (Pág. 129) 

En conclusión, un libro precioso cuya reflexión permite ir más allá del propio libro y hacerla extensiva a nuestra vida y a lo que nos rodea. Una novela deliciosa que se desarrolla en un entorno aparentemente idílico, sólo aparentemente, pues la lucha por el poder que en los círculos pequeños adquieren formas visibles (e invisibles) y por el mantenimiento del statu quo flota como un rapper en el ambiente, rompiendo la calma que podríamos encontrar en él. No apto para leer si estás en un momento "triste". Mejor reservarlo para un momento "alegre" donde poder apreciar mejor su belleza y su realismo (¿o su pesimismo?). Ahí queda flotando la pregunta cual rapper...

Un apunte biográfico sobre la autora. Penélope Fitzgerald.



Penélope Knox nace en Lincoln (Inglaterra) el 17 de diciembre de 1916 en el seno de una familia de fuertes creencias religiosas, obispos incluídos, y una excelente formación intelectual -su padre era editor del Punch, revista ilustrada británica de humor y sátira-. No era, sin embargo, una familia acomodada y Penélope recuerda al hablar de su infancia que la única estancia cálida de la casa era el estudio de su padre.

Tras finalizar sus estudios en Oxford trabajó para la cadena BBC durante la Segunda Guerra Mundial. 

En 1941 contrae matrimonio con Desmond Fitzgerald, soldado irlandés al que conoció ese mismo año en una fiesta, y de esta unión nacieron tres hijos. 

En la década de los 60 enseña en la escuela de Arte Dramático Italia conti Academy, donde impartió clases hasta los setenta años. 

Escritora tardía, comienza a los 58 años, en 1975, con la biografía de Edward Burne-Jones, pintor prerrafaelita del s. XIX. En 1976, tras la muerte de su marido, retoma la escritura y en 1977 publica The Knox Brothers, biografía de sus padres y de sus tíos en la que ella no aparece, y The Golden Child, una novela policíaca con tintes cómicos que escribió en su momento para entreter a su marido en las últimas etapas de su enfermedad.
También trabajó en una librería en Southworld, Suffolk, experiencia que inspiró el libro que aquí estamos comentando y por el cual fue finalista del Booker Prize en 1978. 

Mujer original, vivió en una casa fluvial en Battersea, sobre el Támesis, que inspiraría su obra A la deriva (Offshore) por el que ganó el Booker Prize en 1979. Biografías, novelas históricas, románticas y costumbristas, abultan la dilatada carrera de esta mujer que es un ejemplo de que la experiencia de la vida puede hacer que una vocación tardía también resulte de gran interés.

En 1996 recibe el Heywood Hill Literary Prize por su trayectoria literaria, en la que se le ha comparado con Jane Austen y Walter Scott.

El escritor británico Julian Barnes dijo de ella que era "la mejor novelista de su tiempo".
 
Fallece en Londres el 28 de abril de 2000

Fuentes:
https://www.theguardian.com/news/2000/may/03/guardianobituaries.books. 
https://www.theguardian.com/books/2008/jul/26/fiction


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