lunes, 27 de marzo de 2017

Silencio - Natalia Ginzburg



Título original: Silenzio [Incluído en el libro Las pequeñas virtudes]
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto
Páginas: 105-111
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10
«Entre los vicios más extraños y graves de nuestra época, hay que mencionar el silencio». (Pág. 105)
Año 1951. Han pasado ya varios años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y la muerte de Leone, y unos meses tras el suicidio de Cesare Pavese. Natalia reflexiona como para sí misma sobre todo lo que ha sucedido y se centra en un aspecto fundamental para todo escritor: el silencio. Nadie como un escritor, nadie como ella misma, sabe lo que es enfrentarse a un papel en blanco y comenzar una pelea por plasmar algo sin saber qué ni cómo. 
«Nunca como hoy, los destinos de los hombres han estado tan estrechamente libgados entre sí, de modo que el desastre de uno es el desastre de todos». (Pág. 110)
Durante la infancia la palabra era para ella un mundo privado al que sólo recurría en la intimidad de su habitación, cuando escribía esos poemas infantiles que adornaba con florecitas. A la mesa no se podía hablar mientras se comía. Y fuera de ella tampoco la dejaban hablar esos cuatro hermanos mayores gritones. Ella se callaba, sintiéndose rica en su silencio. Pero la decepción llega cuando, al crecer, esas palabras nuevas que usan su generación no tienen valor, mientras que las de sus padres ya son moneda fuera de curso que tampoco sirven. Tras lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial se dan cuenta de que hablar no sirve para nada si no se habla de lo que es realmente importante. Se da cuenta también de que, a nivel personal, tampoco sirvieron para salvar las vidas de personas tan virtuosas con el uso de la palabra como Cesare Pavese. 
«El silencio cosecha sus víctimas día tras día. El silencio es una enfermedad mortal». (Pág. 110)
Han pasado más de sesenta años desde que Ginzburg publicase este ensayo y nada ha cambiado. Vivimos en un mundo en el que la palabra está tan desbordada que ya apenas sirve para decir nada o, lo que es peor, se usa para acallar otras palabras, como máscara, como cortina de humo. Vivimos en una globalización en la que seguimos sin saber lo que pasa en países no demasiado lejanos al nuestro. Seguimos sin saber lo que pasa más allá de las paredes de nuestra casa. Incluso seguimos sin saber lo que pasa en nuestra propia casa. El ruido de la palabra sigue siendo un silencio que calla a muchos colectivos, a muchas problemáticas. 
«No nos es dado elegir entre ser felices o infelices. Pero es preciso elegir no ser diabólicamente infelices». (Pág. 110)
Natalia convierte este ensayo en un gran grito a la solidaridad. Hay que evitar que vuelva a pasar lo que ha pasado, que la historia se repita y para ello uno no puede callarse. Hay que hablar, denunciar, gritar, insistir, convencer. Hay que usar la palabra para crear la propia felicidad de cada uno que, por extensión, será la felicidad de los demás. En los años cincuenta la ONU funciona a toda máquina, se celebran encuentros y cumbres de países y, a pesar de la Guerra Fría, hay una clara intención de llegar a acuerdos, de usar la palabra como forma de acercamiento. Natalia sigue creyendo en la palabra y condena tan enérgicamente el silencio que ella, tan poco moralista, tan poco dada a los juicios de valor, afirma: 
 «El silencio debe ser contemplado y juzgado desde el punto de vista moral. Porque el silencio, como la apatía y la lujuria, es un pecado». (Pág. 111)
Leyendo este ensayo no puede evitar preguntarme: ¿cuántas de las cosas que siguen sucediendo hoy en día a mi alrededor pasan por culpa de mi silencio?

Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

domingo, 26 de marzo de 2017

Cena en familia. Aurelio (3/3)

Aviso: este relato es la continuación de Paula, así que aconsejo leerlo antes de llegar a éste. ¿Aún no lo has leído? Haz clic aquí ;-D




III.Aurelio

Qué desagradecidas… vaya hatajo de desagradecidas… cría cuervos, ya lo dicen, eso, lo de cría cuervos. Menos mal que he logrado hacer vida de vosotras. Siempre quise tener un varón. Pero algo tuve que hacer mal, rehostia, que el único que salió estaba muerto. Algo de brujería, fijo. Una brujas sois todas, ¡unas brujas! Y eso que nunca os faltó de nada. Siempre traje comida a esta mesa, ¡y de la buena! Que bien que presumíais esos domingos, bajo el ginkgo de la plaza Duro, del arroz que habíais comido bien cargadito de matanza y del pollo que cenaríais esa noche. Pero nada. Todo el día rezungando. Me volvíais loco. Ni ganas de volver a esta casa tenía. Y eso que si no llega a ser por mí os hubieseis muerto de hambre, si lo sabré yo. ¡Yo! Yo saqué adelante a esta familia. Con mano firme y voz recta.

¡Ah!, hoy en la partida de brisca dijeron que van a plantar más ginkgos en Duro. Al alcalde comunista que hay ahora le ha gustado tanto la historia del árbol que ha mandado poner cuatro más. La recordáis, ¿no? La contaba vuestro tío a cada rato. La de que cuando cayó la bomba ésa, la que parecía una seta sobre el Japón, fue el único que sobrevivió. Qué cosas… la gente cayendo como moscas y los gingkos ahí en pie, resistiendo. Claro, por eso a los rojos, les gusta tanto. Como nos descuidemos nos plantan uno aquí, al lado del nuestro.

¿Qué? ¿No decís nada? Con lo que os gustaba hablar, rehostia, que no callábais. Y mira ahora, qué tranquilas que estáis. Y eso que os consentí todo. Hasta vuestro tío me llamaba calzonazos a la cara. ¡Calzonazos! ¿Qué, Rosalía? ¿No piensas decir nada de tu tío? Mira que te gustaba cuchichear sobre él… Pues voy a decirte una cosa que nunca te he dicho antes. Fíjate tú. Voy a pedirte perdón por la tunda que te llevaste cuando viniste con la historia aquella del granero. Debe ser que estoy viejo, rehostia. Vaya cuento nos trajiste... Pero aquello me dio que pensar y empecé a recordar cosas. Una vez le pillé fisgando por la ventana del baño de nuestra casa del pueblo. Me dijo que es que había oído gritos y que se había preocupado. Al asomarme vi que estabais allí las tres, desnudas en el barreño, jugando a quitarle la muñeca a Rosalía, y vuestra madre riéndose mientras os regañaba por hacer rabiar a la pequeña. En ese momento me dije, ¡pobre Tomás, y él sin poder tener hijos porque su mujer está seca! Así que decidí mandaros a pasar temporadas con ellos. Vuestra tía no quería, fíjate, yo que pensaba que le haría ilusión. Pero vuestra madre la convenció. Y siempre volvíais felices y más cebadas. Bueno, tú no Rosalía. Volvías titiritaina y llorona, repitiendo a todas horas que no querías volver. Pero hija, es que eras muy rara. Siempre con tus libros y tus historias. Nada te gustaba, todo el mundo te estorbaba. Y cuando contaste lo del granero, rehostia, ¿qué querías que hiciese? Pero me dio que pensar. Cuanto tu tía murió, pobre, acorralé a tu tío y, alebronado, lo confesó todo. Pero no te preocupes… yo me ocupé del tema. Tú tío no se volvió a meter contigo, ¿verdad? Ni contigo ni con nadie... Y me llamaba calzonazos el muy cantamañanas. ¿Qué? ¿No vas a decir nada? ¿Lo barruntabas? Pues ya podías habérmelo agradecido y no largarte. Que mira que os gustaba estar todo el día de jarana. A cada rato: me voy a casa de fulanita, me voy a casa de menganita. Y, claro, tenía que ponerme firme, qué remedio, si no llega a ser por mí…

Siempre tuve que ir yo detrás arreglando vuestros líos. Arreglé lo del tío igual que arreglé lo de la cría. Ninguna lo sabéis porque vuestra madre prefirió no saber, y yo tampoco quise que supiera, pero la niña se la di a Teresa, la solterona de aquí enfrente. ¿Os acordáis? Y ella la colocó bien, en casa de su sobrina de la capital, otra que también estaba seca. Esa Teresa… ¡qué buena mujer era! Mira, no me mires así, Lidia, no me vengas con pamplinas, ya lo hemos hablado muchas veces. Sí, me llevaba con Teresa, y nunca te falté al respeto. No como otros que iban paseándose por la Alameda con la querida del brazo, delante de las narices de todos. Yo eso nunca lo hice, ¿verdad? ¿De qué te quejas entonces? ¡Discreción! Le decía a Teresa. ¡Discreción! Y más discreta no podía ser la mujer. Además, piénsalo. Así también tenía noticias de la nieta. Que si tocaba el piano, que si estudiaba para Jueza, que si era dura como ella sola... Padres, abuelos, tíos, primos… unos flojos todos, fueron muriendo a la roda de una cosa u otra, nunca me quedó claro, y la nieta ahí, como el ginkgo ése, resistiendo.

Cuando Teresa acuñó el ojo, no os lo voy a negar, sentí pena por ella pero, sobre todo, por no volver a saber de la nieta. Pero fíjate, qué cosas tiene la vida. Va el destino y nos la pone ahí, justo enfrente. A tiro para que yo pudiera traérosla. Para que por fin estuviésemos todos juntos. Para que pudiéseis conocerla. ¿No dices nada Lidia? ¿Y tú, Rosalía? ¿No piensas abrazar algún día a tu propia hija? ¿Tanto que me echabas en cara que te la había quitado? ¡Estamos aviados! Vaya hatajo de desagradecidas, rehostia. ¡Desagradecidas! ¡Pendejas! ¡Maleducadas! ¿Eso os he enseñado en esta casa? Mira, Paula, no se lo tengas en cuenta. A pesar del tiempo que llevas aquí aún no se han hecho a la idea, las pobres. Más setonas no pueden ser... Ya sabes que tenemos fama de cerrados pero ya verás, ya verás cómo se les pasa el soponcio y te acogen como una más de la familia. Y entonces no callarán, ya verás. 

¡Paula, ¡Paula! ¡Como empieces a gritar te amordazo de nuevo! ¿Es eso lo que quieres? ¿No, verdad? Venga, mujer. Venga, no llores más. Mira, escucha. Calla y escúchame. Me decía Teresa que hacías unos asados para chuparse los dedos, con setas que recogías tú misma allí, en la capital. En nuestro pueblo, en Aliste, salen unas setas de muerte. De hecho, con estas lluvias, seguro que ya han empezado a salir. Si te portas bien te llevaré. Iremos a por setas. Y así nos preparas uno de esos asados tuyos. ¿Eh? ¿Qué te parece? ¿Sí? Te gusta la idea, ¿verdad? Ese portento tuviste que heredarlo del tío, porque mira que por más que lo intenté yo nunca conseguí distinguir las buenas de las malas... Venga, pues prométeme que se acabaron los berrinches y te llevo. Mañana mismo. Antes de que amanezca. Entenderás que tendré que tomar mis medidas para que no te me escabullas. Ya. Ya sé que quieres quedarte con nosotros. Que somos tu única familia. Pero bueno... de vosotras uno aprende a no fiarse. En fin, ¿quieres? Pues mañana mismo vamos, a que te dé el aire, que tengo ganas de probar tu asado. Tanto comistrajo, tanto pollo... 

Mujer, ¿por fin una sonrisa? ¡Qué feliz me haces! Ya tenía yo ganas de cumplir como abuelo, rehostia. ¡A recuperar el tiempo perdido! Qué bien. Toda la familia reunida. Con lo que me ha costado. Pero ha merecido la pena. ¿No creéis? Qué bonita familia somos, sobre todo cuando estáis todas calladitas. Como ahora. Y mañana, una cena en familia como Dios manda, con asado y todo. Una familia unida. Como debe ser. Rehostia.

viernes, 24 de marzo de 2017

Cena en familia. Paula (2/3)



Aviso: este relato es la continuación de Lidia, así que aconsejo leerlo antes de llegar a éste. ¿Aún no lo has leído? Haz clic aquí ;-D




II.Paula

La calle Balborraz quizás sea la más famosa de esta ciudad. Ahora no sabrán cuál es pero si les digo que aparece en todas las postales, esa calle empedrada y escalonada cuesta abajo, dirección al Duero, o cuesta arriba, dirección al Ayuntamiento, con coloridas casas a ambos lados, estoy segura de que la reconocerán enseguida. Allí me fui a vivir, al número 57, a la casa de mi tía abuela Teresa, la solterona de la familia. Yo nunca había pisado antes esa ciudad ni esa casa, es más, a la tía abuela Teresa sólo la había visto un par de veces en mi vida, pero cuando falleció en mayo, al ser yo el único miembro de la familia que quedaba con vida, me convertí en su heredera universal y salir de la capital para olvidar todo lo sucedido me pareció la única forma de aprobar la dichosa oposición. En la gran balconada blanca y acristalada del piso superior instalé mi zona de estudio. Saqué una mesa de madera que parecía una reliquia familiar y, tras colocar varios geranios y velas que diesen savia a ese balcón, desplegué códigos y apuntes. Lo mejor de todo es que las vistas tampoco suponían una distracción ya que frente a mí sólo había una antiquísima casa de piedra de dos alturas, como la mía, con un portalón de madera. Ese tramo de la calle estaba prácticamente deshabitado y el único ruido que se percibía era el rumor del Duero a la vuelta de la esquina.

Todos los días, a las diez en punto, mientras yo degustaba mi tercer café y el sol asomaba tímidamente sobre el tejado de la casa de piedra, el portalón se abría y un viejo, de unos setenta años, alto, fuerte y muy vigoroso, salía de ella con una desgastada boina negra sobre su cabeza y un abultado manojo de llaves en la mano. Lo cerraba con una gran llave de hierro, colgaba el manojo de una trebilla del pantalón y se iba con el tintineo ascendiendo la calle. A las seis en punto, al mismo tiempo que yo degustaba mi último café del día, el mismo tintineo rompía el silencio y tras él aparecía el viejo, descendiendo la calle con una bolsa de El rey del pollo, el tradicional asador de la plaza del Mercado. A medida que avanzaba el verano mi curiosidad iba aumentando y me descubría a las diez de la mañana y a las seis de la tarde plantada en ese balcón, taza en mano, esperando el tintineo, puntual también a su cita.

Un día decidí comer en El rey del pollo. Hablando con el dependiente de la tienda, le comenté que eran muy afortunados por tener un cliente tan fiel como ese viejo, a lo que me respondió, torciendo el gesto, que prefería no hablar de él. ¿Por qué?, le pregunté. Entonces me contó una historia tristísima. El hombre había estado casado y de ese matrimonio nacieron tres hijas. Ya desde que éstas eran pequeñas, todos los domingos iba a ese mismo establecimiento, propiedad entonces de su padre, a comprar dos pollos asados con toda su guarnición. Las niñas crecieron y una tras otra se fueron a la capital en busca de un futuro mejor. Ninguna hija había vuelto a aparecer por allí, ni siquiera en vacaciones. La última vez que las vieron fue cuando falleció la madre en las Navidades de hacía ya cinco años. Pero él iba todos los días a comprar los pollos porque, aseguraba, su familia se negaba a cenar otra cosa. El pobre viejo, en su soledad, se había vuelto loco.

La historia me dejó un poso de tristeza tremendo y me recordó a mi familia. Cómo también ellos, uno tras otro, o varios a la vez, habían ido abandonándome. Al fiscal que llevaba el caso no se lo pude reconocer, por supuesto, y eso que intentó presionarme apodándome ante la prensa como la «Merricat de la Gran Vía», sí, la envenenadora de Shirley Jackson, ¡vaya apodo más encantador!, pero ahora puedo confesarles puesto que se archivaron las diligencias que yo fui la culpable. No siento remordimientos, bueno, a veces, aunque volvería a hacerlo. Sin embargo, ¿cómo olvidar esos paseos por Navacerrada, de los que hacíamos una fiesta, para que yo recolectase setas? ¿cómo no recordar esas maravillosas comidas de domingo degustando todos juntos los asados que les preparaba? Viví con ellos momentos mágicos aunque todos fueron decepcionándome. Unos con sus acciones, otros con sus omisiones. Unos con sus rozamientos, otros con sus silencios. Ya lo dice Natalia Ginzburg: «El silencio cosechas sus víctimas día tras día. El silencio es una enfermedad mortal». Y yo odio a los que actúan tanto como a los que sellan su boca con el hilo del mutismo cómplice. 

Pero bueno, eso es otra historia, que me voy por las ramas. Como les iba diciendo, el relato del viejo me dejó pensativa.  A la mañana siguiente, en mi cita de las diez en punto, comprobé que las contraventanas de los cinco portillos (uno a cada lado del portalón y tres en la planta de arriba) estaban, como siempre, cerradas a cal y canto; incluso pareció que llegaba a mí el olor a cerrado, a rancio, a aire enrarecido que esa casa de piedra debía contener en su interior como si se tratara ya de un viejo tesoro guardado a buen recaudo del que no quisiera desprenderse. Pareció que el viejo estaba escuchando mis pensamientos pues levantó la cabeza hacia mi balcón y por primera vez su mirada se depositó sobre mí. Una mirada torva, agresiva, sufriente al mismo tiempo; una mirada de perro que ataca para hacer frente al miedo que le invade; una mirada... que me recordó a la mía... En un gesto, tan infantil como ilógico, di varios pasitos hacia atrás saliendo del balcón y refugiándome en la seguridad de la habitación. Los rayos de sol empezaban a penetrar en la estancia y me vi rodeada por los bailes matutinos de infinitas motas de polvo.  

Mi corazón latía con fuerza y, consciente de que me iba a ser imposible concentrarme en el estudio, decidí tomarme la mañana libre y salir a dar una vuelta. Tras un paseo por la Catedral y una compra de libros en la cercana Samuret, regresé a casa. A medida que iba descendiendo Balborraz empecé a percibir un olor fétido, a cloaca, típico del centro de las ciudades según van aumentando las temperaturas y el calor arrecia. Al llegar a casa me giré y me acerqué al portalón de madera de mi vecino. En un gesto rápido me asomé por la ventana de la derecha pero el cierre era tan perfecto que nada se entreveía a través de ella. Me asomé por la de la izquierda, cuyas contraventanas sí estaban ligeramente entreabiertas, y me sorprendió distinguir sobre la pared, que parecía empapelada con algo brillante, el reflejo parpadeante de unas lucecitas de colores.

Pasaron los días y la ciudad se fue vaciando de gente que huía a su casa del pueblo. A la hora de comer el sol, que derretía hasta los medievales adoquines, convertía la ciudad en un ente intransitable. El caudal del Duero era un ridículo reguero de agua. Mi casa fue invadida por los mosquitos. Pero lo peor no fue eso. Lo peor, lo realmente insoportable, fue el olor. Impregnaba mi ropa. La lavaba a diario. Echaba en la cubeta de la lavadora vasitos y vasitos de suavizante que me abofeteaba con su fragancia a vainilla, pachuli y sándalo. Pero nada. Ni por esas. Olor a excrementos atascados, a fosa séptica, a gusanos dándose un festín, se sobreponían a cualquier incienso o ambientador.

En esas andaba cuando una tarde, de regreso a casa de un paseo vespertino por la orilla del Duero, observé que una de las contraventas, la de la izquierda, estaba ligeramente más abierta de lo habitual. Fue la primera vez que vi el árbol de Navidad, colocado en la esquina de la estancia, con las lucecitas parpadeantes encendidas que se reflejaban sobre cientos de envases de aluminio de pollos asados apilados sobre la pared y que, así colocados, me recordaron a cuando era pequeña y simulaba un río en el Portal de Belén de mi madre arrugando papel Albal. Por más que intenté forzar la postura y la vista no conseguí ver nada más, salvo unas difuminadas sombras, como si hubiese alguien sentado a la mesa en una silla. Imaginé que sería Aurelio, pues ya eran más de las siete de la tarde, y pensé en lo solo que debía sentirse ese viejo, en esa casa de piedra tan grande, con su arbolito todavía puesto en pleno mes de Julio.

Por la noche no conseguí conciliar el sueño. Me lo imaginaba al otro lado de la calle, solo en su cama, como yo; rodeado de figuritas de porcelana y fotos viejas, como yo; aturdido por ese olor cada vez más hediondo, como yo; encadenado a una culpa más pesada que una losa... como yo. Y una especie de sentimiento de hermandad con él nació en mí ese momento. Así que tomé una decisión y al día siguiente, aprovechando que tenía fresco el temario de Derecho Administrativo para la oposición, comencé un peregrinaje de varios días que ni el de Santiago, de oficina en oficina, de concejalía en concejalía, ora reclamando el saneamiento de nuestra calle, ora reclamando algún tipo de solución para el pobre solitario con síndrome de Diógenes. Sólo saqué en claro dos cosas: la primera, que a pesar de todos los avances tecnológicos obtenidos si Larra levantase la cabeza, volvería a escribir aquello de «Vuelva usted mañana» y, corriendo, regresaría a su tumba; la segunda, que el viejo se llamaba Aurelio y era conocido por su inquebrantable amabilidad, la cual utilizaba de forma recurrente no sólo en el Centro de Día donde jugaba a la brisca, sino también en la declinación de cualquier ofrecimiento de ayuda por parte de los Servicios Sociales.

Se instalaron los perezosos días en una tranquila rutina alternando horas de estudio con paseos por el Duero y cafés a la sombra de la plaza Duro, con su olor a ginkgos, cuando al mediodía del treinta y uno de julio vi algo que debería haberme hecho sospechar. Al levantar la cabeza de mis apuntes comprobé que el portalón de la casa de piedra estaba entornado. Hubiese jurado que el viejo lo cerró esa mañana al irse y no había vuelto a escuchar su delatador tintineo desde que ascendiese la calle Balborraz. Llevada por un impulso dejé la taza sobre la mesa y bajé corriendo las escaleras. Al salir, el sol estaba alto sobre el Duero, como una seta, envolviendo bajo su sombrero el silencio sepulcral de la ciudad, azotando la calle con sus atroces rayos llenos de vida, calientes, atronadores, entre los que destacaba, como la boca de una mazmorra, la oscuridad fría del portalón entreabierto de la casa. Acercándome a él lo abrí poco a poco.

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¿Don Aurelio? ¡Se ha dejado la puerta abierta! ¿Don Aurelio?

Salió a mi encuentro un olor tan nauseabundo que casi se podía agarrar con la mano. Automáticamente me dirigí a la puerta de la izquierda y allí estaban las luces parpadeantes del árbol de Navidad, tililando macabras sobre la montaña metálica de los envases de pollo. Dos velas de iglesia, encendidas, iluminaban cuatro figuras que estaban sentadas a la mesa. Cada una con su copa de cristal, su plato de la Cartuja de Sevilla, su servilleta de tela y sus cubiertos de plata cuidadosamente dispuestos frente a ellas. Me fui acercando. El terror que invadió mi cuerpo era tan devastador que hasta dejé de percibir el tufo que desprendía la comida podrida y los cuerpos putrefactos, atados éstos con una cadena que anclaba el respaldo de la silla al suelo de piedra. 

Cuatro cadáveres, cuatro mujeres.

La esposa y las tres hijas. Sentadas a la mesa, dos a dos, enfrente unas de las otras. 

A cada extremo del tablero, dos sillas, las dos vacías, también con su copa de cristal, su plato de la Cartuja de Sevilla, su servilleta de tela, sus cubiertos de plata.

El crepitar de las llamas de las velas de iglesia al ritmo del parpadeo de las luces del árbol de Navidad...

Un villancico tétrico.

Y un tintineo a mi espalda.

Sé cuántos días han transcurrido desde entonces por el número de veces que he comido pollo: cincuenta y siete.  


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