jueves, 29 de junio de 2017

Oculto sendero - Elena Fortún



Edición: Editorial Renacimiento. (2016). 
Páginas: 495
ISBN: 978-84-16685-77-6
Precio: 19,00€
Calificación: 10/10

Lo que más me ha gustado: cómo la voz narrativa de Elena Fortún se va adaptando como un traje a medida a la edad de María Luisa Arroyo, la protagonista. Si en sus primeros capítulos reconocemos el tono infantil e ingenuo de la Celia que le hizo famosa, en los siguientes la voz se vuelve más profunda y lírica, madura, llena de sensibilidad artística y sentido práctico, caminando como una funambulista entre ese ser y ese deber que se le impone como mujer de su época. 

Lo que menos me ha gustado: nada. De verdad. Es tan intensa la dualidad de la protagonista que se siente culpable por ser "rara" pero que al mismo tiempo lucha por ser fiel a sí misma, que me ha sido imposible encontrarle algún "pero". 
«—¿Quieres ver cómo descorro la cortina? Mira la puerta... Atiende...» (Pág. 221)
Una niña observa fascinada a dos mujeres que entran en el restaurante donde se encuentra comiendo con sus padres y sus dos hermanastros mayores. Las mujeres, sonrientes, seguras de si mismas, se complacen en la provocación de los comensales continuando con toda naturalidad y mucha alegría siendo ellas mismas, a pesar de los comentarios que suscitan a su alrededor. Una de ellas es rubia, elegante, desprende una deliciosa fragancia a su paso sobre unos altísimos tacones; la otra, morena, con pelo cortísimo, va vestida de hombre. Esa imagen queda grabada en la memoria de Maria Luisa Arroyo niña, la protagonista de esta novela y alter ego tras la que se oculta Elena Fortún. Sin saber bien el porqué, pues desconoce las palabras que den forma a sus sentimientos, la niña se siente identificada con esa mujer con traje de hombre, gestos de hombre, zapatos de hombre. Días antes, la niña Maria Luisa había tenido un disgusto tremendo porque su madre en lugar de regalarle el traje de marinero que ella le había pedido, le había encargado un emperifollado vestido de niña.
«La angustia que estalló en mi pecho se erizó de espinas y me subió a la garganta, inundándome los ojos de amargas lágrimas que corrieron por mis mejillas y cayeron sobre el vestido y la alfombrilla del suelo...» (Pág. 73)
Elena Fortún 
Así comienza Oculto Sendero, la historia de un reconocimiento de la propia sexualidad que lleva su tiempo, lento andar, sobre los prejuicios y las tradiciones, las expectativas que se tiene de la mujer y el entorno en el que cualquier tipo de desviación de las mismas se consideraba una aberración, una inversión pervertida e injustificable. La niña Maria Luisa crece y con ella su conocimiento del mundo que le rodea, y lo que es más importante, la convicción de que más allá de lo que se percibe y se ve hay otro mundo, un mundo en el que se puede ser una misma. Su adolescencia, rodeada de primas y de amigas cuyo único fin es conseguir marido y llevar una casa repleta de niños, está marcada por el más profundo sufrimiento e incomprensión. Ella no se quiere casar, no siente ningún tipo de interés por los hombres más allá de una curiosidad artística o como compañeros de juegos, "a lo bruto y a lo chicazo". Envidia en ellos la libertad con la que se manejan en la vida, la desenvoltura con la que pueden escoger una profesión, un hobby o un paseo en soledad por la calle, algo impensable para una mujer cuyo destino ya está predeterminado.
«—No sabes la guerra que me ha dado —se lamentaba mamá—. En casa de la tía Teresa no le he visto el pelo entono el día, jugando con el chico de la cocinera... ¡Es muy Chicago esta criatura...!» (Pág. 143)
Maria Luisa se siente sola, incomprendida, aislada. En su infancia nota que no encaja con lo que su madre espera de ella y que es solo gracias a su padre, que la consiente un poco más sus "rarezas", que puede ir abriendo las alas lentamente aprendiendo a diferenciar lo que le gusta de lo que debería gustarle. Con la adolescencia toma conciencia de que es diferente a las demás chicas de su edad, de que no encaja en sus conversaciones y aspiraciones, de que es una "chica rara, diferente", pero no saber por qué. A diferencia de las mujeres que le rodean a ella no la invade ese espíritu de sacrificio que se supone que es innato a la mujer, esas ansias de formar una familia y realizarse como persona engendrando hijos, complaciendo a un marido y decorando una casa. A ella le gusta correr, saltar, leer, pintar, ensuciarse las manos, despeinarse... Una voz interior le susurra constantemente que no se conforme, que mire más allá y descorra la cortina porque hay una vida más allá de la que le intenta imponer. Pero le abruma la culpabilidad por no sentirse capaz de cumplir las expectativas de su madre y de un entorno católico asfixiante. La muerte temprana de su padre las deja, a ella y a su madre, en una situación económica frágil e inestable. Debe casarse. Debe permitir que un hombre las mantenga, se ocupe de ellas. Debe introducirse en el mundo de las señoras y comportarse como una. No sin reticencias, Maria Luisa decide contraer matrimonio con un joven que aparenta entender sus inquietudes artísticas y compartir con ella su pasión por la pintura pero, una vez casados, ese hombre intenta someterla como todos los demás.
«En el periódico hablaban aquellos días de una mujer secuestrada por su familia... y en la fotografía la mostraba como un esqueleto... ¡Qué horror!» (Pág. 273)
Nuria Capdevila en la presentación en @Lib_Mujeres
La vida de Elena Fortún es una vida construida sobre capas de personalidades, de nombres y seudónimos. Realmente se llamaba Encarnación Aragoneses de Urquijo pero ya en 1928 comenzó a publicar sobre su personaje Celia con el pseudónimo de Elena Fortún, hasta el punto de que, tal y como comenta Nuria Capdevila (investigadora feminista y gran estudiosa de la vida de Elena Fortún) en el imprescindible prólogo de esta obra, firmaba como Encarna o como Elena según la época y el destinatario de sus cartas. A esta doble capa se le une una tercera: la de María Luisa, la protagonista de esta obra, y de la que se sirve la autora para explorar el camino del autodescubrimiento de la propia sexualidad, su transcurrir por ese Oculto Sendero doloroso y lleno de incertidumbre para descubrir con asombro alegre que al final del mismo hay una brillante luz.
«Al día siguiente de la boda me desperté cansada y dolorida... ¡Tanta emoción, tan exaltada poesía, para tan pobre y vulgar resultado! (...) Yo pensaba, pensaba todas las horas del día y las que en la noche estaba despierta.... ¿Esto sería así siempre? ¿Así vivirían todas las mujeres? ¿Todos los matrimonios eran eso? ¡Nunca se quejaba ninguna mujer! En algunas novelas que yo había leído se saltaba el amor carnal, el dulce secreto de los esposos... Claro, que las novelas las escribían los hombres» (Pág. 302)
Efectivamente, la mayor parte de las novelas que exaltaban ese dulce secreto estaban escritas por hombres, por ello Elena Fortún muestra un testimonio tan valioso haciendo que nos pongamos en la piel de esas mujeres que tuvieron que soportar matrimonios desgraciados, unos por conveniencia, otros por convención social, y a los que estaban esclavizadas por unas cadenas más fuertes que las de cualquier vínculo físico. Un libro precioso en el que Elena Fortún aúna todos los recursos literarios de los que dispone para dar lo mejor de sí misma y alumbrarnos con ese despertar tardío que vivió al conseguir, tras lágrimas, resignación y sufrimiento, poner palabras a lo que sentía y comprobar que realmente "no era tan rara", que más personas sentían como ella, que el mundo al que pertenecía su esencia, si bien oculto, existía, esperándola a que llegase. Igual que esta novela inédita, escondida entre papeles y notas de la escritora, parecía estar esperando a que llegase el momento en el que alguien abriese esa caja y descubriese el tesoro que estaba aguardando en su interior, paciente, silencioso, quieto cual monje budista. 
«Entra ya en el sendero que hasta ahora ha estado oculto... y pisa con pie firme, aparta los obstáculos que te impiden continuar... y si de tu vida sentimental y de tu vida artística puedes hacer una sola, verás cómo no fracasas» (Pág. 446)
Todo llega, parece decirnos este libro que es un auténtico testimonio vital. Pero no basta con esperar, también hay que buscar incansablemente. Igual que las investigadores rebuscan y leen entre líneas intentando desentrañar el misterio de la fascinante personalidad de Fortún, la propia autora recorrió en vida un camino que le llevase a conocerse a sí misma, a no resignarse con ser como todo el mundo quería que fuese. A su paso se casó, tuvo dos hijos, luchó contra el intento por parte de su marido de reprimir su creatividad. Afortunadamente, Elena Fortún no agachó la cabeza ni se desplazó a un lado del sendero a malvivir, sino que siguió caminando para darnos este testimonio de luz, de lucha y de autoconocimiento. Gracias, Elena Fortún, por no callarte y conseguir contarnos tu experiencia como tú mejor sabías, a través de tus luminosas palabras. Gracias a todas las investigadoras por seguir abriendo cajas, leyendo papelajos, escudriñando fotos y así acercarnos un poco más a estas mujeres silenciadas que hoy sí, por fin, pueden hacernos llegar su fuerte, valiente y potente voz.

martes, 27 de junio de 2017

Al faro - Virginia Woolf


Título original: To the Lighthouse
Traducción: José Luis López Muñoz
Edición: Alianza Editorial (3ªed. 2012)
Páginas: 286
Precio: 11,20€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: La forma única y personalísima en la que Virginia ahonda en la mente humana. Con un lenguaje hermoso y transparente se sirve de objetos y de imágenes que nos visten a los lectores con los trajes y la conciencia de sus personajes. Con ellos odiamos, a los dos minutos amamos, a los cinco lloramos, a los diez deseamos gritar de alegría. El análisis de conciencia que realiza es tan exhaustivo que es imposible no verse atrapado en su lectura por su ola expansiva de humanidad, sensibilidad y emotividad acompañada de esa naturaleza tan bucólica a la par que destructiva.

Lo que menos me ha gustado: Es un libro para leer con calma y reposo, bajar el ritmo. Por ello hay que buscar el momento adecuado para poder degustarlo con deleite y extraer todo su sustento psicológico. De lo contrario puede pasar, como he leído por ahí, que resulte «aburrido» por su falta de acción y su minuciosidad en las pinceladas.
«Pero, igual que antes de hundirnos en el sueño la realidad se simplifica, de manera que, entre una multitud de detalles, sólo uno tiene capacidad para imponerse, del mismo modo, le pareció, mirando, soñolienta, hacia la isla, todos aquellos senderos y terrazas y dormitorios se desvanecían y desaparecían, y no quedaba más que un pálido incensario azul balanceándose tibiamente en el interior de su mente.». (Pág. 280)
Newhaven Lighthouse. Vanessa Bell. (1938)
El Faro... ese lugar de la infancia al que deseamos ir con todas nuestras ganas y preguntamos una y otra vez ¿podremos ir? ¿me llevarás? ¿iremos mañana, iremos, sí? Pero la respuesta afirmativa depende de que haga buen tiempo y ese buen tiempo nunca llega y cuando somos adultos vamos al Faro (con mayúsculas) pero ya no con ilusión sino por obligación, para cumplir el sueño de otro, en este caso, el de su padre. Esta es la esencia de esta maravillosa obra de la grandísima Virginia Woolf, otra de esas autoras que he descubierto recientemente y mientras la leo me doy de golpes contra la pared preguntándome por qué no la he leído antes, ¿por qué? Y aquí estoy, remediando esta Epifanía tardía, hablando de ella.
«La sinceridad de su espíritu hacía que cayera a polo como una piedra, que se posara con la exactitud de un pájaro; le daba, de manera natural, aquella impetuosa aprehensión de la verdad por el espíritu; aprehensión que deleita, consuela y sostiene, equivocadamente, quizá.» (Pág. 46)
Virginia escribe Al faro en 1927. Tiene cuarenta y cinco años. Muchos de los personajes que aparecen representados, bajo nombres ficticios, en esta obra de toques autobiográficos han muerto ya: su madre, su padre, su hermanastra Stella, su hermano Thoby... Pero de todas estas muertes fue sin duda la de su madre, Julia Prinsep Jackson, la que la dejaría marcada de por vida. Julia fue, al igual que su alter ego en la novela, la señora Ramsey, una mujer de belleza notable que posó como modelo para pintores prerrafaelitas como Burne-Jones. Su temprana muerte, cuando Virginia tenía trece años, la dejó no solo huérfana de madre sino sola en plena adolescencia con un padre autoritario pero con un ego inseguro que precisaba de atención y reconocimientos constantes. La figura de la madre, por lo tanto, levita endiosada y embellecida en la vida de Virginia quien en esta obra exorciza tanto la figura materna como paterna.
«Todos acudían a ella, lógicamente, puesto que era mujer, venían a lo largo del día con esto y lo de más allá; un quería una cosa, otro, otra; a menudo le parecía no ser más que una esponja empapada al máximo en emociones humanas. Luego su marido decía: condenada mujer. Decía: lloverá. Decía: no lloverá; y, la intstante, un paraíso de seguridad se abría ante ella». (Pág. 51)
Figure Group with the artist. Vanessa Bell.
La primera parte de la novela, titulada La Ventana, es de una belleza y de una serenidad intensa apabullantes. En ella, como si a través de una ventana estuviésemos observando y conociendo a los habitantes de la casa de vacaciones en la isla de Skye, Escocia. Toda la acción transcurre en un solo día observando a qué dedican los miembros de esta numerosa familia formada por ocho hijos (en la vida real Virginia también tenía cuatro hermanastros y tres hermanos), los padres y numerosos invitados (Charley Tansley, Mr Carmichael, William Bankes, Lily Briscoe, Paul Rayley, Minta Doyle). La acción de todos ellos gira en torno a la Señora Ramsey, una mujer que desprende una luz interior fuerte y serena y una luz exterior bella y armoniosa que consigue que todos estén enamorados de ella, que ponderen su opinión y que hagan todo lo que ella les pide. El hijo pequeño, James, (que se corresponde en la vida real con su hermano pequeño Adrian) tiene seis años y es el centro de atención constante de la madre. James tiene un sueño: ir a visitar el Faro. En las respuestas que cada personaje da a esta inquietud se refleja buena parte de la personalidad de cada uno: el miedo a decepcionar de la madre, el realismo crudo del padre, quien opinaba que sus hijos «tenían que estar al tanto desde la infancia de que la vida es difícil», la mezquindad del misógino Tansley... 
«Era para echarse a llorar. ¡Malo, muy malo, malísimo! Podría haberlo hecho de manera diferente, por supuesto, podría haber adelgazado y difuminado los colores; haber idealizado las formas; así lo habría visto Paunceforte. pero lo cierto era que ella no lo veía así. Lily sentía arder el color sobre un marco de acero; La Luz del ala de una mariposa sobre los arcos de una catedral». (Pág. 72)
Interior with a table. Vanessa Bell. (1921)
El episodio del deseo de James de visitar el Faro actúa como bisagra de la relación entre el Señor y la Señora Rayley. Ella, una mujer enamorada y conservadora, que se reserva las preocupaciones cotidianas y ordinarias de la gestión de la casa y la familia; él, un intelectual pagado de sí mismo, de elevadas inquietudes intelectuales, amargado porque el éxito conseguido como pensado hace unos años teme que no vuelva a repetirse. El carácter estricto y rígido del padre contrasta con la flexibilidad de la madre, poseedora de la mano izquierda suficiente para dirigir la vida de los demás, pero una mujer que también a veces se plantea qué más ha hecho en su vida aparte de estar continuamente embarazada. Frente a la Señora Ramsey contrasta la figura de Lily Briscoe, una mujer culta e independiente, que se niega a contraer matrimonio y cuyo sueño, cuyo faro, es poder dedicarse exclusivamente a su gran pasión: la pintura, consciente de las contradicciones que existen entre la imagen que tenemos en la mente y la que luego plasmamos en el lienzo, como la vida misma. Contradicción expectativas/realidad, planificación/acción. Lily me parece uno de los personajes más fascinantes de la novela, una de esas mujeres que reflejan aquello de lo que hablaba Virginia en "una habitación propia", la búsqueda de ese cuarto propio y de esa independencia no sólo económica sino también emocional, al fin y al cabo ella se considera mala pintora porque sus criterios no se rigen según los de Paunceforte, (el equivalente al Profesor von X de "Una habitación propia"), ese hombre de nombre ficticio que representa el éxito y el prestigio, que dicta los cánones artísticos del momento, por supuesto, ese hombre que decide qué es arte y qué no, qué es bueno y qué es malo y contra el cual Lily se rebela. Lily es el resultado de mezclar las inquietudes de la propia Virginia y el talento artístico de su hermana pintora Vanessa Bell, con quien conformó el llamado Círculo de Bloomsbury.
«(...) porque aquel era sin duda uno de los rasgos de la señora Ramsay: compadecer siempre a los hombres como si les faltar algo, aunque nunca a las mujeres, como si poseyeran algo.» (Pág. 121)
La Ventana, contiene una de las escenas mejor construidas que he leído nunca: la de la cena. Ya, al final de la tarde, los personajes de la casa se reúnen en torno a la mesa pues era el dedo de la Señora Rayley que así fuera. Esa comida compartida saca lo mejor y lo peor de cada uno, pero lo más relevante, lo que realmente convierte esta obra en una novela inolvidable, es la forma en la que Virginia consigue que demos cuerpo, palabra y forma a cada uno de los personajes; el árbol de Lily, el broche perdido de Minta, el faro de James, las botas del Señor Ramsey... Gracias a los diálogos interiores y a las breves pero luminosas conversaciones entre ellos observamos nítidamente la volatilidad de las emociones. El tránsito de la tristeza a la esperanza, del amor al encono, de la idealización a la denigración que todos hacemos de forma natural y espontánea en nuestra vida diaria lo lleva Virginia a la máxima expresión captando microfotografías de emociones, cambiantes, mudables, etéreas. 
«(...) si se pregunta a la gente, nueve de cada diez personas responderán que no quieren otra cosa [que el amor]; mientras que las mujeres, a juzgar por su propia experiencia, pensarían todo el tiempo: "No es esto lo que queremos; no hay nada más tedioso, pueril e inhumano que el amor, si embargo también es hermoso y necesario". ¿En qué quedamos entonces?» (Pág. 144)
View into a garden. Vanessa Bell. 1926
En la segunda parte, Pasa el tiempo, no vemos más que la acción de la limpieza de esa casa vacacional por parte de la señora McNab, encargada de su mantenimiento. Los años transcurridos desde ese día de la Ventana ha provocado goteras, agrietamiento de suelos, desprendimiento de pintura de la pared y del techo, moho en los libros acumulados. Los mismos símbolos usados en la primera parte para dar vida a la casa son empleados aquí para reflejar, como su propio nombre indica, el demoledor e inexorable paso del tiempo.
«Nada e movía ni en el salón, ni en el comedor, ni en la escalera. Tan sólo a través de goznes oxidados y de revestimientos de madera, hinchados por la humedad del mar, ciertos aires, separados de la masa central del viento, se deslizaron por los rincones  aventurándose en el interior.» (Pág. 176) 
En la tercera parte, El faro, la familia, incompleta, azotada por la muerte, regresa a esa casa y se cumple el sueño de James de su infancia: ir al Faro, pero como comentaba antes ese ya no es su sueño sino un empeño del padre por continuar la vida en ese instante narrado en la primera parte. Es aquí la figura del padre la que Virginia intenta conjurar, liberar de su memoria, buscando una explicación a su carácter que le acerque más a él o le libere definitivamente ya de él una vez muerto.
«En el fondo del bote habían muerto los peces. Su padre seguía leyendo y James lo miraba y también ella lo miraba, y los dos prometieron de nuevo luchar contra la tiranía hasta la muerte». (pág. 279)
Retrato de Virginia Woolf. Vanessa Bell. 1912
En conclusión, una novela escrita a fuego lento donde sus personajes no hacen sino que viven; no se mueven con el cuerpo sino con el corazón, la mente y el estómago; se siente más que se habla; se reflexiona y analiza más que se dialoga. Una novela hacia dentro donde los personajes viven hacia fuera con el eje en su propio ombligo. Una obra impresionista donde lo subjetivo campa a sus anchas gracias al monólogo interior, a su estilo poético y a ese flujo de pensamiento que Virginia logró aunar en su obra caracterizándola de ese estilo tan inconfundible que la ha convertido en una de las mejores narradoras de todos los tiempos. No hay uno sino varios protagonistas todos bien definidos por la maestría narrativa de Virginia Woolf y a través de ellos profundiza en el inexorable paso del tiempo, los sentimientos tan efímeros «como un arco iris». El feminismo ya tiene su hueco en el Faro gracias a esa Lily que busca su cuarto propio e incluso a través de la convencional Señora Ramsey, esa mujer que en aras de la paz familiar cede ante su marido, se esconde y se neutraliza pero que a veces también se cuestiona si la vida para una mujer debe ser sólo eso: casarse, embarazarse, cuidar de la casa y aplazar su propia vida hasta que todos se hayan emancipado, algo que en su caso no llega a suceder debido a su muerte prematura. Otra lectura que debería ser obligatoria, como todo lo escrito por esta excepcional mujer, Virginia Woolf. 

lunes, 26 de junio de 2017

Memorias de una joven formal - Simone de Beauvoir


Título original: Memoires done Jeune Fille Rangée
Traducción: Silvina Bullrich
Edición: Editorial Sudamericana (10ª ed. septiembre 1970)
Páginas: 387
Precio: 9,00€ (en librería de Segunda Mano por encontrarse la obra descatalogada. ¿Por qué? ¿Por qué hay libros tan bellos descatalogados y tan difíciles de encontrar? No se darles respuesta a estas preguntas).
Calificación: 9/10
«Papá solía decir: "Simone tiene un cerebro de hombre. Simone es un hombre". Sin embargo, me trataba como a una mujer (...) No me desesperaba. Confiaba en mi porvenir. ». (Pág. 135)
Simone, mi admiración por usted aumenta, si eso es posible, a medida que voy profundizando en su vida, no sólo por la intensidad con la que vivió la misma, que en muchos aspectos, quizás pueda no ser muy diferente a la de otras personas, sino por la honestidad que como el vapor de la tierra caliente mojada tras una tormenta de verano desprende cada una de sus líneas. Si bien no tuvo una infancia con penurias económicas graves gracias a la buena posición económica de su familia que, aunque arruinada, logró conservar un mínimo de desenvoltura pragmática, sí pasó una época de gran profundidad introspectiva, cuestionándose desde muy pequeña el porqué de la vida, intuyendo que hay mucho más detrás de eso que intentaban convencerla de que era "vivir", buscando y luchando por su pasión, su voluntad de hacer y de hacerse a sí misma.
«En particular no deploraba ser mujer. (...) No tenía hermano: ninguna comparación me reveló que algunas licencias me eran negadas a causa de mi sexo; sólo imputaba a mi edad las privaciones que me infligían; sentí vivamente mi infancia, nunca mi femineidad. Los varones que yo conocía no tenían nada prestigioso» (Pág. 61)
Simone, su madre y su hermana Hélène.
Simone nació «a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles pintados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail», bulevar parisino burgués. Su padre, Georges Bertrand de Beauvoir fue durante esos primeros años abogado de profesión, si bien era actor de vocación. Su madre, Françoise Brasseur era una mujer profundamente católica y conservadora que desde el primer momento se arrogó la misión de educar a su hija en los valores típicos de su clase social, a saber, convertirla el día de mañana en una mujer casadera capaz de coser, tocar el piano, recibir visitas y sonreír con dulzura a cuantos la rodeasen. El nacimiento, dos años después, de Hélène, a la que llamarían cariñosamente Poupette (algo así como muñequita), afianzó a la madre en esa delicada misión de conservar la pureza de las niñas, educarlas en los valores cristianos y formarlas como mujeres burguesas de familia mientras que provocó en el padre una reacción adversa puesto que él siempre había deseado tener un hijo varón. Esta situación es la explicación por la cual, según Simone, los primeros años de su infancia carecieron de una presencia paterna más allá de su aparición a última hora de la tarde cargando un «portadocumentos lleno de cosas intocables llamadas expedientes» mientras que la presencia de la madre «más lejana y más caprichosa», aunque con necesidad de su sonrisa, estaba mediatizada por los cuidados de su niñera Louise, a quien debía su «seguridad» cotidiana. 
«La naturaleza me descubría, tangibles, cantidad de maneras de existir a ls que nunca me había acercado (...) Aprendí las mañanas ingenuas y la melancolía crepuscular, los triunfos y las decadencias, los renacimientos, las agonías. Algo en mí un día coincidiría con el perfume de las madreselvas. » (Pág. 
La infancia de Simone transcurrió rodeada de primos y tíos, abuelos, amigos de sus padres, cuidados, atenciones «protegida, regaloneada, divertida con la incesante novedad de las cosas, (...) era una niñita muy alegre». Caprichosa, espontánea, pizpireta, Simone era una niña sociable que usaba a su hermana como muñeca de juegos y que pronto mostró un interés por los libros, fomentado por su padre, y una gran devoción religiosa, fomentada por su madre. La Primera Guerra Mundial dio un giro radical a la vida de los Beauvoir. El abuelo paterno de Simone, director del Banco de la Meuse, tuvo que declararlo en quiebra y los Beauvoir se vieron expulsados de la élite aristocrática a la que habían pertenecido, si bien conservaban los valores burgueses como un mástil firme al que agarrarse. Simone se refugió aun más en sus libros y en su sentimiento religioso. Desaparecida la dote que garantizaba el matrimonio social y conveniente de ella y de su hermana, lo único que les quedaba era estudiar y trabajar en el futuro, un destino que Simone aceptó encantada pues a pesar de ser una "joven formal» sentía ya un sentimiento de rebelión hacia el matrimonio y hacia todo lo que supusiese la sumisión a otra persona.
«Siempre consideré con disgusto el casamiento. No veía en él una servidumbre pues mamá no tenía nada de oprimida; era la promiscuidad lo que me chocaba. "¡De noche en la cama, uno ni siquiera puede llorar tranquilamente si tiene ganas!, me decía aterrada. (...) a menudo de noche, lloraba por placer» (Pág. 79) 
Simone de Beauvoir y Zaza.
Con un lenguaje directo pero bello, un estilo envolvente y detallista, Simone nos sumerge en su vida de adolescente y la contemplamos pasear por la propiedad de su abuelo en Mayrignac con su libro bajo el brazo, disfrutando de los amaneceres en soledad, pasando sus dedos por las altas hierbas y matorrales, la brisa matinal acariciando su rostro y enredando sus piernas en los faldones de su desgastado vestido, corretear con su hermana por los caminos de tierra, hablar extasiadas de una puesta de sol. Con la adolescencia Simone se vuelve una chica crítica, rebelde, inconformista, curiosa e introvertida, a la que le sigue gustando hablar pero que ha aprendido a disfrutar de su soledad y también a callar aquello que no debe decirse porque no es conveniente para una señorita de bien. Se calla su primer amor, el que siente por su primo Jacques, un joven volátil y culto que se convierte también en su despertador literario y artístico. Silencia también la pérdida irremediable de la fe que la hizo pasar de una vocación religiosa infatigable a un sentimiento de liberación por no ser más un «mono» en las manos de un Dios que ya no contestaba sus preguntas. Sin palabras acepta el alejamiento de su madre quien no la perdona su caída en el ateísmo y se resigna a la indiferencia de su padre, dolido porque no la perdona que naciese mujer. «Aprendí la clandestinidad», confiesa una dolida Simone.
«Felizmente no estaba condenada a un destino de ama de casa. Mi padre no era feminista; admiraba la sabiduría de las novelas de Colette Yver donde la abogada, la doctora, terminan por sacrificar su carrera a la armonía del hogar; pero necesidad es ley: "Ustedes, hijitas, no se casarán", repetía a menudo. "No tienen dote, tendrán que trabajar"». (Pág. 114)
Simone dedica la mayor parte del día a estudiar en la Biblioteca Nationale, primero devorando todo cuanto caía ante sus ojos, después depurando su sentido crítico seleccionando a los grandes de la Literatura (Louisa May Alcott, Colette, Coucteau, Victor Hugo, Proust...) y de la Filosofía (Leibniz, Kant, Aristóteles). Sueña con escribir un libro en el que contarlo todo, todo, toda su verdad, todo su día a día, exhaustivo como un diario pero dotado de reflexiones en un intento de atrapar la vida y que no sea ésta la que le atrape a ella. La lucha contra el nihilismo que se ha instalado en su vida como un visitante inesperado y no invitado será una constante en Simone durante esos años. 
«Me enteré con estupor leyendo una noticia de policía que el aborto era un delito; lo que ocurría en mi cuerpo sólo me incumbía a mí; ningún argumento me hizo ceder». (Pág. 205)
Compagina sus encuentros con sus amigos, especialmente con Elisabeth Lacoin (a quien ella llama cariñosamente Zaza) con sus paseos por el París de la época. Y con Simone paseamos por sus calles, descubrimos la magia de las tertulias en Cafés, bebemos un ginfizz en el Jockey, acariciamos los lomos de los libros de la biblioteca Nationale, y, como si de una amiga íntima se tratara, la acompañamos en el discurrir de sus reflexiones, observando cómo de forma valiente se enfrenta a sus miedos de aquella época, a las mentiras que ella misma se contaba, y, sobre todo a su condición de exiliada. Así llamaba Simone a su status de esa época, denominándolo exilio, un exilio doble provocado por un lado por su expulsión de la élite social de la que antes hablábamos y por otro por su autoexpulsión de la vida que por entonces se consideraba que una «joven formal» debía llevar. Simone es una de las primeras alumnas de Filosofía de la Universidad de la Sorbona, pertenece a la clase de los "intelectuales" despegada de Dios, del determinismo vital de la mujer de su época, rodeada de libros y de ideas ¡qué peligroso! Logra que sus padres, con el paso del tiempo, vayan aceptando su curiosidad cultural, soltando las amarras que la ataba a ellos, rompiendo el cordón. Su admiración por Garric, el creador de Los Equipos Sociales, (antecedente de lo que en España se conocería durante la Segunda República como "Misiones Pedagógicas"), la llevó a convencerse de su vocación pedagógica. Esa admiración que llegó a ser un auténtico amor platónico, la alejó aun más de su familia. Sin embargo, pronto esa vocación fue siendo sustituida paulatinamente por otra: la Filosofía.
«Yo no tenía ideas subversivas; en verdad, no tenía ninguna idea, sobre nada; pero todo el día me ejercitaba en reflexionar, en comprender, en criticar, me interrogaba con precisión la verdad: ese escrúpulo me volvía inepta a las conversaciones mundanas». (Pág. 193)
Sus clases en la Sorbona le abren las puertas a un mundo nuevo. En primer lugar, la permite el acceso a libros de canto dorado que contienen un saber hasta ese momento inaccesible para ella. En segundo lugar, comienza a conocer gente afín a ella, despegándose del trampolín que su primo Jacques supuso en su vida para ahondar en debates, discusiones, intercambios de ideas, construcción de su propia autoestima. En tercer lugar, es en la Universidad de la Soborna donde entra en contacto por primera vez con las corrientes de izquierdas. Aunque, en ocasiones, sigue considerándose en el exilio, ya no se ve a sí misma como un ser extraño. Siguen conviviendo en ella ramalazos de su educación burguesa, que dan los últimos coletazos como si de un pez moribundo se tratase. Simone no puede evitar soñar, de vez en cuando, con un futuro con Jacques, recibiendo visitas en su casa, reintegrándose en la sociedad a través de ese matrimonio. 
«Me gustaba mucho la frase de Lagneau: "No tengo más sostén que mi absoluta desesperación." Una vez esa desesperación establecida, como yo seguía existiendo, debía arreglármelas en la tierra lo mejor posible, es decir, hacer lo que me gustara». (Pág. 259)
Simone y Sartre
La pelea interna entre la educación recibida y sus propios deseos es agotadora. Pero finalmente, como a día de hoy sabemos, ese matrimonio nunca se celebrará. Simone seguirá estudiando, licenciándose en Filosofía en 1928. En ese camino universitario le acompañarán su nuevo grupo de amistades: Simone Weil, Pradelle, Stépha, Merleau-Ponty, Lévi-Strauss, Nizan, Herbaud -quien, en realidad se trata de René Maheu-, y, por supuesto, Sartre (a quien conocería a través de Herbaud su «compañerito»). Junto a este grupo permanecen leales e inamovibles sus dos principales apoyos, sus almas complementarias: su hermana y su amiga Zaza. Es precisamente Herbaud quien comienza a llamarla por el apodo con el que Sartre seguiría llamándola toda su vida: 
«Un día escribió (Herbaud) en mi cuaderno en grandes letras: BEAUVOIR=BEAVER (castor en inglés). "Usted es un castor —dijo—, los castores andan en banda y tienen espíritu constructivo». (Pág. 348)
En definitiva, esta obra, la primera de sus memorias, está escrita con una sinceridad tan plena que conmueve. Simone remueve en su pasado, profundiza en esa tierra a veces árida, a veces fértil, bailando del sentimiento piadoso al nihilismo, de la desesperanza al optimismo más tenaz en su futuro, del exilio al refugio, abonando, sin saberlo, desde su más tierna infancia, el terreno del existencialismo, de la identidad de género, de la dialéctica filosófica que luego marcaría su vida. 
«Lo que soñaba escribir era una "novela de la vida interior"; quería comunicar mi experiencia. Me parecía sentir en mí "un montón de cosas que decir"» (Pág. 223)
Este primer volumen acaba en un punto álgido y trágico en la vida de Simone. A medida que nos vamos acercando al final intuimos una desgracia. El tono va alcanzando un dramatismo, una irreversibilidad hasta ese momento desconocidos. Simone comienza a volar, a tener cada vez más claro que su destino no es casarse sino hacer algo importante, transcender, pero paralelamente a ese alzamiento su amiga, la persona que ha sido su sombra de vida, su espejo, comienza a encogerse. La alegría de Simone se ve contrarrestada por la amargura de Zaza; la primera brilla, la segunda se apaga. 
«Juntas habíamos luchado por el destino fangoso que nos acechaba y he pensado durante mucho tiempo que había pagado mi libertad con su muerte». (Pág. 387)
Decía Franz Kafka que «la literatura es siempre una expedición a la verdad». Gracias, querida Simone, gracias por decidirse a contarnos su verdad, su vida interior, su autobiografía espiritual, gracias Simone, querida Simone.



Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

jueves, 22 de junio de 2017

Dame tu corazón - Joyce Carol Oates


Título original: Give Me Your Heart
Edición: Gatopardo ediciones (1ª edición, febrero 2017)
Traducción: Patricia Antón de Vez Ayala-Duarte
Páginas:337 
ISBN: 978-84-945100-6-9
Precio:19,95
Calificación: 9/10

Desde hace años, cuando se va acercando la fecha en la que se anuncia el ganador del Premio Nobel de Literatura, el nombre de Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) aparece siempre en las apuestas. Y no es de extrañar. Lo extraño, más bien es que no lo haya ganado aún. Leyendo este libro de diez relatos publicado en 2010 y que ha sido traducido este año por Gatopardo ediciones entiendes por qué esta escritora está entre las más grandes de la literatura contemporánea. Oates es una araña, animal al que recurre con cierta frecuencia, y leer un relato suyo es como contemplar a esa araña tejer paso a paso, sin prisa pero sin pausa, una preciosa y artística red en la que nosotros, como moscas ingenuas y atolondradas, caemos.

Los protagonistas de sus relatos suelen caminar como equilibristas en la cuerda floja entre la cordura y la locura, entre el autocontrol y la explosión incontrolada. Y ahí es donde Oates demuestra su maestría: en la ausencia de miedo. Oates perdió el miedo a profundizar en el lado más oscuro de la mente humana, en la fosa más sórdida. Si leer a otros autores es como observar un armonioso paseo a nado por un hermoso lago canadiense, leer a Oates es sumergirse en una tenebrosa cueva submarina a pulmón donde no sabes qué te vas a encontrar ni cómo vas a salir... si sales. 
«Invisible tanto de día como de noche, sigo hilando la tela que brota de mis entrañas, incansable y leal... Feliz». (Pág. 27)
En el primer relato, que da título al libro, Dame tu corazón, una mujer rencorosa y obsesionada con el que fue su primer amor, le escribe una carta muchos años después reclamándole ese corazón que le fue prometido en su momento, cuando ella, una joven estudiante, se sentaba tal y como vino al mundo sobre las rodillas desnudas de un hombre mucho mayor que ella, el doctor K. Durante todos estos años no sólo no le ha olvidado sino que le ha observado de cerca sin que él lo supiera, como una araña, sigilosamente, silenciosamente. 
«En ese instante en el que empuja suavemente la puerta, ella ve todo eso, igual que el fogonazo de un único relámpago puede iluminar un paisaje nocturno de retorcida e inimaginable complejidad». (Pág. 35)
El segundo relato, Cerebro/Escindido es ese fogonazo que alumbra la cara de la protagonista de una película de terror justo antes de morir. El lector suplica mientras lo lee, «vete, sal de ahí» y a veces parece que lo va a hacer, que sí se va, pero otras ves cómo la apuñalan. Oates da saltos en el tiempo, se adelanta al pensamiento del lector y juega con nosotros de forma retorcida con una inimaginable complejidad. 
«Sonrió al pensar que, como una boa constrictor que engulle viva a su presa paralizada por el terror, su secreto envolvería al de Valerie y, con el tiempo, lo engulliría». (Pág. 52)
Como en el primer relato, aparece en El primer marido una obsesión, la de los celos. Un exitoso abogado encuentra por casualidad unas antiguas fotos de su mujer con el que fue su primer marido. Las mira, las estudia, las memoriza, regresa a ese cajón donde están guardadas una y otra vez, subrepticiamente, como una serpiente de cascabel. Pero esa serpiente va creciendo, se convierte en boa, y acaba devorándole a él. 
«Lo que haces con lo que te han repartido. En eso consiste el póquer». (Pág. 95)
Cuando lees el título del cuarto relato, Strip Poker, y descubres que la narradora es una adolescente de catorce años en bikini que se sube en la lancha de un grupo de treintañeros borrachos, te echas a temblar. Es Oates, con ella no hay final feliz... ¿o sí?
«La amnesia es un desierto de fina arena blanca, deslumbrante bajo el sol, que se extiende hasta el horizonte. La amnesia no equivale al olvido». (Pág. 119)
Asfixia es, sin duda, uno de los mejores relatos de este libro y donde Oates juega con el lector de forma descarada. No es difícil imaginármela riéndose entre diente mientras observa cómo el lector va cambiando de opinión a cada página: ¿es? ¿no es? Una aspirante a artista que se gana la vida como modelo en las Universidades de Bellas Artes comienza a tener sueños recurrentes sobre una niña de dos años muerta por asfixia. Las pesadillas se van perfilando, se vuelven más detalladas, más realistas. Se siente confundida. Hasta que un día ve un titular en el periódico sobre un caso de asesinato que se ha reabierto y las piezas comienzan a encajar en su mente. Sin embargo, cuando la policía acude a interrogar a la madre de la joven, una prestigiosa investigadora en Psicología, conocemos su versión y dudamos. ¿A quién creemos? ¿A la inestable joven ex drogadicta o a la respetable mujer?
«El sol derrama su luz en el puente, en el río, como una detonación a cámara lenta en la que, pese a que miles de personas acaban destrozadas en un feroz holocausto, nadie siente dolor alguno». (Pág. 184)

En el sexto relato, Tétanos, Oates nos muestra su extrema sensibilidad hacia uno de los grandes problemas de la actualidad: la infancia perdida. Sin compasión pero con una indulgencia Oates nos habla aquí de los niños que amenazan como tiranos a su familia, se meten en líos cada vez más graves, se rodean de malas compañías, adoptan de forma precoz roles y se sumergen en un mundo tenebroso que por su condición de niños aún nos genera más desconcierto, rabia e impotencia. El narrador de este relato, un asistente social, intenta poner un poco de luz en la vida de estos menores pero cuenta con muy pocos medios para hacerlo. El sistema jurídico y de bienestar no tiene una respuesta eficaz para estos casos más allá del castigo y él mismo está enfrentando un divorcio que le impide iluminar siquiera su propia vida.
«Lizabeta veía los estratos rocosos y las aguas relucientes que fluían revueltas y ruidosas hasta desembocar en el río, más abajo. Percibía el olor del agua, el olor del lodo. Un hedor intenso y mareante a descomposición invadió sus fosas nasales» (Pág. 226)
En El Torrente un adulto con mentalidad de niño es mandado por su madre a vivir con sus tíos. Lizabeta se resigna a acogerle en su casa y observa en un primer momento, agradecida, cómo este niño grande juega con sus hijas, las cuenta cuentos y permite ser su bufón. Pero las dudas aparecen. El niño adulto es raro. Hace cosas raras. Mira a las niñas de forma rara. Lizabeta debe proteger a sus hijas y toma una decisión impulsiva, inconsciente, como el torrente...
«¿Dónde había estado? Tenía la boca seca, terrosa. Como si hubiera dormido con la boca abierta, tan indefensa en el sueño como una niña pequeña». (Pág. 283)
En Ninguna parte nos presenta como en Strip Poker a una adolescente rodeada de veinteañeros, drogas y alcohol. Una adolescente que odia a su madre pero que lleva ese odio a un extremo casi mortal sin que ella parezca consciente de las consecuencias.
«(...) Refugiarse en sus pensamientos más secretos y prohibidos, pensamientos enfermizos, pensamientos culpables, a los que ni su madre i su padre tenían acceso. Porque hay lugares en el mundo que son como grietas secretas y recovecos en los que podemos refugiarnos, y escondernos, adonde nadie puede seguirnos». (Pág. 287)
El noveno relato, Sangría retoma esa confusión narrativa que ya mencionaba en Asfixia. Oates nos confunde. Los padres sospechan de su hijo adolescente. El lector, a párrafos se posiciona a su favor y a párrafos en su contra. El adolescente se convierte en adulto y un siniestro episodio atraviesa su vida. ¿Qué es realidad y qué es sueño? ¿Cuál es la verdad y cuál es su verdad? 
 «Muchas cosas le resultaban confusas en la oscura zona de su cerebro donde las cosas se perdían». (Pág. 319)
Décimo y último relato de este libro Vena Cava conmueve y aterroriza por igual. Un ex militar regresa a casa tras luchar en Irak. Oates critica aquí como el estado exprime a los soldados y cuando ya no les son útiles les mandan a casa con una vena cava artificial, una medalla y la cabeza llena de recuerdos que les convierten en otras personas diferentes a la que eran cuando les reclutaron. Una clara flecha directa contra el sistema que no es capaz de estar a la altura de las circunstancias.

En conclusión, dice Oates en Sangría que hay grietas adonde nadie puede seguirnos pero nos miente porque Oates sí te persigue, te persigue y se queda. Allá donde nadie se atreve a entrar ella lo hace a pecho descubierto y allá de donde todo el mundo quiere huir ella se queda a observar, diseccionar y narrar. ¡Qué grande es Oates!



martes, 20 de junio de 2017

No, mamá, no - Verity Bargate



Título original:  No Mama No
Traducción: Mireia Bofill
Edición: Rara Avis. Alba (1ª edición. Mayo 2017). 
Páginas: 174
ISBN: 978-84-9065-309-8
Precio: 16,90€
Calificación: 10/10

Mira que me lo he dicho veces: «cuidado con los libros cortitos; son los más peligrosos», pero aun así sigue sorprendiéndome la capacidad que algunas obras tienen para conmoverme, agitar el suelo por el que piso, tambalear mis estereotipos literarios. Este es uno de ellos. Hacía meses que no leía un libro (excepto Oculto Sendero de Fortún) que me embarcase con tanta pasión en la vida de su protagonista, como si pasando su brazo con fuerza sobre mi hombro me dijese, «ven, sígueme, lee atentamente, vive mi historia». Porque es un libro que se vive ya que, la honestidad con la que está escrito y el estilo tan hipnótico que despliega, le convierten en una obra sobre la que es imposible caminar sin acompasar la respiración a su ritmo. Lo cogí a ciegas cuando la lectura de la sinopsis de la contraportada me convenció para incorporarlo a mi catálogo de #MaternidadesLiterarias. Sin embargo, mis expectativas se han visto superadas y eso que, como decía, siempre suelen ser altas cuando el libro es "cortito".
«Lo que más me impresionó cuando me dieran a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada.» (Primeras líneas del libro. Pág. 13)
Sinopsis muy sencilla: una mujer, tras dar a luz a su segundo hijo cae en una terrible depresión post parto porque su deseo de ser madre de una niña no se ha visto tampoco, en esta ocasión, cumplido. ¿Sencilla? Tras leerlo no lo considerará así en absoluto, se lo aseguro. Verity Bargate, nos coloca a bocajarro en el abismo de esa depresión ya en la primera página y a partir de ella nos va deslizando cada vez más en el foso de ese abismo de forma lenta, como si estuviésemos resbalándonos con todo nuestro cuerpo por esa pendiente embarrada, a cámara lenta, sin nada a lo que agarrarnos para evitar la caída, ni una raíz, ni un pedrusco, ni un desnivel en esa cuesta. Jodie, la protagonista, una mujer que vive en el Soho, sorteando dificultades económicas porque tras ser madre ha dejado de trabajar, se obsesiona con que el motivo de su infelicidad es su imposibilidad de poder dar a una hija todo el amor que ella no recibió de su madre. Plantearse tener un tercer hijo, "intentarlo de nuevo", está descartado porque, a pesar de su supuesta locura, reconoce que su matrimonio con su esposo, David, ya está acabado. 
«Se refería a David como "su pobre marido" o "su desgraciado esposo" y habló mucho de él. Hablaba en apartados y fue abriendo cada uno de ellos con una referencia a David. (...)El primer apartado se referió a la infelicidad de David; no dijo nada de la mía.» (Encuentro de Jodie con el psiquiatra. Pág. 43)
A pesar de ello accede a visitar a un psiquiatra pero a su consulta solo acude en una ocasión. Sin embargo, la figura de este médico indiscreto y poco profesional tiene una gran relevancia en la trama pues da énfasis a una idea que aparece en varias ocasiones en el libro: cómo los hombres son capaces de aliarse entre sí para enfrentarse a la mujer incomprendida, y por supuesto, salir victoriosos. Como apunte curioso, la protagonista se refugia en la relectura de sus libros favoritos como una forma de hacer más llevadera su rutina diaria de biberones, pecho y pañales. Algunos de esos libros son Orlando, de Virginia Woolf (de hecho, a ese segundo hijo le llama así, Orlando) o En Grand Central Station me senté y lloré de Elizabeth Smart, o El fin del romance de Graham Greene, todos íntimamente relacionados con el argumento del libro. Nada se deja al azar a pesar de esa verborrea directa y bruta, ausente de pulido.
«—Hay algo que quería decirte —dije—, algo en lo que he estado pensando mucho. Esa vez que me obligaste a abortar, justo antes de casarnos. Apuesto a que habría sido una niña.» (Pág. 52)
Verity Bargate
Apenas he podido encontrar por Internet más información que la que aparece en la bio de la solapa del libro y que prácticamente se corresponde con la que hay en la Wikipedia. En un artículo leí que en la vida real ella tuvo dos hijos, los cuales quedaron tras su muerte al cuidado de su padrastro. Una reseña de Goodreads dice que Verity Bargate escribió este libro del tirón, mientras sus dos hijos tenían varicela, lo cual explicaría su estilo en bruto, apena pulido que le da ese aire tan fresco y auténtico, como si estuviésemos leyendo un diario, escrito sobre la marcha sin pararse a reflexionar demasiado sobre lo que está sucediendo más que para transcribirlo sobre el papel. ¿Es esta historia autobiográfica? No podría decirles... pero la forma en la que la cuenta es tan creíble, tan rica en detalles a pesar de su economía lingüística, que al menos lo parece.
«Opté por lavarme. David era un practicante bastante entusiasta del ritual de exaltación del pene de la noche del sábado. Seguramente millones de mujeres eran violadas en nombre del amor conyugal en todo el país las noches de sábado.» (Pág. 88. ¡No me digan que no es esta una frase para exclamar un exultante Woooooowww!)
La protagonista recuerda algunos retazos de su infancia como, por ejemplo, aquella vez que se enteró de que su madre había descrito su parto como «un viaje a las puertas de los infiernos» o esos veranos que pasaba con una familia de acogida que por más que se esforzaron en convencerla de que ella era un miembro más del núcleo se reservaban determinado momentos para ellos solos en los que ella no podía participar. Ese desapego de su madre hacia ella es lo que le ha conducido a obsesionarse de forma compulsiva con la idea de tener una hija, a fin de poder representar esa figura maternal de la que ella careció. La forma en la que algunas mujeres se aferran a la maternidad como una solución factible a sus problemas, y sobre todo, como una manera de reconciliarse con su propio pasado, transcenderse a si mismas a través de sus hijos en quienes vuelcan todas sus miserias y sus miedos, sus proyectos y sus sueños, desviviéndose por que ellos vivan la vida que ellas querrían pero no pudieron vivir, como si a través de ellos la vida les diese una segunda oportunidad para poder ser vivida, se lleva en este libro a su máximo extremo.
«Cuando hube terminado y bajó los ojos para mirarse y después contemplo a Orlando, me miró perplejo, casi con miedo, y protestó:—No, mamá; mamá, no.—Sí, Mathew; Mathew, sí». (Pág. 114)
En conclusión, No, mamá, no, va mucho más allá del tratamiento de una depresión postparto pues trata temas tan vitales como la forma de vivir la maternidad, la soledad, las expectativas, la relación de pareja, la amistad entre mujeres, el vacío existencial que se rellena con sueños imposibles, la traición más terrible, la unión de los hombres contra las mujeres. El giro que da la novela cuando inesperadamente aparece una antigua amiga a la que daba por perdida y su desenlace, la convierte en una de esas obras-joyitas inolvidables que a pesar de haber pasado desapercibida durante tantos años, por fin se ha podido editar. Para leer, releer, comentar con amigas y profundizar, No, mamá, no me ha hecho exclamar un Sí, Verity, sí. 

jueves, 15 de junio de 2017

La acústica de los iglús - Almudena Sánchez




Edición: Caballo de Troya (4ª ed. noviembre 2016)
Páginas: 155
ISBN: 978-84-15451-73-0
Precio: 13,90€
Calificación: 9/10

Abrir La acústica de los iglús y encontrarme con esta sentencia de mi Naty (Natalia Ginzburg, para quienes sean nuevos por aquí): «Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca» —perteneciente a su ensayo El Hijo del Hombre, recogido a su vez en ese librito que es una joyita, llamado Las Pequeñas Virtudes— es, como mínimo, una premonición de que algo bonito está ahí esperándome. Pero si Almudena ya me ganó con este epígrafe, lo que venía después no decepciona en absoluto. Si el otro día les comentaba que el cuento en nuestro país está viviendo una etapa dorada y ponía como ejemplo a Almu Ballester y sus Normas de inseguridad, hoy les hablo de esta #joyita. Diez relatos, narrados con una prosa lírica, cargada de simbolismo y de potentes imágenes, que tienen como punto en común el dolor de sus personajes. El iglú como símbolo de la tristeza, de la soledad, del desamparo, del dolor. ¿Tienen sonido estos sentimientos? Pues sí, sí los tienen y las imágenes sinestésicas que contienen estos cuentos son una buena muestra de ello. El dramatismo de las situaciones, narradas en un estilo existencialista e íntimo que tiene ecos de la maravillosa Clarice Lispector, se rompe con sutiles toques de humor que enternece, contribuyendo a que los sentimientos del lector afloren.
«Las cicatrices también caminan, quiero decir, van con las personas, se mueven». (Pág. 19)
Almudena Sánchez. Foto: eñe. Revista para leer.
Diez relatos. Diez cuentos. Diez poscuentos. Todos con historias diferentes pero con puntos en común que unas veces son caricias y otras puñetazos: el aislamiento, la soledad, la incomprensión, la desesperación, incluso. El dolor como etapa necesaria y enriquecedora del ser humano con un punto de optimismo y alegría por la vida que les da un toque tierno e ingenuo. Leerlos es un acto de deleite. Un sumergirse en esas atmósferas oníricas llenas de símbolos y de imágenes que se graban a fuego. Un crucero, un viaje por el espacio, una estancia en un hotel, un paseo por el zoo... La acústica de los iglús te reconcilia con el (buen) gusto por lo estético y lo impecable, lo delicado, lo sutil. No hay grandes giros, tampoco explosiones ni impactos contra árboles pero sí hay sensaciones sinestésicas que permanecen en tu memoria incluso algún tiempo después de haber leído el libro. Una delicia. 

El dolor que conlleva la enfermedad y que camina de la mano de cicatrices y de soledad se trata de forma muy figurativa en La Señora Smaig... ¿Cómo olvidar a esa Señora Smaig que carga dos bolsas de maíz: una para dar de comer a los animales del zoo y otra para rellenar los desperfectos que el paso del tiempo ha causado en los troncos de los árboles
«Le advertimos que estábamos desaparecidos y camuflados en la negrura de la noche. Pero insistió en que no nos moviéramos de alli, que esos lugares inhabitados se encuentran enseguida». (Pág. 40)
El dolor de unos hijos que, aislados del mundo, comprueban impotentes cómo su madre les conduce sin rumbo en una desvencijada furgoneta después de que a su padre "se lo tragaran las arenas movedizas", se cuida en El frío a través de los engranajes, donde Almudena nos introduce en un paisaje onírico, desolado y deprimente. El nombre del hijo es Percival, sí, el de la leyenda del Rey Arturo que, a pesar de la burbuja en la que vive con su madre en un bosque, decide ser caballero tras ver pasar a unos hombres del rey; pero este Percival decide ser ciclista después de que un pelotón les adelantase. Fantástico este guiño.
«Deseo que me manden al lugar más recóndito del universo. Las estrellas y yo. Un territorio donde no me pueda reconocer a mí misma (...)» (Pág. 46)
El dolor tras el abandono de tu pareja sumado al desempleo inesperado que te aleja de una rutina en la que refugiarte se trata de forma excepcional en Apuntes desde la bóveda celeste, otro de mis favoritos. ¿Qué quieres hacer cuando algo así sucede en tu vida? Pues probablemente, si te sientes tan deprimida, desorientada y desanimada como la protagonista, lo que querrás es desaparecer un tiempo para recuperar fuerzas. Pues eso hace Almudena en este relato. Coloca a la chica en una nave espacial, aislada del mundo, con la misión es recoger basura espacial. Un cuento maravilloso. Toda una metáfora sobre la profunda soledad existencial que se sufre cuando te sientes incomprendida, infravalorada, subestimada...
«Cada persona necesita unos días de locura, de escape, por lo menos uno en su vida. Nosotros necesitamos ciento veinticinco noches». (Pág. 62)
El dolor que el divorcio ocasiona en los hijos, en este caso en una hija que durante la estancia en un hotel observa, igual que los niños de El frío a través de los engranajes, cómo el matrimonio entre sus padres muere al mismo tiempo que su hermano nace, invade El nadador del Hotel Minerva, que hace alusión a esa figura con la que se obsesiona la protagonista de un nadador ciego que da vueltas en una piscina sin escalerilla día y noche, noche y día. Una imagen que puede resultar bizarra, absurda, pero de un gran contenido metafísico. ¿Quién no se ha sentido alguna vez así? 
«A algunos artistas debe pasarles algo similar: se levantan y notan que llevan el arte incrustado». (Pág. 74)
El dolor del primer desengaño amoroso, la iniciación sexual, narrada a través de la música, de la acústica de los pianos, de la acústica de los celos profesionales también, en El arte incrustado; el dolor de las frustraciones y los sueños incumplidos en el futurista Eclipse; el dolor que nos ocasionan nuestras limitaciones, nuestros prejuicios, nuestras restricciones, bien impuestas, bien autoimpuestas de Compostura: la línea imaginaria, una línea que paradójicamente es muy real; el dolor por no poder ser nosotros mismos, por necesitar disfrazarnos, mostrar aquello que más gusta para lograr la aceptación y el cariño de los demás, aparece a bordo de un crucero en El triunfo humano; y, por último, dos relatos cortitos, donde Cualquier cosa viva es un esqueleto y la Introducción al relámpago es la toma de conciencia de un sentimiento de inutilidad y de futilidad de nuestra existencia. 

En conclusión, diez relatos en los que Almudena explora el postcuento a fondo, huyendo de la clásica estructura de inicio-nudo-desenlace (que sin embargo, en algunos aún aparece de forma sutil como elemento necesario para hilar la trama subyacente) y colocando a los personajes ya inmersos en el conflicto. Muchas veces no sabemos cómo han llegado ahí, otras lo intuimos siguiendo las miguitas de pan que Almudena nos va dejando a través de nombres, objetos, ambientes. Pero esa fractura con el tradicional cuento lejos de quitarle prestigio le da una frescura, tanto en su estructura como en su forma, con la que la autora se siente cómoda. Y eso se nota. Sus cuentos, especialmente los primeros, me han parecido tan redondos, tan logrados, funcionan tan bien que espero con muchas ganas su siguiente publicación. Almudena recurre a su imaginación desbordante para tratar temas universales a través de situaciones tremendamente originales, novedosas y, a veces, absurdas. Tiene tan claro lo que quiere contar en cada uno de sus relatos que consigue embarcarnos en su nave y mecernos al ritmo su canto. Esos caminos, que parece que no conducen a ninguna lado pero que siempre llegan a un destino, forman parte del sello personal que la autora graba en cada uno de los relatos con una banda sonora única de fondo. ¿Qué no sabéis cómo es la acústica de los iglús? Pues echadle un vistazo a este libro.

lunes, 12 de junio de 2017

Las pequeñas virtudes - Natalia Ginzburg



Título original: Le piccole virtú [Incluído en el libro Las pequeñas virtudes]
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto
Páginas:145-164
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10
«Esta es, quizá, la única posibilidad que tenemos de resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación, tener nosotros mismos una vocación, conocerla, amarla y ervirla con pasión, porque el amor a la vida genera amor a la vida.» (Pág. 164)
Podría contaros muchas cosas de este ensayo en el que Natalia habla de la educación y la crianza de los hijos. Podría deciros que tendría que ser lectura obligatoria no sólo para madres y padres sino también para hijos e hijas porque lo más importante de este texto no es la visión de Natalia sobre la maternidad sino la lección de vida que, una vez más, da en ella. Podría deciros que este texto lo han tratado pedagogos, educadores, padres, madres, críticos de todo tipo. Podría deciros que habrá cosas con las que podéis estar más o menos de acuerdo, aspectos que reconoceréis en la forma en la que vuestros padres os han criado, otros que por el contrario os resulten ajenos, pero todos os servirán para comparar los valores que estáis transmitir a los que tenéis hijos, e incluso vuestros propios valores, con aquellos que ella intentó inculcar a los suyos propios.
«Lo que debemos realmente apreciar en la educación es que a nuestros hijos no les falte nunca el amor a la vida.» (Pág. 160)
Podría contaros que Natalia escribe este ensayo, que da título así mismo a su recopilación, en 1960, época en la que los tres hijos nacidos de su matrimonio con Leone Ginzburg, Carlo, Andrea y Alessandra son ya estudiantes universitarios mientras que su hija Susanna  tiene seis años y ha conseguido sobrevivir a una enfermedad congénita y su hijo pequeño, Antonio, acaba de fallecer (ambos nacidos de su segundo matrimonio con Gabriele Baldini). Podría deciros que Natalia rechaza de pleno que los padres proyecten en sus hijos los fracasos propios y las frustraciones. Es una firme defensora de la libertad y de la responsabilidad de los actos propios y, como tal, considera que los padres no deben resolver los problemas de sus hijos sino liberarles de la culpa y enseñarles a asumir las consecuencias de sus actos por sí mismos. Podría deciros que en la polémica tan de actualidad sobre deberes sí o deberes no, Natalia opta porque sea el propio hijo el que decida, y que en ningún caso deben ser los padres los responsables de sentarse con ellos, explicarles las lecciones, responderles las preguntas, pues para eso ya están los profesores y deberán responder ante ellos de sus decisiones. Podría deciros que respecto a la polémica, también actual, sobre si los padres deben respaldar a sus hijos en sus conflictos con el profesorado, Natalia, en la tónica de su libertad responsable, responde un rotundo no. La escuela es la antesala del mundo real, el primer espacio en el que los hijos deben aprender a defenderse, a valerse por sí mismos, demostrar su propia valía, esbozar argumentos de defensa y tomar las medidas por sí mismos para mejorar su rendimiento.
«Ni demasiado pronto ni demasiado tarde: el secreto de la educación radica en adivinar el momento exacto.» (Pág. 152)
Podría deciros, por tanto, que Natalia considera que la madre y el padre deben ser acompañantes en la sombra, siempre ahí, para consolar al que llora, escuchar al que se considera víctima de una injusticia, pero no actores de una obra en la que los actores principales deben siempre ser los hijos. Los padres/madres-trampolín, los padres/madres que observan, apoyan, y sobre todo, estimulan a sus hijos a luchar por su vocación. Una vocación que debe consistir no en un éxito económico sino en algo más íntimo, más profundo, más pleno y personal. Y la mejor manera de poder convertirse en esos padres/madres-trampolín de vocaciones es cuidando ellos mismos sus propias vocaciones, no dejándolas de lado por el mero hecho de tener hijos a cargo, seguir teniendo su espacio propio, su lucha propia, como seres individuales. De esta manera, quizás, haya alguna probabilidad de que los hijos también luchen por sus sueños...
«Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que en señarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro». (Pág. 145)
Podría contaros que este ensayito me ha resultado mucho más útil que largos y tediosos libros sobre crianza, apego, cerebro del niño, técnicas cognitivas, métodos educativos. Podría deciros todo eso y mucho más pero como siempre mi mejor consejo es que lean ustedes mismos este pequeño pero hermosísimo ensayo y saquen sus propias conclusiones, sus propias lecciones.



Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

viernes, 9 de junio de 2017

La mano izquierda de Peter Pan - Silvia Herreros de Tejada


Edición: Espasa. 2017.
Páginas: 471
ISBN: 978-84-670-4915-2
Precio: 19,90€
Calificación: 7/10

Lo que más me ha gustado: la autora es experta no solo en el personaje de Peter Pan sino también en su época y en su autor cuyo nombre desconocía hasta ahora: J.M.Barrie. La pasión y la profunda investigación que ha llevado a cabo sobre el tema se transmite en cada una de sus líneas. Así mismo, tiene un estilo fresco, directo y dinámico que provoca que te enganche en la trama desde las primeras páginas.

Lo que menos me ha gustado: el final. No, no se preocupen, no voy a contárselo ni a hacer ningún tipo de spoiler. Simplemente comentar que me esperaba algo más... ¿cómo decirlo? transgresor, o reivindicativo.
«Peter Pan encanta el deseo reprimido de la mujer pro individualizarse dentro de una sociedad que constriñe el potencial femenino —explico—. Un deseo que intenta florecer a lo largo del siglo XX en la literatura escrita por mujeres.» (Pág. 31)
J.M.Barrie. 
Peter Pan. Ese personaje mítico que todos conocemos en mayor o menor medida gracias a la "magia de Disney", quien logró universalizar el personaje de tal manera que lo hizo suyo. Pero, ¿quién creo a Peter Pan? ¿Qué historia hay detrás de él? ¿Hubo algo después de Peter Pan? David y Moira son dos profesores (el primero, madrileño, la segunda, californiana) que coinciden en la Universidad de Yale compitiendo para conseguir una plaza en el congreso conmemorativo de los 150 años del nacimiento del escritor que se celebrará en Edimburgo, su ciudad natal. Investigando la obra de Barrie, Moira descubre que después de escribir Peter Pan, sus escritos cambian de estilo, se vuelven sombríos y oscuros. Es como si Peter Pan hubiera sido escrita por la mano derecha de Barrie, luminosa y creativa, mientras que el resto de su obra, de una calidad incluso superior, lo hubiera sido por su mano izquierda, tenebrosa y profunda. ¿Qué ocasiono ese cambio tan brusco? ¿Quién está detrás de esa mano izquierda? 
«Lady Cynthia Asquith se convirtió en secretaria de J.M. Barrie en 1918. Prolífico autor hasta este momento, desde entonces, él apenas consiguió sacar adelante ninguna obra. Quizá se debió a que en l191 se "agotó" su mano derecha y se vio obligado a escribir con la izquierda, según all  poseedora de "pensamientos mucho más siniestros".» (Pág. 238)
David, claro está, viene a ser el equivalente moderno a ese Peter Pan que se niega a crecer. Mentiroso, manipulador, egoísta y soñador, necesita constantemente recibir la atención de los que le rodean y ser reconocido como un hombre exitoso, haciendo cuanto sea necesario para conseguirlo. Moira, por otro lado, sería el alter ego de Wendy, una niña que soñaba con que Peter Pan la rescatara pero que al no suceder eso nunca vive desencantada de ese mito. Su empeño, de cara al congreso, es demostrar que detrás de la figura de Barrie existió una mujer cuya influencia en su obra fue más allá del mero apoyo personal. Esa mujer se llamaba Cynthia Asquith.
«"Me siento tan inconstante... Soy una persona distinta según con quién esté y nadie en absoluto cuando estoy sola" dice Miranda en La casa de la primavera [una de las obra más conocidas de Cynthia Asquith]». (Pág. 404)
Silvia Herreros monta un coro a tres voces para contar la historia, alternándolas entre sí de forma ágil y original y dando aún más dinamismo a la redacción mediante la introducción de extractos del testamento de Barrie, cartas entre él y Cynthia, el test de Peter Pan, programa del congreso... La voz de David está contada mediante un narrador omnisciente que le presenta como un personaje un poco patético e inmaduro que se intercambia constantemente mensajes con su madre. La voces de Moira y la de Cynthia, sin embargo, están expresadas en forma de entradas en sus diarios respectivos. Tres personajes muy diferentes entre sí pero que dan lugar a un juego de espejos muy inteligente e interesante. La competitividad entre Moira y David serían un reflejo de la que existió en su día entre Cynthia y Barrie. Moira podría ser un espejo de Cynthia en ese carácter un poco volátil que lucha por unas ideas que no tienen claras y que, al final, a pesar de sus esfuerzos, se dejan seducir por ese espíritu del niño que nunca quiso crecer, convirtiéndose ellas en uno. David, espejo de Barrie, sorprendentemente se desmarca y rompe el mito. 
«Cynthia era tremendamente ambiciosa: quería actuar, escribir, codearse con la crème de la crème de la intelectualidad (...) Una mujer, sin duda, poseedora de innumerables matices, cuyo estudio en profundidad puede decirnos muchos no solo sobre Barrie, sino también sobre la situación de las mujeres a principios del siglo XX.» (Pág. 54)
Cynthia Asquith
David-Barrie, David-Moira, David-Cynthia, Moira-Cynthia, Cynthia-Peter Pan, Capitán Garfio- David... Las combinaciones de espejos, alter egos, de "el otro", el doble, son numerosas. Espíritus apasionados, competitivos y complejos pueblan esta novela en la que todo está relacionado y durante la cual, como si de una trama detectivesca se tratara, el lector avanza en la investigación sobre el fascinante personaje de Cynthia Asquith, una mujer más joven que Barnie cuyo sueños de ser actriz y escritora se ven supeditados a una amistad de dependencia con el famoso escritor. El personaje de Cynthia es muy complejo. Perteneciente a una de las clases más influyentes de la Inglaterra de su época, su estatus desciende al contraer matrimonio con un hombre que se arruina económicamente. Ella sigue adelante, intentando mantener su prestigio, y luchando también por cómo compaginar sus deberes como madre y esposa con sus propias aspiraciones. La forma de llevar hacia delante estas aspiraciones es, sin embargo, caótica, reflejo de todas las dudas sobre la identidad femenina que flotaban en esa época (¿siguen hoy flotando?) mostrando una pasión desbordante en algunas situaciones y una frialdad hiriente y cruel en otras. Así, por ejemplo, el desapego que siente hacia su primer hijo, John, a quien ve como un obstáculo en su vida del que se deshace en cuanto puede, contrasta brutalmente con la lealtad infinita hacia el posesivo Barnie. Es por ello que la admiración que se puede sentir hacia esta mujer bella y culta se ve contrarrestada con una difícil identificación hacia ella.
«¿A cuento de qué venía Cynthia Asquith a estas alturas, si no era más que una mediocre aspirante a escritora apenas presente en las biografías de Barrie? Seguro que Rob Walter le había dado la esa a esta tipa por el rollo feminista de la escritora ninguneada. Las pobres mujeres de la era postvictoriana.» (Pág. 23)
Lo mismo sucede con Moira. Una mujer actual que sigue los pasos de Cynthia intentando reivindicar su figura y, en general, la de esas mujeres silenciadas por la historia e incluso por su momento presente por vivir a la sombra de un hombre que les cubría y sobrepasaba pero que, curiosamente, se convierte en una de ellas. ¿Por qué? Me pregunto una y otra vez. ¿Por qué permitir que la historia se repita y no romper con esos estereotipos? 
«Reparé en una estantería con un carmelita en el que ponía "autoayuda para hombres" y al lado otra, con el equivalente para mujeres. En la primera, los volúmenes versaban sobre el éxito en el trabajo, la superación´n de los obstáculos laborales, sacar a La Luz la potencia masculina (...) En la parte femenina, sin embargo, los libres tenían que ver —cómo no— con romanticismo, buscar novio, ligar por Internet...» (Pág. 109)
Silvia Herreros de Tejada
En conclusión, un libro muy ameno y entretenido así como instructivo, en el que nos sumergimos en la historia y la metahistoria de Peter Pan contadas a modo de bioficción. El uso de diferentes recursos y distintas voces así como su lenguaje actual y coloquial nos hace sentirnos como espectadores de primera fila de la misma. Silvia Herreros lleva al lector de la mano de su pasión por Peter Pan con gran elegancia y soltura, por lo que merece la pena seguirle la pista a esta escritora que, por cierto, también participa en los monográficos literarios de Carne Cruda (Radio 3). Quizás sea por esto que la música también forma parte importante de la historia de David y Moira pues podríamos hacer una lista de reproducción en Spotify muy interesante con los temas que salen en la novela. Leyéndola me ha recordado a cuando de pequeña, en el colegio de monjas, la señorita Ana golpeaba mi mano izquierda cada vez que me veía escribir con ella y me gritaba con su voz estridente: «¡la mano izquierda es la del demonio!» Un libro de los que te atrapan y que te hace recordar la importancia de esa mano izquierda tan olvidada y silenciada...


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