viernes, 10 de febrero de 2017

El último encuentro - Sándor Márai



Título original: A Gyertyak Csonkig Egnek
Edición: Salamandra.1999 (22ª edición, junio 2004)
Páginas: 188 
ISBN: 84-7888-601-X
Precio: 7€ (comprado en una librería de segunda mano)
Calificación: 7/10

Lo que más me ha gustado: la prosa elegante y fluída con la que el autor nos va deslizando a través de la novela. Mientras la leemos es como si bailásemos un vals, in crescendo, cada vez más rápido, sin poder parar de bailarlo, de leerla, atrapados por la tensión de la historia y esperando ansiosos la respuesta a las preguntas que se nos van planteando.

Lo que menos me ha gustado: que el autor no haya dado opción de réplica al invitado convirtiendo lo que debía ser "el último encuentro" en "el último monólogo". Márai nos presenta al "normal" frente al "diferente", al "militar y cazador" frente al "artista". El primero es el "bueno" y el segundo es el "malo". A pesar de los intentos de Márai, ¿qué le voy a hacer?, el malo me resulta mucho más simpático.
"El poder humano siempre conlleva un ligero desprecio, apenas perceptible, hacia aquellos a quienes dominamos. Solamente somos capaces de ejercer el poder sobre las almas humanas si conocemos a quienes se ven obligados a someterse a nosotros, si los comprendemos y si los despreciamos con muchísimo tacto". (Pág. 58)
Sándor Marai escribe esta novela en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial y se traduce al castellano por primera vez como A la luz de los candelabros (Destino, 1962) y posteriormente como El último encuentro (Salamandra, 1999), siendo ambos títulos igualmente sugerentes. A la luz de los candelabros, en el mismo salón en el que los dos amigos se encontraron por última vez y en el que se recrea hasta el último detalle, se produce el reencuentro entre ambos cuarenta y un año después. ¿Por qué han estado tanto tiempo sin verse? ¿Puede resisitir la amistad al tiempo y a las heridas? ¿Cómo han evolucionado ambas? ¿qué efectos devastadores tiene en una persona el orgullo?

El último encuentro es la historia de una amistad entre dos personas diferentes, no sólo por su estatus social, sino también por su personalidad y su esencia. La obra se divide en dos partes claramente diferenciadas siguiendo una estructura clásica. Una primera parte en la que Marai nos presenta la historia de amistad de dos hombres, poniéndonos en antecedentes, y una segunda en la que se produce el reencuentro entre ambos.
"Uno se pasa toda la vida preparándose para algo. Primero se enfada. A continuación quiere venganza. Después espera". (Pág. 19)
En la primera parte Sándor Marai nos introduce, dosificando inteligentemente la información, a Henrik, un hombre que vive recluido en su enorme palacio en medio del bosque donde una vez se celebraron grandes fiestas, se tocó el piano, y grupos de personas influyentes se reunieron para celebrar cacerías. Henrik es ya un anciano de setenta y cinco años, cuyas únicas anclas en la vida son Nini, su niñera, su madre, su hermana, una mujer admirable que a pesar de su delicado físico es fuerte y alegre, y el deseo de venganza. Un deseo que por fin puede hacer realidad el día que recibe una carta anunciando una visita. Cuarenta y un años después de haberse visto por última vez Konrád, su amigo del alma, su siamés, su mellizo, acude a visitarle.
"Como se amaban, se perdonaban mutuamente su pecado original: Kónrad perdonaba la fortuna de su amigo y el hijo del guardia imperial perdonaba la pobreza de Konrád". (Pág. 57)
Henrik ordena abrir el otro ala del edificio, el luminoso, el de colores vivos, y servir el mismo menú y disponer la mesa exactamente igual que aquella última vez que se encontraron. Y en esa tensa espera, hasta que el visitante llega, el narrador a través de los recuerdos de Henrik nos cuenta la historia de ambos. Henrik es el rico, el procedente de una familia aristocrática que le ama, le mima y le protege, es el "tocado por los dioses", el afortunado, al que todo el mundo admira y respeta, estima y desea. Asiste a fiestas donde baila valses de Strauss y ve en su amistad con Konrád un acto de superioridad moral que posteriormente le posicionará como víctima deshonrada y ultrajada. 
"Como todas las personas que viven mimadas por los dioses sin ninguna razón, también sentía una especie de angustia en el fondo de tanta felicidad. Todo era demasiado hermoso, demasiado redondo, demasiado perfecto. Uno siempre teme tanta felicidad ordenada". (Henrik a Konrád, pág. 143)
Konrád es el pobre, el solitario, el amante de la música, el familiar de Chopin al que interpreta al piano, el artista, el que sucumbe a las pasiones, el que vive con lo justo gracias a los esfuerzos que sus padres hacen. Ambos se conocen en la Academia militar de Viena y mientras Henrik cada vez se muestra más como un soldado nobre, leal y fiel, de principios morales, políticos y patrióticos firmes, Konrád se muestra cada vez más "diferente" si bien lo hace de forma muy sutil, tanto que Henrik tarda años en darse cuenta de ello, o de querer darse cuenta de ello.
"si me compro una silla de montar, ellos no comen carne durante tres meses. Si doy una propina en una fiesta, mi padre no fuma puros durante una semana. Y todo esto dura ya veintidós años (...) Primero vendieron los muebles, luego el jardín, las tierras, la casa. Después vendieron su salud, su comodidad, su tranquilidad, su vejez (...)". (Konrád a Henrik, pág. 43).
Poco a poco vamos sabiendo algo más de su historia. Henrik se casa con Krisztina, a quien conoce a través de Henrik, y los tres forman una unidad indisoluble, un núcleo familiar que se reúne a menudo para cenar, charlar y pasear por los bosques. Pero entonces, sucede algo entre ellos que provoca la ruptura de la amistad, la huída de Konrád al trópico, la separación del matrimonio y el aislamiento de Henrik, a quien lo único que le mantiene vivo es la búsqueda de la verdad. El punto álgido de esa búsqueda casi platónica, a través de las sombras que reflejan las velas, se producirá sólo cuando Henrik regrese.
"La realidad no es lo mismo que la verdad - respondió el general-. La realidad son sólo detalles". (Pág. 67)
En la segunda parte, el reencuentro se produce
"- Ya ves, he vuelto - dijo el invitado en voz baja.
- Nunca lo he dudado - respondió el general, también en voz baja, sonriendo. " (Pág. 68)

Y en esta segunda parte se encuentra el motivo por el que, en mi opinión, esta obra, aún siendo maravillosa, no entra en la categoría de "grandes obras de la literatura". En primer lugar, el narrador omnisciente no se mantiene imparcial. Marai se posiciona claramente a favor de Henrik, el militar, el noble, el honesto, el fiel y frente a él coloca a otro personaje que aparentemente es todo lo contrario: el artista, el sencillo, el desertor, el traidor. Viste a ambos personajes de una carga moral difícil de desmontar porque Marai no les deja. No vemos una evolución en los personajes, porque al único que deja hablar es a Henrik, pero tampoco le pone a actuar, con lo cual tenemos que fiarnos únicamente de lo que él nos dice.

En segundo lugar, toda la novela se monta en torno a un misterio que se deriva no tanto de la personalidad de los personajes sino de los hechos que nos va exponiendo Henrik. El lector espera ansioso al desenlace de ese misterio y a todas las preguntas que se generan en torno a él pero el autor nos decepciona. A Konrád sólo le permite emitir algún monosílabo, alguna pregunta retórica o algún movimiento de cabeza y a Krisztina la silencia de una forma cruel. ¿Qué puede hacer el lector ante eso? Nada. La venganza que Henrik persigue soltando un monólogo estudiado durante años para desahogarse y la seguridad que tiene de que no necesita que Konrád le diga la verdad porque, o ya la conoce, o ya puede prescindir de ella, recae también sobre el lector. 


Henrik, en un monólogo de gran contenido filosófico y vital, desarrolla todas las cuestiones que a lo largo de esos años de aislamiento ha tenido tiempo de reflexionar. Nos habla de la amistad y sus requisitos, de la confianza entre las personas, de las señales que nos vamos encontrando en nuestro camino y que, a veces, no sabemos interpretar. También del destino, de la fatalidad y de las convicciones que proceden de la intuición y no de hechos palpables. Desarrolla con maestría y dominio cuáles son los instintos más básicos del ser humano como matar, amar o vengarse. Nos deja frases maravillosas que pueden resultar más útiles en sí mismas que los cientos de manuales de autoayuda que inundan las librerías.
"Pero en el fondo de tu alma habitaba una emoción convulsa, un deseo constante, el deseo de ser diferente de lo que eras. Es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano". (Pág. 120)
La amistad de Henrik y Konrád representa también un mundo que ya está desapareciendo. La Gran Guerra, primero, y la Segunda Guerra Mundial, en ese momento, han ido modificando el mapa europeo, los sistemas de valores, las estructuras sociales. Marai crea a través de esta historia potentes metáforas que representan el devenir de la vida. El incidente que da origen a la lucidez de Henrik se produce justo en el cruce entre el sendero y el camino que se introduce en la profundidad del bosque, como el cambio de la adolescencia a la etapa adulta donde tienen que caminar solos, enriquecer por sí mismos su amistad; es el momento exacto antes de que amanezca, cuando el bosque intuye que los rayos del sol van a romper la oscuridad, el momento de madurar, de dar el salto a la autonomía mental; Henrik va delante, como siempre en la vida, liderando el éxito, la determinación y la confianza propias del que ha tenido una vida fácil mientras que Konrád va detrás, a la saga, retrasado por su orgullo pero también por su inferioridad social y económica; y Henrik no ve, pero intuye, que algo terrible va a suceder detrás de él, abre los ojos sin mirar y se da cuenta de que Konrád no es el amigo que él creía, sino que, como le avisó su padre "es diferente".

Por último, hacer una mención a Krisztina, personaje que merecería por sí misma una novela. Una mujer fuerte, alejada del canon de mujeres sumisas y delicadas de la época, también "diferente", que aunque en un primer momento podría parecer responsable de todo lo sucedido, desprende tanta luz y personalidad que merecería la pena haberla conocido, o al menos, haber sabido cuál era su versión de los hechos, algo que Marai, en un error imperdonable, no nos permite al hacer que Henrik queme su cuaderno de confesiones. Sólo pronuncia una frase a lo largo de la novela y es para referirse a Konrád: "Era un cobarde". Una novela, y dos, se habría merecido este personaje.
"Cada beso humano es también una respuesta -a su manera distorsionada y tierna- a una pregunta que no se puede formular con palabras". (Pág. 188)

Un apunte biográfico. Sándor Marai.


Sándor Márai nace el 11 de abril de 1900 en Kosice, hoy situada en Eslovaquia, y perteneciente en ese momento al Reino de Hungría, encuadrado en el entonces poderoso Imperio Austrohúngaro, desaparecido tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. Descendiente de una familia burguesa acomodada de origen sajón, fue un adolescente conflictivo que nunca destacó en los estudios y que se escapó de su casa varias veces, siendo por ello ingresado en un internado religioso. Posteriormente se instaló en Leipzig (Alemania) para estudiar periodismo, carrera que abandonó para dedicarse totalmente a su gran pasión: la literatura. En un primer momento comenzó a escribir sus obras en alemán pero finalmente se decantó por su lengua materna, el húngaro. A los 23 años contrae matrimonio con Lola Matzer, una joven de origen judío, también de familia acaudalada, quien sería su compañera toda su vida. Juntos viajaron por toda Europa y residieron en Paris sobre todo por su oposición al régimen autocrático conservador de Miklós Horthy. En 1928 regresan a Hungría instalándose en Budapest. A partir de ese momento Sándor vive una época de esplendor alcanzando un prestigio que le colocó a la altura de Thomas Mann o Stefan Zweig.

Tras cierta presión, Horthy estableció una alianza con la Alemania nazi que provocó que Sandor se  declarase "profundamente antifascista" y contrario a esa alianza. Si bien esta postura era poco recomendable en la Hungría del momento, su inmensa fama lo tuvo a salvo de represalias de calado. Hungría consiguió mantenerse alejada del conflicto bélico en un primer momento pero en 1944, a fin de evitar que Horthy abandonase la alianza, Hitler decidió invadir Hungría. Esto desencadena también la invasión de las fuerzas rusas y el terrible sitio de Budapest durante el que fallecieron 40.000 civiles.

Durante el sitio, Sándor consigue huir con su mujer y refugiarse Leányfalu, una localidad de veraneo sobre el Danubio, a unos 30 kilómetros de Pest. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista se implantó en Hungría provocando lo que ni siquiera el nazismo consiguió: que Sandor, se exiliase, primero a Suiza, luego a Italia y finalmente, en 1952, a Estados Unidos. Instalado en Nueva York recibiría allí la nacionalidad estadounidense. 

Su obra fue prohibida en Hungría por ser declarada "obra de un burgués" y cayó en el olvido. En 1985 fallece su mujer y cuatro años después, el 22 de febrero de 1989, se suicidó disparándose un tiro. En esos momentos se sentía solo. Apenas podía ver ni leer. su mujer, su hijo adoptivo, sus tres hermanos, estaban todos muertos y decidió que había llegado su momento. No imaginaba que pocos meses después, en noviembre, caería el Muro de Berlín  Con el derrumbe del comunismo su nombre fue redescubierto no sólo es su país sino en todo el mundo.

En narrativa destacan también sus memoriras Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra! donde aborda las invasiones de los ejércitos nazis y soviéticos. Escribió también poesía, teatro y ensayo y numerosísimos artículos periodísticos.


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