jueves, 25 de mayo de 2017

El hijo cambiado - Joy Williams


Título original:  The Changeling
Traducción: David Paradela López

Edición: Alpha Decay (1ª edición. Febrero 2017). 
Páginas: 277
ISBN: 978-84-946442-0-7
Precio: 23,90€
Calificación: 6/10

Lo que más me ha gustado: la prosa de Williams. Es, ¿cómo definirla? ¿Impactante? ¿Preciosa? ¿Incisiva? ¿Barroca? ¿Sobrecargada? ¿Lírica? ¿Inspiradora? No hay una sola palabra, o al menos yo no la encuentro. A veces nos transporta a esos cuentos alegóricos de Angela Carter; otras veces a esas letras carnales y sobrecogedoras de Patti Smith; ahora se alza sobre las tragedias humanas de Shakespeare y luego desciende en picado hacia la crudeza de un cuadro de Arcimboldo o el espíritu dantesco de El Bosco.

Lo que menos me ha gustado: No existe distancia entre el narrador y el personaje principal. En un estilo que los críticos denominan de discurso indirecto libre, el narrador adopta el punto de vista del personaje para contar su historia en un intento de, o bien, buscar la empatía del lector, o bien, encontrar sentido a su comportamiento. Sin embargo, en Williams este punto de vista se lleva al extremo más anguloso. No hay distancia. A pesar de estar narrado en tercera persona solo conocemos lo que ve Pearl, la protagonista, lo que oye, piensa, hace, siente, y esto puede resultar frustrante por momentos: ¿qué es real y qué es producto de la mente alcoholizada de Pearl? ¿Qué ha soñado y qué ha sucedido? ¿Que forma parte de una realidad mágica y qué de la realidad palpable? 
«Una mujer joven estaba sentada en el bar. Se llamaba Pearl. Estaba bebiendo gintónics y tenía un bebé acunado en el interior del brazo derecho. El bebé tenía dos meses y se llamaba Sam.» (Primeras líneas de la novela. Pág. 19)
Hay libros ante los cuales al terminar de leerlos piensas: «tenía algo importante que decirme pero no se muy bien qué». Bien, pues este es uno de esos libros. Comienza con una huida: la de una madre y su hijo de dos meses que vuelan a Florida con el deseo de empezar una nueva vida. Pero este principio de lo que parece ser una road movie de una mujer que huye, woman-on-the-run, es engañoso pues pronto es atrapada de nuevo por su marido para llevarla de regreso a su casa. Esas escasas horas de libertad de las que disfruta Pearl sirven para ponernos en antecedentes de cómo ha llegado a esa situación y también para adelantarnos qué se va a encontrar a su regreso: una isla en el norte de Estados Unidos cuyos únicos habitantes son cinco adultos (cuatro de los cuales son hermanos multimillonarios gracias a la herencia de sus antepasados) y doce niños (algunos son hijos naturales de los hermanos y otros son adoptados). Al regresar a la isla el avión se estrella y sólo sobreviven Pearl y el bebé de dos meses pues Walter, el marido de Pearl, fallece. Sin embargo, Pearl tiene dudas, ¿es ese niño que le han entregado en el hospital Sam, su hijo, o es «un hijo cambiado»? Aun así Pearl regresa a la isla y ahí transcurre la mayor parte de la novela, en ese lugar donde no pasa nada, absolutamente nada, ¿seguro?
«El aire, pesado y blanco, se acumulaba formando capas visibles. Pearl podía distinguir claramente las capas. La capa de en medio era toda sueño e incomprensión y responsabilidad. En la parte superior, las cosas se movían con algo más de arrogancia y brío, pero debajo estaba el presente siempre mudable. Era el presente, había sido el presente y siempre iba a ser el presente». (Pág. 19)
Vemos a Pearl, capítulo tras capítulo, sentada a la orilla de la piscina de la casa de la isla. La docena de niños juega salvaje, libre y espontáneamente durante todo el día, regulándose a sí mismos. Infancia en estado puro, si bien esos niños son autosuficientes y saben cuidarse de sí mismos, como en El señor de las moscas de Golding. Thomas, el "padre" adoptante de esos niños se encarga de mantenerlos económicamente y de cultivarlos intelectualmente, como un buen "padre de familia", es quien les sostiene y les da alimento, pero el afecto y la transmisión de valores no entra en su plan paternal. Miriam, la tejedora de historias, la hermana de Thomas y madre de tres hijos, es una esposa que tras haber sido abandonada por su marido y ver morir a su hijo mayor dedica su tiempo a cocinar, limpiar y tejer faldas con trozos de telas e hilos que le mandan desde distintas partes del mundo, cada uno con una historia que a veces recuerda a los cuentos de las mil y una noches, a veces las leyendas de los indios americanos, a veces mitos griegos. Shirley, la mujer voluptuosa, su otra hermana, es una mujer que apenas aparece en la novela pues está todo el día persiguiendo como una gata en celo a su marido Lincoln, un onanista cruel y despiadado que la rechaza a cada momento. Y Pearl bebe de forma continua pero organizada (vino blanco por la mañana, ginebra por la tarde) mientras cuida de los niños y participa de sus juegos desde esa mentalidad nublada pero lúcida a la vez que le otorga el alcohol.
«Debió de ser una mujer la que, allá por el principio de los tiempos, decidió que la muerte debía ser parte de la vida. A un hombre nunca se le hubiera ocurrido. Las mujeres eligen la muerte para poder lamentarse eternamente.» (Pág. 38)
Joy Williams (EEUU, 1944) consiguió el apoyo abrumador de crítica y de lectores con su primera novela, Estado de Gracia en 1974. El hijo cambiado, escrita en 1978, no fue recibida con entusiasmo y se la cubrió de esa famosa maldición de las "segundas novelas" de autores que consiguen el éxito con su primera obra. Sin embargo, con el paso de los años se ha ido convirtiendo cada vez más en una novela de culto, motivado principalmente por la consideración de Joy Williams como una de las principales figuras de las letras norteamericanas contemporáneas. Esta alegoría post-feminista escrita en los años 70 nos viene a decir algo así como: si eres madre y no encuentras tu hueco en esta sociedad capitalista dominada por el patriarcado sólo tienes una opción, a saber, beber sin parar, a fin de aislarte en tu propia isla. Puesto que no puedes destruir aquello contra lo que luchas, destrúyete tú misma. Me ha recordado un poco en este mensaje nihilista y deprimente (y hasta cierto punto, terriblemente conformista, pasivo y determinista) al de La Vegetariana, de Han Kang, también de gran actualidad hoy, donde la protagonista protesta contra la violencia que inunda el mundo ejerciendo esa violencia contra sí misma, autodestruyéndose.
«—Ya sabes lo que dicen de la eternidad —dijo él—: hay una roca que mide cien kilómetros de alto y cien de ancho. Cada mil años, un pajarito se posa sobra la roca para afilar su pico.

—Que no soy ninguna niña —dijo Pearl.—» (Pág. 46)
La isla, «el lugar donde se originan los niños, la tierra adonde van a parar los muertos», es el mundo aislado en el que viven las mujeres cuyo único fin es cuidar de los niños, un fin que aceptan de forma resignada pero contra el cual también luchan aunque sin saber cómo hacerlo, encontrándose atrapadas en una indolencia, una desesperanza, en un ánimo depresivo que las ahoga. Los únicos que viven de verdad en esa isla son los niños cuyo destino es cruel: cuando llegan a la adolescencia y se convierten en proyectos de adultos son enviados a un internado y se les prohibe regresar al que fue su hogar. En ese sentido la isla cumple también con otro papel, el de representar la infancia en estado puro, la capacidad de supervivencia de esos seres mucho más inteligentes de lo que pensamos pero que una vez llegados a la etapa adulta pierden la ingenuidad, la capacidad de creer y de imaginar que le es propia durante la niñez, convirtiéndose en adultos grises y complacientes.
«Nunca había sentido mucha curiosidad por las cosas. Ella, en cierto modo, se tomaba eso como un don, como un talenteo que le había sido concedido. De esa manera, se ahorraba desengaños e incluso penas.» (Pág. 53)
Eso es lo que tú quieres creer, Pearl, que dejando de tener curiosidad por las cosas y sustituyendo tus neurotransmisores por gotas de ginebra dejarás de sentir, de sufrir; un buen analgésico, o mejor aun, una anestesia general para todos tus sentidos. Pero Pearl sigue sufriendo y lejos de evaporarse su cuerpo es cada vez más sensible y firme. Es por ello que la importancia argumental de esta novela se va difuminando mientras vamos avanzando por sus páginas a favor de una prosa recargada, riquísima en imágenes y metáforas, y onírica, donde se entremezclan diálogos de besugos, monólogos de borrachos con observaciones muy interesantes sobre la maternidad, el significado de la infancia, los orígenes salvajes del ser humano en el que convivía con la naturaleza más virgen y con los animales y que hoy ya se ha perdido en las civilizaciones llamadas desarrolladas. 
«Mi segunda esposa nunca tuvo hijos. Estaba un poco ida, ya me entiendes. Le tiraba más el vino que las rosas, como dicen algunos». (Pág. 223)
Joy Williams procede de una familia creyente con un padre predicador, de ahí las continuas referencias bíblicas y apocalípticas. En una conferencia la autora citaba a Mark Twain al decir que los escritores debían escribir «con una pluma calentada en el infierno» y eso hace ella. Recomendable si se desea degustar un estilo narrativo preciosista, barroco y elaborado pues Joy Williams tiene tantos recursos narrativos y lingüísticos que hace lo que le da la gana. No recomendable si se busca una trama lineal al uso o "una buena historia".





viernes, 19 de mayo de 2017

Los peligros de fumar en la cama - Mariana Enríquez



Edición: Anagrama (Febrero, 2017)
Páginas: 199
ISBN978-84-339-9824-8
Precio: 16,90€
Calificación: 8/10

Lo que más me ha gustado: Mariana Enríquez nos habla con una voz aterrada, asustada, que reacciona con estupor ante lo que observa y lee. No, Mariana no recurre a la ciencia ficción, ni a elementos sobrenaturales para horrorizar al lector porque para ello su principal fuente de inspiración es ni más ni menos que lo que le rodea, la vida cotidiana. Y eso es lo que la hace tan especial.

Lo que menos me ha gustado: algunos relatos se me han hecho cortos, demasiado cortos, con numerosas preguntas en el aire que uno tiene que contestar por sí mismo. Mariana no siente remordimientos a la hora de apretar la tecla de publicar justo cuando se encuentra en mitad de un conflicto, de una historia que nos ha atrapado, lo cual puede provocar a veces admiración, y otras cabreo. ¡Cuéntame más, Mariana, cuéntame un poquito más!
«Estábamos asustados pero el miedo no se parece a la desesperación.» (Pág. 50. El carrito)
Entrar en el mundo de Mariana Enríquez supone sumergirse en un lado oscuro, tenebroso y turbio del ser humano que no es en absoluto agradable. El terror en el que ella se balancea no tiene nada que ver con fantasmas ni con eventos sobrenaturales, si bien las supersticiones, las religiones indígenas y las leyendas folklóricas dan un halo de misterio que incita al tartamudeo del lector, a ese no saber bien si lo que nos está contando es real o, por el contrario, una mala pasada de la mente. Mariana sabe jugar muy bien sus cartas y en un estilo que nos recuerda en unas ocasiones a Cortázar y en otras a Carol Oates avanza como una experta equilibrista entre los límites de la razón y la locura, la depresión y la cordura, las obsesiones y la mente sana, como una alumna avanzada de Shirley Jackson. Sólo así puede explicarse cómo desde las primeras líneas de cada uno de los doce relatos que conforman este libro intuimos que algo va a pasar y que ese algo no nos va a gustar; y lo que es aún peor, ese algo nos va a dejar un poso de amargura tan pegajoso que aunque pasen semanas desde que la hemos leído seguimos recuperando fácilmente esa sensación de desasosiego, de desconcierto ante determinados comportamientos del ser humano.
«Como vivía sola no tenía quién me señalara mi depresión o intentara levantarme el ánimo. Era lo mejor que me había pasado en años.» (Pág. 139. Ni cumpleaños ni bautizos)
En muchos relatos hay un punto en común: la existencia de un patio en la vivienda. Al igual que en su otro libro de relatos, Las cosas que perdimos en el fuego, cada vez que aparece esa estructura tenemos que echarnos a temblar. Mariana Enríquez no deja nada al azar. Uno de los motivos por los que me gustan tanto sus narraciones es porque en ellos todos los detalles están perfectamente cerrados, colocados ahí por un motivo que es de todo menos casual. Es en uno de esos patios, que normalmente asociamos con un lugar de recreo de los niños, de punto de reunión de la vivienda para comidas con amigos, de oasis para leer y desconectar, donde aparecen, como si fuese la cosa más normal del mundo, los huesecillos de una bebé que resulta ser una tía de la protagonista de El desentierro de la angelita. En otro patio, en el de una curandera, está El aljibe, y así se llama precisamente el relato, el punto donde mueren los sueños y viven los demonios y por culpa del cual una niña sana y fuerte, valiente y decidida, recibe todos los males de su madre, de su abuela y de su propia hermana, la miseria de tres generaciones de mujeres que no tienen ningún reparo en enfermarla a cambio de sanar ellas mismas; una terrible herencia no querida que tendrá que soportar toda su vida porque ni suicidarse puede.
«Los seres como ella no se entusiasmaban, no se excitaban. Sólo estaban seguros.» (Pág. 105. El mirador)
En La Virgen de la tosquera, la autora coloca a unas adolescentes en el punto álgido de sus emociones madurativas. Lo que comienza siendo una pandilla de chicas bien compenetrada termina degenerando en una orgia de envidia, de celos y de odio desdemedido hacia una de ellas tras la aparición de un atractivo chico. Esta misma línea finísima que separa la adolescencia de la adultez, la locura de la cordura, aparece también en las fanáticas groupies de Carne, obsesivas, enfermizas, radicales y en las jóvenes sin miedo que atraviesan límite de Cuando hablábamos con muertos. Los niños que se convierten en adultos encerrados en torres con sus propios fantasmas aparecen también en El mirador, un relato claustrofóbico al más puro estilo Shirley Jackson, en el que el ambiente pertubador contrasta con la belleza del mar.
«Los chicos no te dejan salir. No podemos irnos del Rava. Los chicos fueron infelices, no quieren que nadie se vaya, quieren hacerte sufrir. Te chupan.» (Pág. 91. Rambla triste)
La crítica a la situación política, económica y social de Argentina, cala también muy hondo en el transfondo de sus relatos. No es difícil encontrar entre las líneas terribles de Mariana Enríquez referencias a abusos a niñas, asesinatos y maltratos de todo tipo sin ahorrarnos en muchos casos detalles porque así es su forma de denunciar la brutal inseguridad que vive su país como consecuencia de la ineficacia de la clase dirigente. Como en Chicos que faltan, donde la gente está tan habituada ya a ese tipo de noticias como uno se acostumbra al ruido de una autopista o al ruido blanco, white noise, del que habla Don DeLillo. Una ineficacia que, por supuesto, tiene entre sus víctimas a los más débiles, a los niños, a las mujeres, a los drogadictos, a los desequilibrados mentales. Así, en El carrito, la mala suerte, la maldición de un mendigo, asola un barrio que se ve aislado del resto de la ciudad. Mientras ésta continúa próspera y segura el barrio, situado al otro lado de la Avenida principal, se ve sumido en la más absoluta pobreza, desempleo y miseria de forma incomprensible. De esta misma crítica no se libra ni Barcelona, que en su relato Rambla Triste aparece como un escenario de inframundo en el que unos inmigrantes argentinos no pueden regresar a su país y ni siquiera mudarse a otra ciudad por las poderosas fuerzas que les paralizan, les impiden ir hacia delante, un "irse para no volver", el drama del emigrante, encarnado por tenebrosos niños secuestradores. 
«En el baño de un local de Buzarco conoció a Julieta, la más célebre de las espinosas porque se había tuado el nombre del ídolo en el cuello; de lejos, las letras parecían una cicatriz, como si la cabeza estuviera cosida al cuello.» (Pág. 129. Carne)
Personas con tendencias suicidas, inestables, desequilibradas por las mismas pasiones que les permiten vivir, obsesivas y fetichistas, como la protagonista de Dónde estás corazón. O el voyeur de Ni cumpleaños ni bautismos que hace de su curiosidad morbosa una profesión dedicándose a grabar encargos de lo más insólitos. Personas aisladas, solas en la más absoluta de las soledades, apáticas, indolentes, desilusionadas, autodestructivas, como la muchacha de Los peligros de fumar en la cama. 

En conclusión, adoro a esta autora. Me encanta, de vez en cuando, abrir al azar este libro o Las cosas que perdimos en el fuego (su libro posterior de relatos aunque en España fue el primero que se publicó de ella) y sumergirme en alguno de esos oscuros pasajes con esos personajes borderline heridos por las obsesiones, miedos, paranoias. Personajes que sangran de dolor y de imposibilidad para manejar al yo oscuro que les ha poseído. De fondo, mitos de religiones indígenas, supersticiones, atmósferas donde la línea que separa lo real de lo onírica se difumina. Mariana no tiene pelos en la lengua y con sangre en los dedos nos habla de los abusos a niños, de los amores enfermizos mezclados con la muerte, de los odios aún más enfermizos, conformando un conjunto de relatos no aptos para espíritus delicados que, sin embargo, tienen un encanto narrativo que atrapa y te hace tartamudear una y otra vez, no puede ser..., una y otra vez...



viernes, 12 de mayo de 2017

La vida tranquila - Marguerite Duras


Título originalLa Vie Tranquille
Edición: Mardulce (2016).
Traducción: Alejandra Pizarnik (Sí, la poetisa argentina, la maravillosa Pizarnik. Si que la autora sea Duras no es motivo suficiente para que se sumerjan en esta lectura, la traducción de Pizarnik debería terminar de convencerles para que se rindan a esta maravilla). 
Páginas: 194
ISBN: 978-84-946865-0-4
Precio: 13€
Calificación: 9/10
«Queda el aburrimiento. Nada puede sorprender más que el aburrimiento. Uno cree, cada vez, haber alcanzado el fondo. Pero no es verdad. En el fondo del aburrimiento, hay una fuente de aburrimiento siempre nuevo. Uno puede vivir de aburrimiento». (Pág. 151)
Una taza de té humea anhelante en la portada de este libro por encima de su título: La vida tranquila. Y lo que creemos que es una descripción gráfica de lo que vamos a encontrarnos en esta segunda novela de Duras, publicada en 1944, se convierte, a medida que vamos degustando esa taza de té al pasar las páginas, en la antítesis de lo que se siente mientras la leemos, en un anhelo que, intuimos, su protagonista nunca será capaz de conseguir. El libro comienza ya con un aviso de que la vida de sus protagonistas es de todo menos tranquila: Jérôme, tambaleando, se dirige con paso vacilante a lo largo de la vía del tren intentando desesperadamente llegar a la casa familiar. Detrás de él sus dos sobrinos, Nicolas y Françou, observan desde la distancia, ajenos a su dolor, sin intervenir más que para observar ese andar tartamudeante y doloroso, cómo su tío se acerca con cada paso hacia su muerte. Culpan a Jérôme, el hermano de su madre, de haberles conducido hace unos años a la ruina más absoluta, por culpa de lo cual se vieron obligados a cambiar su acomodada vida burguesa por una dura existencia como agricultores. La convivencia en esa familia era difícil. Los padres, anclados en un pasado que recuerdan una y otra vez, dejan a sus hijos a su libre albedrío bajo la tiranía de un tío cruel, rencoroso y envidioso. Durante todo ese tiempo todos fueron conscientes de que algún día se rompería la cuerda, los odios enconados explotarían como gases inflamables provocando una situación sin retorno. La relación extramatrimonial de Clémence, mujer de Nicolas con Jérôme proporciona la excusa para que todo detone.
«Lo habíamos esperado tanto tiempo; por la noche pensaba en eso. Pensé que nos había sucedido lo que debía liberarnos. No es posible que los otros no hubiesen pensado también en eso». (Pág. 23)
Marguerite Duras. 
Françou, la protagonista de esta novela narrada en primera persona, es una muchacha de veinticinco años solitaria, inestable, apasionada y absorbente que alterna un amor incestuoso por su hermano Nicolas con sus encuentros con Tiéne. Su mayor deseo es acaparar a Nicolas para ella sola, rememorar con él una y otra vez sus recuerdos de infancia, bajo la sombra de su mirada violeta y su cuerpo fibroso. La infidelidad de Clémence le permite matar dos pájaros de un tiro: deshacerse de su tío Jérome y recuperar a Nicolas. Sin embargo, no siempre todo sale como se planea. La muerte de Jérôme tiene unas consecuencias aún más asfixiantes que la arrastrará a una desesperanza y desolación absolutas. Contemplad este párrafo en el que se narra la atmósfera de esa familia junta, revuelta, retorcida, alienada... 
«Hacía veinticuatro años que nos dejábamos vivir. Habíamos contado con el tiempo para poner en orden los asuntos de la casa. Había pasado tiempo roernos como un ejército de ratas. Éramos de un desorden de las almas, de la sangre. Curarnos, no podríamos; tampoco lo queríamos. Ya no sabíamos querer ser libres; éramos soñadores, viciosos, personas que sueñan con la felicidad y que una verdadera felicidad aplastaría más que nada». (Pág. 42) 
No me digáis que no es de una realista belleza aterradora...

La novela se divide en tres partes: una primera donde transcurre prácticamente toda la acción (aclaremos: una acción como a cámara lenta, alejada de cualquier ritmo trepidante, como si Duras no exigiera que centrásemos nuestra atención en el mínimo detalle de la misma, importante, imponente, bello) de la misma en la granja familiar de Bugues; la segunda, en la que la joven se aleja a pasar quince días en el mar de T... a fin de reflexionar sobre todo lo sucedido, de disfrutar de sus silencios y de sus reflexiones íntimas en un estilo que desarrolla el flujo de conciencia y que recuerda a Virginia Woolf; la tercera, en la que regresa a Bugues.
«Yo no era nadie, no tenía nombre ni rostro. Al atravesar agosto, yo era: nada. Mis pasos no hacían ningún ruido, nada escuchaba que yo estaba allá, a nada molestaba yo. En lo bajo de los torrentes croaban las ranas vivientes, adiestradas en las cosas de agosto, cosas de muerte». (Pág. 65) 
En esta vida tranquila, Duras va explorando su voz propia y los temas que después serían característicos en su obra: la relación oscura entre sexo y muerte, los amores apasionados y violentos, la soledad y la alienación, la frontera tan fina existente entre cordura y locura, el amor como motivo existencial de vivir al que se supedita todo... Leyendo la biografía de Duras es inevitable encontrar paralelismos entre su vida y esta novela: Duras, al igual que Françou, tuvo una relación incestuosa con su hermano Paul, el menor de sus dos hermanos mayores y que provocó la reacción violenta de su otro hermano mayor, Pierre, al quien ella confiesa que deseó ver muerto en numerosas ocasiones. Así mismo, la madre se presenta como un personaje ausente, indiferente ante todo cuanto sucede a su alrededor, olvidadiza, sin autoridad ni interés en sus hijos de ningún tipo, una especie de atrezzo de la obra; algo parecido a como debió ser la madre de Duras en la vida real. Al hablar de su infancia, Duras llegó a plantearse cómo sus hermanos y ella misma habían sobrevivido a una infancia salvaje en Indochina huérfanos de padre y sin supervisión materna.
«Hace veinticinco años que existo. Fui muy chiquitita, luego crecí y alcancé el talle que tengo ahora y para siempre. Hubiera podido morir de alguna de las miles de maneras de las que se muere, pero logré recorrer veinticinco años de vida. Aún estoy viva, aún no estoy muerta». (Pág. 109) 
Esta novela tranquila, es también la historia de un aburrimiento que, en ocasiones, tiene consecuencias mortales. Françou está aburrida de la vida: contempla hermosos amaneceres, inspiradoras lloviznas, mares bravos que se alternan con serenas calmas pero el aburrimiento está tan depositado en su corazón que sólo algunos roces de piel, algunos mordiscos robados, rompen esa monotonía existencia. La vida tranquila es también un canto de Duras a la ausencia de su hermano Paul, quien el año anterior, en 1943, había muerto en Saigón, donde vivía con su madre, de una bronconeumonía por falta de medicamentos. No olvidemos que en esa época la Segunda Guerra Mundial cubría todo el territorio europeo, Duras luchaba en la resistencia francesa, pero no hay ni una sola mención a este conflicto desolador, sólo a un hermano muerto, a una sensualidad amorosa irrepetible, a un fluir lento, aburrido, monótono, tedioso.
«Es porque no me previnieron que yo viviría. De haber sabido que un día tendría una historia, la hubiera elegido, hubiera vivido con más cuidado a fin de hacerla bella y verdadera, como para gustarme». (Pág. 111)
Alejandra Pizarnik.
Pero, sin duda, lo que convierte esta edición en una verdadera joya, es su traducción a cargo de la profunda Pizarnik. ¿Dónde termina Duras y comienza Pizarnik? Difícil decirlo... Si un traductor, se dice, debe permanecer escondido en el texto que traduce, en este caso la presencia de Pizarnik es tan palpable que convierte cada frase en un verso de poesía pura, prosa hecha poesía con admiración, respeto y fascinación. ¿Duras y Pizarnik en un mismo libro? El resultado tiene que ser necesariamente una joya literaria, hasta ahora desatendida, de una belleza rotunda, que a veces hasta duele por la forma tan hermosa con la que describe unos sentimientos, a veces crueles, y unos paisajes con vida propia. Paseamos por por los campos de Bugues, contemplamos las olas recurrentes, disfrutamos de esa búsqueda aburrida pero al mismo tiempo emocionante de Una vida tranquila.


martes, 9 de mayo de 2017

Las pequeñas virtudes - Natalia Ginzburg



Título original: Le piccole virtú.
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto.
Páginas: 164
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10

«Las relaciones humanas deben descubrirse y reinventarse todos lo días. Debemos recordar siempre que toda clase de encuentro con el prójimo es una acción humana y, por lo tanto, es siempre mal o bien, verdad o mentira, caridad o pecado.» (Pág. 143. Las relaciones humanas)

Te leo, mi querida Naty, te leo atentamente y es como si estuviese sentada a tu lado en el despacho de tu casa de Roma, en Piazza in Campo Marzio, 3. Las ventanas están abiertas y la brisa mueve los visillos del balcón, bailando al ritmo de tu voz. Tú recostada en tu diván, con un montón de folios sobre tu regazo. La pluma reposa en el apoyabrazos porque has dejado de escribir para reflexionar en voz alta mientras contemplas esa tela que se mueve, el aire que entra y que sale. Te enciendes un cigarro y el humo comienza una danza intentando ponerse al son de los visillos. La tarde comienza a decaer en la ciudad y una perezosa quietud domina la estancia. Tu gato se deja llevar por ella y cae en otra de sus reconfortantes siestas. Es 1962, año en el que publicas este pequeño libro en los que recopilas once textos, a caballo entre el ensayo y  el relato breve, sobre recuerdos y reflexiones de tu vida.  Cada uno de los textos es una pequeña joya por lo que es un auténtico regalo el que nos haces ofreciéndonos los once aquí reunidos. La obra se estructura en dos grandes bloques: para la primera parte me has servido un café italiano espresso (bueno, varios) para así despertarme mientras compartes conmigo confidencias sobre tu vida. Sé que para ti no es fácil y por eso agradezco aún más esta muestra de confianza. Para la segunda parte has abierto una botella de vino y me has servido una copa, caldo idóneo con el que filosofar sobre lo divino y lo humano, in vino veritas

Natalia, nos cuentas las cosas como en un susurro, abrazándonos desde la distancia con tu voz ronca, que no frágil, y llena de experiencias. Experiencias que has encerrado dentro de ti y que, en muchas ocasiones, has llorado a destiempo, conteniendo el aliento ante el dolor y soltando las lágrimas de forma catártica ante una discusión cotidiana con Gabriele, tu segundo marido, tal y como nos cuentas en Él y yo. Con melancolía, oculta tras el humo del cigarrillo, recuerdas lo feliz que te sentiste con tu primer marido, Leone Ginzburg, durante el confino al que Mussolini os condenó en los Abruzos, perseguidos por ser judíos; esa época la viviste con inquietud e incertidumbre y ahora te arrepientes de no haberla disfrutado más porque no sospechabas, quién podría saberlo, que esos serían tus últimos momentos al lado de Leone, antes de que muriese torturado. No te culpes. A todos nos ha pasado por ese defecto que nos caracteriza a muchos humanos de no saber valorar el presente y vivir anclados en un pasado o soñando con un futuro mejor. Viuda y sola lograste salir adelante en Roma con Los zapatos rotos y en la compañía inestimable de tu amiga Angela y de una pobreza de la que tanto aprendiste. Porque tú eres inteligente y práctica, una luchadora, y no te permitiste darle al fascismo una nueva victoria sobre ti. Nunca te hundiste. Siempre luchaste con una fobia brutal a sentir pena por tí misma, la autocompasión no tenía cabida en tu vida y en cambio te aferraste a ella de una forma desesperada, a diferencia de Cesare Pavese, de quien hablas en Retrato de un amigo, quien no pudo sobrevivir a la horrible tragedia que el acto de vivir le suponía.

Con el paso de los años recuperaste la ilusión en el amor y te casaste con Gabriele Baldini, ese hombre que unos años antes, cuando le conociste, te recordó a un actor de cine pero que se asemejaba más a Balzac cuando contrajistéis matrimonio. Con él te fuiste a Londres, tras lograr sacar adelante con esfuerzo a vuestra primera hija, pero con la imagen de vuestro segundo hijo recién fallecido con un añito de edad. A Gabriel le habían nombrado director de L´Istituto Italiano di Cultura. La muerte no se despegaba de tu familia, Natalia y eso se percibe en la forma en la que observabas Londres con tus ojos que desmenuzan la realidad, que la diseccionan, buscando respuestas y consuelo en cosas tangibles, realidades sensibles. Elogio y lamento de Inglaterra y, en concreto, La Maison Volpé, son las imagines de las que te serviste para hablarnos de tu estancia en ese país al que, por más que lo intentaste, no consiguiste amar, a pesar de que reunía, en teoría, todos los requisitos para que fuese amado.

Natalia, ya está anocheciendo. Nos sirves otra copa de vino y con ella en la mano te recuestas en el sofá, para reflexionar sobre cómo el dolor se ha convertido en tu inseparable sombra. Tú también eres El hijo del hombre, y como él, una vez que han aporreado en medio de la noche tu puerta y has tenido que vestir a toda prisa a tus hijos en medio de la oscuridad para huir sin ser vistos, ya no puedes volver a dormir con la placidez, con la ingenuidad, con el abandono y la despreocupación con la que lo hacías antes; el desosiego es un aviso para la supervivencia; sobrevivir, de eso trata la vida. El Silencio es también culpable de las desgracias de ese hijo del hombre, el silencio cómplice, el silencio enmascarado con palabras que no dicen nada y que marcan Las relaciones humanas a fuego. Porque somos palabra pero también somos actos y con esos actos educamos y el día de mañana nos convertimos en madres/padres-trampolín para que nuestros hijos puedan alcanzar su vocación, adquirir una vida plena, con poco apego a lo material y una búsqueda ansiosa de la felicidad dentro de ellos mismos. Y para ello hay que educarles en Las pequeñas virtudes.

Afortunadamente, Natalia, contaste con un poderoso aliado para poder salir adelante en ese camino tan complicado que fue para ti tu vida; un compañero fiel que te dio la alegría de vivir y que te permitió poder transmitírsela a todos cuantos te rodeaban y a todos cuantos te leemos y escuchamos: tu Oficio.

Nota 1: La traductora, Celia Filipetto es, curiosamente, la misma traductora de la tetralogía de Las dos amigas de Elena Ferrante. Una traductora de prestigio para dos obras escritas por dos autoras italianas en distintos momentos históricos pero con muchos elementos en común como el estilo sencillo y fluido y la pasión, casi obsesiva, por los pequeños detalles del día a día, por la cotidianiedad que a veces se escurre entre los dedos de nuestra mano como el agua pero que ellas agarran a puñados con una visión de cámara fotográfica y una agudeza certera y limpia.

Nota 2: Para la reseña de esta obra he decidido comentar cada relato uno a uno para así poder profundizar en ellos individualmente y que la heterogeneidad de su temática no oscurezca este libro que, repito, es una pequeña joya. Colocaré los relatos no en el orden de la edición de Acantilado sino por orden cronológico a fin de tener una visión lineal en el tiempo del contexto en el que Natalia escribió cada uno de ellos y de la evolución de su estilo a la vez que nos facilita pasear cronológicamente por la vida de la autora:

1962. Él y yo


Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

lunes, 8 de mayo de 2017

Lecturas de Abril

Si en abril, aguas mil, lecturas no han sido tantas. El ritmo este mes ha sido más bajo que en los anteriores pero no por eso no ha sido un mes productivo con dos relecturas y algún que otro libro que, sin duda, releeré en años venideros, por aquello de comparar qué sentí ante ellos ahora y qué sentiré en ese momento. Y aquí está mi ranking del mes de abril:

1. Nada. Carmen Laforet. Un clásico de la narrativa española del s.XX que perdura aún hoy. Sigue emocionando como pocos libros. Recuerdo que la primera vez que lo leí, hace unos veinte años, me encantó, me impactó. Pero releyéndolo ahora me he dado cuenta de que aún es más hermoso de lo que lo recordaba. La prosa es sublime, cada frase está llena de armonía, de detalles, de metáforas inigualables. Laforet diseccionó con precisión de cirujano una realidad, la de la Barcelona de la posguerra, a través de la decadencia de una familia. Ella creyó que no se había llevado nada de ese año viviendo en la calle Aribau, pero después, reviviendo la historia, comprende que además de ser una espectadora activa una parte de ella se quedó en esa casa al mismo tiempo que una parte de esa casa huyó con ella. Una novela en la que siempre pasa algo, incluso cuando las hojas de los árboles se mueven bajo la luz de esas farolas vigilantes e inmóviles. Pasiones desmedidas, odios, rencores, cuentas pendientes, traumas, frustraciones... todo confluye en esa desastrosa casa donde, a pesar del título, pasa de todo menos Nada.

1bis. Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg. Empate técnico. No puedo elegir entre Nada y esta maravilla de mi Naty. Esta obra, que he ido desgranando ensayo por ensayo para el proyecto de @AdoptaunaAutora es simplemente insuperable. Naty, con su estilo cotidiano, de amiga que habla contigo mientras toma un espresso y apura un cigarro, analiza varios temas. Desde qué significó para ella que durante el fascismo de Mussolini aporrearan su puerta en mitad de la noche, hasta cómo se acostumbró a andar con los zapatos rotos, ella que llegó a tener hasta un zapatero, pasando por el recuerdo de su amigo Pavese, su estancia en la amada-odiada Inglaterra y la importancia de educar a los niños en las grandes virtudes. Un compendio a través del cual no sólo conocemos mejor a esta inefable escritora sino que además nos plantea cuestiones sumamente interesantes para que nosotras mismas extraigamos nuestras propias conclusiones. Así es Naty.



2. El ruido y la furia. William Faulkner. ¿Elegimos los libros que leemos o son ellos los que nos eligen a nosotros? Esta pregunta vuelve a surgir en mi cabeza a raíz de la relectura de uno de los grandes de la Literatura Universal. La primera vez que lo leí, no me gustó, me pareció confuso, me hizo sentir como una lectora estúpida (¿o era él el estúpido?). Esos saltos en el tiempo tan absurdos, esos capítulos en los que no pasa nada, esos personajes tan oscuros... Te pido perdón, Faulkner. No supe entenderte. Esta vez sí disfruté (una vez superados los obstáculos iniciales) con tu lectura, tus temas sureños, tus denuncias sociales soterradas en el aparente caos pero tajantes, tu maestría en el uso del lenguaje. Por fin entendí por qué te dieron el Nobel y por qué fuiste un referente en las generaciones posteriores que nadaron en tus letras. Sólo te pongo un pero: ¿por qué ninguna mujer habla con voz propia?




 3. La casa de las miniaturas. Jessie Burton. Un libro delicioso que se lee del tirón. Recuerdo que en mis viajes a los Países Bajos me sorprendió comprobar que las casas disponían de enormes ventanales y que casi ninguna tenía cortinas. De esa forma podías observar, como si contemplases un escaparate o una obra de teatro, a sus habitantes mientras se preparaban un café, discutían por teléfono, o veían la televisión repantigados en el sofá. Esta costumbre tiene su principal motivo en el aprovechamiento de los escasos rayos de sol que iluminan sus calles pero en el s.XVII, fecha en la que transcurre la novela, esto también tenía un significado moral: la vida de los ciudadanos de Ámsterdam no sólo debía ser ejemplar sino también parecerlo. No existía la intimidad; continuamente debían rendir cuentas ante sus vecinos y ante Dios de cuanto hicieran en su vida pública y privada. Ambas esferas se entremezclaban de forma notable. A caballo entre la novela de misterio y costumbrista la autora logra, a través de una casa de muñecas, ensamblar una atractiva y entretenida historia. Este libro lo conocí gracias a @pilar y podéis leer su redonda reseña sobre el libro en su blog musasensutinta

4. Los peligros de fumar en la cama. Mariana Enríquez. Adoro a esta autora. Me encanta de vez en cuando abrir al azar Las cosas que perdimos en el fuego o este mismo libro y sumergirme en alguno de sus oscuros relatos en los que baila con el lector sumergiéndonos en un mundo onírico de personajes borderline, con obsesiones, miedos, paranoias, sueños recurrentes. Sin llegar a entrar en lo sobrenatural roza lo mágico mezclando mitos de religiones indígenas, supersticiones, atmósferas en las que aunque brille un sol radiante intuyes que bajo las piedras transita un río oscuro y fétido. Mariana no tiene pelos en la lengua, afila su lápiz y cuenta una realidad de niños sometidos a abusos, adolescentes desaparecidos que nadie se molesta en buscar, indigentes peligrosos, ajustes de cuentas, amores enfermizos y odios más enfermizos aún. En ella todo es blanco o negro, lo lleva al extremo y contesta a la pregunta de ¿qué pasaría si...? Relatos no aptos para espíritus sensibles que, sin embargo, tienen un encanto narrativo que atrapa y te hace tartamudear una y otra vez, no puede ser..., una y otra vez.

5. También esto pasará. Milena Busquets. En mi deseo de sumergirme en #MaternidadesLiterarias escogí ese libro porque da una perspectiva que también está muy relacionada con este tema: la muerte de la madre. Sin embargo, de este libro que ha tenido un éxito internacional sonoro, con versión cinematográfica en camino, me esperaba un poco más. Me ha gustado cómo Busquets, una narradora excelente capaz de crear potentes imágenes y reflexiones interesantes usa el pueblo de Cadaqués como escenario para las cinco etapas de la fase de duelo. Con gran realismo y honestidad nos va desgranando los altibajos por los que pasó esa relación, los recuerdos de infancia y adolescencia tan ligados a ese pueblo costero donde su madre era omnipresente y omnipotente, y su deseo de cerrar el círculo volviendo a él para hilvanar nuevos recuerdos que ordenen su caótico presente. Sin embargo, ante una experiencia tan extrema como es la muerte de una madre (Simone de Beauvoir dice que ninguna muerte, por esperada que sea, es natural, y con razón) esperaba que se centrase más en sus emociones, algo más íntimista y cerrado, más vinculado con sus sentimientos que con sus escarceos, fiestas y coqueteos que pueden resultar un poco superficiales. Repito, Busquets es una narradora maravillosa, lírica, dinámica, por eso me ha decepcionado que todo su potencial no explotase en este libro. Es como si durante todo el libro estuviésemos observándola prepararse para el gran salto, con calentamientos, estiramientos y ensayos y a la hora de la verdad se quedase plantada en el suelo paralizada por el miedo

viernes, 5 de mayo de 2017

El devorador de calabazas - Penélope Mortimer


Título original: The Pumpkin Eater
Edición: Impedimenta. Septiembre 2014 (1ª ed).
Traducción: Magdalena Palmer
Páginas: 233
ISBN: 978-84-15979-36-4
Precio: 19,95€
Calificación: 9/10
«—No sé quién soy, no sé cómo soy, ¿cómo puedo saber lo que quiero? Solo sé que sea buena o mala, sea o no una bruja, sea fuerte o débil, despreciable o una madita mártir... Sea gorda o flaca, baja u alta, porque no lo sé... quiero ser feliz». (Pág. 202)
Hablando con Alba, mi maravillosa librera de Librería de Mujeres, sobre cómo la maternidad en literatura era un tema sobre el que se había pasado de puntillas y sólo recientemente comenzaba a hablarse con honestidad de los claroscuros de la misma, se dirigió a uno de los estantes de la librería y me sacó este libro: El devorador de calabazas. Penélope Mortimer. Publicado en, ¡atención!, 1962. Sí, a principios de los años 60, cuando aún coleaba campante esa imagen de mujer perfecta, devota madre de familia, devota esposa, devota cocinera, devota ama de casa, Mortimer se atrevió a escribir esta obra de corte autobiográfico en la que narra con un humor negro casi cruel la terrible etapa por la que estaba pasando en ese momento. Un contracuento en el que la calabaza no se convierte en carroza y una mujer enfadada con el mundo busca desesperadamente una forma de liberarse. No deja títere con cabeza, rompe con todos los prototipos publicitarios y sociales de la época, necesita tan fervientemente reafirmarse como mujer, como ente autónomo de una caterva de hijos y de un matrimonio asfixiante que se vuelva en la escritura y nos cuenta esta historia donde a veces lloras, como la autora, a veces, ríes, como la autora, a veces te enfadas, como propia autora.
«Algunas de estas cosas que os he contado han pasado y otras fueron solo sueños. Aunque todas son verdaderas, según lo que entiendo yo por verdad. Todas son reales, según lo que entiendo yo por realidad». (Pág. 233)
Lo primero que ves es esa portada de un dibujo de una mujer sonrosada. Si indagas un poco descubres que pertenece a un cartel publicitario de la píldora anticonceptiva Norlutin, de autor desconocido, y realizado en 1960. Si abres el libro descubres el siguiente epígrafe procedente de una canción infantil:
«Pedro Comecalabazas
tenía una mujer
que no podía retener.
En una calabaza la metió
y allí muy bien la conservó»
La señora Armitage, así, sin nombre, pues no es más que la esposa del afamado guionista Jake Armitage, sufre un colapso nervioso durante una visita a los Harrods londinenses y tras este incidente accede, a instancias de su esposo, a asistir a terapia. El libro comienza con el diálogo de una de esas consultas en la que reconoce que su matrimonio está atravesando una crisis porque su deseo de ser madre de nuevo no es compartido por su marido. Este es su tercer matrimonio. Ha ido enlazando uno con otro, igual que ha ido encadenando el nacimiento de sus sucesivos hijos. Y es que la señora Armitage es una mujer doblemente atrapada, como muchas otras mujeres. Encadenada por un lado a esa institución matrimonial en la que ella confía para obtener soporte social y afectivo. Presa por el otro de una maternidad entendida como esa faceta que da identidad a la mujer. Cuando su deseo de ser madre de nuevo se ve frustrado y las continuas infidelidades de su marido rompen esa aparente armonía familiar, el mundo de cristal, frágil, falso e inestable, que la señora Armitage había contruido se rompe y, con él, se rompen también sus sueños, su estabilidad y, sobre todo, su identidad.
«Los hombres se burlan de nosotras. Cómo vuelan los insultos. ¿Oye lo que dicen, mientras recorremos a baquetazos el pasillo entre el útero y la tumba? «¡Deja de intentar ser un hombre! ¡Deja de ser una maldita mujer! ¡Eres demasiado fuerte! ¡Eres demasiado débil! ¡Vete! ¡Vuelve!...» (Pág. 157)
Se descubre a sí misma como una mujer desorientada, perdida y eso se refleja muchas veces en su hablar confuso, contradictorio e incongruente. Está tan acostumbrada a que otros (los hombres, la sociedad patriarcal) decidan por ella, a someterse a los mandatos sociales, a hacer lo que se espera de una mujer, que cuando comienza a ver que la única salida que hay es que empiece a tomar sus propias decisiones se siente paralizada por el miedo. La novela alcanza su punto de conflicto más álgido cuando la señora Armitage decide esterilizarse, creyendo que así podrá salvar su matrimonio, y descubre que la amante de su marido está embarazada. Penelope habla a través del personaje de la señora Armitage de cómo ella, siendo consciente de que vive en una doble prisión, no sabe cómo escapar de ella, le faltan herramientas tanto económicas como psicológicas para poder reaccionar y reconstruirse, empezar de cero. En ese odio hacia sí misma por no saber entenderse, por no poder manejar el complejo conflicto interno que sufre, llega a decir que no quiere a sus hijos. Esa maternidad desdibujada se manifiesta en dos hechos curiosos: el primero que a lo largo de la novela no llegamos a saber exactamente cuántos hijos tiene; el segundo, que tampoco llegamos a saber el nombre de ninguno de ellos salvo el de Dinah, una joven de ya diecisiete años, fruto de un matrimonio anterior, que se muestra muy inquieta intelectualmente y se erige en la sustituta de la madre durante los períodos de ausencia tanto físicos como mentales de ésta. La propia protagonista confunde ya tanto sus roles, ha perdido tanto su sentido de identidad que pierde incluso la capacidad de reconocer a aquellos que hasta ese momento han dado peso a su nombre y a su existencia.
«Supón que te dijera que no los quiero, que me importa un carajo. Podría ser cierto, ¿sabes? Pero durante años has confiado en que yo los criaría y les daría cariño y les cortaría las uñas y les enseñaría a decir la verdad, como si eso importara. Has sido libre. ¿Y si yo quiero ser libre?». (Pág. 201)
Los paralelismos de la señora Armitage con la Penelope Mortimer real son más que evidente: fue madre de seis hijos, dos de los cuales nacieron del matrimonio con el exitoso pero adúltero guionista y escritor John Mortimer. Accedió a abortar a instancias de éste y se sometió a una ligadura de trompas mientras la amante de su esposo, la actriz Wendy Craig, quedaba embarazada de él. Pero si por si todo esto fuera poco, la propia autora confesó que de pequeña sufrió abusos por parte de su padre, un hombre del que habla en dos ocasiones en la novela: la primera, para presentárnoslo como una persona que la infravaloraba con sorna hasta el desprecio y la segunda, para asistir con ella al momento exacto en el que exhaló el último suspiro.
«¿De qué, me pregunté, tenía miedo? Treinta y un años, fuerte y sana, casada por cuarta vez (¿por qué cuatro?), con un marido que me amaba, escoltada por una legión de niños (¿por qué tantos?)... ¿De qué tenía miedo?» (Pág. 45)
La señora Armitage lucha por conservar la cordura. Por mantenerse como una equilibrista en pie sobre el hilo de la ingenuidad y de la entrega en el amor sobre el que ha construido su personalidad y su forma de ver y vivir la vida. Porque la señora Armitage, lejos de ser una mujer recluida en su casa, es un mujer que vive, que ama, que se arriesga siguiendo sus instintos. Cree en la bondad de las personas porque lo necesita para sobrevivir y sentirse segura. Se adapta a los cambios que hay en su vida. Si tiene que vivir en la más absoluta de la pobreza en un granero, lo hace. Si tiene que vivir, cuando la situación económica de su marido mejora, en una casa lujosa con asistentas y niñeras, lo hace también. Es cuando esa campana de cristal, que diría Sylvia Plath, se rompe cuando la señora Armitage huye y se refugia en una alta torre que estaba construyendo su marido para convertirla en la casa de verano de la familia. La imagen de ella, recluida en esa torre, viendo la niebla y la llovizna, es un reflejo perfecto de su estado de ánimo aislado, deprimido y agotado. Ahí descubre que nunca huirá abandonando cuanto tiene porque le faltan fuerzas, le falta el ánimo, «un plan» para hacerlo.
«(...) un hombre tiene que divertirse un poco, tener una buena historia que contar a los muchachos, lo que los ojos de la esposa no ven, el corazón no lo siente, ni tampoco es que haya nada malo en ello, ya me comprendéis». (Pág. 100)
Los hombres de la novela, en concreto su marido, son todo lo opuesto a ella, por supuesto. No se ocupan de los críos más que lo mínimo. Las mujeres, la sociedad, se contentan con que de vez en cuando cuenten a los niños un cuento antes de dormir, traigan comida a casa y jueguen un poco con ellos. No se les exige más. Ellos trabajan, viajan, echan canitas al aire, ascienden profesionalmente, consiguen éxito y reconocimiento, salen y entran sin dar explicaciones, pueden volar cuando quieran. El propio señor Jake Armitage lo hace y no sólo eso, miente a su mujer, la manipula para que acceda a sus deseos (el aborto, la esterilización posterior, son realizados a instancia suya, usando el chantaje emocional, tendré que trabajar más, irme a Estados Unidos, pasaremos menos tiempo juntos por culpa del niño, etcétera, aunque él insiste en que la última palabra la tiene ella...), la llama trastornada, loca y deprimente, se victimiza delante de ella continuamente.
«Luché, supongo, como una mujer, con gritos de distracción, falsos movimientos, golpes bajos. Fui incapaz de rendirme e incapaz de escapar. Pero no era rival para Jake. Él siguió amándome incluso después de verme derrotada en el suelo con la herida abierta, vacía de recuerdos y de esperanza». (Pág. 146)
A lo largo de la narración vamos viendo cómo su estado de ánimo destrozado, devastado, se va resintiendo cada vez más. Va perdiendo el idealismo que le caracteriza y que ella empieza a denominar como «estupidez». Pierde la inocencia, cae de bruces sobre una realidad en la que la confianza y el autoengaño no tienen cabida. La han encerrado en una calabaza. Ella quiere salir. La mantienen ahí. ¿Lo logrará? En conclusión, un grito desesperado de socorro de una mujer, de todas las mujeres, de todas nosotras por conseguir una identidad propia más allá de ser madre, de ser hija, de ser esposa. Una novela imprescindible para poder reflexionar: ¿Cuánto ha cambiado la situación desde que Penelope Mortimer lanzó su botella al mar en forma de libro allá por 1962? ¿Cuántos estereotipos siguen persistiendo? ¿Qué podemos hacer? Ahí lo dejo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Simone de Beauvoir. ¡A ella le debemos todo!


« Femmes, vous lui devez tout! », gritaba una desolada Elisabeth Badinter en el entierro de Simone de Beauvoir, un 19 de abril de 1986, ante las más de cinco mil personas que durante dos horas recorrieron las calles del barrio de Montparnasse acompañando su féretro al cementerio. « Femmes, vous lui devez tout! », exclamaba entre lágrimas la filósofa feminista a esa comitiva, formada en su mayoría por mujeres, que llevaban claveles rojos y emblemas del movimiento de liberación de la mujer. « Femmes, vous lui devez tout! », no seamos desagradecidas, no lo olvidéis, no lo olvidemos, mujeres, a Simone de Beauvoir «¡le debéis todo!». Y aquí tenéis el motivo por el que me decidí a adoptar a esta mujer para la nueva aventura en la que me he embarcado a bordo de @AdoptaUnaAutora.
«El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal
Simone de Beauvoir es una de esas figuras de las que hemos oído hablar tanto que creemos que sabemos todo sobre ella. Cada vez que surge un debate sobre feminismo o sobre la situación de la mujer en el mundo su nombre sale a relucir de una forma segura como sinónimo de autoridad en la materia, de mente preclara, de referencia necesaria para poder entender un poco mejor por qué la mujer siempre ha ocupado un lugar secundario en la sociedad y por qué, a día de hoy, sigue ocupándolo en la mayor parte de los sectores. Basta contemplar el jurado de un premio u oposición, un informativo, una reunión de empresarios o las entradas a las grandes instituciones tanto públicas como privadas para comprobar la desigual distribución de miembros masculinos y femeninos. Así, sin remediarlo, sentimos una especial vulnerabilidad y también impotencia al contrastar que los preceptos que Simone de Beauvoir analizó tan exhaustivamente en su obra, especialmente en El Segundo Sexo, siguen estando vigentes aún a día de hoy, casi setenta años después.
«En sí, la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad: lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación
Simone de Beavoir y Jean Paul Sartre
¿Pero quién es Simone de Beauvoir? Para unas personas esta inteligentísima mujer fue simplemente la pareja del filósofo francés Sartre, exponente del existencialismo, y uno de los pocos que se han atrevido a rechazar el Premio Nobel de Literatura en 1964 por considerar que el desarrollo de la cultura debía hacerse de forma inmediata con el hombre, sin ningún tipo de intermediarios, y ni mucho menos aquellos que perteneciesen al sistema establecido. Ríos de tinta corrieron (y aún a día de hoy siguen transcurriendo riachuelos) sobre la peculiar relación que Sartre y Beauvoir mantuvieron durante toda su vida: ménage à trois, amantes despechados dispuestos a contar intimidades, resistencia a contraer matrimonio (en un momento en el que se pretendía regresar a la familia tradicional como núcleo social para reconstruir el orden europeo), negativa a tener hijos (en una época en la que la presión de las autoridades francesas por fomentar el aumento de la natalidad convirtió a las mujeres en recipientes de hijos que aseguraran el futuro de la nación y conjurara la superioridad numérica de esa Alemania que tanto daño hizo al continente unos años antes), relaciones con personas del mismo sexo, conversaciones alcohólicas hasta las tantas de la madrugada en bares parisinos de mala muerte, vida bohemia... Sartre y Beauvoir representaban todo lo contrario a lo que hasta ese momento se había considerado «la familia tradicional» pues su visión existencialista sobre la vida les impedía atenerse a todo cuanto estaba establecido por imperativos morales y sociales en esa búsqueda de transcenderse a sí mismos, de encontrar su propia felicidad «en-sí», alcanzar sus proyectos propios, su libertad.
«El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres
Por ese motivo, la obra de Simone de Beauvoir fue objeto de censura en muchos países, y, como no, también en el nuestro. Visitó España durante la República pero nunca pisó suelo franquista por considerarse persona non grata, ya que durante la Guerra Civil fue una firme defensora de la causa republicana reprochando públicamente a Francia y a Inglaterra su neutralidad en el conflicto, lo que le llevó a firmar peticiones y buscar apoyos monetarios e intelectuales que instaran al abandono de dicha neutralidad y el envío de tropas de defensa. Por ese motivo, toda su obra estuvo censurada en España y los escritos sobre ella fueron matizados y muy escasos. Su principal obra El Segundo Sexo, que se publicó en Francia en dos partes, la primera en mayo de 1949 y la segunda en noviembre del mismo año, no pudo leerse traducida en nuestro país (aunque se podían encontrar en francés y en español argentino en el mercado clandestino) y figuró en la lista de Libros Prohibidos, hasta que en 1966, al amparo de la nueva Ley de Prensa e Imprenta conocida popularmente como Ley Fraga, vio la luz en catalán. Esta Ley abría las puertas a las traducciones a otras lenguas del territorio español que no fueran el castellano, viviéndose en ese momento una expansión editorial en Cataluña que permitió la traducción del, hasta entonces maldito, Segundo Sexo, por Edicions 62. A esta "tolerancia" de la censura franquista también pudo contribuir el hecho de que el Índice de libros prohibidos de la Iglesia fuese abolido en 1966 por el Concilio Vaticano II, Índice en el que, por supuesto, también había estado incluida esta obra.
«No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino
Virginia Woolf
Para otras personas Simone de Beauvoir es «La Hermana Mayor» del feminismo, siendo la madre Virginia Woolf. Otras voces, sin embargo, proclaman que si bien podemos considerar a Simone de Beauvoir, Betty Friedan (autora de Le Feminine Mistique, 1963) y Mary McCarthy (autora de El Grupo, 1963) como las madres simbólicas del movimiento feminista es sin duda, Simone de Beauvoir LA MADRE con mayúsculas de todas nosotras. Independientemente del grado de parentesco nuestro que cada una queramos otorgarle, lo indudable es que se trata de uno de los puntales de la genealogía femenina cultural occidental y que, al igual que sucede con otros personajes conocidos, (salvo aquellas que han buceado en sus libros y adquirido sus conocimientos de primera mano), lo que el imaginario colectivo sabe sobre su forma de argumentar, sus conclusiones y su pensamiento, le suele llegar más de segunda o incluso tercera mano, a través de artículos periodísticos, documentales, alusiones. Es por ello por lo que voy a intentar ir, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, desgranando la obra de «La Madre», la bella Beauvoir, esa mujer valiente y decidida que enfrentándose a todo el mundo, tanto sectores conservadores como liberales y progresistas, a mujeres y a hombres, a políticos, filósofos, teólogos y pensadores, logró despertar al feminismo del letargo en el que estaba sumergido tras la convulsión de la Segunda Guerra Mundial y conseguir que las mujeres saliesen de nuevo a la calle reivindicando sin miedo sus derechos, sus ganas de luchar, su sueño de un mundo en el que no haya un Segundo Sexo. Porque sí, nunca viene mal recordarlo. Gracias, Simone de Beauvoir. « Femmes, nous lui devons tout ! »,


Fuentes consultadas:
  • El Segundo Sexo. Simone du Beauvoir. Ed. Cátedra. (9ª edición)
  • Tres escritoras censuradas. Simone de Beauvoir, Betty Friedan y Mary McCarthy. Pilar Godayol. Editorial Comares S.L. 
  • http://elpais.com/diario/1986/04/20/cultura/514332005_850215.html, 2017
  • https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4357-2008-01-06.html

Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

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