lunes, 24 de julio de 2017

En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart


Título original: By Grand Central Station I Sat Down and Wept.
Edición: Periférica (Diciembre 2009)
Traducción: Laura Freixas
Páginas: 155
ISBN: 978-94-92865-00-0
Precio: 17,50€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: Se percibe, por la gran sensibilidad de Elizabeth, que gran parte de la novela ya estaba escrita antes de que conociese a Barker pues su búsqueda del amor, su intensidad emocional y sexual, su espejismo poético, sus instintos puros, son emociones galvanizadas que la movieron a sentir algo extraordinario.

Lo que menos me ha gustado: Esa visión del amor como un todo que aísla a la amante del mundo (la Segunda Guerra Mundial, cuyo eco resuena en la novela, queda relegada a un segundo plano por esa pasión que desborda), que le da vida y se la quita (y que me recuerda en ocasiones a Sylvia Plath) y que otorga identidad y único sentido. No es un amor, el de Smart en esta novela, que complemente, sino un amor obsesivo, sumiso, que anula y que absorbe. De hecho, cuando Angela Carter lo reseñó para The Guardian confesó que no deseaba que ninguna hija suya se encontrase en la situación de llegar a escribir un libro como este, por muy exquisita que fuese la prosa que se encontrase en ella.
«Nunca antes había yo estado enamorada de la muerte, ni agradecida a las rocas por prometerme una muerte segura. (...) Pues no hay belleza en negar el amor, excepto quizá a través de la muerte, y hacia el amor ¿existe algún camino?» (Pág. 24)
Abro el libro al azar y me encuentro frases como estas: «Nuestro beso fue un torrente que hizo un canal alrededor del mundo: de él paró el amor, igual que un refugiado en el último barco» (Pág. 35); «Estoy ciega, mas fue la sangre, no el amor, lo que cegó mis ojos.» (Pág. 33); «El día engaña, pero de noche, nadie está a salvo de alucinaciones» (Pág. 14). Da igual qué página se abra, como una dama de noche, en todas y cada una de ellas encontramos una cita llena de belleza, a veces inundada por el amor, a veces desbordada por el tormento. La escritura de Elisabeth Smart, quien escribió este libro cuando se encontraba embarazada de su primera hija, Georgina, vomita todas las emociones que ella comenzó a sentir al conocer a George Barker, un amor que desplazó a un lado a los millones de habitantes de la tierra y convirtió nuestro planeta en un espacio aislado en el que solo existían ella, George... y la mujer de George.
«¿Cómo puedo hablarle? ¿Cómo reconfortarla? ¿Acaso puedo justificarme ante ella, más de lo que me justifico ante las flores que aplasto con el pie cuando camino por el campo? Y él, solícito, se inclina sobre ella.» (Pág. 22)
Elizabeth Smart
Pero para entender mejor esta obra lírica, puesto que no se trata de una narración al uso con descripciones y explicaciones sino, como decía antes, un vómito de emociones, es necesario conocer antes un poco de la vida de esta mujer que ha pasado a la historia de la literatura por este libro que Angela Carter definió como la historia de una «Madame Bovary fulminada por un rayo». Elisabeth Smart nace en 1913 en el seno de una familia acomodada de Ottawa (Canadá). Ya desde pequeña muestra una sensibilidad notable por cuanto le rodea, quizás motivada por el carácter frío y estricto de un padre abogado y la absorbente relación con su madre, una mujer de "Apegos feroces" (que diría Vivían Gornick) que la rodeaba con unos brazos exultantes que ella misma califica de ¨garras». En 1937 comienza a trabajar como secretaria de Margaret Watt, Presidenta de Associated Country Women of the World y con ella viaja por distintos países. En Londres, al entrar en la librería Better Books en Charing Cross Rd., descubre un libro del poeta inglés George Barker y es ahí cuando se enamora no sólo de su obra sino del hombre que la escribe. 
«Bajo la cascada me sorprendió bañándome y me dio algo que no pude rehusar, como no puede la tierra rechazar la lluvia. Luego me besó y se fue a su cabaña.» (Pág. 22)
A través del escritor británico Lawrence Durrell comienza a mantener una relación epistolar con Barker y en 1940 accede a pagar el billete de avión para él y su mujer, Jennifer, a fin de que ante la amenaza de la Segunda Guerra Mundial logren salir de Japón (donde él trabajaba como profesor) con destino a California. Es aquí, en este punto, en esta espera de Elisabeth en la estación de tren, donde comienza esta novela:
«Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo.» (Primeras líneas. Pág. 11)
George Barker
La atracción entre ellos es inmediata y pocos días después comienzan una relación intermitente y tormentosa que durará dieciocho años. La presencia de la mujer, de quien Barker se negará a divorciarse alegando que sus creencias católicas se lo impiden, rodea a Elizabeth de remordimientos. Cuanto más placer siente por esa relación apasionada, mayor es el dolor que le asola imaginando el sufrimiento de Jennifer. Pero ese dolor se verá agravado por un motivo que a ella le toca personalmente: el rechazo social a su relación. En la frontera de Arizona los dos amantes son detenidos por su relación pecaminosa. Esa detención refleja claramente el doble rasero moralizante: mientras que él, el adúltero, es dejado en libertad, ya que todos los americanos son castos «por ley», ella, la mujer que se aparta del buen camino, la que provoca, la que rompe matrimonios, es tratada como una delincuente y devuelta a Canadá. Esa doble moral que Elisabeth sufrirá como la espada de Democles durante toda la relación, se convierte en algo tangible en boca de esos policías, de esos hombres y de esas mujeres, que la juzgan, criminalizan y humillan. 
«Se me acusa de silencio y de amor.

La matrona dice: Deme esa pulsera, no están permitidas las joyas. (El amado mío...) Démela inmediatamente. Y el anillo. (El amado mío...) Y el bolso. ¿Todo este maquillaje lleva aquí dentro? ¡Pero qué barbaridad! ¡Barra de labios! ¡Perfume! No me extraña que esté donde está. (Aliviadme con flores y con manzanas, dadme algún contento). » (Pág. 53)
Grand Central Station (New York)
De ahí que las referencias bíblicas a lo largo del libro sean constantes, así como ha personajes de las tragedias griegas y latinas clásicas, o a personajes melodramáticos de Shakespeare. Elizabeth ha roto la voluntad divina, se ha apartado del buen camino que una mujer decente ha de seguir, ha desobedecido los imperativos sociales, y lo que es "aun peor", no esconde su amor. Embarazada de Georgina, su primera hija, regresa a EEUU tras un enfrentamiento con sus padres, y en Nueva York, en Grand Central Station, con veintitrés años, se sienta a llorar al regresar de uno de sus encuentros furtivos con Barker. 
«Dicen: A medida que nos hacemos mayores aceptamos la resignación.
Pero cómo entran en ella: tambaleándose, humillados, ciegos. Y para ese pecado, el pecado de bajar la cabeza ante la resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención.» (Pág. 127)
De esa relación con altibajos nacerían cuatro hijos de los quince que Barker tuvo a lo largo de su vida con cuatro mujeres. A ninguna de ellas las dejó expresamente, pues tal y como relatan sus hijos, él se limitaba a irse y luego a regresar cuando mejor le convenía, confiando siempre que ellas estarían esperándole. En la entrada de su diario del 3 de febrero de 1976, Elizabeth escribiría: «Love. Children. Earning a living. Friends. Drinking. Pushed too far, to do too much. Silent years». Elizabeth fue silenciada por la tarea de sacar adelante ella sola a sus cuatro hijos y no fue hasta que estos crecieron y ella tuvo su dinero propio (Virginia Woolf, como siempre, demostró tener razón con su cuarto propio y sus quinientas libras al año) cuando retomó su voz para escribir. En 1980 la sombra de Elizabeth eclipsaba a la de Barker y, al coincidir ambos en una conferencia literaria, éste llegó a decir de esta novela que era un folletín propio de una revista femenina y que él no era ese hombre al que ella se refería. Los celos profesionales de Barker no han impedido que a día de hoy Elizabeth haya conseguido que su obra perdure y emocione más que nunca. 

viernes, 14 de julio de 2017

Natalia Ginzburg - Una biografía


Natalia Levi tuvo una vida intensa marcada por el fascismo de Mussolini y la Segunda Guerra Mundial. Nace en Palermo el 14 de Julio de 1916, en el seno de una familia de clase media, atea y fuertem,ente comprometida política y socialmente con las ideas antifascistas. Su padre, Giuseppe Levi, judío triestino, es profesor universitario de anatomía comparada. Su madre, Lidia Tanzi, milanesa, es hija de Carlo Tanzi, abogado socialista amigo de Turati (uno de los fundadores del partido socialista italiano en 1892). Con tres años, en 1919, la familia se traslada a Turín a donde su padre fue trasladado. Pasó allí gran parte de su infancia y juventud, matriculándose en el instituto Vittorio Alffieri en 1927 y recibiendo una educación laica. No fue, sin embargo, una buena estudiante ya que centraba su talento y su esfuerzo en escribir poesía.

Es la menor de cinco hermanos: Gino (1901, quién se convertiría en consultor industrial), Paola (1902, quien se casará con el empresario Adriano Olivetti), Mario (1905, trabajador en la Unesco) y Alberto (1909, médico). Su infancia la definiría como feliz pero solitaria. Su madre estaba mas unida a su hermana Paola que a ella porque Natalia no le “daba cordel” mientras que Paola sí. Era una niña callada, muy observadora, que se sentía frustrada porque de su casa entraba y salía constantemente gente, gente que hablaba, discutía, contaba historias, mientras que a ella sus hermanos la interrumpían constantemente por ser la pequeña. 

Leone Ginzburg (2), activista intelectual y político antifascista, entra en el círculo de Natalia al compartir con los hermanos y el padre de ésta la lucha contra el régimen de Mussolini. El 11 de marzo de 1934 se inicia el “Caso Ponte Tresa” al ser detenido en este lugar, frontera entre Italia y Suiza, su hermano Mario Levi, por posesión de propaganda y literatura antifascista, que pretendía introducir en Italia. Sin embargo, Mario logra huir en una escena casi de película: sale corriendo de sus captores y tirándose al río lo atraviesa hasta llegar a la orilla suiza, donde se refugia. Como consecuencia de este hecho son detenidas en Turín un grupo de personas relacionadas con Mario, entre ellos, su hermano Alberto, su padre Giuseppe y el propio Leone Ginzburg.  

Durante el tiempo que estuvo encarcelado Leone en la cárcel de Civitavecchia (Roma), él y Natalia comienzan a escribirse cartas. Leone sale en libertad al ser su pena descontada en dos años por una amnistía y regresa a Turín.

El 12 de febrero de 1938 contraen matrimonio y Natalia comienza a relacionarse con los intelectuales antifascistas turineses (Italo Calvino, Cesare Pavese...) y a colaborar en la editorial Einaudi fundada por su marido junto a Giulio Einaudi, empezando a traducir En busca del tiempo perdido de Proust. Como consecuencia de la ley racial promulgada por el gobierno de Mussolini, Leone pierde su nacionalidad italiana y en 1940 es condenado al confinamiento en Pizzoli, (pequeño pueblo de la provincia del Águila, situado en la zona de Los Abruzos en el sudeste de Italia) al ser considerado como “persona peligrosa para la seguridad del Estado”.

El matrimonio tiene tres hijos:
1. Carlo Ginzburg, nacido en Turín el 15 de abril de 1939. (3)
2. Andrea Ginzburg, nacido en Turín el 9 de abril de 1940. (4)
3. Alessandra Ginzburg, nacida en Pizzoli, durante el confinamiento, el 20 de abril de 1943. (5)
Entre septiembre y noviembre de 1941 Natalia escribe su primera novela, La strada che va in cittá (El camino que va a la ciudad, Bassarai, 1997, actualmente descatalogada) que publica en la editorial Einaudi en 1942 con el pseudónimo de Alessandra Tornimparte y que reeditará en 1945 con su firma definitiva, Natalia Ginzburg. Natalia tuvo que recurrir al uso del pseudónimo porque al ser judía por la rama paterna se le aplicaba la prohibición existente durante el fascismo de que los judíos pudiesen publicar cualquier tipo de obra literaria, científica o artística. La elección de este pseudónimo viene de Sassa Tornimparte, una región cercana a Pizzoli. El nombre de Alessandra se lo pondrá después a su tercera hija.
 
El 25 de Julio de 1943 cae el régimen de Mussolini tras la invasión de Sicilia por los aliados y el 5 de agosto Leone regresa a Roma creyendo que el país sería en breve liberado por los aliados. Natalia permanece en Los Abruzos con sus tres hijos pero tras la ocupación por los militares nazis alemanes de Italia decide reencontrarse con Leone en Roma. Para conseguirlo cuenta con la ayuda de la propietaria del único hotel de Pizzoli, de la que Natalia dirá posteriormente que era una de las mejores personas que ha conocido en su vida. Esta mujer logró engañar a los nazis diciéndoles que Natalia y sus hijos eran refugiados fascistas que habían perdido su documentación. De esta manera, Natalia consigue montar con sus hijos en un camión alemán que se dirigía a Roma y así reunirse allí toda la familia el día 1 de noviembre de 1943. Sin embargo, la felicidad por el reencuentro dura poco. Veinte días después, el 20 de noviembre, su marido Leone es detenido en la imprenta clandestina de la vía Basento, de donde salía la publicación antifascista “L´Italia libera”. Llevado a la prisión Regina Coeli de Roma, es identificado como judío y transferido al sector alemán. Torturado por la GESTAPO, fallece la noche del 4 al 5 de febrero de 1944. Tras su arresto ni Natalia ni sus hijos pudieron verlo de nuevo.

Fallecido Leone, Natalia envía a sus hijos a la Toscana, donde sus padres se habían refugiado, y ella permanece en Roma, escondiéndose en el convento de las ursulinas en la vía Nomentana. Posteriormente se refugia en Florencia en la casa de su tía materna Drusilla. Le ayuda en la fuga su cuñado Adriano Olivetti. En octubre de 1944 regresa a Roma, sola, y se va a vivir con su amiga Angela Zucconi. Natalia se sume en una profunda depresión, en un período sumamente oscuro en el que fantasea incluso con el suicidio. "No estaba segura de sí quería dormir durante mucho tiempoo morir", llegó a escribir en esa época. Recuerda su estancia en Pizzoli en el relato “Invierno en los Abruzos” (Inverno en Abruzzo) y escribe en homenaje a su marido uno de sus escasos poemas: “Memoria” publicado en la revista Mercurio y donde por primera vez firma con su nombre real. Por ese motivo, convencida por Angela, comenzó una terapia, que interrumpió al poco tiempo de empezar, con el prestigio psicoanalista Ernst Bernhard.

Comienza a colaborar con la sucursal romana de la editorial Einaudi, situada en la vía Claudio Monteverdi 18, y que dirige Carlo Muscetta, íntimo amigo de Leone y uno de los últimos que le vio vivo en Regina Coeli. Ginzburg está preocupada por considerar que no posee competencias específicas en el ámbito editorial, que no conoce ningún idioma extranjero, salvo el francés y que no sabe escribir a máquina. En otoño de 1945, cuando se siente segura, se reúne con sus hijos y sus padres en Turín, conviviendo con ellos desde ese momento en su casa de la vía Morgari. En medio de ese desconsuelo publica en 1947 É stato cosi (Y eso fue lo que pasó. Acantilado, 2016), un libro oscuro y duro en el que el dolor por la tortuosa muerte de Leone impregna toda la obra. Lo dedica “a Leone”.

Junto con Pavese, Balbo y Mila trabajará en la sucursal de Einaudi en Turín. Uno de los descubrimientos de Natalia será la prestigiosa escritora, considerada una de las voces de la literatura italiana del s.XX, Elsa Morante. La editorial Lumen en su edición de la que se considera su gran obra, Mentira y Sortilegio (1ª edición: junio 2012), incluye un prólogo escrito por la propia Natalia Ginzburg en diciembre de 1985 (6)

En 1947, convencida por Balbo, se afilia al Partido Comunista Italiano. Lo abandonará en 1952 de forma silenciosa, desencantada con la deriva que el comunismo está adoptando.

En 1948, durante el verano y el otoño, mantiene una relación clandestina con Salvatore Quasimodo, poeta y periodista (que recibiría el Premio Nobel en 1958) con quien coincide en Polonia en el Congreso Mundial de Intelectuales por La Paz y que en ese momento ya estaba comprometido con Maria Cumani, con quien contraería matrimonio.

En 1949, durante el Congreso del Pen club (asociación mundial de escritores, fundada en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación internacional entre escritores fundada por Catherine Amy Dawson Scott, de pseudónimo Sappho) que se celebra ese año en Venecia, se reencuentra con Gabriele Baldini (7), ensayista italiano especializado en literatura inglesa y al que había conocido de forma fugaz cuatro años atrás. El 5 de diciembre de 1949 anuncia a su gran amiga Ludovica Nagel (traductora y secretaria de Einaudi): "Mi sposo con un uomo che si chiama Gabriele Baldini". Gabriele tiene treinta años, pelo castaño y barba y devuelve a Natalia la alegría de vivir gracias a su exuberancia abrumadora, su cultura sin fin, su humor, su pasión por el cine y su ternura con sus hijos. Contraen matrimonio en abril de 1950. El 27 de agosto de ese mismo año sucede algo que marca a Natalia para toda su vida, dejándola conmocionada: su gran amigo, Cesare Pavese, se suicida. 

Baldini reside en Trieste, en cuya Universidad imparte clases, mientras que Natalia permanece en Turín con sus padres y sus hijos. En febrero de 1951 publica Valentino, el último relato que escribe en Turín. En 1952 Baldini es llamado a dar clases en la Universidad de Magisterio de Roma y allí se traslada Natalia con toda su familia, estableciéndose en la vía Fucino 4. Entre febrero y agosto de 1952 escribe Tutti i mostró ieri (Todos nuestros ayeres, Lumen 2016).

El matrimonio tiene dos hijos: Susanna (4 de septiembre de 1954 - 15 de julio de 2002. La pequeña sufrió al nacer una grave malformación. Una intervención quirúrgica realizada en Dinamarca consiguió garantizar su supervivencia) y Antonio (6 de junio de 1959 - abril de 1960).

El 1 de enero de 1956 Ginzburg pone fin a su relación laboral con la editorial Einaudi porque, como ella misma dice, no se veía trabajando con unos compañeros diferentes a los que tenía en Turín pero permanece en su función de consultora. En octubre de ese mismo año muere a los setenta y nueve años su madre, Lidia Tanzi.

Baldini recibe una oferta para dirigir el Instituto Italiano de Cultura en Londres. Ginzburg le sigue con Alessandra, pues los dos hijos mayores ya asisten a la Universidad. Este traslado a Londres provoca en Natalia nostalgia. Viven entre Holland Park y Notting Hill Gate y allí descubre la obra de Ivy Compton-Burnett, a la que lee compulsivamente en inglés y se ofrece a traducir al italiano para la editorial Einaudi. También se ofrece a traducir a Harold Pinter. Ninguno de los dos proyectos saldrá adelante.  

En la primavera de 1961 escribe en veinte días Le vocci della sera (Palabras de la noche, Pretextos 2001). En verano de 1961 regresa a Roma y se instalan en la Piazza di Campo Marzio, 3, cerca del Panteón. A partir de ese momento la Ginzburg escribirá siempre desde el diván de su salón, mirando a la calle, fumando cigarrillo tras cigarrillo y con una pila de folios sobre el vientre. Le bastaban cinco horas de sueño; se levantaba a las cuatro de la mañana e incluso antes.

En febrero de 1962 se convierte en abuela: nace Silvia, la primogénita de su hijo mayor, Carlo. En otoño de 1962 se publica Le piccole virtú (Las pequeñas virtudes, Acantilado) y el 15 de octubre se casa su hija Alessandra. Al día siguiente comienza a escribir Lessico Familiare (Léxico familiar, Lumen 2016), por la cual recibe críticas discordantes, a pesar de lo cual se hace con el premio Strega superando a Tommaso Landolfi y a Primo Levi.

El 3 de febrero de 1964 fallece Felice Balbo, el más querido de sus amigos. Ese mismo año interpreta a María de Betania en la película “El Evangelio según San Mateo” de Pier Paolo Pasolini.

En febrero de 1965 muere su padre Giuseppe a los noventa y dos años. En una semana escribe su primera comedia teatral, Ti ho sposato per allegria, que se representa con gran éxito con su amiga la actriz Adriana Asti y por Renzo Motagnani en los papeles principales y es publicada por Einaudi en 1966. En 1967 se adapta al cine. A partir de ese momento se centra en escribir teatro pues éste será para Ginzburg la forma de proseguir la narración de su autobiografía, ya comenzada en Lessico famigliare, la solución para dar voces a múltiples puntos de vista, a muchos “yoes”.
El 19 de Juno de 1969 fallece Gabriele a consecuencia de una transfusión de sangre infectada que se le practicó tras sufrir un accidente de coche en Roma, en Muro Torto.  

Tras la muerte de Gabriele, Natalia sigue escribiendo cada vez más focalizada en el microcosmos familiar. En 1972 firma el artículo Gli ebrei donde se posiciona contra el gobierno israelí y su política de confrontación con los palestinos. Publica en La Stampa y en el Corriere della Sera. En ningún artículo se ocupa expresamente de la condición femenina. Comparte las reivindaciones de las feministas (como su apoyo al aborto) pero no su comportamiento presuntuoso y antagonista frente a los hombres. 

Comienza a hacer colaboraciones semanales en el periódico romano Il Mundo realizando críticas cinematográficas y después en el Corriere realizará la crítica televisiva. 

En las elecciones de Junio de 1983 el Partido Comunista le ofrece una candidatura a la Cámara de los Diputados como miembro independiente en sus listas. Duda si aceptar o no por considerar que no tiene una “mente política” pero finalmente acepta tras consultarlo con Vittorio Foa (amigo de la infancia y perteneciente al partido). Será candidata en dos colegios, el de Roma y el de Turín y elegida en ambos. Opta por Turín y se inscribe en el grupo de la Izquierda independiente. Sus intervenciones en el Parlamento son recordadas por su brevedad y por su claridad, siendo especialmente memorables sus discursos sobre el precio del pan o sobre la tutela de La Paz y la legislación sobre la agresión sexual. 

En invierno de 1991, por una úlcera gástrica, se le extraen dos terceras partes del estómago. En agosto sufre un empeoramiento y el lunes 7 octubre de 1991, fallece. 

NOTAS

(1)Buscando por internet datos de la vida de Natalia Ginzburg me he encontrado con contradicciones e incorrecciones flagrantes. En un artículo periodístico escrito por el traductor de Natalia en Argentina éste comentaba que su tercera hija, Alessandra, era de padre desconocido, algo que no se induce ni de la propia obra de Natalia (en Léxico familiar no sugiere nada parecido) ni en la información sobre Natalia que circula por internet.
Así mismo, en una entrevista que da Carmen Martín Gaite, afirma que Natalia adopta el pseudónimo de Alessandra para la publicación de su primera novela “El camino que va a la ciudad” en honor a su tercera hija cuando es al revés. Primero publicó esta novela y posteriormente nació su hija.
Estas confusiones pueden estar motivadas por la inexistencia de una biografía de la autora traducida al castellano así como las propias reticencias de la misma a hablar de su vida de forma abierta.

(2) Nacido en Odessa en 1909. Intelectual italiano de ideas antifascistas y raíces judías. Se trasladó a Turín siendo niño y estudió en el Liceo Massimo d´Azeglio donde se forma un grupo de intelectuales y activistas políticos que se opusieron al régimen fascista de Mussolini en el que estaban Norberto Bobbio, Piero Gobetti, Cesare Pavese y Giulio Einaudi.

Enseñó lenguas eslavas en la Universidad de Turín potenciando la difusión de la literatura rusa en Italia. 

En 1933 funda la Editorial Einaudi junto a Giulio Einaudi, editorial que aún existe actualmente y goza de gran prestigio en su sector.

En 1934 es obligado a abandonar la Universidad de Turín por negarse a jurar lealtad a Mussolini y al proyecto fascista. Poco después es arrestado por el “Caso Ponte Tresa” y tras ser puesto en libertad es de nuevo detenido en 1935 por dirigir con Carlo Levi la organización antifascista Justicia y Libertad.

En 1938 contrae matrimonio con Natalia y en 1940 es condenado a confinamiento en los Abruzos. 

(3) Carlo Ginzburg se doctoró en Filosofía por la Universidad de Pisa en 1961. Dio clases en la Universidad de Bolonia y en la Universidad de California (EEUU). Sus campos de interés van desde el Renacimiento italiano hasta la historia moderna de Europa especializándose en la Microhistoria. Ésta es una rama de la historia social que analiza cualquier clase de acontecimiento, personajes u otros fenómenos del pasado que en cualquier otro tratamiento de las fuentes pasarían inadvertidos. Pueden llamar la atención del historiador por su rareza pero también por cotidianiedad. Hoy en día trabaja en California, EEUU. 
“He aprendido de mi madre una desaprensión por la verborragia y la proliferación innecesaria de palabras”. 
Respecto a su padre, cuenta que al leer la autobiografía del ex-presidente Sandro Petini se topó con una frase notable de su padre en la que le decía a Sandro antes de morir: “Pase lo que pase tenemos que acordarnos de no odiar a los alemanes”.

(4) Andrea Ginzburg es uno de los fundadores de la Facultad de Economía y Comercio de Módena donde ha impartido clases entre 1970 y 2000. En 2001 fundó la Facultad de Ciencias de la Comunicación y de Economía de Reggio Emilia donde ha impartido clases de Economía hasta 2010. Actualmente está retirado.

(5) Psicóloga y Psicoanalista autora de prestigiosos libros sobre la materia, entre ellos, estudios sobre literatura y psicoanálisis. 

(6) Natalia cuenta en este prólogo que en el invierno de 1948 recibe una carta de Elsa Morante en la que le pedía permiso para mandarle la novela que acababa de terminar. Se habían conocido en Roma anteriormente pero Natalia no recuerda dónde aunque sí recuerda que no habían hablado mucho. Sin embargo, por ser la persona a la que mejor conocía de la editorial, Elsa se atrevió a escribirla. Así llegó a manos de Natalia el manuscrito mecanografiado de Mentira y sortilegio. Lo leyó del tirón y le gustó inmediatamente. Según Natalia: “hacía mucho tiempo que no leía nada que me diese tanta vida y tanta felicidad”. Tras pedir consejo a Pavese, pues Natalia llevaba poco tiempo trabajando en Einaudi y no tenía tanta autoridad como para decidir sola la publicación de un libro, éste consideró adecuado publicarlo (aunque Natalia duda que Pavese leyese el manuscrito).
Morante se trasladó a un hotel de Turín para la corrección de las galeradas, un hotel “no muy lejano de aquel donde , algunos años después, moriría Pavese”. Durante ese verano Pavese, Balbo, Calvino y ella se reunían con Elsa en el café de un bulevar. Elsa y Pavese discutían por cualquier cosa, aunque sin animadversión. Natalia dice que aprendió a amar las agudas y cristalinas carcajadas de Elsa, su manera de sujetarse el pelo con el fular, su boca grande y amarga y temer sus cambios de humor, su cólera y sus juicios drásticos. Habla también con tristeza de la agonía de Elsa antes de morir, larga y desesperante, durante la cual no fue capaz de releer sus libros porque no conseguía separar su obra de su enfermedad.

(7) Primer traductor de la obra completa de Shakespeare al italiano, tras graduarse en Literatura y Filosofía vivió en Cambridge como investigador y regresó a Italia, donde enseñó en Pisa, Trieste, Nápoles y, finalmente, en Roma. Murió en 1969, editándose toda su narrativa póstumamente. 


Bibliografía:
Voz Levi Ginzburg, Natalia redactada en el 2005 para el volumen 65 del Dizionario biografico Deli italiani, Istituto dell´Enciclopedia Italiana – Treccani, Roma que se puede consultar online: http://www.treccani.it/enciclopedia

Domenico Scarpa, Per un ritratto di Natalia Ginzburg, artículo que se puede consultar online; http://www.griseldaonline.it/speciale-ginzburg/per-un-ritratto-di-natalia-ginzburg-scarpa.html

Lessico Famigliare (Léxico Familiar, Lumen 2016, edición conmemorativa de los cien años del nacimiento de la escritora)




jueves, 13 de julio de 2017

Solo para mujeres - Marilyn French



Título original: The Women´s Room.
Edición: De Bolsillo (Enero 2013)
Traducción: Iris Menéndez
Páginas: 750
ISBN: 978-84-9989-978-7
Precio: 10,95€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: Marilyn French no tiene pelos en la lengua. Leo las historias que cuenta y es como si escuchase la historia de muchas mujeres de mi familia, de mis amigas, de mujeres que he ido encontrando en mi vida. Mujeres que a veces nos caen bien, a veces mal, mujeres de carne y hueso con opiniones con las que a veces coincidimos, a veces discrepamos, heroínas y antiheroínas, mujeres como tú y como yo que no se limitan a sacar brillo a la superficie de las cosas sino que abren cajones y desempolvan ideas para profundizar en ellas. Mina, Val, Iso... siempre me acompañarán.

Lo que menos me ha gustado: Como la gran mayoría de libros largos, (este libro lo leí en la iniciativa de #Tochogate2017 de @criscanread y su precioso blog shecanread.com) contiene ideas que se repiten y que pueden ralentizar la trama, así como personajes que aparecen y desaparecen sin dejar rastro. Mi consejo: leedlo con un cuadernito al lado tomando notas de nombres y personajes, sobre todo al principio. 
«(...) los hombres que he conocido no se han dedicado especialmente a matar, no son extraordinarios en la cama y han ganado dado dinero solo en cantidades moderadas (...) son simple y llanamente aburridos. Tal vez ese sea el precio de estar en el lado de los ganadores. Porque a las mujeres que conozco las han jodido, literal y metafóricamente, y son estupendas.» (Pág. 313)
Cuando pensamos en libros (o en series de televisión) que hablan sobre un grupo de mujeres, es inevitable recurrir a estereotipos tales como "amigas" que se enamoran del mismo hombre y se enfrentan entre ellas, "amigas" que compiten por ser la más popular o "amigas" que se critican por diferencias a la hora de entender la maternidad o el amor. La competitividad, la inseguridad, la autoestima baja, la deslealtad parece que han ido siempre unidas de forma indisoluble a muchas historias de mujeres. No es el caso de este libro publicado en 1977 y que reivindica dos aspectos admirables: la superación personal de sus protagonistas y la sororidad. Fueron mis libreras, como no, de @Lib_Mujeres, quienes me recomendaron este "clásico del feminismo de una categoría literaria magnífica" y que ya he incorporado a mis "clásicos particulares". 
«Porque habían hecho que se sintiera invisible. Y cuando lo único que se tienes es una superficie invisible, la invisibilidad es la muerte. Algunas muertes duran eternamente, repitió para sí, al entrar en el aula». (Pág. 27)
Anuncio (real) de vitaminas de los ´50.
El libro comienza con Mira, la protagonista, llorando en un baño de la Universidad. A partir de ahí la narradora va desgranando la historia de esta mujer que va pasando por diversas etapas vitales: así, de ser una adolescente inquieta y rebelde que se negaba a casarse, pasa a contraer matrimonio con un hombre que desdeña sus inquietudes intelectuales y sus necesidades tanto personales como sexuales. Inmersa en un matrimonio monótono y típicamente americano (aspiradora y recetas de tartas incluidas), Mira sustituye la palabra libertad por la de madurez y aspira a convertirse en ese prototipo de mujer ideal de anuncio de los años 50, hasta que, abandonada por su marido, comienza el camino por reencontrarse consigo misma, perseguir sus sueños de adolescencia de gozar de un cuarto propio y descubrir quién es realmente, una vez que se despoja de la identidades con que le han etiquetado, como si fuese una cabeza de ganado, a saber, primero esposa, segundo madre, tercero ama de casa.
«No tenía más opción que protegerse de un mundo que no comprendía y que, simplemente por ser mujer, era incapaz de afrontar. Existían el matrimonio y el convento. Se retiró a uno de ellos como podría haberse retirado al otro, y lloró durante la boda. Sabía que renunciaba al mundo, al mundo que un año antes había titilado repleto de estímulos y fascinación. Le habían enseñado cuál era su lugar. » (Pág. 34)
A lo largo de dos décadas, la de los 50 y los 60, caminamos de la mano de Mira no solo por su propia historia femenina (la historia de miles de mujeres) sino también por la de esa época en la que el feminismo, los movimientos pacifistas y hippies, la entrada de la mujer en Universidades y círculos intelectuales, luchaban por hacerse un hueco tras la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y la Guerra de Vietnam. Un repaso de la historia de esa época fascinante que Mira nos sirve con copas de Bourbon saboreadas a última hora de la noche (en ese momento de paz en el que los niños duermen y la ciudad está en silencio, a la espera de que los pensamientos rellenen huecos) y con conversaciones entusiastas y apasionadas con sus tribus de amigas, primero típicamente burguesas (en la etapa en la que estaba casada) y posteriormente feministas (en la etapa universitaria de Harvard). En todas ellas las mujeres, juntas, planifican cómo sobrevivir a un marido infiel, a unos deseos sexuales insatisfechos, a los problemas económicos, a unos hijos exigentes, a un futuro incierto.
«Mira siguió sentada y una frase surgió en su mente: "Piden demasiado. cuesta demasiado". No estaba segura de cuál era el coste; lo denominó "yo misma".» (Pág. 39)
Imagen manifestación contra Guerra Vietnam. (1967)
Iso es una mujer lesbiana de espíritu libre que se enamora sin ataduras por el miedo a que nadie permanezca a su lado; Val es una feminista radical, madre soltera, que reivindica el compromiso político y social hasta el punto de dejarse la vida en ello; Kyla se debate entre el querer y el deber; todas ellas forman con Mira el eje de una comunidad femenina en la que el apoyo, la honestidad y la ausencia de prejuicios son esenciales en la búsqueda de su reconciliación con la vida. Al igual que también lo fueron las amigas de Mira durante su época de casada: Natalie, Adele, Linda, Bliss... amigas con las que evitaron suicidios, superaron desengaños, engaños y frustraciones, aburrimientos, compromisos y vacíos existenciales, y para las que la nueva lavadora, secadora o nevera, así como la píldora, fueron «una pequeña liberación de la esclavitud». 
«—Detesto las discusiones sobre feminismo que acaban planteando quién friega los platos — respondió.
Yo también. Pero al final siempre están los malditos platos
». (Pág. 102)
¿Cómo compatibilizar la identidad de una misma con las expectativas sociales? ¿Es eso posible? ¿Cómo despojarse de los disfraces con que nos visten por el hecho de nacer mujer para descubrirnos a nosotras mismas? Marilyn French responde a estas y otras preguntas en este novela de carácter autobiográfico en la que se nutre de sus propias experiencias y, especialmente de dos hechos que la marcaron en su posicionamiento como feminista: su matrimonio con un hombre que la anulaba como mujer y su lucha por manejar el trauma que supuso la violación de su hija.
«Sean lo que sean en la vida pública, cualesquiera que sean sus relaciones con los hombres, en sus relaciones con las mujeres todos los varones son violadores, y eso es lo único que son. Nos violan con los ojos, con sus leyes y con sus códigos». (Pág. 691)
Marilyn French. 
Marilyn nace en Brooklyn en 1929 y en 1950 contrae matrimonio con Robert M. French, un abogado con el que tuvo dos hijos: Jamie y Robert (de su hijo Robert llegó a decir que constituía su única esperanza en el sexo masculino, en una etapa en la que su descontento por los hombres era notable, tal y como deja entrever en este libro). Tras ser abandonada por él decide retomar sus estudios universitarios y en 1968 se doctora por Harvard. Mujer de carácter decido y fuerte, declaró que su meta en la vida era cambiar las estructuras económicas y sociales y conseguir un mundo feminista. Falleció en 2009 sin haberlo conseguido. Sin embargo, su lucha abrió el camino a muchas generaciones, con Solo para mujeres rompió convenciones literarias, rupturas que como ella dice en el prólogo, «se castiga en algunas sociedades con la pena de muerte», habló sin prejuicios de temas femeninos tabúes y sigue siendo una inspiración a día de hoy, y por siempre, gracias a sus brillantes razonamientos, sus ideas bien hiladas, su sabiduría y la coherencia de sus planteamientos.
«La palabra griega alétheia, verdad, no significa lo contrario de falsedad. Significa lo contrario de léthé, olvido. La verdad es lo que se recuerda.» (Pág. 744)
Un último apunte: el título original del libro, Women´s Room, poco tiene que ver con esa traducción al castellano de Solo para mujeres que da lugar a una etiqueta (tirón de orejas para quien lo tradujo) que, en mi opinión, desmerece al contenido y hace que se pierda ese homenaje sutil a A Room of One´s Own de Virginia Woolf. Al preguntar a Marilyn French si el libro estaba basado en hechos reales o era producto de su imaginación ella contestó que tras escuchar los cientos de historias que las mujeres de su entorno y de su comunidad le habían contado decidió escribir un libro sobre las mujeres, tal cual, de forma directa y clara, sin censuras ni remilgos, con sus experiencias de verdad, y con las suyas propias. Mucha gente le dijo: nunca conseguirás que te lo publiquen. Fruto de ese trabajo salió este libro. Si os interesa, podéis ver la entrevista a esta magnífica mujer, a la que cada vez admiro más, en Youtube. 

lunes, 10 de julio de 2017

Lecturas de junio


«En el país de los cuentos el escritor es el rey. Él dicta todas las reglas, solo debe cuidarse de no pedir al lector más de lo que este puede conceder razonablemente. Recuerda, el lector es un cliente muy pero muy exigente, obstinado, que arrastra los pies y se irrita con facilidad».
Con esta cita de Notas para un escritor, incluido en Cuentos Escogidos de Shirley Jackson, comienzo mi viaje por las lecturas que me han acompañado durante el mes de junio, pues reconozco que soy una de esas clientes exigentes y obstinadas que patalean, arrastran los pies y se irritan. Desde que comencé a hacer mi propio ranking a principios de este año, noto una cierta incertidumbre, un estómago que me aprieta y me presiona, cada vez que tengo qué elegir qué libro me ha gustado más y cuál menos. Quienes me siguen comprobarán que son muy pocas las ocasiones en las que hablo mal de un libro y es por un motivo muy sencillo: si cuando lo comienzo no me llena, no me ando con medias tintas, lo abandono. Sí, soy una radical de una crueldad insoportable en cuanto a libros se refiere. No me obligo a leer un libro que no me gusta, ni a continuar hasta el final por el mero hecho de haberlo comenzado (ya hay bastantes cosas en la vida que se hacen por obligación como para convertir la lectura en una de ellas). Quizás, por ese motivo, me cuesta empatizar con aquellos que en aplicaciones como Goodreads dan una estrella a un libro, ¿por qué lo leíste entonces si tan horroroso te pareció desde el principio? ¿por qué fustigarse con la lectura cuando ésta debería ser un placer? El debate queda en el aire. Sólo quiero aclarar una cosa: las lecturas de este mes han sido excepcionales; su orden en el ranking no obedece tanto a si me han gustado o no (todas me han gustado y me han parecido de una calidad sobresaliente) sino a una pregunta que me he hecho expresamente en esta ocasión: ¿lo incluiría en mi maleta si tuviese que elegir entre los libros que me llevaría a una isla desierta? ¿me ha sorprendido/revuelto/removido? A decisiones difíciles, preguntas extremas... Allá voy. 

1. No, mamá, no. Verity Bargate. Mi «libro revelación del año». La calidad literaria de esta pequeña joyita es tan brutal que no solo me tiene encandilada, sino que cada vez que me acuerdo de ella me siguen temblando los músculos por la profunda emoción que me produjo su lectura. (Podeís leer la reseña aquí). La depresión postparto sigue siendo un tema tabú a pesar de que Verity Bargate ya habló de ella en esta novela publicada en 1978. A la impresión de leer a una mujer hablando de este tema se une la admiración por cómo lo plantea, lo desarrolla y, sobre todo, lo resuelve. Un auténtico alegato feminista que convierte este libro en una obra universal, apto para madres y no madres, que remueve los cimientos de la identidad femenina tradicional. La forma en la que conmueve con su lenguaje, su trama y sus personajes perfilados, hace que exclamemos un «Sí, Verity, sí» y que incorporemos (al menos en mi caso) su libro a nuestra propia selección de clásicos destinados para permanecer, que diría Elvira Lindo. Sí, Verity, Sí. Y, por favor, Rara Avis, publicad más obras de ella.

1bis. Apegos feroces. Vivian Gornick. ¿Cómo elegir entre este libro y No, mamá, no? Dos obras completamente distintas. Mientras el primero habla de #MaternidadesLit desde la perspectiva de la madre, Vivian Gornick habla de esas #MaternidadesLit desde la perspectiva de la hija, una hija cuya relación con su madre ha sido siempre complicada. ¿Qué relación madre-hija no lo es? Esos paseos por Nueva York, siendo ya la madre una anciana y la hija una mujer experimentada en la vida, facilitan el reencuentro entre dos personas que, queriéndose, no se han encontrado emocionalmente a pesar del tiempo que han pasado juntas. Una historia de amor, odio, enfrentamientos, rencores y reproches en la que prima al final un mensaje precioso: es más lo que nos une que lo que nos separa. La aceptación de la persona que más nos ha amado, aunque a veces no haya sabido cómo demostrarlo, convierte este libro maravilloso en otro de esos clásicos que me acompañarán en mi viaje a una isla desierta. 

2. Al faro. Virginia Woolf. Toda una vida oyendo hablar sobre Virginia Woolf, leyéndola a través de terceras voces, y no escucho su voz de primera mano hasta este año. Me consuelo pensando que todo tiene su momento, que los libros te escogen (y no nosotros a ellos), pero aun así no dejo de perdonarme el haber vivido tanto tiempo sin haberla leído antes. Es maravillosa. Quienes la hayan leído, y en concreto esta obra, sabrán a qué me refiero. Y quienes no, mi consejo es este (y miren que soy poco dada a dar consejos, «no se aprende en cabeza ajena», como dice mi madre): no pierdan tanto el tiempo, como yo hice, sin leerla. Virginia es calma, es paz, es tormento, es pasión, es reflexión, es introspección. Su inquietud por analizar el transcurso del tiempo, leit motiv de este libro, y exorcizar las figuras de su infancia la lleva a una descripción minuciosa de dos episodios de su vida que nos obligan a mirar nuestras entrañas para luego preguntarnos: ¿cuál es mi faro? 


3. Leonora. Elena Poniatowka. ¿No lo has leído? Me preguntaron mis libreras de @Lib_Mujeres. Tienes que hacerlo. Y lo hice. Y menudo descubrimiento. ¿Recuerdan haber estudiado a Leonora Carrington si cursaron la asignatura de Arte en el Instituto? Yo no. El surrealismo (corriente artística que siempre me ha fascinado) era encarnado por Dalí, Magritte o Ernst pero, oficialmente, Leonora no existía. Sin embargo, a raíz de este libro impresionante, descubrí que Leonora era una pieza fundamental de este movimiento, reconocida internacionalmente y con una vida tan fascinante como toda su obra. Conocer a Leonora es emocionarse, centrarse en lo importante que es ser fiel a uno mismo, conocerse y luchar por mantenerse al lado de nuestra sombra. Elena Poniatowska, con un lenguaje narrativo rico en imágenes y exhaustivamente documentado (llegó a entrevistarse con ella en varias ocasiones) nos acerca a esta mujer que, simplemente, enamora.

4. Cuentos escogidos. Shirley Jackson. Shirley, ¿cómo lo haces? Después de conocerla gracias a musasensutinta (Pilar, nunca podré agradecerte que me la dieses a conocer) y su Siempre hemos vivido en el castillo, me uno al grupo de "Fans de Shirley Jackson". En esta recopilación de cuentos, que incluye el inolvidable La Lotería, nos encontramos con un universo fascinante que nos envuelve con ese terror cotidiano y esa crítica ácida a una sociedad que excluye a la persona que es diferente o que se aparta del normativo social. Sus cuentos sobrecogen y enturbian una realidad de una forma tan escalofriante e impresiva que es como si nos tatuasen en la piel el dramatismo que se esconde detrás de cada gesto aparentemente inocuo. Shirley Jackson, una mujer que fue muy infeliz en vida, nos conmueve no a través de la crítica directa sino por medio de lo que calla, de lo que insinúa y muestra para que el lector, ese ser exigente y caprichoso, juzgue por sí mismo. Shirley, me conmueves.

5. Velocidad de los jardines. Eloy Tizón. He llegado a un punto en mi vida en el que estoy tan harta de que «los hombres me cuenten cosas» (que diría la genial Rebecca Solnit) que leer algo escrito por un hombre me da una pereza brutal. No es el caso de Eloy Tizón. Este libro lo abrí por casualidad gracias al boca a boca que tantas puertas abre y me enamoré de él. Concretamente, caí rendida de amor ante ese cuento inédito que hace las veces de prólogo llamado Zoótropo y en el que el autor hace un recorrido autobiográfico tan lírico y permeable que me lo llevé a casa. El resto de relatos no desmerecen esta fantástica reedición de lo que se considera el germen del postcuento en nuestro país y que constituye una lección magistral de compasión humana, empatía y belleza literaria. Si quieren leer un libro de cuentos con una carga literaria impresionante, unas imágenes que se funden con los poros de la piel y unas historias que se impregnan en nuestra vida de nostalgia y optimismo, este es su libro. Yo solo puedo decir que seguiré leyendo a Tizón y que descubrir que los jardines tienen velocidad, metamorfoseándome en uno de ellos, es una delicia. 

6. Normas de inseguridad. Almu Ballester. Sigo hablando de cuentistas, o más bien, diseccionadores de la realidad, porque Almu Ballester es una autora que a través de los relatos contenidos en esta joyita va desmenuzando, como si fuese a deconstruir una receta gastronómica clásica, retazos de realidad buscando un porqué para llegar a una conclusión que alivia y conmueve: no existen normas para el día a día; cada uno sobrevive como puede. Almu no plantea dilemas morales existenciales pero es fácil reconocerse en cada uno de los personajes que pueblan sus relatos. Viajando en el metro, caminando por una calle, reencontrándonos con un ex amante, recordando algo que una vez vivimos (¿u oímos? ¿o nos contaron?), esta excelente cuentista da una vuelta de tuerca a nuestro día a día inundando de un lenguaje exquisito y preciso como un tiralíneas un pedazo de nuestra realidad. Tras leerla uno se reconcilia con el relato breve (considerado un género menor) con gran efusividad y se queda con ganas de seguir aprendiendo más de sus "normas". 

7. Americanah. Chimamanda Ngozi Adichie. Aquí empieza el lío de mi ranking. ¿Cómo convencer de que el libro que ocupa el puesto siete es un gran libro que me enganchó desde la primera hasta la última página? El motivo por el que no está más alto en mi clasificación es por una necesidad de selección y de honestidad conmigo misma. Puesta a buscar "peros" que me ayudasen a elegir, Americanah, aun siendo un retrato imprescindible sobre la identidad de la mujer negra, y de la mujer independientemente de su raza; aun siendo una obra que podríamos llamar universal porque cualquier mujer puede sentirse identificada con ella y porque da un testimonio invaluable sobre la visión de EEUU (y de cualquier sociedad occidental europea) desde el punto de vista de una mujer inmigrante; ateniéndonos a estrictos criterios narrativos y literarios le 
encuentro un "pero": es demasiado redundante y repetitivo. Hay episodios que, en mi opinión, sobran e ideas que se repiten hasta la saciedad. Ese es el único pero. Por lo demás, Chimamanda es una comunicadora excelente con una gran visión de cuanto le rodea que conmueve y enamora a partes iguales. 

8. El corazón es un cazador solitario. Carson McCullers. Y aquí sigue el lío de mi ranking. No, El corazón, con ese título tan hermoso, no está tan abajo en la lista porque no me haya gustado, sino porque, como decía al principio, debía posicionarme y escoger. Y quizás porque me esperaba muchísimo de él tras todas las reseñas que había leído antes, o quizás porque La balada del café triste (mi favorito de McCullers) o Frankie y la boda me sumergieron tanto en un mundo literario en el que me anclé profundamente, lo cierto es que, aun adorando a McCullers, puestos a elegir no sería este el libro suyo que salvaría de un incendio en mi biblioteca. Es maravilloso. McCullers en estado puro. Pero confieso que en ocasiones me resultó lento y tedioso, demasiado exhaustivo en descripciones banales y carente del simbolismo del que gozan las novelas que mencionaba antes. Aun con una gran crítica vital, con la figura del sordomudo en el que todos vuelcan sus angustias aunque no sean comprendidos, no me atravesó con la profundidad con la que Carson suele hacerlo. A pesar de ello es un libro fantástico e imprescindible para disfrutar del estilo de la inconfundible McCullers.

9. La mano izquierda de Peter Pan. Silvia Herreros de Tejada.  La autora es una auténtica especialista en la figura de James Barrie. ¿Quién es ese hombre? Pues el autor del emblemático Peter Pan, ese personaje que le transcendió y devoró hasta el punto de que nadie recuerda quién le creó. Silvia Herreros nos enseña de una forma que atrapa quién fue ese hombre y, sobre todo, quién fue Cynthia Asquith, una mujer fascinante que le acompañó durante un largo período de su vida. A través de una serie de personajes-espejo, viajamos al pasado y regresamos al presente encontrando paralelismos entre el duo Barrie-Asquith y los investigadores David-Moira, ensamblando una trama dinámica y entretenida que a la vez nos permite profundizar en el mundo aristocrático de Asquith y en el literario convencional de Barrie. Sin embargo, tal y como comenté en la reseña, me esperaba un final más sorprendente, más rompedor. Aun así, dado que me gustan los libros con un contexto histórico en los que pueda aprender, disfruté mucho de su lectura. 







jueves, 6 de julio de 2017

La velocidad de los jardines - Eloy Tizón



Edición: Páginas de Espuma (2ª ed. Abril 2017)
Páginas: 146
Precio: 15,00 €
Calificación: 9/10
«Un cuento se escribe con un poco de música y un poco de sangre. No se necesita mucho más. Intuyes que la fórmula de cuento puede ser esta: Cuento = rigor técnico + compasión humana.» (Zoótropo. Pág. 25)
Últimamente me encuentro cautivada por los «cuentistas españoles». Si hace pocas semanas publicaba las reseñas de esa joyita sinestésica llamada «La acústica de los iglús» de Almudena Sánchez y de ese maravilloso ejercicio de desconcierto cotidiano que es «Normas de inseguridad» de Almu Ballester, hoy les hablo del que está considerado uno de los impulsores de este estilo en nuestro país: Eloy Tizón. En el prólogo ya nos anuncia que: «con este libro ha sucedido algo extraordinario. Lo tenía todo para ser olvidado y sin embargo, ya ves, no lo ha sido». Bendito boca a boca. Pues precisamente así ha sido como llegó a mis manos este librito de once relatos y un prólogo (exquisito, emocionante y de una sensibilidad sutil que atrapa) en el que el autor sienta las bases de lo que actualmente se denomina, siguiendo el término creado por él mismo, postcuento. ¿Pero qué es el postcuento? Alegaba Tizón en una entrevista a elcultural.com que el cuento de hoy «no sabe qué ponerse» y lucha por sacar del armario el estricto esquema de planteamiento-nudo-desenlace para modernizarlo, liberarlo del olor a naftalina rancia y que luzca espléndido un nuevo look con el que sea más fácil sentirse identificado en esta sociedad rauda y veloz en la que la información nos desborda, los estímulos se atoran y la capacidad de concentración es un hábito en vías de extinción. 
«La memoria se asienta sobre bases muy frágiles e indestructibles, una columna de polvo en el desván del verano, la retícula de sombra de una hamaca, y así sucesivamente». (La velocidad de los jardines. Pág. 36)
Como claro ejemplo de esta ruptura con el cuento clásico y ese andar en busca de su emancipación, de su espacio propio en el panorama literario actual, es el prólogo del libro titulado Zoótropo y en el que se percibe con claridad la evolución del cuentista. Si bien los otros once relatos fueron publicados en 1992 (hace veinticinco años) el prólogo es actual, lo que nos da una oportunidad magnífica para comprobar cómo Tizón había asentado tan bien sus bases que a día de hoy sigue sirviéndose de ellas para narrar sus historias, aunque, como es lógico, veinticinco años después se le nota más cómodo entre sus cimientos, conoce el recorrido porque lo ha hecho cientos de veces, cada rincón, cada trampa, cada trampolín, pero lo que le hace tan maravilloso cuentista es que su frescura se mantiene intacta, por no decir que es aun mayor que antes, menos encorsetada, más fluida. En este prólogo recurre a la imagen del Zoótropo, ese ingenio mecánico que fascina y atrapa, para hipnotizarnos mientras hace un repaso por su vida desnudándose lo justo como para sentir que uno desea saber más.
«Los deseos son futuros incumplidos. Todo parece indicar que nuestros antepasados también abrigaron deseos humanos, razonables, y todos ellos desaparecieron sin dejar rastro. ¿son algo? Una galería de bonitos muertos chistosos.» (Pág. 48)
El transcurrir del tiempo, y con él la acumulación de recuerdos, unos que se mantienen, otros que se recuperan ante un estímulo inesperado, otros permanentemente olvidados, se produce a una velocidad vertiginosa, la velocidad de los jardines, esos jardines que aparecen de forma casi constante en estos relatos como una minúscula obsesión embellecida y a la vez denostada. Con Tizón viajamos a otros mundos, salimos de nuestro microcosmos para sumergirnos en otro superior más universal y totalizador donde no es difícil identificarnos con todas esas explosiones de imágenes que excitan nuestros sentidos, como esa mecha que se enciende y recorre metros de distancia para detonar en el cerebro. Infancia, adolescencia, recuerdos de Instituto, primeros amores, primeros tabúes, como el del cuento La vida intermitente... se tamizan, idealizan o permanecen intactos conservados en formol. Viajes en tren, como Los viajes de Anatalia, saltos en el tiempo, un discurrir tranquilo con el vaivén del vagón como banda sonora de fondo de esa hermana perdida y esa infancia a la que uno se aferra. 
«¿Es que existe en algún sitio una especie de depósito de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos? Si es así, yo a ese lugar lo llamaría Dios». (Austin. Pág. 90)
Uno de mis relatos favoritos es Austin, el típico cuento en el que parece que no pasa nada pero que no dejan de pasar cosas. Austin es una metáfora, una Técnica de Iluminación (imposible no usar este término que además da título al último libro de Eloy Tizón) del mundo interior del decadente Profesor Austin quien se desliza cuesta abajo por la última pendiente de su vida, viudo, con un hijo ausente que sigue su propia senda vital, solitario y desbordado por la tristeza. Como anécdota contarles que en la Feria del Libro de Madrid de este año tuve la oportunidad de que Eloy Tizón me firmase este libro y precisamente hablando de Austin me decía que logró superar la tentación de poner el final previsible a un hombre que va solo en un coche en Nochevieja: estrellarle, matarle. No lo hizo. Afortunadamente. Los sentimientos son por si solos el mejor de los giros y de los argumentos, la mejor de las tramas. La tristeza que emanan algunos de los cuentos de Tizón es tan bella que lejos de deprimir al lector le resurge el amor por la vida, la melancolía como estado placentero de inspiración, la musa lejana de la añoranza que a menudo envuelve con un abrazo dulce que huele a lavanda.
«Imposibilidad de explicar su amor por los jardines. (...) Y su padre que se inclinaba con gravedad hacia ella y le decía: "Un jardín es un bosque razonado"» (Villa Borghese. Pág. 75)
Es La Velocidad de los Jardines un libro para subrayar, lleno de potentes imágenes que despliegan todos los sentidos, los aletargados y los vibrantes, con pinceladas expresionistas y surrealistas, capaces de crear pinturas en nuestra mente y que nos hace viajar a nosotros mismos a nuestra infancia, a nuestra adolescencia, a nuestros primeros amores y a nuestros bancos del parque donde nos hemos sentado a observar y a soñar con los ojos abiertos. Bancos como el del cuento Villa Borghese. ¿Quién no ha jugado alguna vez a imaginar cómo será la vida de esa viejecita que se entretiene dando pan a los pájaros o de esa joven que se sienta frente a nosotros a ver pasar el tiempo con un paraguas en la mano? 
«Cuando se colorean viñetas es imprescindible vigilarlo todo, que la pintura no se expanda y nos salpique, que es algo que sucede con frecuencia cuando se colorean viñetas». (Familia, desierto, teatro, casa. Pág. 111)
Dice Tizón en el prólogo que uno de los primeros pasos para romper la estructura tradicional del cuento es esconder cosas, no contar todo, confiar en la inteligencia del lector. «La elipsis como arma arrojadiza (...) Ningún cuento es completo si no le falta algo», afirma. «Escribir es siempre una traición». No puedo estar más de acuerdo. «Toda la literatura es epistolar: necesita del otro para existir», y eso es lo que hace Tizón cuando nos cuenta sus historias, conversar con nosotros. Nos deja espacio para rebatir, asentir, confirmar, aclarar. El diálogo que entabla con el lector es sugerente e inspirador. ¿No es eso maravilloso?
«La luz templaba los corazones, y recordé la definición que en una ocasión P., algo bebido, había hecho del mundo: "Un lugar muy bello donde ocurren toda clase de desgracias".» (En cualquier lugar del atlas. Pág. 130)
La maravillosa cualidad de un cuentista, de cualquiera, es la forma de ver lo que sucede a su alrededor. Como decía mi profesor Eduardo Vilas, del curso de Escritura Creativa en Hotel Kafka, ya todo está contado. Hay cientos (sino miles) de libros que hablan sobre el amor, el desamor, la orfandad, el dolor, el miedo, la presión social, la pobreza, la riqueza, la muerte, la vida... ¿por qué seguir entonces escribiendo? Por los ojos con los que uno mira y esos ojos, los de Eloy Tizón, son los que nadie debería perderse mientras nos cuenta sus historias a susurros, reconciliándonos con la vida, con el transcurrir cruel e implacable del tiempo, con la memoria que va y viene a su antojo convirtiéndonos en marionetas. Es como si nos transmitiese un invaluable secreto, como si estuviese hablando en clave consigo mismo...

lunes, 3 de julio de 2017

Buenos días, guapa - Maxie Wander


Título original: Guten Morgen, Du Schone
Edición: Errata Naturae (1ª ed. Febrero 2017).
Traducción: Ibon Zubiaur
Páginas: 342
ISBN: 978-84-16544-31-8
Precio: 19,90€
Calificación: 8/10
«Buscamos nuevos estilos de vida, en lo privado y en la sociedad. No podemos emanciparnos contra los hombres, sino sólo en la confrontación con ellos. Y es que aspiramos a liberarnos de los viejos roles de género, a la emancipación humana en general». (Nota Preliminar de Maxie Wander. Pág. 17)
Cuando en 2015 se concedió el Premio Nobel a Svetlana Alexiévich se alzaron algunas voces en contra de esta adjudicación alegando que lo que ella escribía no era Literatura sino Periodismo, del bueno sí, pero que al fin y al cabo se limitaba a transcribir conversaciones mantenidas por diversas personas sobre determinados temas. Tras leer Voces de Chernóbil conseguí entender el porqué de ese premio pues no es difícil valorar que la autora no se limita a una transcripción, a un "voy a encender la grabadora y paso todo a máquina", sino que hay mucho más de ella misma de lo que pueda parecer. Pues eso mismo sucede con la autora del libro que aquí se reseña, Maxie Wander, quien en la década de los setenta recibió el encargo de escribir un reportaje sobre qué significaba ser mujer en la RDA.
«Mis padres serán muy progresistas, la verdad, pero a la hora de educarnos... ¡un desastre! Las chicas tenían que currar y los chicos vivían como reyes». (Ute, veinticuatro años, obrera especializada, un hijo, soltera. Pág. 103)
En 1969 la familia había sufrido una tragedia terrible: su hija Kitty murió al caerse a una zanja sin señalizar. Maxie se refugió entonces en sus otros dos hijos, en su casa y en su escritura de tal manera que cuando recibió este encargo se entregó a él en cuerpo y alma. La tremenda sensibilidad que mostraba la escritora en sus entrevistas a las mujeres de todas las edades, ideologías e historias vitales facilitó un flujo de empatía tal entre ellas que no son pocas las veces que las propias mujeres se sorprenden por hablar sin tapujos de temas tan personales como el sexo, el adulterio, los abortos o sus ideas sobre el comunismo o el nazismo. Se nota que Maxie caía bien a sus entrevistadas de tal forma que se sinceraban con ella como con lo harían con una psicóloga, una confidente, una íntima amiga. Detrás de cada testimonio hay un trabajo herculiano, horas de conversaciones, pero Maxie supo seleccionar con gran brillantez qué era aquello que hacía a cada mujer diferente y qué parte de su historia merecía ser contada.
«El matrimonio lo percibo com compañía de seguros, como pensión o como cementerio, depende. Me siento más satisfecha si sé que estoy sola y tengo que ser fuerte». (Petra, dieciocho años, recién acabado el bachillerato. Pág. 88)
El libro tuvo tanto éxito que tras publicarse en 1977 no tardaron en llegar al domicilio de Maxie cartas de cientos de mujeres, no sólo de la RDA sino de la RFA y de otros países europeos, agradeciéndole todos estos testimonios que a muchas de ellas, aseguraban, les habían cambiado la vida. Y es que no deja de sorprender, efectivamente, el clima de libertad que se deprende en cada entrevista. Se las nota cómodas, como si estuviesen sentadas en el salón de su casa tomando café con una amiga de toda la vida, aunque también es cierto que no difícil encontrarse en la paradójica situación de que una se abra más a personas que son desconocidas por aquello de que su opinión nos importa menos, nos sentimos menos juzgadas, quizás más valoradas. Pero para ello no cualquier desconocido vale. Ese desconocido debe tener una cualidad fundamental: ha de saber escuchar, leer entre líneas, saber dirigir la conversación hacia eso que realmente es importante para la interlocutora pero que no se atreve a abordar. No en vano, la propia Maxie dice en la nota preliminar: «quizá este libro haya surgido sólo porque yo quise escuchar».
«Recuerdo mi infancia como una calle repleta de carteles de prohibido y mandamientos, ni el menor caminito por el que desviarte sin tener mala conciencia». (Ruth, veintidós años, camarera, un hijo, soltera. Pág. 75)
Maxie Wander lo borda. Hay dos características que unifican todos estos testimonios aparentemente tan dispares: la primera la enorme fuerza vital de todas sus protagonistas; la segunda, la soledad que las invade. Respecto a la primera, son mujeres que a pesar de haber sufrido todo tipo de peripecias durante su vida, tanto políticas (algunas sufrieron la Segunda Guerra Mundial, otras pertenecen a familias que fueron fascistas, otras se sienten incómodas en el comunismo, otras, por el contrario, admiran este sistema político) como personales (infidelidades, abandonos, crianza en solitario de hijos, malos tratos), presentan unas ganas de vivir increíbles a través de sus reflexiones, algunas realizadas a bote pronto mientras hablan con Maxie, sus proyectos de futuro, su reconciliación con el presente.
«Ya sabes que hay padres que, con la mejor de las intenciones, les recomiendan a sus hijos que hagan todo como los demás, para no señarlarse. Es una irresponsabilidad». (Rosi. Treinta y dos años, secretaria, una hija, casada. Pág. 19)
Respecto a la segunda, la mayoría reconocen, probablemente a una pregunta de Maxie, que no tienen amigas íntimas; algunas porque nunca las tuvieron, otras porque los vericuetos de la vida las ha alejado de ellas. La opresión a la que han sido sometidas tanto por su propia familia como por la sociedad por el mero hecho de ser mujeres les ha generado una desconfianza no sólo en sí mismas sino también en las otras mujeres, replegándolas en un aislamiento dentro del binomio casa-trabajo-casa (las que trabajan) del que, sin embargo, intentan salir con el paso de los años. Esa soledad que rodea a la mujer de la RDA es tan universal que se entiende por qué tantas mujeres de tantos países se sintieron identificadas con ellas. Las experiencias personales que cuentan tampoco son tan distintas de las que puede haber vivido una francesa o una italiana pero sí sorprende el desparpajo con el que, por ejemplo, y seguramente también a instancias de Maxie, hablan de la liberación sexual que les supuso la píldora, la descreencia del "amor para toda la vida", el deseo de sentirse tan libres como los hombres, las relaciones extramatrimoniales que algunas viven sin remordimientos.
«Gracias a Dios, la gente conserva más tiempo en la memoria lo bueno que lo malo. Es lo que se llama falsificación retrospectiva». (Doris. Treinta años, maestra de primaria, un hijo, casada. Pág. 51)
Cada testimonio sabe a poco. Te gustaría saber más de todas y cada una de ellas. Todas nos caen simpáticas porque Wander consigue algo que tiene un mérito impresionante: sacar lo mejor de ellas mismas, y lo que es todavía más difícil, sin postureos, sin artificios, sin situaciones forzadas.
«Algunos dicen que los hijos no les devuelven nada a los padres. Ni tienen por qué. Lo que tienen que hacer es ir hacia adelante. Las madres que se sacrifican y están pensando en que les devuelvan no son madres, harían mejor en ir a trabajar». (Steffi, treinta y siete años, ama de casa, un hijo de su primer matrimonio, casada. Pág. 201)
Turguénev, Dagerman, Dieter Noll, Rilke, Ringelnatz... son algunas de las lecturas de estas mujeres que sirven para relacionar con sus propias ideas. La literatura está también muy presente en este libro habida cuenta de que algunos eran lectura obligatoria en los planes de estudios. Desde Rosi, una mujer liberada sexualmente y para la cual es sexo es tan natural como el beber hasta Doris, que confiesa no sentir ningún placer con el sexo y para la cual el flirteo es lo realmente gratificante, cada una de las mujeres hablan sin tapujos de un tema que sigue siendo tabú, especialmente cuando algunas de ellas confiesan alejarse del concepto de pareja estereotipado que incluye monogamia y durabilidad de por vida e incluso encontrarse frustradas por un matrimonio aburrido y sin pasión.
«Muchas personas no tienen fuerza como para darles algo a otros, levantan en torno a sí mismos la frialdad y sufren terriblemente bajo su aislamiento» (Margot, cuarenta y seis años, científica, dos hijos, casada. Pág. 262)
Pero también hay un fresco de la vida en la RDA: cómo puestos de responsabilidad están ocupados por personas colocadas ahí a dedo y cuyo único mérito es pertenecer al partido; los trabajos que debían realizar los estudiantes de forma gratuita para el estado a fin de devolver lo que se invirtió en ellos en educación; la espera a que se les asignase una vivienda; la solicitud de permiso para tener un vehículo propio; la negativa de muchos médicos a realizar abortos; la imaginación que tenían para conseguir estirar la vida útil de una falda o un abrigo; la forma en que las instituciones favorecían a los hombres en el acceso a puestos de responsabilidad... son sólo algunos de los temas de la vida cotidiana que también influían en el sentir de estas mujeres.
«Si has entendido que la vida no supone sólo diversión, sino también tristeza, angustias, impotencia y miedo, un día llegarás a aceptarlo todo». (Lena, cuarenta y tres años, docente, tres hijos, casada. Pág. 252)
Soledad, frustración, represión de género, represión sexual versus promiscuidad sexual, maternidad, hombres que abandonan a  amantes, hombres que se desentienden de los hijos, amistad, amor y desamor, temas todos ellos universales que se recogen en diecinueve testimonios abarcando distintos puntos de vista todos respetables, todos entendibles, todos reconocibles...  Es imposible que ninguna mujer (e incluso algún hombre) que se acerque a este libro no se sienta identificado o al menos no se sienta encariñado con alguna de estas mujeres. Yo, personalmente, sentí debilidad por Margot y su mandrágora, la mujer en plena crisis existencial que desea dar un cambio a su vida pero no sabe cómo;  me reí con Karoline, la del tejado de cobre, que cuenta cómo al escribir una carta a su amante (con el que se lió por despecho ya que su marido le había engañado) y pedirle a su marido que la echara en el buzón éste escribió en el remite ¡Y YO, Richard, el marido!, me encariñé con Lena, una mujer brutalmente honesta que se entrega a la gente y me burlé junto con reí con Erika, la de Scheherezade, de ese marido que le regaló las obras completas de Marx cuando firmaron el divorcio.

En conclusión, un libro escrito por mujeres para mujeres que aconsejo que leáis para así comprobar cómo a pesar de las diferentes culturas o sistemas políticos, del tiempo transcurrido o de las diferencias de edad las mujeres seguimos siendo muy parecidas en nuestras inquietudes. Desgraciadamente Maxie Wander no pudo disfrutar mucho tiempo del éxito conseguido con esta obra. Pocos meses después de su publicación, en noviembre de 1977, falleció de cáncer. 

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